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lunes, 10 de agosto de 2009

Dios nunca nos abandona

2009-08-02
Ventana Pontificia
Dios nunca nos abandona
Homilía de Benedicto XVI en Aosta

Queridos hermanos y hermanas:

En esta breve homilía, quisiera decir unas palabras sobre la oración, con la que se concluyen estas vísperas, del pasaje de la Carta a los Romanos que se acaba de leer, se interpreta y transforma en oración.

La oración se compone de dos partes: a quien está dirigida, por así decir, y después dos peticiones.

Comencemos viendo a quién está dirigida. Esta parte se divide en dos apartados: hay que concretar el "tú" al que nos dirigimos para poder tocar con mayor fuerza al corazón de Dios.

En el texto italiano leemos simplemente: "Padre misericordioso". El texto original latino es algo más amplio; dice "Dios omnipotente, misericordioso". Ciertamente la relación con Dios es algo profundamente personal y la persona es un ser en relación, y si la relación fundamental --la relación con Dios-- no es viva, no es vivida, las demás relaciones no pueden encontrar su forma adecuada. Pero esto es válido también para la sociedad para la humanidad como tal. También aquí, si no se tiene en cuenta a Dios, si se prescinde de Dios, si Dios está ausente, entonces falta la brújula para mostrar el conjunto de todas las relaciones para encontrar el camino, la orientación hacia la que se debe ir.

¡Dios! Tenemos que llevar de nuevo a nuestro mundo la realidad de Dios, darle a conocer y hacerle presente. Pero, ¿cómo conocer a Dios? En las visitas "ad limina" hablo siempre con los obispos, sobre todo con africanos, pero también con los de Asia, de América Latina, donde todavía están presentes las religiones tradicionales, precisamente de estas religiones. Hay muchos detalles, naturalmente bastante diversos, pero hay también elementos comunes. Todos saben que Dios existe, un solo Dios, que Dios es una palabra en singular, que los dioses no son Dios, que hay un Dios, el Dios. Pero, al mismo tiempo, este Dios parece ausente, muy alejado, no parece entrar en nuestra vida cotidiana, se esconde, no conocemos su rostro. De este modo, la religión en gran parte se ocupa de las cosas, de los poderes más cercanos, de los espíritus, los antepasados, etc., dado que Dios mismo está demasiado lejos y de este modo tiene que vérselas con estos poderes cercanos. La evangelización consiste precisamente en el hecho de que el Dios lejano se acerca, que Dios ya no está lejos, sino que está cerca, que este "conocido-desconocido" ahora se da a conocer realmente, muestra su rostro, se revela: el velo de su rostro desaparece y muestra realmente su rostro. Y por ello, dado que el mismo Dios ahora es cercano, le conocemos, nos muestra su rostro, entra en nuestro mundo. Ya no es necesario vérselas con estos otros poderes, pues Él es el poder verdadero, es el Omnipotente.

No sé por qué han omitido en el texto italiano la palabra "omnipotente", pero es verdad que nos sentimos casi como amenazados por la omnipotencia: parece que limita nuestra libertad, parece un peso demasiado pesado. Pero tenemos que aprender que la omnipotencia de Dios no es un poder arbitrario, pues Dios es el Bien, es la Verdad, y por este motivo Dios lo puede todo, pero no puede actuar contra el bien, no puede actuar contra la verdad, no puede actuar contra el amor y contra la libertad, porque Él mismo es el bien, es el amor, y la verdadera libertad.

Dios omnipotente y misericordioso. Una oración romana, ligada al resto del Libro de la Sabiduría, dice: "Dios, muestra tu omnipotencia en el perdón y en la misericordia". La cumbre de la potencia de Dios es la misericordia, es el perdón. En nuestro actual concepto mundial de poder, pensamos en uno que tiene grandes propiedades, que en economía tiene algo que decir, dispone de capitales para influir en el mundo del mercado. Pensamos en uno que tiene el poder militar, que puede amenazar. Pero la Revelación nos dice: "No es así"; el verdadero poder es el poder de gracia, y de misericordia. En la misericordia, Dios demuestra el verdadero poder.

Y de este modo la segunda parte de la imploración dice: "Has redimido al mundo, con la pasión, con el sufrir de tu Hijo". Dios ha sufrido y en el Hijo sufre con nosotros. Y ésta es la cumbre más alta de su poder, que es capaz de sufrir con nosotros. De este modo, demuestra el verdadero poder divino: quería sufrir con nosotros, y por nosotros. En nuestros sufrimientos nunca quedamos solos. Dios, en su Hijo, antes ha sufrido y está cerca de nosotros en nuestros sufrimientos.

Sin embargo, queda en pie la cuestión difícil que ahora no puedo responder ampliamente: ¿por qué era necesario sufrir para salvar al mundo? Era necesario, pues en el mundo existe un océano de mal, de injusticia, de odio, de violencia, y todas las víctimas del odio y de la injusticia tienen el derecho a que se haga justicia. Perdonar no es ignorar, sino transformar, es decir, Dios tiene que entrar en este mundo y oponer al océano de la injusticia un océano más grande del bien y del amor. Y éste es el acontecimiento de la Cruz: desde ese momento, contra el océano del mal, existe un río infinito y por tanto siempre más grande que todas las injusticias del mundo, un río de bondad, de verdad y de amor. De este modo, Dios perdona transformando el mundo y entrando en nuestro mundo para que se dé realmente una fuerza, un río de bien más grande que todo el mal que puede existir.

De este modo, el hecho de dirigirse a Dios se convierte en un llamamiento a nosotros: es decir, Dios nos invita a ponernos de su parte, a salir del océano del mal, del odio, de la violencia, del egoísmo, y a identificarnos, entrar en el río de su amor.

Precisamente éste es el contenido de la primera parte de la oración que sigue: "Haz que tu Iglesia se ofrezca a ti como sacrificio vivo y santo". Esta pregunta, dirigida a Dios, se dirige también a nosotros mismos. Constituye una referencia a dos textos de la Carta a los Romanos: en el primero, san Pablo dice que tenemos que convertirnos en un sacrificio vivo (Cf.12, 16). En el segundo, donde Pablo describe el apostolado como sacerdocio (Cf. 15, 16), la función del sacerdocio consiste en consagrar al mundo para que se convierta en hostia viva, para que el mundo se convierta en liturgia: que la liturgia no sea algo al margen de la realidad del mundo, sino que el mundo mismo se convierta en hostia viva, se convierta en liturgia. Y pedimos al Señor que nos ayude a ser sacerdotes en este sentido para ayudar en la transformación del mundo, en adoración de Dios, comenzando por nosotros mismos. Que nuestra vida hable de Dios, que nuestra vida sea realmente liturgia, anuncio de Dios, puerta en la que el Dios alejado se convierta en Dios cercano, y realmente don de nosotros mismos a Dios.

Después viene la segunda petición. Pedimos: "Haz que tu pueblo experimente siempre la plenitud de tu amor". En el texto latino se dice: "Sácianos con tu amor". De este modo el texto hace referencia al salmo que hemos cantado, donde se dice: "Abre tu mano y sacia el hambre de todo viviente". Cuánta hambre hay en la tierra, hambre de pan en tantas partes del mundo. Su excelencia ha hablado también los sufrimientos de las familias aquí: hambre de justicia, de amor. Y con esta oración rezamos a Dios: "Abre tu mano y sacia realmente el hambre de todo viviente. Sacia nuestra hambre de verdad, de tu amor". Así sea. Amén.

Su Santidad Benedicto XVI
Obispo de Roma

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viernes, 5 de junio de 2009

La fidelidad de Dios, nuestra fuerza

2009-06-07
La Voz del Pastor
La fidelidad de Dios, nuestra fuerza

La fidelidad de Dios es constante. Dios cumple siempre la palabra empeñada. Allí está el testimonio de las alianzas : Dios se compromete con Noé a no volver a destruir su creación, y guarda su palabra. A Abraham le promete tierra y descendencia abundante como las arenas del mar y las constelaciones del cielo, y no deja de cumplir, aunque dentro de sus propios plazos y circunstancias, para educar al hombre en la fe como confianza. Abraham llega a pensar que lo va a heredar su siervo Eliécer. Luego nace Ismael, el hijo de Agar, la esclava. Finalmente, nace Isaac, el hijo de Sara, la libre. En él empieza a cumplirse la promesa. Pero Dios no tarda en pedirle la entrega de Isaac, y Abraham se crece, otra vez, en la expresión de su confianza absoluta en Dios.

Con Moisés, Dios pacta una alianza bilateral, de tipo jurídico. Su modelo son los pactos hititas de soberanía entre un rey soberano y un rey vasallo que debe su existencia al primero. Debe ser amigo de sus amigos y enemigo de sus enemigos. La historia de la alianza sinaítica es un compendio de la infidelidad del rey vasallo, Israel. En ese contexto, los profetas anuncian una nueva alianza, no escrita en tablas de piedra, sino en el corazón del hombre, que aprenderá a conducirse como miembro fiel del pueblo de Dios, gracias a la pedagogía del Espíritu (cf Jer 31;31-34; Ez 36:24-28).

En la alianza con la casa de David, Dios toma la iniciativa de comprometerse a construirle a David una dinastía perpetua (cf 2 Sam 7). Esta promesa se cumplirá plenamente en Jesús, Rey de reyes, pero sufre altibajos en la historia. Uno de los mayores fue la crisis del exilio en Babilonia. Huérfanos de reyes y sacerdotes, privados del templo y la ciudad Santa, Jerusalén, cuestionan la fidelidad de Dios a sus promesas. Y Dios les responde, por medio del Segundo Isaías, que sus caminos, planes y pensamientos son distintos a los nuestros, y que la palabra que brota de sus labios no vuelve a él, sin haber cumplido su propósito (Is. 55: 1-11).

La historia de la salvación acredita, pues, que Dios es fiel a sus promesas. Esta fidelidad se parece al pedernal, por su firmeza y solidez. Se suele describir con dos sustantivos unidos por una conjunción: Jésed ve émet (cf Ex.34:6).

Jésed significa amor, bondad, benevolencia, buena voluntad, favor, beneficio, misericordia, gracia, piedad y belleza.

Émet significa firmeza, duración, certeza, seguridad, fidelidad, fe, verdad y probidad.

El combinar los dos sustantivos es un recurso literario que ayuda a suplir la función del adjetivo en una lengua pobre de adjetivos. En este caso, uno de los sustantivos se adjetiva y califica al otro. Hablaremos, entonces, de un amor fiel o de una fidelidad amorosa. Así es el amor de Dios y la fidelidad de Dios.

El evangelio de Juan recoge la expresión, cuando nos describe la encarnación del Verbo de Dios. Nos dice que la Palabra de Dios puso su tienda entre nosotros (la humanidad de Jesús), y que, en ella hemos contemplado la gloria de Dios, es decir, el ser de Dios, en cuanto brilla hacia el exterior. Esta gloria rebosa de gracia (Járis) y aletheia (verdad) ( Jn 1:14).

Remitiéndonos al origen de la expresión en el A.T., podemos describir a Cristo como la imagen de Dios invisible, primogénito de toda creación, (cf Col 1:15) plenitud del amor fiel, firme y verdadero o bien de la fidelidad, firmeza, seguridad y verdad amorosas de Dios. Así es el rostro humano de Dios (Jn 1:14).

Por la fe en el misterio pascual de Jesús, Mesías e Hijo de Dios, que la Iglesia predica, celebra y testimonia, participamos de esta realidad a través de los sacramentos de iniciación cristiana. Si Dios, en Jesús, es un amor fiel o una fidelidad amorosa, en quien todas las promesas de Dios encuentran su cumplimiento, apoyándonos en él, también nosotros podemos ser fieles a nuestros compromisos bautismales, matrimoniales, civiles y sacerdotales. Nuestra palabra empeñada con Jesús de apacentar su rebaño, por un amor que trasciende todo otro amor (Cf Jn 21;15-17), avalada por el sacramento del orden, o con una mujer, de amarla hasta la separación de la muerte, avalada por el sacramento del matrimonio, se mantendrá firme, en medio de todas las vicisitudes. No dejaremos que la rutina, el cansancio, la desidia, la tentación o la pereza reduzcan a quimera la palabra que hemos empeñado delante de Dios y de los hombres, apoyándonos en Jesús, plenitud del amor fiel o de la fidelidad amorosa de Dios.

Mons. Oscar Mario Brown J.
Obispo de Santiago

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viernes, 15 de mayo de 2009

El celibato sacerdotal

2009-05-17
A tiro de piedra
El celibato sacerdotal

Una vez más el tema es traído al debate público, y atacado con fuerza por algunos que no comprenden el compromiso, el alcance y el sentido de este requisito de la Iglesia Católica para sus ministros. No es un asunto de sexualidad, sino de fe. Allí está el error de quienes lo atacan.

A lo largo de dos milenios la Iglesia ha sido atacada por quienes no comparten la fe cristiana. Reyes, emperadores, autoridades religiosas de otros credos, poderosos de todo tipo, personas particulares. De todas partes ha venido ese ataque, que persiste hasta hoy. El modo de vivir de los cristianos, aunque es abierto, produce en otros la animadversión y el odio, por el simple hecho de contrariar la mentalidad y la manera de vivir del mundo.

La Iglesia está a favor de la unión del hombre y la mujer, bajo la fidelidad y la castidad de la vida conyugal. Un hombre para una mujer; una sola mujer para un hombre. Ambos tienen la responsabilidad de amarse mutuamente, formar familia, y cuidar y educar responsablemente a los hijos que Dios les dé. Sin embargo, para el sacerdote, la renuncia a la unión conyugal y a los bienes del mundo, es un compromiso que nace de la libre elección que, por la vocación, le conduce a abandonar todo aquello, para vivir, plenamente, el amor a Dios y al prójimo, sin ataduras ni afectos que se lo impidan.

Por eso, la vida célibe del sacerdote es imposible de comprender si se piensa fuera de la donación amorosa del hombre que decide, a semejanza de Jesús, renunciar a todo lo que un varón ansía como parte de su naturaleza carnal. No es pues una cuestión biológica o emocional, sino espiritual. Es fe; no sexualidad.

Lejos está la Iglesia de negar la naturaleza del hombre, de actuar con incomprensión hacia él, y de imponer un voto de celibato a quien no lo quiera sinceramente. Largos años pasa el aspirante al sacerdocio, para discernir sobre ése y otros compromisos inherentes al ministerio sacerdotal. No es algo que se produce a la ligera, ni que encadena o subyuga en contra de la voluntad de quien elige el sacerdocio. Pero, eso sí, hay reglas y procedimientos para dispensar del celibato a quien, con válida razón, pruebe que le resulta imposible seguir guardándolo.

Muchos son los sacerdotes que han recibido la dispensa del celibato, sin renegar de la fe o declararse en rebeldía contra la Iglesia. Se han sometido a las leyes de la Iglesia, para tal efecto; han esperado el tiempo necesario para recibirla; y continúan siendo fieles a la Iglesia viviendo en comunión con ella. Por el contrario, quienes optan por el camino fácil o rápido de irse al hecho, por el impulso y la emoción, sufren las consecuencias de tan insensato y apresurado acto. Es un camino ancho, comparado con el otro, que lleva a la perdición y al innecesario sufrimiento que bien puede evitarse, si el afectado se somete a lo que manda la Santa Madre Iglesia que, en su magisterio, sólo busca el bien de sus hijos.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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viernes, 8 de mayo de 2009

Hacia una sociedad reconciliada

2009-05-10
La Voz del Pastor
Hacia una sociedad reconciliada en la justicia y el amor

Hemos vivido, a lo largo de casi dos años, momentos de entusiasmo, emociones, diferencias y choques políticos que han deteriorado el tejido social de nuestro pueblo ante el afán de conquistar el poder.

Hemos marginado el profundo sentido de pueblo y comunidad que nos une a todos los panameños, para entrar en el terreno quebradizo de peleas partidistas que han roto muchas alianzas de amistad, de compromisos sociales y laborales e incluso de relaciones y nexos familiares.

Y lo más funesto de esta lucha política en la promoción de los candidatos de los respectivos partidos, ha sido el triste resultado de conocer a esos candidatos no precisamente por sus virtudes sino por sus defectos, fruto de la propaganda negativa e insistente de que han sido víctimas de sus mutuos adversarios.

Hoy, concluidas las elecciones, están a nuestro servicio las principales autoridades que van a regir los destinos de la Patria durante los próximos cinco años. Por lo mismo urge, ante todo, una profunda y sincera reconciliación de todos los panameños en la justicia y el amor a fin de restaurar las relaciones de convivencia y armonía profundamente deterioradas durante esa larga campaña electoral.

Ahora bien, una sociedad bien ordenada y fecunda requiere gobernantes investidos de legítima autoridad, que defiendan las instituciones y consagren, en la medida suficiente, su actividad y sus desvelos al provecho común del país.

Por su parte, toda comunidad necesita una autoridad que la rija. Esta tiene su fundamento en la naturaleza humana. Es necesaria para la unidad de la sociedad. Su misión consiste en asegurar en cuanto sea posible el bien común de la sociedad.

Finalmente, el deber de obediencia impone a todos la obligación de dar a la autoridad los honores que le son debidos y rodear de respeto y, según su mérito, de gratitud y benevolencia a las personas que la ejercen.

Y a esas autoridades recién elegidas nos es grato dedicarles la más antigua oración de la Iglesia por la autoridad política que tiene como autor a S. Clemente Romano, tercer Papa:

“Concédeles, Señor, la salud, la paz, la concordia, la estabilidad, para que ejerzan sin tropiezo la soberanía que tú les has entregado. Eres tú, Señor, rey celestial de los siglos, quien da a los hijos de los hombres gloria, honor y poder sobre las cosas de la tierra. Dirige, Señor, su consejo según lo que es bueno, según lo que es agradable a tus ojos, para que ejerciendo con piedad, en la paz y la mansedumbre el poder que les has dado, te encuentren propicio”.

Amén.

Monseñor Carlos María Ariz, C.M.F.
Obispo Emérito de Colón – Kuna Yala

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lunes, 4 de mayo de 2009

El Buen Pastor

2009-05-03
La Voz del Pastor
El Buen Pastor

Amados hermanos y hermanas en el Señor, hoy día del Buen Pastor, nos han solicitado reflexionar sobre la figura del Buen Pastor en nuestro tiempo. Es importante tomar consciencia de los procesos que lleva nuestro mundo y en todos los ámbitos de la sociedad y de la cultura se ha ido asumiendo en lenguaje y la literatura eclesiástica para dar a conocer aspectos que son propios de la vida laical en términos eclesiales. Es por esto que debemos tener cuidado, a la hora de asumir nuestro propio lenguaje de situarlo en el verdadero contexto eclesial y vivirlo desde lo que Dios nos propone cada día.

La figura del Buen Pastor la asumió Jesús, desde el Antiguo Testamento, como una realidad y figura muy propia de su persona. Jesús, desde el momento de su encarnación, es, actúa y vive como protagonista y consorte de toda la historia humana. Las diversas analogías empleadas por Él para indicar su propia realidad se pueden resumir en la de Buen Pastor. Esta figura indica su ser más profundo de Hijo de Dios hecho hombre, “ungido” y “enviado” por el Padre y por el Espíritu Santo. El obra como Buen Pastor: llamando, guiando, conduciendo a buenos pastos, defendiendo, es decir, anuncia la Buena Nueva, se acerca a cada ser humano para caminar con Él y para salvarlo integralmente. Finalmente vive hondamente el estilo de vida de Buen Pastor, que “conoce amando” y que “da la vida por las ovejas”, como donación sacrificial según su misión y mandato recibido del Padre.

Las actitudes internas de Cristo Buen Pastor arrancan de su ser y se expresan en su obrar comprometido. Su interioridad es un camino o vida de donación total: “camidad en el amor, como Cristo nos amó y se entregó por nosotros en oblación y sacrificio” (Ef. 5,2)

El amor del Buen Pastor a toda persona humana en su integridad, porque Él es “el plan de vida… para la vida del mundo” (Jn 6, 48-51). Su “pascua” hacia el Padre se realiza por medio de esta donación sacrificial que es pacto de amor o Alianza sellada con su sangre, como máxima manifestación del amor de Dios a todos los hombres. Jesús realiza la redención por medio de esta entrega de caridad pastoral inmolativa: “por eso el Padre me ama, porque doy mi vida para tomarla de nuevo… tal es el mandato que he recibido del Padre” (Jn 10, 17-18).

Esta realidad de Cristo Buen Pastor continúa siendo actual, no sólo por unos hechos y un mensaje que son siempre válidos, sino principalmente por la presencia de Cristo resucitado en la Iglesia y en el mundo. Cristo fue y sigue siendo responsable de los intereses del Padre y de los problemas de los hombres como protagonistas y consortes de su historia.

Viendo la figura del Buen Pastor en el ministerio sacerdotal, podemos decir que éste es signo transparente del Buen Pastor. El testimonio de caridad pastoral, que es parte integrante de la evangelización, supone relación personal con Cristo, seguimiento e imitación de sus actitudes de Buen Pastor. “En virtud de su consagración, los presbíteros están configurados con Jesús, Buen Pastor, y llamados a imitar y revivir su misma caridad pastoral” (PDV 21). El Buen Pastor conoce a sus ovejas, las guía acompaña, ama y da la vida por ellas (cf. Jn 10). El sacerdote no se pertenece; ha sido llamado para ser signo de cómo ama el Buen Pastor. Este signo, como transparencia de su caridad, no admite rebajas en la santificación y en la misión. Los doce apóstoles fueron llamados a dejarlo todo para compartir la vida con Cristo y para evangelizar sin fronteras.

Ahora bien en cada iglesia particular los sacerdotes ministros deben ser la pauta de toda vida apostólica de seguimiento radical de Cristo Buen Pastor.

Por eso, en esta fiesta especial, nosotros los miembros de este sagrado orden no podemos asumir con ligereza nuestra misión ministerial, ya que, como don de Dios, hemos asumido un compromiso con Cristo y con la Iglesia, llevando adelante la misión de Buen Pastor, aunque nos sintamos atraídos por otras realidades más llamativas y que nos hacen vivir otro tipo de protagonismos que no son coherentes con la llamada que hemos recibido por parte del Señor. Nuestra misión es real y concreta y no podemos dejarla de lado, ya que somos los únicos que debemos realizar esta obra, llevándola hasta las últimas consecuencias con nuestra propia vida. Esto parecería inhumano a los ojos humanos, pero es el proyecto que Jesús nos propuso y que nosotros, con libertad de espíritu, hemos asumido y pienso que es un deber moral el llevar adelante nuestro proyecto, que es el proyecto de Jesucristo Buen Pastor.

Yo invito a todos los fieles a elevar nuestra plegaria a Dios para que quienes hemos recibido la misión de ser Buen Pastor, seamos fieles, coherentes y honestos en nuestra misión para que la Iglesia siga manifestándose como signo de la misión que Jesús nos pudo en nuestras manos.

Mons. Pedro Hernández Cantarero
Obispo del Vicariato Apostólico de Darién

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viernes, 17 de abril de 2009

La misericordia entrañable, el corazón de Dios

2009-04-19
La Voz del Pastor
La misericordia entrañable, el corazón de Dios

Los hombres siempre hemos querido conocer el nombre de Dios. Y es que, para los antiguos, conocer el nombre de alguien era conocer su esencia, su realidad más íntima, en definitiva, poseerlo. En la relación con Dios, una de las principales preocupaciones ha sido conocer su nombre para poder manipularlo.

Recibida la misión de liberar a los israelitas de la opresión en Egipto, Moisés no quiere ponerse en camino si no se le revela el nombre de Dios. Se le responde escuetamente que debe decir a sus contemporáneos que “Yo Soy” es el que lo envía. Luego se precisa que se trata del Dios de los padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, es decir el Dios de la alianza con Abrahán. Éste es su nombre para siempre. Así deben recordarlo las generaciones sucesivas. En definitiva, para Dios revelar su nombre es describir su actuar en la historia (cf Ex 3:13-15).

Pero el empeño humano de asegurarse la presencia y el auxilio de Dios en medio de su peregrinación por el mundo es inclaudicable. Así vemos que Moisés vuelve sobre esta problemática después del episodio del becerro dorado, cuando Dios amenazó con destruir la nación. Ahora la aspiración se expresa, como el anhelo de ver la gloria de Dios. Dios sólo se compromete a mostrar su gloria a Moisés, y a pronunciar su nombre ante él. Llegado el momento, Dios colocará a Moisés en la hendidura de una roca, y le permitirá ver sus espaldas, no así su rostro. En efecto, Moisés invocó el nombre de Yahvé, y el Señor pasó delante de él, mientras exclamaba: “Yahvé, Yahvé, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad, que mantiene su amor por mil generaciones y perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado, pero no los deja impunes; que castiga la culpa de los padres en los hijos y en los nietos hasta la tercera y cuarta generación “ (Ex 34:5-7, cf 32-34). Otra vez, Dios manifiesta su nombre describiendo su actuar en la historia de la salvación.

Durante la monarquía, David expresa su incomodidad, porque él habita en casa de cedro y el arca de la alianza, en tiendas de campaña. Entonces se propone construirle al Señor una casa próxima a la suya, por razones políticas. Pero Dios toma la iniciativa de ser él quien le construya una casa o dinastía a David (cf 2 Sam 7). A Salomón le tocará el honor de construirle al Señor un templo de piedra. En él, no se mantiene al Señor en cautiverio. En él, sólo se podrá invocar el nombre del Señor, que conserva su libertad y soberanía, frente a cualquiera pretensión humana de manipularlo (I Re 8:10-61).

Con el tiempo, los israelitas cedieron a la tentación de convertir el templo y el culto en verdaderos fetiches, vehículos de una religión formalista, divorciada de la vida, que reclamaba el testimonio de una fe traducida en obras ( cf Jer 19, y 26).

Pero cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la condición de hijos adoptivos de Dios, gracias a la agencia del Espíritu de Dios (cf Gal 4:4-6).

La obra salvífica de Dios, tantas veces descrita en el Antiguo Testamento como una palabra salvífica que se proclama, se escucha, se celebra en el culto y se testimonia en la vida cotidiana (cf Dt 6:20-25;26:5.9), pone su tienda en medio de nosotros: la humanidad de Jesús. En ella contemplamos el Ser de Dios, la gloria- amor, que ama al mundo hasta el extremo de entregar al Hijo único por la salvación de los hombres (Jn 1:14;3:16).

Esta gloria – amor, descrita por su actuar en la historia de la salvación (cf salmo 136), es un amor fiel y constante o una fidelidad y constancia amorosa. Se anticipa a perdonar antes que el pecador se arrepienta (Rom 5:8). Junto con el perdón, también olvida la ofensa, como en el caso de la mujer de Oseas, prostituta y adúltera, a la que el esposo vuelve a enamorar en el desierto como si fuera una virgen. Esto es lo que conocemos como misericordia o amor misericordioso.

En Cristo, imagen visible de Dios, rostro humano de Dios y rostro divino del hombre, este amor se ha encarnado. El arcángel Gabriel nos ha revelado que su nombre es Jesús, porque por él Dios salva al pueblo de sus pecados. También se llama Emanuel, porque en él Dios está con nosotros para siempre. Él es el nuevo templo de Dios, la nueva tienda de reunión, donde Dios mismo se hace presente. También es el sumo Sacerdote consumado y el Cordero de Dios que con una sola oblación, la de su propia vida, nos alcanza el perdón del pecado y la comunión de vida con Dios.

Estos bienes nos llegan por el misterio pascual de Jesucristo, que la Iglesia nos proclama y nos comunica por los sacramentos de iniciación cristiana. Con razón el autor de la Epístola a los efesios nos anuncia la salvación como un hecho ya cumplido, pues “Dios rico en misericordia, - dice- por el grande amor, con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo... y con él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús, a fin de mostrar en los siglos venideros la sobreabundante riqueza de su gracia, por su bondad para con nosotros en Cristo Jesús” (Ef 2:44-7). Y la oración colecta del Domingo de la misericordia ruega que lleguemos a comprender la inestimable riqueza del bautismo que nos ha purificado, el Espíritu que nos ha dado una vida nueva y la sangre que nos ha redimido

Mons. Oscar Mario Brown J.
Obispo de Santiago

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viernes, 13 de febrero de 2009

Amor y amistad

2009-02-15
A tiro de piedra
Amor y amistad

El amor más grande es dar la vida por sus amigos, como lo hizo y nos enseña Jesús. Amor y amistad, en Él, van unidos. Nosotros, seres mortales, también, tenemos en muy alta estima el amor y la amistad. Pero, ¿amor y amistad tendrán hoy ese significado profundo? No lo hemos, más bien, tergiversado y reducido, en gran medida, a hacerlo sinónimo de apareamiento y relación interesada para escalar socialmente?

Cuando dos seres se aman, se dan el uno al otro, en el matrimonio y en la amistad. Los esposos, en el tiempo, son amigos; los amigos, en la distancia, se hacen mucho más que hermanos. Es un lazo fuerte que resiste muchos embates y, en las pruebas más duras, resiste y perdura. Darse uno a la persona que ama es morir. Morir al interés propio, a la ambición, al deseo, y a lo que quisiéramos para nosotros pero que damos voluntariamente al ser amado. Amar y ser amigo es compartir la comida, dando la parte mejor al otro; es ceder el mejor lugar al que sentimos parte nuestra; es sacrificarse o perder algo a favor del ser querido.

Al llegar otro día del amor y la amistad, tengo mucho que agradecer a Dios, por las personas que amo y por los amigos. Gente tan cercana en los momentos alegres y tristes, en el éxito y el fracaso, en la fortuna y el infortunio. En los momentos decisivos de mi vida, allí han estado. Los amigos fieles, que acuden pronto a la herida sin necesidad de llamarlos. La familia de sangre y afinidad, que acompaña siempre. Con todos y cada uno comparto dos cosas fundamentales: el amor y la fe. Eso es lo que nos une.

Más allá de mi limitado entorno, miro hacia el mundo. Mucho se habla de amor, pero en términos vacuos y engañosos. Las películas, los poemas y la literatura, son un mundo contaminado y degradado. Las obras exquisitas se confunden en un mar de sofismas que las ahoga; que esconde intenciones aviesas en palabras falaces. Para estos sin sentido, el amor se reduce al placer y el apetito sexual. Ya no hay alma ni suspiros; sólo jadeos y sudor. Es como si no existiera el amor más allá de un lecho ocasional. El supuesto amor libre no es más que un vivir sin compromiso, porque así se pueden levantar los bártulos y largarse con otra pareja que, probablemente, gustará, a su tiempo, del abandono. Igual la supuesta amistad, que sólo funciona cuando se está en la buena. Es una actitud utilitarista y de acomodo, que temprano o tarde pasará su factura.

Necesitamos abrir los ojos ante lo mundano. Bastante ya nos ha arrebatado esa corriente, para que nos quite el sentimiento sublime del amor y la amistad. No nos perdamos en el regalito futil y en el beso protocolar, tan común en esta época. El ser amado y el amigo verdadero no esperan nada de eso; aprecian la felicitación que sale del corazón y el abrazo sincero. La persona que ama da y no espera nada a cambio. Igual el amigo. Así es la gente que amo y me ama; así son mis amigos. Esos amigo de siempre, con quienes comparto el mismo sentimiento.

Que este Día del Amor y de la Amistad sea para cada uno de nosotros realmente eso. Sin nada cosmético. Sin la hipocresía del cumplimiento social. Cada quien sabe quienes son sus amigos y quienes le aman. Y si no lo sabe, que caiga en desgracia y lo sabrá al momento. Quien encuentra el amor y un amigo, encuentra el más grande de los tesoros.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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martes, 23 de diciembre de 2008

Vivid alegres

2008-12-21
El Ojo del Profeta
Vivid alegres

Con esta frase las Escrituras nos invitan a preparar el corazón para recibir la Palabra del Señor y ponerla en práctica. Es más que una exhortación; es una palabra de esperanza que se hace realidad en el amor de Dios. Algunos sucumben ante la violencia y el caos que, a veces, reina en distintas partes del mundo. ¿Cómo se puede estar alegre ante tanta desgracia? Allí está, precisamente, el fondo del asunto: soportar las pruebas y superar las adversidades, por medio de la plena confianza en la acción de Dios.

La alegría a la que se nos invita está, más que en el contento pasajero, en el convencimiento que vamos al encuentro del Señor en cada experiencia de Dios que tengamos en nuestra vida. Es una alegría con base en la fe y en la confianza de la existencia de Dios, que nos impulsa a amarlo a Él y a amar al prójimo como a nosotros mismos. Vivir alegre es confiarse a Dios cada día, ver a los demás sin detenerse a pensar en sus defectos, y compartir aquellos dones espirituales y materiales que el Señor nos da, en un acto de donación libre de aprehensiones y cavilaciones que puedan desvirtuarlos. El Señor está cerca y ese, sin más, es el motivo de nuestra alegría.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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miércoles, 16 de julio de 2008

La unidad de los cristianos, signo del amor de Dios por la humanidad

2008-07-06
La Voz del Pastor
La unidad de los cristianos, signo del amor de Dios por la humanidad

Publicamos un fragmento de intervención que pronunció Benedicto XVI sobre el ecumenismo con motivo de la visita a la Santa Sede de Su Santidad Karekin II patriarca supremo y catholicos de todos los armenios.

Hoy tengo la gran alegría de saludar a Su Santidad, el catholicos Karekin II, patriarca supremo de todos los armenios, y a la distinguida delegación que le acompaña. Su Santidad, rezo para que la luz del Espíritu Santo ilumine su peregrinación a las tumbas de los apóstoles Pedro y Pablo, las importantes reuniones que celebrará aquí, y en particular nuestras conversaciones personales. Pido a todos los presentes que recen para que Dios bendiga esta visita.

Su Santidad, le doy las gracias por su compromiso personal en el crecimiento de la amistad entre la Iglesia Apostólica Armenia y la Iglesia Católica. En el año 2000, poco después de su elección, usted vino a Roma para reunirse con el Papa Juan Pablo II, y un año después, usted quiso recibirle en la santa Etchmiadzin. Usted vino de nuevo a Roma junto con numerosos líderes eclesiales de Oriente y de Occidente con motivo del funeral del Papa Juan Pablo II. Estoy seguro de que este espíritu de amistad se profundizará aún más en los próximos días.

En un nicho exterior de la Basílica de San Pedro se encuentra una bella estatua de san Gregorio el Iluminador, fundador de la Iglesia Armenia. Nos ayuda a recordar las duras persecuciones que han sufrido los cristianos armenios, en particular, durante el último siglo. Los numerosos mártires de Armenia son un signo del poder del Espíritu Santo que actúa en tiempos de oscuridad, y prenda de esperanza para los cristianos de todas las partes del mundo.

Su Santidad, queridos obispos y queridos amigos, junto con vosotros imploro a Dios todopoderoso, por intercesión de san Gregorio el Iluminador, que nos ayude a crecer en la unidad, en el santo vínculo de la fe, la esperanza, y el amor cristianos.

[A continuación, el Papa pronunció la tradicional intervención en italiano:]

Queridos hermanos y hermanas:

Como veis, se encuentra entre nosotros esta mañana Su Santidad Karekin II, patriarca supremo y catholicos de todos los armenios, acompañado por una distinguida delegación. Expreso de nuevo mi alegría por haberle podido acoger esta mañana: su presencia reaviva en nosotros la esperanza de la unidad plena entre todos los cristianos. Aprovecho la oportunidad para darle las gracias también por la amable acogida que ofreció recientemente en Armenia al cardenal secretario de Estado. Para mí es un placer recordar la inolvidable visita que el catholicos hizo a Roma en el año 2000, poco después de su elección. En su encuentro con él, mi querido predecesor, Juan Pablo II, le entregó una insigne reliquia de san Gregorio el Iluminador y a continuación viajó a Armenia para devolverle la visita.

Es conocido el compromiso de la Iglesia Apostólica Armenia a favor del diálogo ecuménico, y estoy seguro de que también esta visita del venerado patriarca supremo y catholicos de todos los armenios contribuirá a intensificar las relaciones de fraterna amistad que unen a nuestras Iglesias. Estos días de inmediata preparación para la solemnidad de Pentecostés nos alientan a reavivar la esperanza en la ayuda del Espíritu Santo para avanzar por el camino del ecumenismo. Nosotros tenemos la certeza de que el Señor Jesús no nos abandona nunca en la búsqueda de la unidad, dado que su Espíritu actúa incansablemente para apoyar nuestros esfuerzos orientados a superar toda división y a coser todo desgarre en el tejido vivo de la Iglesia.

Esto es precisamente lo que Jesús prometió a los discípulos en los últimos días de su misión terrena, como acabamos de escuchar en el pasaje del Evangelio: les aseguró la asistencia del Espíritu Santo, que mandaría para que siguiera haciéndoles experimentar su presencia (Cf. Juan 14, 16-17). Esta promesa se hizo realidad cuando, tras la resurrección, Jesús entró en el Cenáculo, saludó a los discípulos con las palabras «La paz con vosotros» y, soplando sobre ellos, les dijo: «Recibid el Espíritu Santo» (Juan 20, 22). Les autorizaba a perdonar los pecados. El Espíritu Santo, por tanto, se presenta como fuerza del perdón de los pecados, de renovación de nuestros corazones y de nuestra existencia, y de este modo renueva la tierra y crea unidad allí donde había división. Después, en la fiesta de Pentecostés, el Espíritu Santo se muestra con otros signos: a través del viento impetuoso, de lenguas de fuego, y los apóstoles hablan todos los idiomas. Este último es un signo de que la dispersión de Babilonia, fruto de la soberbia que separa a los hombres, ha quedado superada por el Espíritu, que es caridad y que da unidad en la diversidad. Desde el primer momento de su existencia la Iglesia habla todos los idiomas, gracias a la fuerza del Espíritu Santo y a las lenguas de fuego, y vive en todas las culturas, no destruye nada de los dones ni de la historia propia, sino que los asume todos en una unidad nueva y grande que reconcilia la unidad con la multitud de formas.

El Espíritu Santo, que es la caridad eterna, el lazo de la unidad en la Trinidad, une con su fuerza en la caridad divina a los hombres dispersos, creando así la grande y multiforme comunidad de la Iglesia en todo el mundo. En los días que pasaron entre la Ascensión del Señor y el domingo de Pentecostés, los discípulos estaban reunidos con María en el Cenáculo para rezar. Sabían que no podían por sí solos crear, organizar la Iglesia: la Iglesia tiene que nacer y ser organizada por la iniciativa divina; no es una criatura nuestra, sino un don de Dios. Sólo así crea también unidad, una unidad que tiene que crecer. La Iglesia en todo tiempo, en particular, en estos nueve días entre la Ascensión y Pentecostés, se une espiritualmente en el Cenáculo con los apóstoles y con María para implorar incisamente la efusión del Espíritu Santo. Movida por su viento impetuoso será capaz de anunciar el Evangelio hasta los confines de la tierra.

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martes, 24 de junio de 2008

“No todo el que me dice “Señor, Señor…”

2008-06-15
La Voz del Pastor
“No todo el que me dice “Señor, Señor…”

El evangelista Mateo nos presenta a Jesús como el nuevo Moisés, legislador y conductor del Pueblo de Dios. Su evangelio está estructurado en cinco grandes discursos que recuerdan la disposición del Pentateuco.

Otro detalle significativo de su evangelio son las citas de reflexión, que quieren mostrar que el misterio de Cristo está latente en el Antiguo Testamento (A.T.), y se hace patente en el Nuevo: Jesucristo es el Mesías anunciado y esperado en el A.T. Todo ello obedece a que los destinatarios de su anuncio son cristianos procedentes del judaísmo.

Así como Moisés, legislador y liberador de Israel, recibió las tablas de la ley en el monte Sinaí, Jesús, en el monte de las bienaventuranzas, promulga la nueva ley, la del Reino de los cielos y su justicia, ley interior, ley del Espíritu. La artificialidad del dato salta a la vista en el hecho de que Lucas ubica en una llanura su versión de las bienaventuranzas.

El primer discurso de Jesús, nuevo Moisés, se conoce como Sermón del Monte. Está dirigido a sus discípulos, es decir a los que lo aceptan como maestro.

El título de rabí o maestro estaba reservado para los que eran capaces de instruir al pueblo acerca de la ley. Y ésta era tenida por norma de conducta y fuente de vida. Así lo transparenta el Deuteronomio cuando coloca al discípulo ante dos caminos para que elija la bendición y la vida o la maldición y la muerte (cf Dt 11:26-28; 30:15-20).

Se entiende que nadie en su sano juicio va a elegir conscientemente la maldición y la muerte. Pero es que el pecado se presenta siempre con rostro atractivo, pero seductor, es decir, engañador. La parábola de la caída de los primeros padres muestra la transgresión propuesta como un fruto grato a los ojos y sabroso al paladar, que, sobre todo cautiva la razón, porque promete hacernos semejantes a Dios. He ahí la seducción.

Para vencerla es necesario contar con una luz que haga patente el engaño del seductor. Éste es el papel de la ley, como instrucción o revelación de Dios, que muestra cómo conducirse como miembro fiel de su pueblo. En definitiva, una norma de conducta que se convierte en fuente de vida. Por eso el Deuteronomio insiste en la importancia de conocer, recordar y observar la ley, valiéndose de todos los recursos: filacterias en brazos y frente, su fijación en las jambas de las puertas, su evocación en el descanso o el movimiento y su transmisión a la prole. Jesús, tentado por el adversario para que se desvíe del camino de la vida, lo rechaza enérgicamente apoyándose en la ley.

Pero para que la ley se convierta en fuente de vida es necesario cumplirla íntegramente, como observa, con razón, san Pablo. No basta con conocer sus preceptos. Hace falta fuerza para cumplirlos. Aquí se ubica la novedad que aporta el nuevo Moisés, que no ha venido a abolir la ley, sino a perfeccionarla con el don del Espíritu, Maestro interior, Defensor en la misión y Señor y Dador de vida (cf Mt 5: 17-19).

El don del Espíritu, anunciado por Jeremías (31:31-34) y Ezequiel (36:24-28), entre otros, es el que garantiza, en definitiva la posibilidad de conducirnos como miembros del Pueblo de Dios, sus hijos y hermanos de Jesucristo. El sermón del Monte desafía a los discípulos a cultivar una relación con Dios que supere la de escribas y fariseos y, en consecuencia, los haga aptos para “entrar en el Reino de los cielos” (cf Mt 5:20). Esto exige superar la ley mosaica, que promete vida, a partir de la observancia de una norma externa, con la nueva ley del Espíritu, Amor fiel que nos hace hijos de Dios, capaces de producir “el fruto del Espíritu: amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza, mansedumbre y temperancia” (Gal 5:22).

Al final del Sermón del Monte reaparece el tema de los dos caminos en la parábola del constructor prudente y del insensato. No basta con invocar al Señor y recordar las obras extraordinarias que hayamos podido realizar en su nombre. Lo que importa es que por la fe y la obediencia a la nueva ley, la del Espíritu, transmitida por Jesús, “entremos en el Reino de los cielos”, participemos aquí y ahora de la vida del mismo Dios, a quien reconocemos como Padre y Soberano, Dios con nosotros, por medio de Jesús, el Emmanuel.

Mons. Oscar Mario Brown J.
Obispo de la Diócesis de Santiago

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Ser padre

2008-06-15
Editorial
Ser padre

La paternidad en nuestro país se caracteriza por la ausencia del padre en la mayoría de los hogares, lo que convierte en afortunados a quienes cuentan con la figura paterna en su vida familiar, y en desheredados de su amor y protección a los que carecen de ella.

Un hogar sin padre es un hogar disfuncional, como lo llaman ahora, y un espacio familiar en el que los niños y niñas pierden la oportunidad de crecer y desarrollarse bajo el amparo y la formación del cuidado paterno y materno, porque ambas figuras son irreemplazables en su función y su misión dentro del núcleo familiar.

Para nosotros los cristianos es vital formar una familia a la manera de Dios, para vivir a plenitud nuestra humanidad. Ser padre, en este sentido, significa amar a la esposa y a los hijos como Cristo ama a su Iglesia y como el Padre nos ha amado, al darnos a su Hijo Único nacido en el seno de la familia de Nazaret conformada con José y María que recibieron con amor a Jesús Emmanuel.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
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martes, 27 de mayo de 2008

La Eucaristía Presencia Real - Sacramento de la Esperanza

2008-05-25
La Voz del Pastor
La Eucaristía Presencia Real - Sacramento de la Esperanza

La Iglesia nos convoca de nuevo para celebrar el CUERPO Y SANGRE DE CRISTO.. Una fiesta hermosa, tradicional, cargada de hondo significado. Aunque la vida moderna le ha hecho perder un poco el esplendor que tenía. Me parece bueno, sin embargo, descubrir siempre mejor su sentido y la oportunidad que ofrece. ¿Cómo vivirla hoy?

El jueves (o domingo) siguiente al domingo de la Santísima Trinidad, la Iglesia celebra la solemnidad del santísimo cuerpo y sangre de Cristo. Ese es su título completo, aunque solemos referirnos a ella utilizando su anterior nombre latino, "Corpus Christi". Es interesante saber que su título más antiguo fue Festum Eucharistiae.

Por eso tanto la preparación de la fiesta del Corpus como su celebración son una ocasión propicia para realizar una acción catequística que ponga de relieve la importancia de la Eucaristía en nuestra vida.

La festividad del Corpus Christi nos invita a entrar en el corazón del misterio de la Eucaristía, que se ha de creer, celebrar y vivir. "Sacramento de la caridad, la Santísima Eucaristía es el don que Jesús hace de sí mismo, revelándonos el amor infinito para cada hombre"[ Benedicto XVI, Exhortación Apostólica Sacramentum caritatis, 1 ].

Este año, a la luz de la última encíclica de Benedicto XVI –"Spe salvi; Salvados en la esperanza"-, contemplemos la Eucaristía descubriendo en ella un verdadero sacramento de esperanza para toda la humanidad y, de manera muy especial, para los más pobres y excluidos de los bienes necesarios.

La Eucaristía, sacramento del amor, aviva en nosotros la conciencia de que donde hay amor brilla, también, la esperanza, de que donde el ser humano experimenta el amor se abren para él puertas y caminos de esperanza.

Así nos lo ha recordado Benedicto XVI cuando dice: « No es la ciencia la que redime al hombre. El hombre es redimido por el amor. Eso es válido incluso en el ámbito intramundano. Cuando uno experimenta un gran amor en su vida, se trata de un momento de "redención" que da un nuevo sentido a su existencia» [Benedicto XVI, Spe salvi, n. 26]. Y porque el amor es lo que salva, salva tanto más cuanto más grande y fuerte es. Por eso, no basta el amor frágil que nosotros podemos ofrecer. El hombre, todo hombre, también el pobre, en palabras del Papa, «necesita un amor incondicionado». Ese es el amor absoluto que Dios nos ha manifestado en Jesús: «Por medio de Él estamos seguros de Dios, de un Dios que no es una lejana "causa primera" del mundo, porque su Hijo unigénito se ha hecho hombre y cada uno puede decir de Él: "vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí" (Gal 2,20)»[4].

Este amor absoluto e incondicionado de Dios que el hombre necesita para encontrar sentido a la vida y vivirla con esperanza, se ha manifestado en Cristo y tiene su máxima expresión sacramental en el misterio de la Eucaristía.

Cuando se descubre y vive la Eucaristía, como misterio de presencia de Cristo acompañando al hombre en el camino de la vida, como misterio de vida entregada por el "Otro" y como servicio humilde y generoso al hermano necesitado, como misterio de comunión que nos hace sentar en la misma mesa superando toda diferencia, resulta fácil descubrir que la Eucaristía es el gran sacramento de la esperanza, anticipo de los bienes definitivos a los que todos aspiramos en lo hondo de nuestro corazón y que esperamos alentados por la fe [ Cfr. Mt 26, 26-28; Jn 15,3; 1Cor 10,17; 11, 17-34; Cfr. Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, n. 59 ].

Por eso celebremos la Eucaristía ofreciendo a los pobres signos de esperanza. Vivida y celebrada la Eucaristía como el gran sacramento del amor, la fe en ella se traduce inevitablemente en gestos y signos de esperanza. Lo dice el Papa con otras palabras: «Toda actuación seria y recta es esperanza en acto. Lo es ante todo en el sentido de que así tratamos de llevar adelante nuestras esperanzas más grandes o pequeñas; solucionar éste o aquel otro cometido importante para el porvenir de nuestra vida: colaborar con nuestro esfuerzo para que el mundo llegue a ser un poco más luminoso y humano, y se abran así también las puertas hacia el futuro» [ Spe salvi, n. 35 ].

"Cantemos al amor de los amores, cantemos al Señor, Dios está aquí …Gloria a Cristo Jesús..." La Madre Teresa de Calcuta decía a sus religiosas que deben tratar a los enfermos como el sacerdote trata a la hostia consagrada. Cuando adoro a Jesús en la Eucaristía veo a los pobres y cuando veo a los pobres veo a Jesús". No hace falta amar a las personas por Cristo, sino que basta amar a Cristo en las personas.

Por eso, si quisiéramos en verdad amar a los pobres, entonces, acerquémonos a Jesús Eucaristía, donde bebemos el amor en su fuente, hasta convertirnos en fuente de amor, que no se agota. De tal manera nuestra participación en la Eucaristía ha de impulsarnos irremisiblemente a servir a los pobres, como Jesús, quien une la institución de la Eucaristía con el lavatorio de los pies.

Por eso desconfiemos de una Eucaristía sin amor a los pobres; pero no empobrezcamos más a los pobres privándoles del banquete de vida eterna, que es Jesús en la Eucaristía. Ambos amores son uno mismo, como dice el Papa: Hay una "inseparable relación entre amor a Dios y amor al prójimo. Ambos están tan estrechamente entrelazados, que la afirmación de amar a Dios es en realidad una mentira si el hombre se cierra al prójimo o incluso lo odia... El amor del prójimo es un camino para encontrar también a Dios, y cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios" (Deus caritas est, 16).

Mons. José Domingo Ulloa M.
Obispo Auxiliar

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miércoles, 21 de mayo de 2008

El Respeto y la Obediencia a Nuestros Padres

2008-05-18
La Voz del Pastor
El Respeto y la Obediencia a Nuestros Padres

No faltará quien tilde de obsoleto este concepto del respeto y la obediencia que debemos los hijos hacia nuestros padres.

Cada día salen a relucir ideas acomodaticias y distorsionadas sobre la libertad y los derechos humanos con la nefasta conclusión de negar en la práctica el amor, la reverencia y la obediencia de los hijos hacia aquellos que los engendraron.

Corrientes de pensamiento seudo modernos llegan hasta desconocer en la práctica, aunque no niegan en teoría, la llamada patria potestad. Las relaciones de amor y reverencia entre padres e hijos es recíproca.

El respeto y la obediencia a nuestros padres tienen su principio en la ley natural ya que todos venimos al mundo procedentes de aquellos que nos engendraron. Sí no siempre los seres humanos son concebidos por un acto de amor en la mutua donación de sus padres, ontológicamente proceden de ellos por el acto generador - ya por este título el padre y la madre merecen la gratitud y el respeto por ser el origen material e inmediato de la vida de sus hijos. Además, la ley divina nos pide taxativamente que amemos , respetemos y obedezcamos a nuestros padres.

Cuando Dios entregó el decálogo a Moisés en el monte Sinaí le recordó primero el deber fundamental de amarle por encima de todas las cosas. Vemos que los tres primeros mandamientos nos relacionan directamente con Dios. Pero cuando nos presenta la segunda parte de los mandamientos que es el amor a nuestro prójimo nos presenta también el orden en que debemos amar a nuestros semejantes. De allí que no hay ser humano más cercano a nosotros que nuestros padres.

"Honra a tu padre y a tu madre para que vivas una larga vida en la tierra que te dio el Señor tu Dios" (Éxodo 20, 12). Más adelante nos dice Dios en el Deuteronomio: "honra a tu padre y a tu madre tal como el Señor tu Dios te lo ha ordenado para que vivas una larga vida y te vaya bien en la tierra" ( Deuteronomio 5,16). y para convencernos más sobre el deber de amar, respetar y obedecer a nuestros padres el mismo Dios se complace en prometer algunas recompensas terrenales que no son más que signos de los bienes que nos dará en el cielo a los que cumplimos estos deberes.

Nos dice el libro del Eclesiástico (Ecle. 3, 2-16) "El Señor quiere que el padre sea honrado por sus hijos y que la autoridad de la madre sea respetada por ellos"... y a continuación señala algunos premios: "alcanza el perdón de sus pecados... "reúne una gran riqueza... "recibirá alegría de sus propios hijos"... "cuando ore el Señor lo escuchará"... "tendrá larga vida"... "será premiado por el Señor" "recibirá toda clase de bendiciones.

Este amor y obediencia a nuestro padre se hace mucho más obligante al llegar ellos a la vejez porque es cuando más nos necesitan. "Aunque su inteligencia se debilite, sé comprensivo con él... no lo avergüences mientras viva" "socorre al padre, es algo que no se olvidará. Así como Dios señala algunas recompensas por la obediencia y el amor a nuestros padres también profiere amenazas. "El que abandone a su padre ofende al Señor y el que hace enojar a su madre es maldecido por Dios". Todos tenemos un ejemplo en el mismo Jesucristo el cual "siendo Dios no se aferró a su condición divina... se hizo hombre... tomó la condición de siervo y se hizo obediente a la muerte y muerte en la cruz" (Filipenses 2, 6-8).

Con mucha elocuencia nos relata San Lucas el hallazgo del niño Jesús en el templo y después de describirnos las sabias respuestas dadas a sus padres para calmar su preocupación añade el evangelista: "Volvió con ellos a Nazaret obedeciéndolos en todo" (Lucas 2,51). Además Jesús afirmo categóricamente: "mi alimento es cumplir la voluntad de mi padre. (Juan 4, 34)

Nuestra formación y madurez cristiana nos tienen que ayudar a obedecer, amar y reverenciar a nuestros padres mientras ellos vivan y cualquier legislación o normas legales que se promulguen para proteger a los hijos deben contribuir a resaltar tanto el deber de los padres para proteger y educar a sus hijos (la patria potestad) como la de éstos de venerar y respetar a aquellos con amor filial.

Mons. José Dimas Cedeño Delgado
Arzobispo Metropolitano de Panamá

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lunes, 17 de marzo de 2008

Poner la otra mejilla

2008-03-16
La Voz del Pastor
Poner la otra mejilla

Cuando Jesús nos habla en el Ev. de San Mateo 5,39 de poner la otra mejilla nos hace un llamado a superar la ley del talión y comenzar una vida nueva desde una sociedad más justa y humana. Todos somos conocedores de esta ley del talión como una experiencia muy antigua y siempre actual en todos los ámbitos de la sociedad. Como experiencia de esto tenemos la cámara de gas, la silla eléctrica y otro tipo de castigos que van contra la dignidad de la persona humana. La misma indiferencia y exclusión atentan contra el mandato del Señor Jesús que nos invita a sobrepasar en ansia de venganza y deseo de confrontación que tiene el ser humano como modo especial de superación en la vida ordinaria.

Jesús nos hace una invitación especial a superar la lógica normal del ser humano que como buscador constante de valores positivos está el de querer estar por encima de todo tipo de expresión negativa que lleve a la humillación y represión de la persona en lo más digno de su ser. Por eso Jesús nos pide amar a nuestros enemigos. Normalmente todos aman a los amigos; sólo los cristianos aman a los enemigos. Esta es la diferencia de la persona que desea vivir la propuesta de Jesús a radicalidad. Esto aparece como verdadera y característica síntesis del Evangelio: si toda la ley se sintetiza en el mandamiento del amor a Dios y al prójimo (Mc 12,28-33; Rm 13, 8-10; Sant 2,8), la vida según el Evangelio encuentra su cumplimiento en las palabras y en los gestos de Jesús que establecen en el amor al enemigo el horizonte de la praxis cristiana. Nos dice Jesús: "aman a sus enemigos, hagan el bien a los que les odian" (Lc 6,27; cf. 6,28-29; Mt 5,43-48), y toda su vida certifica este amor incondicional, dirigido también a quienes le condenaban y lo crucificaron; llega hasta la oración por sus verdugos (Lc 23,33-34). El cristiano, llamado a hacer suyo el sentir, el pensar, el querer de Cristo mismo (flp 2,5), se encuentra, por tanto, siempre con esta exigencia.

Ya en el Antiguo Testamento existe una invitación al israelita de amar al prójimo como a sí mismo, para esto se propone una especie de itinerario: no cultivar odio hacia su hermano; corregir al prójimo, así no te cargarás con su pecado. No te vengarás ni guardarás rencor contra los hijos de su pueblo, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo. Primeramente se nos pide la adhesión de fe a aquel que es el Señor; a continuación se exhorta al israelita a que impida crecer en sí mismo sentimientos de odio; después se invita a corregir a quien hace mal, prohibiéndose tomar la venganza por su mano y amando al prójimo. Al amor se llega a través de un ejercicio. Esto quiere decir que el amor no es una realidad espontánea: requiere disciplina, ascesis, lucha contra el instinto de la cólera y contra la tentación del odio. Así se alcanzará la responsabilidad de quien tiene el coraje de practicar una determinada corrección fraterna denunciando "constructivamente" el mal cometido por otros. No hay que confundir el amor al enemigo con la complicidad con el pecador. Al contrario, la libertad de quien sabe corregir y avisar a quien realiza el mal, nace de la profundidad de la fe y de un amor por el Señor, que son la premisa necesaria para el amor al enemigo. Quien no conserva rencor y no se venga, sino que corrige al hermano, está de hecho también en situación de perdonar. Y el perdón es la misteriosa madurez de la fe y del amor por la que el ofendido escoge libremente renunciar a su propio derecho ante aquel que ya ha pisoteado sus justos derechos. quien perdona sacrifica una relación jurídica a favor de una relación de gracia.

Jesús mismo, cuando pide amar al enemigo, sitúa al creyente en una tensión, en un proceso. Partiendo del esfuerzo por superar siempre la ley del talión, es decir, la tentación de devolver el mal que se ha recibido, el creyente debe llegar a no oponerse al malvado, a contraponer al mal la activísima pasividad de la no violencia, confiando en el Dios único, Señor y Juez de los corazones y de las acciones de toda persona. Más todavía, movidos por la convicción de que el enemigo es nuestro principal maestro, el que puede verdaderamente desvelar lo que habita nuestro corazón y que no aparece cuando estamos en buenas relaciones con los otros, los creyentes pueden obedecer las palabras de su Señor, palabras que invitan a poner la otra mejilla, a entregar también la túnica a quien quiere quitarnos la capa...

Pero para que todo esto sea posible, es indispensable lo que nos recuerda siempre el Evangelio junto al mandamiento de amar a los enemigos, o sea, la oración por los perseguidores, la intercesión por los adversarios: "Amen a sus enemigos y recen por sus perseguidores" (Mt 5,44). Si no asumimos al otro en la oración, en particular al otro que se ha convertido en nuestro enemigo, que nos contradice, que nos hostiga, que nos calumnia, si no se aprende a verle con los ojos de Dios, en el misterio de su persona y de su vocación, no se podrá llegar jamás a amarle. Pero debe quedar bien claro que el amor al enemigo es cuestión de profundidad de fe, de inteligencia de nuestro corazón, de riqueza interior, de amor al Señor, y no simplemente tener una buena voluntad.

Pidamos al Señor que nos ayude en este tiempo de cuaresma a tener un espíritu abierto al cambio y descubrir las fuentes necesarias para superar todo egoísmo que exista en nuestras vidas, poner en práctica el mandamiento del amor y trabajar para que nuestra sociedad supere el ansia de poder y de tener y busque caminos de reconciliación desde una dimensión no violenta y trabajemos para superar el juega vivo y amemos de corazón nuestras acciones y propuestas que lleven a construir un mundo mejor desde el aporte de cada uno de nosotros al bien de los demás y de nuestra historia. Que María, nuestra Madre, nos acompañe en nuestro caminar con actitud positiva y encomiable al bien de nuestra patria y de quienes la habitamos.

Mons. Pedro Hernández Cantarero
Obispo del Vicariato Apostólico de Darién

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viernes, 25 de enero de 2008

Carta a los Reyes Magos

2007-12-30
A tiro de piedra
Carta a los Reyes Magos

Queridos Reyes Magos, les escribo esta carta para pedirles algunas cosas que quiero me traigan para la solemnidad de la Epifanía. Yo sé que, desde hace mucho, un montón de niños y niñas han sido arrastrados a dirigir sus cartitas al panzudo vestido de rojo, que nos ha inventado la publicidad y hollywood. No tengo nada en contra de él, porque es sólo un invento, y ante lo irreal no es necesario someterse, sino discernir, para elegir la Verdad sobre la mentira; la realidad sobre la fantasía.

A ustedes, que fueron a adorar al Niño Jesús siguiendo su estrella, les pido que me traigan, para mí y mis compatriotas, parte de esa paz infinita que recibieron a llegar al Pesebre. Tráiganme, también, la sabiduría de poder distinguir entre los Herodes de hoy, que quieren matar al Niño Dios robándonos la Navidad, y los pastores y pastorcillas que viven en los hombres y mujeres de buena voluntad de nuestro tiempo.

Me gustaría mucho que los cristianos los tuviéramos más presentes, para contarle a los niños su historia, y para que vuelvan a poner los zapatitos en las ventanas, esperando su visita alegre con caballos y camellos cargados de los regalos que todos los fieles debemos ofrecer a Jesús el Señor. Vengan repartiendo esos buenos sentimientos que nos llevan a amar a los demás como hermanos y como a nosotros mismos, y contágiennos de su amor y su entusiasmo para poner en los zapatitos de cada niño y niña un dulce, un juguetito, y un papelito en donde le digamos lo mucho que los queremos.

No se olviden de mandarle a los gobernantes el ánimo de trabajar y servir al pueblo con rectitud. Tampoco olviden a los conductores que atropellan tanta gente y cuanta criatura le queda enfrente de sus autos. Pongan especial atención a los buseros, para que entren en cordura, y quítenle las ganas de ser diputados. A los que cierran calles y hacen la huelga, concédanles que puedan decir su verdad de una manera serena y clara, sin afectar a los más indefensos y necesitados.

Gaspar, Melchor y Baltasar, transmítannos su entusiasmo y perseverancia para andar nuestro camino con esperanza, y sin amilanarnos ante las ideas y las distracciones del mundo. Ustedes hicieron un largo viaje lleno de peligros, cruzando valles, colinas, desiertos, y abrumados por el candente sol y el frío de la noche. Saben lo que es un andar esforzado, en busca del Salvador. Ayúdennos a distinguir la luz de Cristo, para que podamos guiarnos en nuestra marcha.

Por último, les agradezco si pueden traerme un crío de camello. Por acá el agua escasea en algunas partes, y la gasolina aumenta de precio a cada rato. El camello anda largas jornadas y bebe poco, por lo que sería un medio de transporte muy útil por estos lares. Y no está de más que a algunos compatriotas me le den esa particularidad del camello, y no me refiero a la joroba, sino al beber poco, a ver si así tenemos una sociedad mejor. Ah, se me olvidaba: que sancionen la ley antitabaco, para poder convivir en ambientes libres de humo.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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La Navidad en Panamá

2007-12-23
La Voz del Pastor
La Navidad en Panamá

Estamos iniciando un nuevo año litúrgico con la celebración del Adviento, en su etapa final y el tiempo de Navidad, un momento especial para encontrarse en familia y superar todos aquellos momentos de amargura, resentimientos, odios, rencores y cuantos aspectos negativos nos han tenido atados a situaciones superables en nuestra existencia.

Sabemos y conocemos que este año 2007 ha pasado para muchos sin pena ni gloria; los momentos se nos han ido y la vida continúa sin dejar huellas maravillosas de amor y esperanza. Eso no tiene que condicionarnos para pensar que la vida seguirá igual; debemos asumir un nuevo compromiso cristiano, sabiendo que el Dios de la Vida, que viene a salvarnos hoy desea nacer en nuestros corazones y espera de nosotros una puerta abierta para quedarse y construir en nuestra existencia una nueva realidad, donde impere el amor, la justicia, la paz y la libertad entre nosotros. Pero para poder quedarse pide de nuestra parte un deseo ardiente de cambio, donde no existan las excusas, ni aquello que pueda oscurecer nuestro vivir y actuar.

Cada persona humana, desde su realidad cultural y entorno social debe ubicarse con una actitud positiva, confirmando la razón de la llegada del Mesías a nuestra tierra. El sigue llegando a nosotros y desea quedarse en medio de nuestros pueblos; pero es necesario que nos encuentre en actitud de espera, siendo sencillos, generosos y con un espíritu acogedor en estos tiempos, donde la realidad nos interpela con el paso de tantos migrantes y refugiados que tocan nuestras puertas del amor y la amistad. También es bueno tener presente la realidad de pobreza e inestabilidad en muchos aspectos de la vida; a todo esto el Dios con nosotros quiere sentirse acogido, amado y servido por cada uno de nosotros; pero que lo hagamos sin servilismos ni expresiones que lleven a querer hacernos ver y sentir por los demás; sino con expresiones simples, pero profundas que lleguen al corazón de las personas más necesitadas, donde no surjan quejas por las atenciones dadas, sino más bien, manifestaciones que hagan vivir el valor de la fraternidad, la comprensión y la ternura de un Dios amor, que siempre se preocupa de nosotros.

Vivir la Navidad y recordar que somos miembros de la gran familia de Dios, donde podemos y debemos superar los rencores y resentimientos que apagan esas bellas luces de bondad y amor que pueden surgir de nuestros corazones.

Navidad es vivir el valor del encuentro con nuestro Padre Dios que nos ha amado desde siempre y ha tenido la gran preocupación de buscar nuestra salvación integral; no queramos aplacar nuestras conciencias con pequeñas expresiones que no cambian el mundo; luchemos por cambiar nosotros y hagamos que el Jesús niño se posesione de nuestra existencia y nos haga personas nuevas; recordemos que la luz que manifestemos a los demás servirá para iniciar un nuevo año lleno de fe y esperanza.

Este tiempo es un momento de encuentro con la persona de María y toda la familia de Nazareth. Sería bueno recordar que María como madre supo vivir esos momentos de encuentro con Jesús y salió adelante en sus momentos más contemplativos para leer los signos que aquel Hijo amado le manifestaba a cada momento. Para nosotros, en estos momentos, donde el valor de la observación se ha perdido mucho, solamente existe cuando nos mueve un interés utilitarista, sería bueno que pongamos nuestros sentidos a vivir el valor de la contemplación y descubramos en las pequeñeces de cada día, cómo el Señor se hace realidad y nos invita a la alegría para llenar el mundo de una nueva expresión de bondad y caridad.

Trabajemos para crear una nueva atmósfera en nuestros ambientes cercanos y lejanos, donde los demás descubran que somos mensajeros de paz, felicidad y amor. Que cada persona que venga a nuestro encuentro descubra que de verdad vivimos la realidad de la Navidad, siempre alegres y con deseos de cambiar nuestro existir, para que los demás crean que Jesús vive entre nosotros y quiere quedarse en cada corazón disponible y abierto.

Que el Dios de la Vida bendiga nuestro caminar y nos ayude a iniciar un año nuevo lleno de esperanza y con firme propósito de cambiar para bien en toda la realidad nacional.

Mons. Pedro Hernández Cantarero
Obispo Vicariato de Darién

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miércoles, 19 de diciembre de 2007

Navidad con sentido

2007-12-16
Editorial
Navidad con sentido

En la bulliciosa confusión mercantilista de diciembre, el sentido navideño se interpreta según la condición íntima de la propia persona. Para unos es época de amor y paz, sin más; para algunos más, periodo de intercambio social y consumo desmesurado; y para otros, el sentimiento que nace desde la fe. No contamos, aunque sin pretender excluirlos, a los que simple y llanamente les resulta indiferente ésta y otras celebraciones.

Para el cristiano que toma en serio su fe, la Navidad tiene el sentido profundo de la venida de Cristo al mundo. La primera, y la segunda que esperamos en definitiva. Este tiempo es de renovación de nuestras vidas; de plugar a Dios para que nos dé su Espíritu Santo y vivamos mejor la relación con él y con el prójimo; y de poner suficiente aceite en nuestras lámparas en espera de su venida.

Nuestro actuar ha de asemejarse a aquella persona que pone su casa en orden, porque espera la llegada, de un momento a otro, de alguien que es lo más importante y especial para ella. Y porque se preocupa por su venida, no escatima en esfuerzo alguno para que, al llegar, encuentre todo en su puesto y constate que se le ama y se le considera en grado sumo.

Si no hemos abierto aún los ojos a esta realidad, hagámoslo; todavía estamos a tiempo. Que no quedemos como las jóvenes necias, que no les preocupó llevar suficiente aceite para sus lámparas. Vivir esta Navidad en espiritualidad, nos llenará de gozo y alegría. Vivirla en el frenesí y la vorágine del mundo mercantilista, nos dejará, al cabo de unos días, un inmenso vacío imposible de llenar con cosas terrenales.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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viernes, 23 de noviembre de 2007

Por amor al prójimo

2007-11-25
Editorial
Por amor al prójimo

El amor al prójimo implica sacrificar algo de nosotros para entregarlo al otro. La relación gobierno y médicos; médicos y pacientes, debe, y puede, enmarcarse dentro de este pensamiento. Cada quien cederá una parte, para tender puentes hacia los demás.

La huelga médica, aunque legítima en su fondo, no alcanzará su justa dimensión, mientras queden sin atención miles de pacientes que esperan por ese servicio. Y no se trata aquí de culpar al gremio médico o al gobierno, porque cada parte sabe cuál es su deber con respecto a la población que necesita de la atención médica. Queremos, más bien, clamar por aquellos que sufren por la falta de los servicios de salud.

Resolver todos los problemas que se dan en el sistema de salud pública requiere, como ya suponemos que se acordó en la concertación de la mesa de salud, un plan y un programa dirigidos a alcanzar ese objetivo. Necesitamos un sistema de salud que brinde atención expedita, accesible, y de calidad; con funcionarios, personal de salud, médicos y especialistas remunerados justamente y en número suficiente para atender las áreas, regiones, y turnos que se precisen.

Esperanza tenemos que, al superarse esta huelga, las partes estén conformes con el acuerdo logrado, y que se aboquen, sin dilación y mancomunadamente, a resolver la mora que se ha ocasionado en la atención a la población que, en todo este tiempo, ha sido privada del servicio de salud que humanamente merece.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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lunes, 12 de noviembre de 2007

En nuestra Independencia

2007-11-11
La Voz del Pastor
En nuestra Independencia

El 10 de noviembre celebramos nuestra independencia. El gesto heroico de Rufina Alfaro y de quienes basados en su fe no temieron asumir riesgos. Aún el de su propia vida. El Santo Padre nos enseña en la Exhortación Apostólica Iglesia en América que, desde nuestras realidades, hemos de salir al Encuentro de Jesucristo vivo y así, convertidos, vivir como el pueblo redimido y rescatado, vivir como Iglesia en comunión y solidaridad.

En esta aventura de hacer historia y construir algo nuevo, hemos de sentirnos solidarios. Este esfuerzo –nos recuerda el Papa Juan Pablo II– debe ir acompañado del amor a la Patria, amor hacia su cultura y su historia, amor hacia los valores autóctonos.... amor sin fin hacia todos los que somos responsables de esa causa común que se llama Patria (Juan Pablo II a los Peregrinos de Baja Silesia, 5 de junio de 1979)

El apóstol San Pablo en la primera Carta a Timoteo “nos exhorta a ofrecer oraciones y acciones de gracias por... por todos los que ejercen la autoridad, "para que podamos vivir una vida tranquila y apacible con toda piedad y dignidad" (1 Tm 2, 2).

Recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica (2239) Que es “deber de los ciudadanos es cooperar… al bien de la sociedad en espíritu de verdad, justicia, solidaridad y libertad”. “El amor y el servicio de la patria forman parte del deber de gratitud y del orden de la caridad. Y … el servicio del bien común exige de los ciudadanos que cumplan con su responsabilidad en la vida de la comunidad política. “La Iglesia, a su vez, ha de "respetar y promover también la libertad y la responsabilidad política de los ciudadanos" (OS 76, 3).” (2245) Como parte de su misión.

No podemos olvidar que Pertenece, también “a la misión de la Iglesia "emitir un juicio moral incluso sobre cosas que afectan al orden político cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas, aplicando todos y sólo aquellos medios que sean conformes al Evangelio y al bien de todos según la diversidad de tiempos y condiciones" (OS 76, 5). (2246)

Patria no es sólo el territorio en el que se ha nacido. Abarca también un entramado de ideas, historia, tradiciones, costumbres... que identifican la personalidad de un pueblo. Todos debemos esforzarnos por el engrandecimiento de la Patria con nuestro servicio, con nuestra colaboración, con nuestro trabajo y hasta con el sacrificio de la vida, si esto es necesario para defenderla, cuando está en peligro. Nuestros deberes para con la Patria son: amarla, defenderla, cumplir sus leyes y contribuir al bien común. Debemos estar orgullosos de nuestra Patria. De sus cualidades y de sus virtudes. Pero también debemos darnos cuenta de nuestros defectos y trabajar para corregirlos; contribuyendo así a su engrandecimiento.

Hoy! Damos gracias a Dios por nuestros orígenes. Damos gracias a Dios por nuestra identidad. Damos gracias a Dios por nuestro caminar de fe. Damos gracias a Dios por nuestra cultura. Damos gracias a Dios por nuestro presente.Damos gracias a Dios por la protección de Nuestra Señora de la Antigua y Hoy, también en el nombre de Dios asumimos el reto del futuro que Él mismo ha puesto en nuestras manos.

Mons. Fernando Torres Durán
Obispo de Chitré

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viernes, 26 de octubre de 2007

La curación completa y radical es la «salvación»

2007-10-28
La Voz del Pastor
La curación completa y radical es la «salvación»

(ZENIT.org).- Publicamos la intervención que pronunció Benedicto XVI el domingo 14 de octubre al rezar la oración mariana del Ángelus.

Queridos hermanos y hermanas:

El Evangelio de este domingo presenta a Jesús curando a diez leprosos, de los cuales sólo uno, samaritano y por tanto extranjero, vuelve para darle las gracias (Cf. Lucas 17, 11-19). El Señor le dice: «Levántate y vete; tu fe te ha salvado» (Lucas 17, 19).

Este pasaje evangélico nos invita a una reflexión doble. Ante todo, hace pensar en dos niveles de curación: uno más superficial, afecta al cuerpo; el otro, más profundo, a lo íntimo de la persona, lo que la Biblia llama el «corazón», y de ahí se irradia a toda la existencia. La curación completa y radical es la «salvación». El mismo lenguaje común, al distinguir entre «salud» y «salvación», nos ayuda a comprender que la salvación es mucho más que la salud: es, de hecho, una vida nueva, plena, definitiva. Además, aquí Jesús, como en otras circunstancias, pronuncia la expresión: «tu fe te ha salvado». La fe salva al hombre, restableciéndole en su relación profunda con Dios, consigo mismo y con los demás; y la fe se expresa con el reconocimiento. Quien, como el samaritano curado, sabe dar las gracias, demuestra que no lo considera todo como algo que se le debe, sino como un don que, aunque llegue a través de los hombres o de la naturaleza, en última instancia proviene de Dios. La fe comporta, entonces, la apertura del hombre a la gracia del Señor; reconocer que todo es don, todo es gracia. ¡Qué tesoro se esconde en una pequeña palabra: «gracias»!

Jesús cura diez enfermos de lepra, enfermedad que entonces era considerada como una «impureza contagiosa», que exigía un rito de purificación (Cf. Levítico 14,1–37). En realidad, la lepra que realmente desfigura al hombre y a la sociedad es el pecado. El orgullo y el egoísmo engendran en el espíritu indiferencia, odio y violencia. Sólo Dios, que es Amor, puede curar esta lepra del espíritu, que desfigura el rostro de la humanidad. Al abrir el corazón a Dios, la persona que se convierte es sanada interiormente del mal.

«Convertíos y creed en el Evangelio» (Cf. Marcos 1,15). Jesús hizo esta invitación al inicio de su vida pública, que sigue resonando en la Iglesia, hasta el punto de que incluso la Virgen Santísima en sus apariciones, especialmente en los últimos tiempos, siempre ha renovado este llamamiento.

Hoy pensamos en particular en Fátima, donde, precisamente hace 90 años, del 13 de mayo al 13 de octubre de 1917, la Virgen se apareció a los tres pastorcillos: Lucía, Jacinta y Francisco. Gracias a la conexión televisiva, quisiera hacerme espiritualmente presente en ese Santuario mariano, donde el cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado, ha presidido en mi nombre las celebraciones conclusivas de un aniversario tan significativo.

Le saludo cordialmente, así como a los demás cardenales, a los obispos presentes, a los sacerdotes que trabajan en el santuario y a los peregrinos venidos de todas las partes del mundo con este motivo. Pedimos a la Virgen el don de una conversión de todos los cristianos, para que se anuncie y testimonie con coherencia y fidelidad el perenne mensaje evangélico, que indica a la humanidad el camino de la auténtica paz.

[Traducción del original italiano realizada por Zenit. Al final del Ángelus, el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. En español, dijo:]

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española que participan en esta oración mariana, especialmente al grupo de la Parroquia San Felipe Neri, de Orizaba, México. Que el gozo por la salvación, que el Señor ha traído al mundo, inunde los corazones y los hogares y nos lleve a darle gracias incesantemente por este don inigualable. Feliz domingo.

[En italiano, añadió:]

Siguen llegando diariamente de Irak graves noticias de atentados y violencia, que sacuden la conciencia de quienes llevan en su corazón el bien de ese país y la paz de la región. Entre éstas, me ha llegado hoy la noticia del secuestro de dos buenos sacerdotes de la archidiócesis siro-católica de Mosul, amenazados de muerte. Hago un llamamiento a los secuestradores para que dejen en libertad cuanto antes a los dos religiosos y, repitiendo una vez más que la violencia no resuelve las tensiones, elevo al Señor una sentida oración por su liberación, por quienes sufren violencia y por la paz.

S. S. Benedicto XVI
Obispo de Roma

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