martes, 8 de mayo de 2007

¿Sectas o iglesias?

2007-05-06
La Voz del Pastor
¿Sectas o iglesias?

En las visitas pastorales, en ocasiones surge la pregunta por parte de alguno de los fieles, inquieto por la presencia en su zona de lugares de culto no católicos y con actitudes anticatólicas. Entre especialistas en sociología de la religión y en teología podemos encontrar respuestas con diversos matices, pero en lo práctico del día a día lo que siempre hay que recomendar en la conducta católica es nunca faltar a la caridad, nunca devolver insulto por insulto; por esto, si alguien pueda sentirse ofendido porque a su grupo le llamemos "secta", busquemos otra manera de llamarlos.

No me estoy refiriendo a las llamadas iglesias protestantes históricas, como la episcopaliana, la luterana, la metodista, ni tampoco a la bautista y mucho menos a la Iglesia ortodoxa. A pesar de las diferencias, conservamos con ellas muchas cosas en común. La referencia es principalmente a aquellas iglesias evangélicas de aparición más reciente, pero con muchas subdivisiones y que son las que más chocan con nuestra fe católica. Se caracterizan por interpretar la Biblia al pie de la letra, por poner en el centro de su doctrina la acción del Espíritu Santo, por anunciar el fin del mundo y la pronta venida de Cristo, y por su poca o nula sensibilidad ecuménica. Entre ellos cada cristiano lee la Biblia a su modo, sin tomar en cuenta la tradición y la enseñanza de la Iglesia católica.

Sin embargo, las más preocupantes dentro de las anticatólicas, y no por su relativo éxito de público, sino por lo que nos importa que es el Evangelio, son los grupos neo-pentecostales, fruto de la renovación pentecostal de los años sesenta y setenta. Aun cuando comparten lo esencial de la doctrina del pentecostalismo clásico, se desmarcan de él en virtud de ciertos elementos: la centralidad de la teología de la prosperidad material, la exhibición del bienestar económico de los pastores, la muy exigida obligación del diezmo, la inversión en los medios de comunicación como medio de evangelización, la hipermediatización de los rituales de sanación, etc.; promesas del paraíso en la tierra en un contexto de creciente empobrecimiento.

Su teología de la prosperidad material como signo de la bendición divina resulta atractiva para algunos empresarios, pero también para jóvenes en busca de salidas y para gente en búsqueda de la salud o un empleo o resolver un problema con su pareja, en fin, necesidades de todo tipo. Según esta teología o ideología religiosa de la prosperidad, la vida en abundancia que brota de la victoria de Jesús sobre el pecado y la muerte no es primeramente un asunto del más allá, sino del más acá; se manifiesta en las riquezas, la salud, el pres-tigio, la prosperidad, etc. de aquí que el pago obligatorio del diezmo responde a una lógica dominante según la cual quien da generosamente a la iglesia (o al pastor) será a su vez generosamente colmado por Dios. Así, los ricos son invitados a dar generosamente con la esperanza de hacer prosperar sus negocios; los pobres, por su parte, se desprenden de lo poco que tienen con la esperanza de recibir el ciento por uno.

Ahora bien, también es cierto que muchas personas van en busca, no sólo de la salud y del pan de cada día, sino además de un poco de calor humano. En las asambleas de oración y alabanza pueden al menos cantar, bailar, tomar la palabra, dar libre curso a sus emociones. Es una teología del éxito que aunque no asuma en su seriedad las ilusiones de los pobres ni contribuya a resolver el problema de la pobreza, resulta seductora porque al menos hace soñar con un cambio procedente directamente de Dios.

Estamos en tiempo pascual y en nuestra celebración de la pasión y muerte de nuestro Señor semanas atrás, hemos vivenciado que no se puede escamotear la realidad de la Cruz en la vida cristiana, en el seguimiento como discípulos del Señor, trabajando para que en El nuestro pueblo panameño tenga vida. No se trata de soluciones mágicas, sino de dejarnos inspirar por el Evangelio pleno del Señor, que hemos recibido a través de los apóstoles, y con imaginación, estudio, constancia impregnar la vida pública y la vida privada de los valores del Reino. También, con la alegría que procede del Resucitado y con el espíritu fraterno que nace del costado de Cristo, hacer más acogedoras nuestras parroquias, nuestras reuniones comnunitarias, nuestras celebraciones. Tenemos que crecer en fraternidad y en solidaridad.

Mons. Pablo Varela Server
Obispo Auxiliar de Panamá
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