viernes, 21 de noviembre de 2008

Mi reino no es de este mundo

2008-11-23
La Voz del Pastor
Mi reino no es de este mundo

La solemnidad litúrgica de Jesucristo Rey del Universo pone punto final al ciclo litúrgico y, a la vez, nos permite asomarnos llenos de fe y esperanza a aquel Día que no conoce el ocaso, “cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal: reino de verdad y de vida; reino de santidad y gracia; reino de justicia, de amor y de paz” (Gaudium et Spes, 39).

A nosotros, los creyentes, nos resulta en ocasiones difícil dar razón de nuestra fe, porque la misma ha sido transmitida en conceptos cargados de historia, de controversias entre hermanos y de esfuerzos por entablar un diálogo con quienes hacen de la razón y la evidencia el criterio último de la verdad. A veces, son conceptos acuñados en épocas pasadas y con reminiscencias a etapas del progreso humano ya superadas. Podríamos decir que el título de REY atribuido a Jesucristo constituye un buen ejemplo de lo anteriormente expresado, a pesar de que en el antiguo Israel la experiencia fracasada de la monarquía y la espera de un Mesías Rey en los últimos tiempos pueda ayudar a su comprensión (cfr. Isaías 11)

¿Luego, tú eres Rey?
En el proceso que se le sigue a Jesús ante el procurador romano Poncio Pilato sale a relucir como centro del debate el tema central de la predicación de Jesús: el Reino de Dios (cfr .Mc 1,14-15). Ya sus enemigos habían insinuado maliciosamente que ese Reino entraba en competencia con la autoridad del César. Pero Jesús declara con firmeza: “Mi reino no es de este mundo” (Jn 18,36). No obstante, el procurador quiere escuchar de labios del acusado las pruebas de descargo a fin de determinar si es reo o no de lo que se le acusa. Poncio Pilato no conforme con la respuesta de Jesús, insiste: “Luego, tú eres rey” (Jn 18, 37). Al Señor Jesús no le queda otra que declarar su realeza: “Soy Rey, como tú dices” . No cabía otra respuesta, por honor a la verdad, a sabiendas del riesgo que corría ser malentendido y condenado por pretender sustraerse a la soberanía del César.

Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra
Al final del Evangelio de San Mateo (cfr. Mt 28,18), antes de subir a los Cielos, el Resucitado instruye a sus discípulos y reivindica para sí el auténtico poder, porque no se basa en el dominio que oprime, sino en la salvación que redime. Efectivamente, el Resucitado tiene el poder de Dios, porque antes, en cuanto Hijo, se ha sometido a la obediencia hasta la muerte, y muerte de Cruz (cfr. Flp. 2, 8-10).

En el tema que nos ocupa no solamente debemos aclarar la naturaleza del Reino, sino también explicar en qué sentido Jesucristo puede ser proclamado verdaderamente Rey del universo. Para eso resulta de gran ayuda, por su capacidad de síntesis y precisión, el libro que el Papa Benedicto XVI (Joseph Ratzinger), en su condición de teólogo, ha escrito y que lleva por título Jesús de Nazaret. En el capítulo II de su obra, dedicado a las tentaciones de Jesús (pp. 49-71) llega a establecer la tesis de que es precisamente la tercera y última de las tentaciones (cfr. Mt 4,8, Lc 4, 5-8) la tentación fundamental, ya que enfrenta a Jesús ante la propuesta de Satanás de realizar su misión mesiánica por la vía de la exaltación del poder y la gloria propios de los reinos terrenales.

Fe y poder político
Hemos de reconocer que en su dilatada historia los hijos de la Iglesia no siempre han entendido este mensaje singular y peculiar de la realeza de Jesús y del Reino por El predicado. Como Simón Pedro, quisiéramos quitar de en medio el escándalo de la Cruz y lo que ella representa, y optar por el camino más fácil de acomodarnos a los mecanismos propios de los reinos de este mundo (cfr. Mt 16,22).

Durante la era inaugurada por el emperador Constantino (s.IV) y que puso fin a las persecuciones contra la Iglesia, se sucumbió a la seducción de la protección del Estado Romano que veía en la fe cristiana un factor de unificación imperial. El precio a pagar fue muy alto en términos de libertad para anunciar sin trabas, ni componendas con los poderosos, el Evangelio de Jesucristo. “En efecto, la fusión entre fe y poder político siempre tiene un precio: la fe se pone al servicio del poder y debe doblegarse a sus criterios” (J.Ratzinger. Jesús de Nazaret. p.65).

Cristo reina desde la Cruz
¿Cómo reina Cristo?. San Juan lo expresa admirablemente en su Evangelio en el capítulo 17 cuando habla de la glorificación de Jesús cuando llegue su hora, que no es otra que la de su pasión y muerte en la Cruz. Jesús es un Mesías que salva por el camino de la obediencia, del servicio y la humillación de la Cruz en la línea del siervo sufriente (cfr. Is 50,4-6).

En Jesús, mensajero del Reino, el Reino de Dios se hace presente (cfr. Mt 11,2-6) y en cierto modo, su persona, Él mismo es el Reino. Y a partir de la resurrección, cuando la predicación apostólica se centra en Cristo muerto y resucitado, la manifestación del reino acontece en aquellos que se convierten, y por la fe y el bautismo, pasan a ser morada de Dios. En este último sentido solamente se destacaría la dimensión espiritual, personal, mística, interior, del Reino de Dios en cada hombre creyente.

Por extensión de la interpretación anterior tenemos también la dimensión eclesiástica, según la cual el Reino de Dios se concreta o materializa en este mundo en la Iglesia. Y aquí para no incurrir en identificaciones absolutas entre el Reino de Dios y la Iglesia nada mejor que la doctrina conciliar (cfr. Lumen Gentium y Gaudium et Spes). Por último, podríamos añadir una dimensión escatológica del Reino de Dios, más allá del accionar y la presencia visible de la Iglesia. El Concilio lo expresa admirablemente en los siguientes términos cuando afirma que “los bienes de la dignidad humana, la unión fraterna, y la libertad; en una palabra todos los frutos excelentes de la naturaleza y de nuestro esfuerzo, después de haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y de acuerdo con su mandato, volveremos a encontrarlos, limpios y transfigurados, cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal…El Reino está ya misteriosamente presente en nuestra tierra; cuando venga el Señor, se consumará su perfección” (GS, 39).

Monseñor Aníbal Saldaña Santamaría
Obispo Prelado de Bocas del Toro

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