viernes, 1 de junio de 2007

El menor, la violencia y la familia

2007-06-03
La Voz del Pastor
El menor, la violencia y la familia

En fechas recientes, hechos de violencia protagonizados por menores de edad han convertido de nuevo en actualidad el problema. Los medios de comunicación se han ocupado grandemente de él, la opinión pública se ha manifestado en diversos debates y el conjunto de la sociedad se ha escandalizado. A la hora de atribuir responsabilidades, sería un error atenuar la responsabilidad moral e incluso penal por ser "menores de edad". No voy ahora a hacer la tarea de valorar los aciertos y errores de la legislación penal sobre el menor, pero sí de contribuir a llamar la atención sobre la forma ingenua y romántica con la que hoy se habla de los "menores", como si además de no tener edad penal no tuvieran capacidad para distinguir entre el bien y el mal. Cuánto más si se trata de homicidios.

Las reacciones de nuestra sociedad tendrían que ser más moderadas, menos alarmistas, no "criminalizar" a los adolescentes y sobre todo, no caer en la tentación de la hipocresía. Ante la tentación de buscar chivos expiatorios en la violencia de los videojuegos y películas, el culto a la agresividad de programas de televisión, o incluso las situaciones de marginación y exclusión que se dan en zonas de la ciudad de Panamá y otras ciudades, sería mucho más eficaz que no nos engañáramos y llamáramos a las cosas por su nombre. Aumentar la vigilancia o suprimir los videojuegos son soluciones tan simples como la de controlar externamente las agresiones que aparecen en las programaciones que emiten las televisiones en horarios infantiles.

Tendríamos que empezar distinguiendo entre ciertos niveles de violencia tolerable que siempre hay que gestionar por y como padres y educadores los que lo son, y ciertos niveles de agresividad juvenil intolerable que nunca puede quedar impune y que, en contextos socio-educativos, recibe el nombre de "acoso escolar" u otros nombres según el área de expresión de la agresividad.

Esta distinción no nos debe llevar a engaño y pensar que la agresividad o violencia intolerable puede solucionarse de manera técnica, aséptica o mecánica, conteniendo físicamente a los adolescentes más agresivos, aumentando el número de centros de internamiento, promoviendo penas educativas ejemplares o aumentando el número de represores por metro cuadrado. Ninguno de los países que se ha enfrentado a estas situaciones ha encontrado la varita mágica con la que transformar los casos de acoso o violencia intolerable en casos de violencia tolerable. Todos se han visto obligados a situar las coordenadas del problema dentro de los patrones educativos de la moral cívica de sus comunidades. No son agresiones privadas que tengan que resolverse entre particulares, son problemas que ponen a prueba las convicciones morales que están presentes en los espacios públicos educativos y en los espacios familiares.

Aunque la situación de violencia fuera alarmante, más preocupante es el deterioro de las convicciones morales que están presentes en los espacios públicos educativos. Un deterioro al que sólo prestamos atención cuando la opinión pública convierte en noticia la violencia juvenil, cuando se tiene el problema dentro de casa porque se había dado descuido de los hijos, o cuando se nos ofrece la posibilidad de intervenir directamente en la organización de los espacios educativos a través de las asociaciones de padres, las reuniones escolares o los debates que generan los cambios educativos.

Para evitar este deterioro, además de prestar más atención a los patrones educativos que se transmiten a los hijos, se debería afrontar la violencia juvenil con más valentía moral. Una valentía que requiere trabajar en tres campos que, a su vez, interactúen entre sí. En primer lugar, luchando contra el analfabetismo emocional de las nuevas generaciones que no saben lo que son las virtudes del autodominio, la templanza y la obediencia. Cada vez es mayor el número de adolescentes que se están aprovechando de estilos educativos negligentes donde no hay sentido de la norma, donde la inmediatez del placer, del tener y del aparentar han desterrado el sentido de la responsabilidad y de la laboriosidad.

En segundo lugar, hablando en serio de la autoridad de los maestros y peofesores. En los cambios en cuanto al papel del docente, se habla mucho y, con razón, con giros semánticos como "facilitador" o "función tutorial", pero qué hay de la autoridad que precisa el oficio de educador. Puede que en las discusiones sobre la acción ante la violencia adolescente sobren palabras e intereses particulares y falten maestros capaces de generar confianza en valores comunes.

A todo lo anterior añadamos algo capital: nuestra sociedad panameña debería prestar más atención a las pautas educativas de la vida familiar. Es lamentable que los hijos se comuniquen cada vez mejor con las máquinas electrónicas y cada vez peor con las personas, es lamentable que sean tan bajos sus umbrales de frustración y los padres estén o ausentes o dispuestos a adelantarse a sus deseos y exigencias. No son mejores padres quienes menos disciplina y autoridad tienen, sino quienes se toman más en serio la difícil tarea de establecer límites razonables a los deseos de sus hijos, pero, sobre todo, los que, sin sermones, ofrecen en su popia persona un modelo de conducta ética para sus hijas e hijos.

Mons. Pablo Varela Server
Obispo Auxiliar

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