lunes, 31 de agosto de 2009

Perfil de un egresado de un colegio católico

2009-08-16
La Voz del Pastor
Perfil de un egresado de un colegio católico

«Una fe que no se hace cultura es una fe no acogida en plenitud, no pensada en integridad, no vivida en fidelidad» (Juan Pablo II, Carta Fundacional del Pontificio Consejo de la Cultura, 20 de mayo de 1982).

Teniendo en cuenta estas palabras del Siervo de Dios, Juan Pablo II, entendemos la razón fundamental de la Educación Católica y, por lo tanto, el perfil de los egresados y egresadas de los Colegios Católicos. Aclaro: transformar la fe en cultura es tarea de todo cristiano y de toda cristiana, sea cual sea su formación o su profesión, pero tomo estas palabras para la educación católica porque ésta tiene la función específica de hacer la síntesis de fe y cultura.

En Cristo se nos revela la verdad sobre la persona humana, y sus « discípulos y misioneros » tenemos la responsabilidad de recordar y servir el designio de Dios sobre los hombres, especialmente teniendo en cuenta las tendencias culturales que hoy amenazan la dignidad e integridad de la vida humana, especialmente en los críticos momentos de su inicio y conclusión, la armonía de la creación, la existencia de los pueblos y la paz. Como decía Puebla: «Para la Iglesia, educar al hombre es parte integrante de su misión evangelizadora, continuando así la misión de Cristo Maestro» (DP 1012) porque «cuando la Iglesia evangeliza y logra la conversión del hombre, también lo educa, pues la salvación (don divino y gratuito) lejos de deshumanizar al hombre lo perfecciona y ennoblece; lo hace crecer en humanidad. La evangelización es, en este sentido, educación. Sin embargo, la educación en cuanto tal no pertenece al contenido esencial de la evangelización sino más bien a su contenido integral» (DP 1013).

En definitiva, la educación católica no es otra cosa que «llevar el humanismo de las bienaventuranzas al campo de la educación y de la escuela» y, de esa manera, formar personas capaces de dominar y transformar procesos e instrumentos en sentido humanitario y solidario.

La persona humana se define por la racionalidad, ser inteligente y libre, y por la relacionalidad, ser con otros y para otros. Y en ambos casos conlleva un nivel ético cuyo fundamento está en ser imagen y semejanza de Dios, Trinidad de personas en comunión. El humanismo cristiano tiene como centro y base el proyecto divino de hacerse cada vez más «conforme a la imagen de su Hijo» (cf.Rm 8,29) ya que «Cristo manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación» (GS 22). Y ahí radica, fundamentalmente la razón de ser de la Escuela Católica.

En la Carta escrita por el Papa Benedicto XVI a la Diócesis de Roma sobre la tarea urgente de la educación, ante lo que Él llama una «emergencia educativa», decía: «En realidad, no sólo están en causa las responsabilidades personales de los adultos y de los jóvenes, que ciertamente existen y no deben esconderse, sino también un ambiente difundido, una mentalidad y una forma de cultura que llevan a dudar del valor de la persona humana, del significado mismo de la verdad y del bien, en última instancia, de la bondad de la vida. Se hace difícil, entonces, transmitir de una generación a otra algo válido y cierto, reglas de comportamiento, objetivos creíbles sobre los que se puede construir la propia vida»

.Y el mismo Santo Padre presentaba, a continuación, algunas exigencias comunes de una educación auténtica:

1) la cercanía y la confianza que nacen del amor, cuya primera y fundamental experiencia hacen los niños con sus padres, pero que todo verdadero educador sabe que para educar debe dar algo de sí mismo y que solamente así puede ayudar a sus alumnos a superar los egoísmos y capacitarlos para un amor auténtico;

2) en un niño pequeño ya existe un gran deseo de saber y comprender, que se manifiesta en sus continuas preguntas y peticiones de explicaciones, pero sería muy pobre la educación que se limitara a dar nociones e informaciones, dejando a un lado la gran pregunta acerca de la verdad, sobre todo acerca de la verdad que puede guiar la vida;

3) también el sufrimiento forma parte de la verdad de nuestra vida, y hay que evitar el riesgo de formar, a pesar de nuestras buenas intenciones, personas frágiles y poco generosas por tratar de proteger a los más jóvenes de cualquier dificultad y experiencia de dolor, pues la capacidad de amar corresponde a la capacidad de sufrir, y de sufrir juntos;

4) encontrar el equilibrio adecuado entre libertad y disciplina, ya que sin reglas de comportamiento y de vida, aplicadas día a día también en las cosas pequeñas, no se forma el carácter y no se prepara para afrontar las pruebas que no faltarán en el futuro;

5) sólo una esperanza fiable puede ser el alma de la educación, como de toda la vida: hoy nuestra esperanza se ve asechada desde muchas partes, y también nosotros, como los antiguos paganos, corremos el riesgo de convertirnos en hombres « sin esperanza y sin Dios en este mundo », como escribió el apóstol san Pablo a los cristianos de Éfeso (Ef 2, 12) y de aquí nace la dificultad tal vez más profunda para una verdadera obra educativa, pues en la raíz de la crisis de la educación hay una crisis de confianza en la vida.

Que la celebración del Día de la Escuela Católica nos lleve a valorar este instrumento de presencia y ministerio eclesial en un campo tan específico y decisivo como la educación.

+ Fr. José Luis Lacunza M., O.A.R.
Obispo de David

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