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martes, 29 de diciembre de 2009

Sagrada Familia

2009-12-27
La Voz del Pastor
Sagrada Familia

Hoy celebramos la fiesta de la Sagrada Familia, podemos adentrarnos en una reflexión necesaria para nuestros pueblos en Panamá donde la realidad familiar ha ido perdiendo su dimensión más profunda y trascendental, debido a la influencia de lo temporal, de lo desechable y descartable, donde nadie se siente obligado para vivir un compromiso cristiano más firme y auténtico, trabajando por la fidelidad y perseverancia en la permanencia de lo cristiano en las realidades mayores que nos pide nuestra Iglesia. Nosotros, los bautizados debemos tomar conciencia de nuestro deber cristiano y luchar por transformar la imagen de nuestras familias, tratando de descubrir aquellos valores transmitidos por nuestros antepasados que debemos rescatar para seguir adelante y hacer de nuestra realidad una expresión que responde al amor generoso de un Dios cercano y misericordioso.

El Papa Benedicto XVI en su carta Encíclica “Caritas in Veritate”, hablando de la familia humana, profundiza sobre el problema del individualismo permanente de nuestro mundo y las corrientes humanas y de carácter religioso que llevan a la persona a vivir dimensiones solitarias, donde se busca un encuentro con lo oculto y lo sincrético sin pensar en la integración comunitaria, a pesar de lo mucho que se habla de globalización y de la cercanía en que se presenta la comunicación, el ser humano sigue viviendo un mundo solitario, sin relación con la trascendencia y buscando nuevos métodos que lo introduzcan en lo desconocido y la novedad del momento, esto nos lleva a destruir la dignidad de la persona, pasando por encima de ella y destruyendo sus valores que deben estar por encima de la novedad en los nuevos descubrimientos científicos.

La comunidad humana nos pone en alerta para tratar de asumir aquellas expresiones que se han dejado de lado para iniciar nuevos procesos de integración, se habla mucho de la recuperación de la comunión de la persona, ya que una de las pobrezas más grandes en que puede estar imbuido el ser humano es la soledad; aunque debemos tener claro que todo tipo de pobreza surge del aislamiento y la exclusión de las personas; cuando erradicamos de nosotros la experiencia del amor, entonces vivimos una tragedia muy grande que puede llevar al suicidio, tanto del ser humano, como de la misma familia. Nosotros nos alienamos cuando vivimos solos o nos aislamos de la sociedad. De ahí que muchas de las dificultades para sacar adelante la familia es la autoexclusión de la persona y su poca capacidad de pensar y de tener grandes fundamentos para la vida.

Si nos ponemos a analizar la manera como surgió el núcleo familiar, podemos llegar a la conclusión que siempre se ha partido de la comunión, el diálogo, la solidaridad y la subsidiariedad, como elementos importantes que nunca se deben dejar de lado. Cuando faltan estos elementos nos comenzamos a autoexcluir y a ensimismarnos entre nosotros mismos, dejando de lado muchos valores que, debido a su exclusión de nuestros ambientes, nos llevan a la destrucción de la persona y a la pérdida de la importancia de la familia dentro de la sociedad. Esto no es bueno en ningún estado de vida, aún los monjes del desierto tuvieron momentos de encuentro, de diálogo y de escucha comprensiva para llegar a descubrirse como personas dentro de la soledad del retiro voluntario para buscar el proyecto de Dios en sus vidas.

En esta época de nuevos descubrimientos científicos, de luchas por incluir dentro de la sociedad a aquellas personas que no entran dentro del ámbito de la normalidad del género humano, de buscar los nuevos rostros dolientes de la época y de tantas reivindicaciones, la familia ocupa el primer lugar en esa búsqueda de salvar su dignidad y de buscar sus fundamentos para que recupere su ser propio dentro de la sociedad y todos, como cristianos, seamos abanderados en la búsqueda del bien común de la comunidad familiar.

Para eso debemos tomar ejemplo en la familia de Nazaret y en la comunidad Trinitaria, para poder darle un sentido trascendental a la familia como expresión del amor de Dios manifestado en la persona que busca la comunidad entre los seres humanos para ser imagen y expresión del Dios vivo y verdadero que busca el bien y la planificación de la persona en sociedad.

Que la Sagrada Familia nos siga inspirando para que nuestra comunidad familiar panameña vuelva a recuperar el horizonte de su dignidad y seamos capaces de descubrir cuánto bien nos hace el construir una familia unida y comunitaria para crear un ambiente social necesario para nuestros hijos y un futuro mejor para la sociedad entera.

Mons. Pedro Hernández Cantarero, cmf
Obispo del Vicariato Apostólico de Darién

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Otro año que pasa

2009-12-27
A tiro de piedra
Otro año que pasa

Una canción popular para esta época de fin de año dice así: “Otro año que llega y otro que se va, dejando muchas promesas, nada de prosperidad. Tanto trabajar y no tengo ná, pero que tanto trabajar y no tengo ná”.

Al igual que ese canto, la vida de muchas personas transcurre año tras año, porque sus proyectos están fundados en metas materiales. Sabedoras de sus limitaciones financieras, aquellas insisten en pensar que la situación económica les cambiará de la nada. Apuestan a la suerte y el azar, soñando con ganarse la lotería o el primer premio de alguna rifa. Quieren casa, carro, muebles nuevos, y cuanta cosa el dinero pueda comprar, pero sin hacer propósito de cambio personal. Y de esa forma resultan más los decepcionados que los afortunados.

En vez de pedirle a Dios el discernimiento y la gracia para aprender un oficio, estudiar una carrera, capacitarse para conseguir un mejor empleo, o sabiduría para administrar sus bienes, persiguen cosas que están fuera de su alcance o son producto de la casuística. Eligen, sin tener conciencia plena, el camino equivocado que lleva a la frustración y la perdición.

Si nos atenemos a las promesas de prosperidad de nuestra imaginación y de otras personas, acabamos como dice la canción. Ponemos la esperanza en uno y otro año, para al final ver cómo el tiempo se nos ha ido sin aprovecharlo. Trabajamos en vano, al endeudarnos y pasarnos gran parte de nuestra vida pagando deudas y malgastando el dinero, porque nos dejamos arrastrar por la vanidad del mundo, aparentando y adquiriendo bienes innecesarios.

Otro año que llega, es verdad, pero esta vez procuremos poner nuestra confianza en quien sí cumple sus promesas: Dios. Miremos la humildad de la Familia de Nazaret, e imitémosla. Saquemos cuenta de nuestras deudas, para cancelarlas. Quizá no podamos hacerlo en un año, sino en varios, pero es mejor que pasarnos mucho más tiempo pagando el nuevo endeudamiento. Intentemos cubrir primero nuestras necesidades de alimento, vestido y vivienda, y luego lo demás. Pongámonos prioridades y, con lo que sobra, nos damos aquellos placeres que sean moralmente legítimos. Poco o mucho, se disfrutan más si no nos endeudamos por ellos.

Dios quiere la felicidad para sus hijos, pero esa felicidad no está en el lujo y la opulencia, ni en ningún tipo de bienes o recompensa material. No es eso lo que nos da la vida ni nos trae la felicidad. Busquemos dentro de nosotros mismos, y encontraremos la respuesta. Son las cosas de arriba las que hemos de desear primero, y todo lo demás se nos dará por añadidura.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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La familia como iglesia doméstica

2009-12-27
Editorial
La familia como iglesia doméstica

Desde antiguo la familia ha sido la base de la sociedad. Clanes, tribus, pueblos y naciones están conformados por múltiples núcleos familiares. Sin familia, difícilmente podría subsistir la sociedad. Seríamos una legión de individuos sin nexos ni intereses comunes, porque sería el individualismo lo que primaría, empujándonos hacia el precipicio de la ley del más fuerte.

La familia, quiso Dios, es el lugar donde se aprende el amor, se aprende la lengua, las costumbres, se transmite la fe. Aunque la familia se forma de la unión de un hombre y una mujer, ella tiene una misión mucho más grande y profunda. Desde el punto de vista de la fe, la familia es la iglesia doméstica en donde se conoce a Dios y se vive la expresión más sublime del sentido de comunidad.

En la actualidad, la institución familiar es atacada con saña y con el aguijón del sofisma de la corriente mundana que busca destruirla. Falsos conceptos de familia quieren imponerse, a través de legalismos y enunciación de supuestos derechos, que no son más que la ponzoña del demonio.

A ejemplo de la Familia de Nazaret, que también vivió la persecución de los príncipes de este mundo, que buscaban su aniquilación, los cristianos enfrentamos el desafío de defender la familia. No con armas ni mentiras, sino con la fe firme en Dios de conformar familias que sean verdaderas iglesias domésticas, para la salvación del mundo y la instauración del Reino de Dios.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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jueves, 29 de octubre de 2009

Llamados a vivir en la esperanza

2009-10-25
La Voz del Pastor
Llamados a vivir en la esperanza

En nuestra sociedad actual, estamos viviendo situaciones difíciles. Podemos creer que el mal nos ha venido y que difícilmente esta sociedad puede cambiar. Sin embargo, el cristiano está llamado a vivir en la esperanza, y en ningún momento y menos en el actual podemos perder el horizonte de vivir en una sociedad diferente o en lo que el evangelio nos invita a hacer presente el reino de Dios.

Si observamos a diario nuestra realidad vemos un sinnúmero de situaciones que nos pueden llevar a hacer creer que no hay nada que pueda lograr cambiar nuestra sociedad. Pero ante esta realidad puedo preguntarme ¿qué puedo hacer yo? Y ciertamente podemos disponernos a cambiar la sociedad cambiando aquellas cosas que en cada uno de nosotros, hacen de nuestra sociedad panameña una sociedad sin valores y sin ideales. Propongamos ser hombres y mujeres que dicen siempre la verdad, que son honestos en sus actuaciones privadas y públicas y con una gran capacidad para el trabajo.

Todo esto nos debe llevar a cultivar la conciencia de que uno debe responder a la misión que le haya tocado, sin escudarse en las dificultades para no hacer nada y pasar a otros el problema. La persona responsable no necesita que nadie le empuje al cumplimiento de las tareas que le son propias y le indiquen con detalle cómo ha de proceder para evadir los obstáculos. Hay que entender que la tarea encomendada se encuentra en perfecta proporción con la capacidad de la persona.

En esta tarea de buscar una sociedad diferente, la familia ocupa un lugar muy importante. Los padres son los principales formadores de sus hijos. El éxito en los hijos siempre depende del trabajo que los padres han hecho en el hogar. De allí entonces que el amor por los hijos se manifiesta también en que se le reprenda cuando es necesario. No cumplen los padres de familia cuando se vuelven cómodamente permisivos. Ni tampoco, por cierto, cuando estropean el recurso de la corrección al utilizarlo para imponer su capricho en lugar de incitar al bien. No es verdad que respeta a los demás cuan-do se permite hacer cualquier capricho aún en perjuicio del prójimo. Es un falso respeto, que no se conduele de las trágicas consecuencias que sobre sí atrae quien obra mal.

Los tiempos que corren son difíciles para las familias. Pero los hogares cristianos tienen como modelo a la Sagrada Familia de Nazareth para que todos: padre, madre, hijos y tal vez otros que viven en el hogar, crezcan en sentido de responsabilidad y se apliquen a cumplir su función movidos por el amor a los suyos, sostenidos por la gracia del Señor. Nadie es padre, madre o hijo por casualidad, sino por una llamada del Señor de cuyo cumplimiento no cabe desertar, en la conciencia de que los problemas todos pueden ser enfrentados, soportados y resueltos. San Pablo advertía que Dios mismo, que inició la obra buena, la llevará a buen término. Dispongámonos a trabajar por un mejor país donde reine la verdad, la honestidad, la responsabilidad y la laboriosidad.

Mons. Audilio Aguilar Aguilar
Obispo de Colón - Kuna Yala

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martes, 15 de septiembre de 2009

Día del Migrante

2009-09-13
La Voz del Pastor
Día del Migrante

Cada año la Iglesia universal dedica un día especial a la reflexión sobre el fenómeno migratorio en el mundo, a fin de promover la sensibilización y la concientización entre la población, sobre los derechos humanos de las personas que por diversas circunstancias se ven obligadas a dejar su tierra y su familia, en busca de un futuro menos incierto.

La historia de esta iniciativa se remonta a la época de Pío X cuando la entonces Congregación Consistorial, hoy llamada Congregación de los Obispos, pidió a los obispos italianos establecer en 1914, un domingo dedicado a la oración, la reflexión y la recaudación de fondos para el servicio pastoral en ésta área. En 1952 el Papa Pío XII emitió la Constitución Apostólica “Exul Familia” sobre la Pastoral de las Migraciones y la extensión de este servicio a toda la Iglesia Universal.

La Instrucción De Pastorali Migratorum Cura, de 1969, reelabora la materia de las migraciones a la luz del Concilio Vaticano II y señala a las Conferencias episcopales de cada país, el deber de establecer la celebración correspondiente según el periodo y lo que las circunstancias locales sugieran. Y desde 1974, el Santo Padre comenzó a enviar un mensaje para la celebración de la Jornada del Migrante y en 1985, esta reflexión fue firmada expresamente por el Sumo Pontífice lo que significó una señal de la importancia que la Iglesia atribuye a las migraciones.

En América Latina la mayor parte de los países han elegido el mes de Septiembre para celebrar este día, porque se asocia al Mes de la Biblia, puesto que el Pueblo de Israel fue peregrino y vivió la experiencia de ser extranjero.

Así el Día del Migrante viene a resaltar la urgencia de considerar a las personas que emigran, quienes, desde la iluminación bíblica, son las más necesitadas: los pobres, las viudas y los extranjeros. Todo hombre, en tanto ciudadano responsable, justo y solidario y, más aún todo cristiano tiene el deber de prestar atención a todos los hombres y mujeres de esta tierra.

Por eso, es importante conocer las distintas problemáticas que se juegan en nuestro mundo complejo y en nuestra sociedad contemporánea, como ésta de la migración que se siente, cada vez más al inicio de este nuevo siglo, en la economía de mercado laboral, en la apertura de las fronteras, en la economía nacional e internacional, etc.

Consagrar un día para los migrantes es tomar conciencia del sufrimiento de cada uno de ellos, es tomar el tiempo para la escucha del que es tal vez más pobre, en cualquier caso, o más escaso que nosotros, en un momento dado.

El Día del Migrante, es propicio para enterarnos de que hoy día cada vez más, aumenta el número de mujeres que abandonan a sus hijos y su vida familiar para buscar los medios de poder proporcionar los recursos que necesitan para vivir más dignamente; es ver el sacrificio de tantos estudiantes que se exilian para asegurar, no sólo su futuro personal, sino también un trabajo de calidad para el futuro de su familia, de su terruño.

Por eso hoy no se puede ignorar los desplazamientos humanos, porque, la realidad migratoria en nuestro país, como en el mundo es fomentada por la brecha cada vez mayor entre países ricos y pobres. Así quien, asume la condición de migrante no solo cruza el espacio físico del campo a la ciudad, entre ciudades, o de una frontera entre países. Sino que cruza la frontera de su propia dignidad, buscando con esperanza de mejorar su nivel de vida, así como el de su familia.

Esta dolorosa realidad que vemos en el desarraigo, la soledad, y en muchos casos la desintegración de la familia, así como la indiferencia que viven muchos migrantes. Nos deberían motivar a desarrollar actitudes promigrantes donde haya: dolor – consuelo; desarraigo – integración; soledad – amistad; indiferencia - actitud solidaria; explotación - ejercicio de sus derechos.

Como cristianos debemos dar una respuesta creativa y dinámica ya que el fenómeno de la movilidad humana nunca es el mismo. Por eso somos todos llamados a ser discípulos y misioneros, ayudando por ejemplo, a conocer los instrumentos legales que un migrante tiene como sujeto de derechos y deberes, visualizando sus problemáticas, sin ser objeto por esto: de mal trato, discriminación, racismo o xenofobia.

De esta forma, todos dentro del Reino de Dios somos ciudadanos constructores de unidad. Nuestras diferencias deben crear unidad en la diversidad, ellas deben ser fortaleza de nuestra riqueza como manifestación de la presencia de Dios en el mundo, “a imagen y semejanza suya”.

Y qué decir de los migrantes internos que en silencio se van moviendo del campo a la ciudad o entre ciudades porque son expulsados de sus lugares de origen, por no conseguir alcanzar la satisfacción de las necesidades básicas y de la escasa o nula proyección de un futuro para ellos y sus hijos.

Mons. José Domingo Ulloa
Obispo Auxiliar

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viernes, 19 de junio de 2009

…su cuerpo es santuario del Espíritu Santo…

2009-06-21
La Voz del Pastor
…su cuerpo es santuario del Espíritu Santo…

En el camino del discipulado de Jesús se nos revela en profundidad insospechada el valor y dignidad del cuerpo humano, el hecho de que somos seres corpóreos. Lo anunciamos con toda su fuerza en la Eucaristía y sacamos sus consecuencias para nuestro diario vivir como seres en relación.

En el seno de una mujer y en la familia es donde comienza nuestra corporeidad y donde se inicia nuestro aprendizaje de cómo vivirla, lo cual marcará toda nuestra vida. La ciencia nos da un conocimiento indiscutible sobre el comienzo de la vida de los individuos de cada especie y de lo peculiar de todo cuerpo humano. Desde el genoma heredado se construye su organismo y vive su propia trayectoria, con etapas (cigoto, embrión, neonato…); cada individuo con nombre propio, con su máxima expresión en el cuerpo humano, construido desde un ADN tan suyo que permite seguirle el rastro. Con la enorme peculiaridad de no quedar encerrados en lo meramente biológico, nacemos sin acabar; necesitados de un acabado propio en un entorno familiar.

La familia es el espacio donde el niño desarrolla la inteligencia emocional y las capacidades crítico-creativas; también forma hábitos de salud preventiva. Asimismo, la familia aparece como la principal estructura de prevención del delito. El papel que puede desempeñar en el campo moral es fundamental. Así, se enseña a los hijos reglas de cortesía, a saludar, a no tirar papeles en la calle; muchas pequeñas cosas que nos van educando al respeto, a cumplir los deberes ciudadanos, a sacrificarse por una buena causa. Comenzando con los pequeños deberes se aprende a cumplir los grandes; también la fidelidad (ver Lucas 16,10).

La familia es actualmente revalorizada a nivel internacional como derecho esencial, como un pilar de un tejido social sano, y una base estratégica para el desarrollo económico; como una unidad social que además de cumplir roles decisivos en lo afectivo y lo espiritual, lleva adelante con extrema eficiencia tareas fundamentales para la sociedad. Pero esto requiere apoyos como lo pueden ser firmes políticas públicas de protección a la familia y de su fortalecimiento, en particular el apoyo a los sectores desfavorecidos.

La pobreza golpea a las familias. Las carencias y dificultades que genera la pobreza, las grandes tensiones que ella produce, favorecen la posibilidad de violencia doméstica, con el enorme impacto que tiene para el futuro de los hijos. Atacar las causas estructurales del aumento de la pobreza y de la desigualdad a través de políticas que creen trabajos y disminuyan la inequidad; a través también de políticas sociales, articuladas con las anteriores, abren posibilidades de educación y salud para todos, y resultan de enorme ayuda al fortalecimiento familiar. A todo ello no puede estar ajena la sociedad civil.

El premio Nobel de Economía Amartya Sen reflexiona que el problema con la agenda social no es tanto de recursos sino de prioridades. Con recursos muy limitados se pueden obtener excelentes resultados en los campos social y de familia si se priorizan estos problemas y se reorientan recursos hacia ellos y gestionándolos bien.

Damos gracias al Señor por el don de su Cuerpo y de su Sangre, alimento en el camino hacia el Padre. Alimento que adorantes recibimos y que debe en nosotros dar frutos de agentes a favor del efectivo respeto y dignidad de los cuerpos humanos, desde su comienzo hasta el encuentro definitivo.

Mons. Pablo Varela Server
Obispo Auxiliar

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miércoles, 8 de abril de 2009

La Pascua

2009-04-12
La Voz del Pastor
La Pascua

Panorama Católico me ha solicitado la colaboración sobre la Pascua. Tratando de hacer algo a la vez comprensible y técnico, he acomodado unas anotaciones del liturgista y pastoralista Casiano Floristán que creo pueden servirles para entender mejor la que León I llamaba la fiesta de las fiestas (festum festorum).

a) La Pascua judía: Las fiestas principales judías eran Pascua, Pentecostés y Tabernáculos, cuya celebración se basaba en acontecimientos anualmente esperados por agricultores y ganaderos, relacionados desde siempre con Dios y, más tarde, con algunos hechos salvíficos históricos. De estas tres fiestas, la de Pascua era la más antigua e importante. Recordemos que la palabra griega pascha (en castellano pascua) es traducción del arameo phasha y del hebreo pesah, que significan «paso» o «tránsito». Así se emplea en el evangelio de San Juan (13,1): «Habiendo llegado la hora de pasar de este mundo al Padre...». Naturalmente, no se trata de un «paso» entendido simplemente como cambio de lugar, sino, más bien, como transformación de la existencia, es decir, existir de un modo nuevo.

En Pascua florecían las primeras espigas, con cuya harina se obtenían los panes ázimos, es decir, los panes sin la levadura vieja perteneciente a la cosecha anterior. La noche pascual tuvo su origen en la luna llena de primavera, momento en que los pastores se despedían con una comida (cordero, hierbas amargas, pan ázimo), dispuestos a cambiar de lugar de pastos (vestido ceñido, sandalias y bastón). Precisamente cuando los judíos preparaban sus panes ázimos para ofrecerlos a Yahvé, tuvo lugar el paso del ángel del Señor para salvar a su pueblo de la esclavitud de Egipto, aproximadamente en el año 1250 antes de Cristo.

El acontecimiento del éxodo de Israel y su salida de Egipto hacia la tierra prometida se conmemoró mediante la institución pascual o el memorial de liberación: salida hacia la libertad, final de la antigua existencia y donación de nueva vida. Celebrada por las tribus en su lugar de asentamiento, la Pascua se restringió más tarde a Jerusalén y al Templo, convertidos en lugares de peregrinación. En tiempos de Jesús, la Pascua era la fiesta más importante de los judíos. Según Ex 12 y Dt 16, la Pascua es el «paso de Dios» para salvar a su pueblo de la esclavitud y llevarlo a la libertad. Según una tradición judía, la Pascua era asimismo aniversario de la creación.

El rito fundamental de la Pascua era la cena en familia o en fraternidad, a base de cordero (signo de la compasión de Dios), pan ázimo (miseria sufrida), hierbas amargas (esclavitud) y salsa roja (trabajos forzados en Egipto). Se conmemoraba la liberación de la servidumbre de Egipto, la alegría por la libertad adquirida y la espera de la venida salvadora del Mesías. Las muchedumbres se agolpaban en Jerusalén. Los padres de familia iban oportunamente al templo con su correspondiente cordero para ser degollado en la parasceve (preparación) por un sacerdote.

b) La Pascua de Cristo: El evangelio de Juan alude a tres pascuas que vivió Cristo: la que coincide con la expulsión de los mercaderes (Jn 2,12-22), la que pone de relieve el tema del pan (Jn 6) y la de la acogida triunfal de Jesús, coincidiendo con el día en que se escogían los corderos pascuales (Jn 12ss), para manifestar que Jesús es el verdadero «cordero de Dios que quita el pecado del mundo». La palabra «pascua», en el NT, equivale a la fiesta de la Pascua o de los Ázimos, a la cena pascual y al cordero pascual. La pasión de Jesús se desarrolla en un contexto pascual, ya que en ese tiempo tuvo lugar la última cena de Jesús, su prendimiento, su interrogatorio y su condena. Según los sinópticos, Jesús fue condenado en la noche de Pascua y crucificado al día siguiente. En cambio, según San Juan, todos estos acontecimientos tuvieron lugar veinticuatro horas antes (Jn 18,28; 19,14), ya que Jesús murió cuando se degollaban los corderos de Pascua, en la tarde del 14 de Nisán. Los sinópticos ponen de relieve que la última cena es la Pascua nueva y Juan acentúa que Jesús es el nuevo cordero.

Hoy se interpreta que la última cena de Jesús fue un banquete, con los gestos del ritual judío de la comida, es decir, «bendición» del pan y «acción de gracias» por el vino después de haber cenado. Los relatos de la eucaristía omiten la descripción del ritual judío y ponen el énfasis en esos dos gestos. Fue también cena de despedida de Jesús antes de la entrega. Los cuatro relatos de la institución son adaptaciones litúrgicas de las palabras y acciones de Jesús en la última cena. En realidad no cuentan lo que Jesús hizo, sino cómo celebraban los primeros cristianos y qué sentido tiene la eucaristía. Los cuatro relatos coinciden en señalar lo que Jesús hizo y difieren en precisar lo que dijo. Jesús se compara a sí mismo con el pan (cuerpo) y el vino (sangre). Según la antropología semita, el hombre es «carne»; la sangre era para los hebreos «sustancia de la vida». El término «cuerpo», en contraste con «espíritu», se emplea para referirse a toda la persona y está en conexión con el pan; la sangre apunta a la muerte violenta.

Los dos gestos judíos de Jesús en la última cena pascual manifiestan el relieve eucarístico de la Pascua cristiana. Hay una bendición sobre el pan y la copa; se ofrece el pan partido y la copa de vino, y se acompaña esta entrega con palabras significativas y eficaces. Uno de estos gestos, el de la fracción del pan, dará nombre a la eucaristía, denominada por Pablo «Cena del Señor».

c) La Pascua cristiana: El domingo, día del Señor, fue fiesta pascual semanal. Pero, aunque es posible que desde los primeros orígenes cristianos hubiese una celebración pascual cada año, no es fácil precisar cuándo se hizo el tránsito de la pascua semanal a la pascua anual. Algunos aseguran que, antes del año 50, se celebraba una vigilia pascual en las Iglesias de Roma, Corinto, Asia Menor y Jerusalén. Son meras hipótesis. Lo cierto es que, desde finales del siglo II, la Pascua anual es la fiesta más importante de la Iglesia. Hubo en ese siglo, con respecto a la celebración de la Pascua, dos corrientes que originaron una tensa controversia. La corriente oriental defendía que la Pascua debía celebrarse el Viernes Santo, al atardecer, con una eucaristía. La corriente occidental pensaba que había de festejarse en las primeras horas del domingo siguiente a ese viernes. A finales del mencionado siglo, por decisión del papa Víctor, se impuso la tradición romana, y empezó a celebrarse la Pascua el Domingo de Resurrección. El concilio de Nicea del año 325 determinó que se celebrara el domingo siguiente a la primera luna llena del equinocio de primavera en el hemisferio norte (entre el 22 de marzo y el 25 de abril).

La razón de la importancia cristiana de la Pascua es obvia: la fe cristiana es fe en la muerte y resurrección del Señor, o Pascua de Cristo; por consiguiente, el misterio pascual es el centro del cristianismo, de la Iglesia, de la acción pastoral y de la vida espiritual cristiana. Por estas razones decimos que el bautismo es sacramento de la fe o de la Pascua, y la eucaristía memorial pascual.

¡¡¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!!!

Mons. José Luis Lacunza M., o.a.r.
Obispo de la Diócesis de David

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viernes, 26 de diciembre de 2008

Defender la familia

2008-12-28
Editorial
Defender la familia

Cada vez nos cuesta más proteger la institución familiar, porque los ataques del mundo se multiplican sin cesar. Con conceptos nuevos, aunque no tanto, que la desvirtúan, al menos en el lenguaje de uso común, se intenta separa la verdadera familia de las nuevas concepciones que, en el fondo, son vacías y carentes de sentido natural.

El hombre, como especie, está ligado al gregarismo. Es de esta condición que surgieron los clanes y tribus, hasta constituirse en la unidad familiar que conocemos hasta el presente. Familia es un hombre y una mujer que, unidos en alianza indisoluble, deciden pasar el resto de sus vidas en una expresión de amor que incluye la indispensable fidelidad mutua, los hijos e hijas producto de su amor, y el dejar una herencia en nombre, genes y valores espirituales y culturales.

Ahora se intenta separar la auténtica familia de la familia hecha a la medida y al capricho de cierta corriente mundana. A la verdadera familia se le llama tradicional, y a la otra moderna. ¿Qué modernismo existe donde no hay un padre y una madre? ¿Qué modernismo se tiene cuando conductas de grave desvío se proponen como modelo a seguir por los menores dentro de un supuesto hogar? ¿Qué modernismo puede alegarse al intentar darle el estado de matrimonio a una unión homosexual, que pretende ser lo que no es?

La corriente del mundo es fuerte y arrastra a muchos, pero difícilmente lo logrará con todos. La humanidad, en sus dolores de parto, tendrá que compartir espacio y tiempo con todos los seres humanos y sus mentalidades, pero ya, en algunos aspectos, se ha dado cuenta de algunos errores cometidos, al dejarse arrastrar y jugar a ser dios de sí misma.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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martes, 24 de junio de 2008

Ser padre

2008-06-15
Editorial
Ser padre

La paternidad en nuestro país se caracteriza por la ausencia del padre en la mayoría de los hogares, lo que convierte en afortunados a quienes cuentan con la figura paterna en su vida familiar, y en desheredados de su amor y protección a los que carecen de ella.

Un hogar sin padre es un hogar disfuncional, como lo llaman ahora, y un espacio familiar en el que los niños y niñas pierden la oportunidad de crecer y desarrollarse bajo el amparo y la formación del cuidado paterno y materno, porque ambas figuras son irreemplazables en su función y su misión dentro del núcleo familiar.

Para nosotros los cristianos es vital formar una familia a la manera de Dios, para vivir a plenitud nuestra humanidad. Ser padre, en este sentido, significa amar a la esposa y a los hijos como Cristo ama a su Iglesia y como el Padre nos ha amado, al darnos a su Hijo Único nacido en el seno de la familia de Nazaret conformada con José y María que recibieron con amor a Jesús Emmanuel.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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viernes, 6 de junio de 2008

Dejemos a los niños un futuro de esperanza

2008-06-08
La Voz del Pastor
Dejemos a los niños un futuro de esperanza

"El trabajo es un derecho fundamental y un bien para el hombre" enseña el catecismo de la Iglesia Católica. Y añade el papa León XIII: Un bien útil, porque es idóneo para expresar y acrecentar la dignidad humana.

El trabajo es necesario para formar y mantener una familia, adquirir el derecho a la propiedad y contribuir al bien común de la familia humana. La consideración de las implicaciones morales que la cuestión del trabajo comporta en la vida social, lleva a la Iglesia a indicar la desocupación como una verdadera calamidad social.

El trabajo es un bien que debe estar disponible para todos aquellos capaces de él. La "plena ocupación" es, por lo tanto, un objetivo obligado para todo ordenamiento económico orientado a la justicia y al bien común.

El genio femenino es necesario en todas las expresiones de la vida social, por ello se ha de garantizar la presencia de las mujeres también en el ámbito laboral. El reconocimiento y la tutela de los derechos de las mujeres dependen de la organización del trabajo que debe tener en cuenta la dignidad y la vocación de la mujer "Cuya promoción, enseña León XIII, exige que el trabajo se estructure de manera que no debe pagar su promoción con el abandono y perjuicio de la familia, en la que como madre tiene un papel insustituible".

Y también los niños deben tener su trabajo específico como todo ser humano; pero con todos los acondicionamientos que exige su tierna edad. Así por ejemplo, los mandatos de los papás, los recados de las personas mayores, las pequeñas faenas de la casa como el cuidado del jardín, la limpieza de algunas áreas domésticas, el cuidado de los animalitos domésticos, etc. Pero el trabajo específico de los niños está primordialmente en la escuela: desde los primeros escarceos en el kinder, pasando por la primaria, hasta las últimas facetas de la secundaria. Así, mientras el papá y la mamá se afanan en el trabajo, o tal vez en el trajín del hogar, los niños desarrollan sus deberes, su trabajo, en la escuela. Es necesario que todo ser humano, desde su más tierna edad, vaya tomando conciencia de su deber fundamental: "trabajarás la tierra con el sudor de tu frente". Y desde la más tierna edad hay que sensibilizar, en el corazón de los niños, sus deberes y sus derechos.

Desafortunadamente, el trabajo infantil y de menores en sus formas intolerables, constituye un tipo de violencia menos visible, pero no por ello menos intolerable. Una violencia que, más allá de todas las implicaciones políticas, económicas y jurídicas, sigue siendo esencialmente un problema moral. Ya el Papa León XIII advertía en famosa encíclica Rerum Novarum: "En cuanto a los niños se ha de evitar cuidadosamente y sobre todo, que entren en talleres antes de que la edad haya dado el suficiente desarrollo a su cuerpo a su inteligencia y a su alma. Puesto que la actividad precoz agota, como a las hierbas tiernas, las fuerzas que brotan de la infancia, con lo que la constitución de la niñez vendría a destruirse por completo".

La plaga del trabajo infantil, a más de cien años de distancia, todavía no ha sido eliminada.

Su Santidad Juan Pablo II, de feliz memoria, en su mensaje de paz del primero de enero de 1996, refiriéndose a los niños, decía: "he querido poner claramente de relieve las condiciones con frecuencia dramáticas en que viven muchos niños de hoy. Lo considero un deber: ellos serán los adultos del Tercer Milenio. Sin embargo no pretendo ceder al pesimismo, ni ignorar los elementos que invitan a la esperanza. Es sobre todo en casa donde, antes incluso de cualquier palabra, los pequeños deben experimentar, en el amor que los rodea, el amor de Dios por ellos, y aprender que El quiere paz y comprensión recíproca entre todos los seres humanos llamados a formar una única y gran familia".

Y concluía el Papa: ¡Unámonos todos para acabar con cualquier forma de violencia! ¡Creemos las condiciones para que los pequeños puedan recibir como herencia de nuestra generación un mundo más unido y solidario!

Mons. Carlos María Ariz, cmf.
Obispo Emérito de la Diócesis de Colón - Kuna Yala

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miércoles, 21 de mayo de 2008

El Respeto y la Obediencia a Nuestros Padres

2008-05-18
La Voz del Pastor
El Respeto y la Obediencia a Nuestros Padres

No faltará quien tilde de obsoleto este concepto del respeto y la obediencia que debemos los hijos hacia nuestros padres.

Cada día salen a relucir ideas acomodaticias y distorsionadas sobre la libertad y los derechos humanos con la nefasta conclusión de negar en la práctica el amor, la reverencia y la obediencia de los hijos hacia aquellos que los engendraron.

Corrientes de pensamiento seudo modernos llegan hasta desconocer en la práctica, aunque no niegan en teoría, la llamada patria potestad. Las relaciones de amor y reverencia entre padres e hijos es recíproca.

El respeto y la obediencia a nuestros padres tienen su principio en la ley natural ya que todos venimos al mundo procedentes de aquellos que nos engendraron. Sí no siempre los seres humanos son concebidos por un acto de amor en la mutua donación de sus padres, ontológicamente proceden de ellos por el acto generador - ya por este título el padre y la madre merecen la gratitud y el respeto por ser el origen material e inmediato de la vida de sus hijos. Además, la ley divina nos pide taxativamente que amemos , respetemos y obedezcamos a nuestros padres.

Cuando Dios entregó el decálogo a Moisés en el monte Sinaí le recordó primero el deber fundamental de amarle por encima de todas las cosas. Vemos que los tres primeros mandamientos nos relacionan directamente con Dios. Pero cuando nos presenta la segunda parte de los mandamientos que es el amor a nuestro prójimo nos presenta también el orden en que debemos amar a nuestros semejantes. De allí que no hay ser humano más cercano a nosotros que nuestros padres.

"Honra a tu padre y a tu madre para que vivas una larga vida en la tierra que te dio el Señor tu Dios" (Éxodo 20, 12). Más adelante nos dice Dios en el Deuteronomio: "honra a tu padre y a tu madre tal como el Señor tu Dios te lo ha ordenado para que vivas una larga vida y te vaya bien en la tierra" ( Deuteronomio 5,16). y para convencernos más sobre el deber de amar, respetar y obedecer a nuestros padres el mismo Dios se complace en prometer algunas recompensas terrenales que no son más que signos de los bienes que nos dará en el cielo a los que cumplimos estos deberes.

Nos dice el libro del Eclesiástico (Ecle. 3, 2-16) "El Señor quiere que el padre sea honrado por sus hijos y que la autoridad de la madre sea respetada por ellos"... y a continuación señala algunos premios: "alcanza el perdón de sus pecados... "reúne una gran riqueza... "recibirá alegría de sus propios hijos"... "cuando ore el Señor lo escuchará"... "tendrá larga vida"... "será premiado por el Señor" "recibirá toda clase de bendiciones.

Este amor y obediencia a nuestro padre se hace mucho más obligante al llegar ellos a la vejez porque es cuando más nos necesitan. "Aunque su inteligencia se debilite, sé comprensivo con él... no lo avergüences mientras viva" "socorre al padre, es algo que no se olvidará. Así como Dios señala algunas recompensas por la obediencia y el amor a nuestros padres también profiere amenazas. "El que abandone a su padre ofende al Señor y el que hace enojar a su madre es maldecido por Dios". Todos tenemos un ejemplo en el mismo Jesucristo el cual "siendo Dios no se aferró a su condición divina... se hizo hombre... tomó la condición de siervo y se hizo obediente a la muerte y muerte en la cruz" (Filipenses 2, 6-8).

Con mucha elocuencia nos relata San Lucas el hallazgo del niño Jesús en el templo y después de describirnos las sabias respuestas dadas a sus padres para calmar su preocupación añade el evangelista: "Volvió con ellos a Nazaret obedeciéndolos en todo" (Lucas 2,51). Además Jesús afirmo categóricamente: "mi alimento es cumplir la voluntad de mi padre. (Juan 4, 34)

Nuestra formación y madurez cristiana nos tienen que ayudar a obedecer, amar y reverenciar a nuestros padres mientras ellos vivan y cualquier legislación o normas legales que se promulguen para proteger a los hijos deben contribuir a resaltar tanto el deber de los padres para proteger y educar a sus hijos (la patria potestad) como la de éstos de venerar y respetar a aquellos con amor filial.

Mons. José Dimas Cedeño Delgado
Arzobispo Metropolitano de Panamá

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lunes, 28 de abril de 2008

El matrimonio, apuntes jurídicos

2008-04-27
La Voz del Pastor
El matrimonio, apuntes jurídicos

… “Ya no son dos, sino una sola carne…lo que Dios ha unido no lo separe el hombre”. (San Mateo 19, 6)

El matrimonio, apuntes jurídicos que quiero compartir con los lectores:

El matrimonio implica actos, hábitos, co-identidad biográfica entre los esposos. Las tres son esenciales porque cada una de ellas afecta a toda la estructura constitutiva del matrimonio. Son todas ellas imprescindibles y si falta solo alguna de ellas se provoca la insuficiencia entera del poder eficiente del sujeto para fundar el matrimonio.

El matrimonio no es una edad del ser humano, que adviene, se desarrolla y caduca a impulsos de la correspondiente información genética, como ocurre con el paso de la infancia a la pubertad, con la adquisición y pérdida de la juventud, con el advenimiento de la vejez y la muerte. No se nace casado.

Tampoco el matrimonio es un hecho que se sucede. Ningún poder humano ajeno a los propios contrayentes puede convertirlos realmente en esposos. El origen del matrimonio pertenece al ámbito de la libertad, esto es, de la propia e inviolable autodeterminación. Su aparición no es un acontecimiento de nuestra síntesis pasiva, sino un acto del poder de originar en sí y por sí del sujeto activo. El matrimonio sólo surge de un acto de libre elección de los propios contrayentes sobre sí mismos y sobre esta tan específica forma de unirse en cuanto a varón y mujer.

En este sentido, el matrimonio no es sin el acto que lo funda, quiere esto decir que el matrimonio es válido, ante todo, si su existencia es autobiográfica, causalmente referible a un singular acto de los esposos, inédito en su pasado e irrepetible en su futuro: un libre acto recíproco de constitución de co-identidad aquí y ahora. Esto el consentimiento o matrimonio.

En segundo lugar, el matrimonio es, esencialmente una co-identidad humana profundísima. Es aquel modo de ser, con base en la potencia de unión que la dualidad sexual humana contiene y que el acto de libertad fundamentalmente pone en la existencia, en cuya virtud el esposo llega a ser aquel cuya identidad, en cuanto a varón se define como el que “pertenece a esta su mujer” y, a su vez, la esposa es aquella cuya identidad, en cuanto a mujer, se define como “la que pertenece a éste su varón”. Esta co-identidad es exclusiva entre ellos (unidad) y es para toda su vida o co-biográfica (indisolubilidad).

Por último, el matrimonio es un común proyecto de vida, cuyo contenido objetivo viene dado por la búsqueda conjunta del bien conyugal y de la procreación y educación de los hijos que se realiza progresivamente mediante actos reiterados por el sentido de continuidad que se deriva de expresar deberes permanentes.

Dentro de esta debida ordenación a los fines objetivos, coordinados y compatibilizados con ellos, los esposos persiguen sus fines objetivos sean personales o comunes, constituyendo el congruente entrelazamiento entre los fines objetivos y subjetivos la co-biografía irrepetible de cada pareja.

A estas tres dimensiones del matrimonio corresponden las tres dimensiones de la específica voluntariedad del consentimiento, las cuales, a su vez, son la fuente de los tres criterios de medida que propone el canon 1095. Son las siguientes: en primer lugar ser en todo caso un acto humano, esto es, de libre voluntariedad racional y consciente de su especificidad; en segundo lugar ser un acto cuya libre voluntariedad racional está proporcionada para disponer el don y aceptación recíprocas de la propia masculinidad o feminidad en términos de conjunta vinculación de índole jurídica; y, en tercer lugar, ser un acto cuya libre voluntariedad racional puede asumir aquí y ahora aquellos futuros actos y conductas conyugales que, en términos de obligación conjunta y recíproca, exigen la recta ordenación de la convivencia hacia la obtención de sus fines esenciales.

En resumen la capacidad consensual, regulada a lo largo del texto de canon 1095 reúne estas tres dimensiones de la específica voluntariedad del mismo y único consentimiento eficiente, que se fundamental en tres dimensiones de la estructura sustancial del único matrimonio: el signo fundacional de vínculo, la instauración de su esencia y la asunción de su dinámica hacia los fines objetivos.

Termino con la respuesta de San Pablo: “Ustedes me han escrito sobre varios puntos…en cuanto a los casados les doy esta orden, que no es mía sino del Señor: que la mujer no se separe de su marido. Y si se ha separado de él, que no se vuelva a casar o que haga las paces con su marido. Y que tampoco el marido despida a su mujer” (1 Corintios 7, 1.10-11)

“Ya no son dos, sino una sola carne…lo que Dios ha unido no lo separe el hombre”. (San Mateo 19, 6)

Mons. Fernando Torres
Obispo de la Diócesis de Chitré

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lunes, 17 de marzo de 2008

Salud sexual y reproductiva

2008-03-16
Editorial
Salud sexual y reproductiva

Una vez más se presenta un anteproyecto de ley sobre ese tema, con diversos aspectos que alimentan el debate público. A pesar de algunos aspectos positivos de la propuesta, aún subyacen, en otras partes del documento, intenciones que atentan contra la procreación, la familia y la libertad humana, que se deducen de expresiones, términos y conceptos que tienen un significado distinto al que comúnmente se pudiera interpretar.

Es, precisamente, en esa terminología donde está el peligro de una ley sobre salud sexual y reproductiva que no aclare verdaderamente lo que significa cada término, expresión o palabra en cuestión. El problema, más que en la letra de una ley así, está en la interpretación presente y futura que le venga dada.

Pareciera que con el afán que tienen algunos de "modernizarnos" o de hacernos dar el "salto hacia el primer mundo", a fuerza de sexo por placer y de muerte prenatal, no fuéramos capaces de reflexionar y aprender de la experiencia de ese "primer mundo" que ahora sirve de pretexto para pintarnos un futuro de bienestar, placer y riqueza; futuro que, por cierto, está en entredicho, porque ese "primer mundo" ya paga las consecuencias de esas políticas sexuales y reproductivas con ancianos abandonados y gente que se niega a procrear para no perder su "felicidad" y que mata poco a poco sus sociedades por la ausencia del reemplazo generacional que necesitan para su supervivencia.

La vida hay que defenderla en todas sus etapas. Esto es un punto no negociable e irrenunciable. Lo que veladamente se propone en el anteproyecto de ley, traerá más desgracia que bienestar, y la prometida salud sexual y reproductiva nunca la veremos; especialmente mientras persista el atentado contra la vida y la familia que se oculta tras la terminología empleada en algunas partes de la propuesta.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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martes, 6 de noviembre de 2007

Mi patria, Panamá

2007-11-04
A tiro de piedra
Mi patria, Panamá

Llegó noviembre y me siento orgulloso de ser panameño. Soy de aquellos que recibió de sus mayores la enseñanza que hay dos cosas importantes en la vida: Dios y la Patria, y en cada una el propio ser y la familia. Soy uno de esos que vestían con ropa nueva para ver el desfile del 3 de Noviembre, y para la Navidad, porque eran acontecimientos importantes y el sacrificio que se hiciera, bien lo valía.

Soy, también, de esos panameños que se sienten orgullosos cuando su bandera ondea, que se enoja hasta los tuétanos cuando la irrespetan, y que no olvida al abuelo que marchaba con los Soldados de Coto y el Cuerpo de Bomberos. Soy de los panameños que siente orgullo cuando canta el himno a voz en cuello, cuando viste una camisilla típica y un sombrero “pintao”, cuando baila un tamborito, o cuando recita la poesía Patria o escucha las marchas Panamá y Canto a la Bandera. Me siento panameño en todo: en la fe en Dios, en la historia, en los triunfos, y en la lucha por hacer mejor nuestra vida y nuestra tierra.

Ese sentimiento y esa emoción me hicieron escribir unos versos, hace algunos años, que ahora quiero compartir con quienes me leen. Dicen así:

Al mes de Noviembre.

No soy yo quien te ha elegido/ para celebrar en ti/ la Patria, el Niño, los muertos/ y la tierra en que nací.

Te eligió desde lo alto/ aquel que reina en los cielos/ Mes de Noviembre que llevas/ de la Patria los recuerdos.

En la bandera cobijas/ de sus hijos los anhelos/ al igual que el Primer Grito/ que desde Los Santos dieron.

Noviembre, Mes de la Patria/ hoy te quiero saludar/ desde el fondo de mi alma/ con un verso y un cantar.


Como es noviembre, le daré una tregua a los buseros con ansias de diputados.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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viernes, 24 de agosto de 2007

La otra educación sexual

2007-08-12
A tiro de piedra
La otra educación sexual

El tema de actualidad en diversos círculos sociales es la educación sexual, especialmente la que se desea impartir en la escuela. Personalmente estoy de acuerdo con su inclusión dentro del programa escolar, aunque difiero con algunos contenidos. Pero en esta ocasión no me referiré a la instrucción formal en el sistema educativo, sino a la otra educación sexual; la que se aprende y se enseña en los sectores populares y el campo; la educación que heredamos de las abuelas y los mayores.

Nuestros barrios y barriadas populares tienen un rasgo común: la promiscuidad en el hogar y en la vecindad. Los cuartos en donde cohabitan revueltos adultos e infantes; hombres y mujeres. Casas de vecindad en donde los baños y los sanitarios son de uso comunal; donde falta privacidad. Lugares en los que el vecino sabe qué comemos, qué hablamos, y cuándo entramos y salimos. Sitios en los que la querida y el querido, las andanzas del muchacho y la muchacha, y la escasez o abundancia de dinero y bienes son “vox populi”.

Allá, en esos lugares, la malicia impera; malicia que lleva a la lujuria, al destape de la curiosidad, y que obliga a la estricta supervisión de los hijos. Hay oportunidad para todo, pero no es para todos que hay oportunidad. Allá, en esos sitios, el que quiere criar bien a sus chiquillos debe luchar contra el acoso de los pervertidos, que están al acecho para ser los primeros en tener sexo con las niñas, o para atraer a su círculo de drogadictos y maleantes a los niños. También están la mujeres, veinte o treintañeras, que se desviven por sentir el placer sexual con los muchachos adolescentes, y que poseen un gran repertorio de artimañas para conquistar a unos jóvenes cuyas neuronas y hormonas andan locas y a velocidades que superan las de un cohete espacial.

Nuestros campos tampoco escapan a esta realidad. Camino de la quebrada o del río; detrás de las grandes rocas o bajo un árbol frondoso, también se tejen historias similares. Sólo cambia el escenario, y la condición de hacinamiento vecinal, aunque sí persiste la promiscuidad hogareña.

Dentro de un ambiente como aquellos, ¿quién puede esperar a la enseñanza de la escuela? ¿quién puede confiar en otra persona que no sea uno mismo? ¿quién puede exigirle a las madres y a las abuelas que no le enseñen a sus hijos y nietos que dejarse tocar los genitales es malo? Sé el valor de la educación, de su ciencia y de su tecnología; pero también sé que la otra educación sexual, la del pueblo, es válida y útil en un entorno plagado de riesgos. No traigamos a menos ni condenemos esos valores populares. Bastante desgracia hay ya, en esos sitios, para despojarlos de una fórmula que ha pasado de generación en generación, y que ha salvado a muchos de la criminalidad, la droga, la prostitución, y todas aquellas consecuencias que se derivan de los placeres y los goces del sexo y el vicio.

La educación formal debe complementarse con la formación real de la sociedad. Si no en todo, al menos hagámoslo en el campo de la sexualidad.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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miércoles, 15 de agosto de 2007

Ausencia de amor

2007-08-05
Editorial
Ausencia de amor

Los miles de casos por violencia doméstica que reposan en los despachos judiciales son, entre otras cosas, el reflejo de dos situaciones: la falta de amor entre las parejas, y la valentía de las mujeres panameñas para denunciar el maltrato de que son víctimas, dejando atrás el tiempo del silencio ante tal atrocidad y pecado.

Esa ausencia de amor que aludimos, también tiene sus consecuencias en la violencia intrafamiliar que afecta a la niñez y a las personas ancianas, en muchos casos la población más vulnerable por el estado extremo de indefensión que por su realidad padecen.

Quien golpea y maltrata no ama; si amara, jamás haría daño a su prójimo, y mucho menos a los seres que le son cercanos. Panamá necesita urgentemente educar para el amor, y hacerlo a todos los niveles de la sociedad. La erradicación de la violencia, especialmente la intrafamiliar, es un objetivo que debemos esforzarnos por alcanzar.

Urge la realización de campañas contra la violencia en las escuelas, las oficinas, y los vecindarios, para coadyuvar en la transformación de nuestra sociedad. El amor y la paz son parte de la cultura de la vida que nos corresponde asumir y promover si queremos un país en el que la fraternidad y la concordia imperen. ¿Sabremos asumir este desafío?

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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lunes, 23 de julio de 2007

La «emergencia educativa»

2007-07-22
La Voz del Pastor
La «emergencia educativa»

Publicamos un extracto del discurso que Benedicto XVI pronunció al inaugurar la asamblea diocesana de Roma sobre el tema «Jesús es el Señor. Educar en la fe, en el seguimiento y en el testimonio», el 11 de junio, en la basílica de San Juan de Letrán.

Queridos hermanos y hermanas:

El tema de la asamblea es "Jesús es el Señor. Educar en la fe, en el seguimiento y en el testimonio". Se trata de un tema que nos atañe a todos, porque cada discípulo confiesa que Jesús es el Señor y está llamado a crecer en la adhesión a él, dando y recibiendo ayuda de la gran compañía de los hermanos en la fe. Ahora bien, el verbo "educar", puesto en el título de la asamblea, implica una atención especial a los niños, a los muchachos y a los jóvenes, y pone de relieve la tarea que corresponde ante todo a la familia.

Es importante considerar ante todo la afirmación inicial, que da el tono y el sentido de nuestra asamblea: "Jesús es el Señor". Ya la encontramos en la solemne declaración con la que concluye el discurso de san Pedro en Pentecostés, donde el primero de los Apóstoles dijo: "Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado" (Hch 2, 36). Es análoga la conclusión del gran himno a Cristo contenido en la carta de san Pablo a los Filipenses: "Toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre" (Flp 2, 11).

Desde el inicio, los discípulos reconocieron que Jesús resucitado es nuestro hermano en la humanidad y que es totalmente uno con Dios; que con su venida al mundo, con toda su vida, con su muerte y su resurrección, nos trajo a Dios, hizo presente a Dios en el mundo de modo nuevo y único; y que, por tanto, da sentido y esperanza a nuestra vida: en él encontramos el verdadero rostro de Dios, que realmente necesitamos para vivir.

Como nos enseña la experiencia diaria -lo sabemos todos-, educar en la fe hoy no es una empresa fácil. En realidad, hoy cualquier labor de educación parece cada vez más ardua y precaria. Por eso, se habla de una gran "emergencia educativa", de la creciente dificultad que se encuentra para transmitir a las nuevas generaciones los valores fundamentales de la existencia y de un correcto comportamiento, dificultad que existe tanto en la escuela como en la familia, y se puede decir que en todos los demás organismos que tienen finalidades educativas.

Podemos añadir que se trata de una emergencia inevitable: en una sociedad y en una cultura que con demasiada frecuencia tienen el relativismo como su propio credo -el relativismo se ha convertido en una especie de dogma-, falta la luz de la verdad, más aún, se considera peligroso hablar de verdad, se considera "autoritario", y se acaba por dudar de la bondad de la vida -¿es un bien ser hombre?, ¿es un bien vivir?- y de la validez de las relaciones y de los compromisos que constituyen la vida.

El compromiso de la Iglesia de educar en la fe, en el seguimiento y en el testimonio del Señor Jesús asume, más que nunca, también el valor de una contribución para hacer que la sociedad en que vivimos salga de la crisis educativa que la aflige, poniendo un dique a la desconfianza y al extraño "odio de sí misma" que parece haberse convertido en una característica de nuestra civilización.

Ahora bien, todo esto no disminuye la dificultad que encontramos para llevar a los niños, a los adolescentes y a los jóvenes a encontrarse con Cristo y a entablar con él una relación duradera y profunda. Sin embargo, precisamente este es el desafío decisivo para el futuro de la fe, de la Iglesia y del cristianismo, y por tanto es una prioridad esencial de nuestro trabajo pastoral: acercar a Cristo y al Padre a la nueva generación, que vive en un mundo en gran parte alejado de Dios.

A medida que los muchachos crecen, aumenta naturalmente en ellos el deseo de autonomía personal, que fácilmente, sobre todo en la adolescencia, se transforma en un alejamiento crítico de la propia familia. Entonces resulta especialmente importante la cercanía que pueden garantizar el sacerdote, la religiosa, el catequista u otros educadores capaces de hacer concreto para el joven el rostro amigo de la Iglesia y el amor de Cristo.

Para que produzca efectos positivos duraderos, nuestra cercanía debe ser consciente de que la relación educativa es un encuentro de libertades y que la misma educación cristiana es formación en la auténtica libertad. De hecho, no hay verdadera propuesta educativa que no conduzca, de modo respetuoso y amoroso, a una decisión, y precisamente la propuesta cristiana interpela a fondo la libertad, invitándola a la fe y a la conversión.

[Traducción distribuida por la Santa Sede).

S.S. Benedicto XVI
Vicario de Cristo

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jueves, 5 de julio de 2007

El aborto

2007-07-01
A tiro de piedra
El aborto

Recientemente se dio a conocer una cifra que revela la cantidad de abortos registrados en el último año en el país. Son 9,000 criaturas que no han podido nacer, por diversas razones, que las estadísticas, o al menos la noticia, no aclaran. Deja, por tanto, a la imaginación del lector, las causas de esos partos malogrados.

El peligro de una cifra tal está en ese “dejar a la imaginación”. Ante tal situación, es preciso hacer una reflexión acerca de lo que puede estar oculto tras esa información. A falta de datos que nos indiquen la causa de las muertes fetales, analizaremos las posibilidades y sacaremos nuestras conclusiones.

Lo primero que nos salta a la vista es la fuente de la información: la Contraloría General de la República. Luego, son datos oficiales que provienen de un registro, que sólo pueden proveer los hospitales, y, en grado menor, otras autoridades donde el hecho haya sido denunciado.

Si los datos provienen de los centros de salud, principalmente del estado, es poco probable que los abortos hayan sido objeto de los llamados “embarazos no deseados”; frase infeliz esta, porque implica que no se quiere ver nacer a un bebé: yo prefiero decir “embarazo no planificado”. Los 9,000 abortos registrados no son, posiblemente, ni totalmente ni en su mayoría producto de un método anticonceptivo. Ni siquiera consecuencia de violación, o de una acción terapéutica, porque la cifra de casos de violación, o de atención médica para decidir entre el bebé en gestación y la madre, no alcanza ese nivel de miles.

Tampoco podemos asegurar que todos los 9,000 abortos sean espontáneos, pero sí es probable que la mayoría lo sea. Aquí llegaríamos a otra interrogante: ¿qué provoca esos abortos?. Las posibles causas podrían estar en el grado de nutrición de la madre; la edad; y la falta de cuidado médico que le dé seguimiento al embarazo. Dos de ellas, al menos, son situaciones sociales que tienen su sostén en la pobre o nula educación al respecto.

Para poca gente es un secreto que son los pobres quienes más sufren esa tragedia del aborto. A ellos también se dirige el dedo de los que desean con vehemencia que se controle la natalidad y se legalice el aborto en todas sus formas. ¿De qué valdría, si el hambre y la pobreza continúan?. Lo propio es promover la familia fundada en el matrimonio, la responsabilidad de los cónyuges entre sí, la fidelidad, la paternidad y maternidad responsables, y la educación en estos y otros valores entre toda la población. Nos corresponde a los cristianos insistir en este tema, aunque nuestros adversarios nos critiquen y condenen por nuestras ideas y principios.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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viernes, 15 de junio de 2007

La figura paterna

2007-06-17
Editorial
La figura paterna

El núcleo familiar como célula básica de la sociedad requiere de la figura paterna, para que sea completo, junto a la madre y los hijos. Esa constitución familiar, según nuestra doctrina y la ciencia social, es la ideal para que las personas se desarrollen y se realicen libre de situaciones que, en la adultez, las hagan vulnerables a los problemas sicológicos y afectivos que dan al traste con su autoestima y su identidad propia.

Nuestro país padece el mal social del hogar incompleto, en donde normalmente la ausencia de la figura paterna perjudica el normal desarrollo de los niños y niñas panameños. Las uniones de hecho, el incremento de los divorcios, y la procreación sin que medie el estado conyugal, y mucho menos el matrimonial, es un hecho sobre el que se habla mucho y se hace menos.

Al celebrar otro día del padre, y otra semana de la familia, urge reflexionar sobre la situación que vive la mayoría de nuestra población. Dios quiere que el hombre nazca, crezca y viva dentro de una familia. Así lo quiso para su Hijo Único, nuestro salvador Jesucristo, junto a José y María, y con eso nos dio el ejemplo que hemos de seguir los que en El creemos.

Defender la familia, promoverla, y protegerla, es nuestra tarea fundamental como creyentes y ciudadanos. Desde nuestra fe, porque es la Iglesia Doméstica y Santuario de la Vida; desde la ciudadanía, porque el estado panameño lo tiene como uno de sus fundamentos. Asumamos, pues, esta doble responsabilidad, para nuestro bien, el de la Iglesia, y el de la Nación.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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viernes, 1 de junio de 2007

El menor, la violencia y la familia

2007-06-03
La Voz del Pastor
El menor, la violencia y la familia

En fechas recientes, hechos de violencia protagonizados por menores de edad han convertido de nuevo en actualidad el problema. Los medios de comunicación se han ocupado grandemente de él, la opinión pública se ha manifestado en diversos debates y el conjunto de la sociedad se ha escandalizado. A la hora de atribuir responsabilidades, sería un error atenuar la responsabilidad moral e incluso penal por ser "menores de edad". No voy ahora a hacer la tarea de valorar los aciertos y errores de la legislación penal sobre el menor, pero sí de contribuir a llamar la atención sobre la forma ingenua y romántica con la que hoy se habla de los "menores", como si además de no tener edad penal no tuvieran capacidad para distinguir entre el bien y el mal. Cuánto más si se trata de homicidios.

Las reacciones de nuestra sociedad tendrían que ser más moderadas, menos alarmistas, no "criminalizar" a los adolescentes y sobre todo, no caer en la tentación de la hipocresía. Ante la tentación de buscar chivos expiatorios en la violencia de los videojuegos y películas, el culto a la agresividad de programas de televisión, o incluso las situaciones de marginación y exclusión que se dan en zonas de la ciudad de Panamá y otras ciudades, sería mucho más eficaz que no nos engañáramos y llamáramos a las cosas por su nombre. Aumentar la vigilancia o suprimir los videojuegos son soluciones tan simples como la de controlar externamente las agresiones que aparecen en las programaciones que emiten las televisiones en horarios infantiles.

Tendríamos que empezar distinguiendo entre ciertos niveles de violencia tolerable que siempre hay que gestionar por y como padres y educadores los que lo son, y ciertos niveles de agresividad juvenil intolerable que nunca puede quedar impune y que, en contextos socio-educativos, recibe el nombre de "acoso escolar" u otros nombres según el área de expresión de la agresividad.

Esta distinción no nos debe llevar a engaño y pensar que la agresividad o violencia intolerable puede solucionarse de manera técnica, aséptica o mecánica, conteniendo físicamente a los adolescentes más agresivos, aumentando el número de centros de internamiento, promoviendo penas educativas ejemplares o aumentando el número de represores por metro cuadrado. Ninguno de los países que se ha enfrentado a estas situaciones ha encontrado la varita mágica con la que transformar los casos de acoso o violencia intolerable en casos de violencia tolerable. Todos se han visto obligados a situar las coordenadas del problema dentro de los patrones educativos de la moral cívica de sus comunidades. No son agresiones privadas que tengan que resolverse entre particulares, son problemas que ponen a prueba las convicciones morales que están presentes en los espacios públicos educativos y en los espacios familiares.

Aunque la situación de violencia fuera alarmante, más preocupante es el deterioro de las convicciones morales que están presentes en los espacios públicos educativos. Un deterioro al que sólo prestamos atención cuando la opinión pública convierte en noticia la violencia juvenil, cuando se tiene el problema dentro de casa porque se había dado descuido de los hijos, o cuando se nos ofrece la posibilidad de intervenir directamente en la organización de los espacios educativos a través de las asociaciones de padres, las reuniones escolares o los debates que generan los cambios educativos.

Para evitar este deterioro, además de prestar más atención a los patrones educativos que se transmiten a los hijos, se debería afrontar la violencia juvenil con más valentía moral. Una valentía que requiere trabajar en tres campos que, a su vez, interactúen entre sí. En primer lugar, luchando contra el analfabetismo emocional de las nuevas generaciones que no saben lo que son las virtudes del autodominio, la templanza y la obediencia. Cada vez es mayor el número de adolescentes que se están aprovechando de estilos educativos negligentes donde no hay sentido de la norma, donde la inmediatez del placer, del tener y del aparentar han desterrado el sentido de la responsabilidad y de la laboriosidad.

En segundo lugar, hablando en serio de la autoridad de los maestros y peofesores. En los cambios en cuanto al papel del docente, se habla mucho y, con razón, con giros semánticos como "facilitador" o "función tutorial", pero qué hay de la autoridad que precisa el oficio de educador. Puede que en las discusiones sobre la acción ante la violencia adolescente sobren palabras e intereses particulares y falten maestros capaces de generar confianza en valores comunes.

A todo lo anterior añadamos algo capital: nuestra sociedad panameña debería prestar más atención a las pautas educativas de la vida familiar. Es lamentable que los hijos se comuniquen cada vez mejor con las máquinas electrónicas y cada vez peor con las personas, es lamentable que sean tan bajos sus umbrales de frustración y los padres estén o ausentes o dispuestos a adelantarse a sus deseos y exigencias. No son mejores padres quienes menos disciplina y autoridad tienen, sino quienes se toman más en serio la difícil tarea de establecer límites razonables a los deseos de sus hijos, pero, sobre todo, los que, sin sermones, ofrecen en su popia persona un modelo de conducta ética para sus hijas e hijos.

Mons. Pablo Varela Server
Obispo Auxiliar