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viernes, 19 de junio de 2009

…su cuerpo es santuario del Espíritu Santo…

2009-06-21
La Voz del Pastor
…su cuerpo es santuario del Espíritu Santo…

En el camino del discipulado de Jesús se nos revela en profundidad insospechada el valor y dignidad del cuerpo humano, el hecho de que somos seres corpóreos. Lo anunciamos con toda su fuerza en la Eucaristía y sacamos sus consecuencias para nuestro diario vivir como seres en relación.

En el seno de una mujer y en la familia es donde comienza nuestra corporeidad y donde se inicia nuestro aprendizaje de cómo vivirla, lo cual marcará toda nuestra vida. La ciencia nos da un conocimiento indiscutible sobre el comienzo de la vida de los individuos de cada especie y de lo peculiar de todo cuerpo humano. Desde el genoma heredado se construye su organismo y vive su propia trayectoria, con etapas (cigoto, embrión, neonato…); cada individuo con nombre propio, con su máxima expresión en el cuerpo humano, construido desde un ADN tan suyo que permite seguirle el rastro. Con la enorme peculiaridad de no quedar encerrados en lo meramente biológico, nacemos sin acabar; necesitados de un acabado propio en un entorno familiar.

La familia es el espacio donde el niño desarrolla la inteligencia emocional y las capacidades crítico-creativas; también forma hábitos de salud preventiva. Asimismo, la familia aparece como la principal estructura de prevención del delito. El papel que puede desempeñar en el campo moral es fundamental. Así, se enseña a los hijos reglas de cortesía, a saludar, a no tirar papeles en la calle; muchas pequeñas cosas que nos van educando al respeto, a cumplir los deberes ciudadanos, a sacrificarse por una buena causa. Comenzando con los pequeños deberes se aprende a cumplir los grandes; también la fidelidad (ver Lucas 16,10).

La familia es actualmente revalorizada a nivel internacional como derecho esencial, como un pilar de un tejido social sano, y una base estratégica para el desarrollo económico; como una unidad social que además de cumplir roles decisivos en lo afectivo y lo espiritual, lleva adelante con extrema eficiencia tareas fundamentales para la sociedad. Pero esto requiere apoyos como lo pueden ser firmes políticas públicas de protección a la familia y de su fortalecimiento, en particular el apoyo a los sectores desfavorecidos.

La pobreza golpea a las familias. Las carencias y dificultades que genera la pobreza, las grandes tensiones que ella produce, favorecen la posibilidad de violencia doméstica, con el enorme impacto que tiene para el futuro de los hijos. Atacar las causas estructurales del aumento de la pobreza y de la desigualdad a través de políticas que creen trabajos y disminuyan la inequidad; a través también de políticas sociales, articuladas con las anteriores, abren posibilidades de educación y salud para todos, y resultan de enorme ayuda al fortalecimiento familiar. A todo ello no puede estar ajena la sociedad civil.

El premio Nobel de Economía Amartya Sen reflexiona que el problema con la agenda social no es tanto de recursos sino de prioridades. Con recursos muy limitados se pueden obtener excelentes resultados en los campos social y de familia si se priorizan estos problemas y se reorientan recursos hacia ellos y gestionándolos bien.

Damos gracias al Señor por el don de su Cuerpo y de su Sangre, alimento en el camino hacia el Padre. Alimento que adorantes recibimos y que debe en nosotros dar frutos de agentes a favor del efectivo respeto y dignidad de los cuerpos humanos, desde su comienzo hasta el encuentro definitivo.

Mons. Pablo Varela Server
Obispo Auxiliar

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viernes, 12 de junio de 2009

El Corpus en La Villa de Los Santos

2009-06-14
La Voz del Pastor
El Corpus en La Villa de Los Santos

La presencia real que experimentamos del Señor… en el sacramento de la Eucaristía, constituye el contenido de esta Solemnidad. Salimos a las calles de las ciudades y de los pueblos para que “Jesús Sacramentado” sea glorificado y le damos gracias porque está verdadera e ininterrumpidamente presente entre nosotros, con su Cuerpo y su Sangre, con su Alma y Su Divinidad.

Por cédula real expedida en Valladolid el 21 de enero de 1557, los vecinos natariegos se adentran en la espesura del fenecido Ducado de Veragua en busca de nuevos territorios para la Corona.

La Villa de Los Santos nace como comunidad creyente y practicante, aunque separatista y rebelde. Luego será admitida por la Audiencia en 1574. Era Obispo de Panamá Su Señoría Ilma. Dn. Francisco de Ábrego, quien atiende la petición de los fundadores para que fuesen “atendidos religiosamente, oyeran Misa y participaran dignamente de los ritos sagrados”.

Desde entonces, no ha dejado de escucharse por las calles de La Villa de Los Santos, la alabanza a Jesús Sacramentado. Todas las generaciones han repetido devotamente: “sea por siempre bendito y alabado, mi Jesús Sacramentado”. Y, en nuestros días, sigue siendo expresión devota del pueblo en su diario vivir, la señal de admiración: “Jesús (sea) alabado”.

Han pasado muchos años desde aquella “primera evangelización” que se inicia antes de 1574. La Historia cuenta muchas cosas. De nativos y de españoles. De esclavos que llegaron a ser libres y de nobles a quienes sus pasiones convirtieron en esclavos.

Han desfilado hombres y mujeres en los más de 435 años de peregrinar en la península, siendo el Evangelio luz en el caminar de muchos pueblos… Sin embargo en esa historia, tanto ayer, como hoy, todos…, acontecimientos y personas, han pasado. Sólo Jesucristo es el mismo “ayer, hoy y siempre”.

A la luz de la fe, se han vivido las alegrías y las congojas propias del ser humano, cuya peregrinación terrena convertimos en contienda y lucha, según el Libro de Job...

Muchas gestas se han librado en La Villa de Los Santos, tierra que siempre se ha gloriado de ser libre, y de ser cuna de valores ciudadanos, de nobles tradiciones y de vivencia del “Misterio de Fe”.

El Jueves de Corpus congrega al pueblo, el Único inmutable, el Señor de la Historia, Jesucristo. Nos convoca como Iglesia, se nos ofrece en adoración como “sacerdote y víctima”, y se nos entrega como “comida y bebida” para que tengamos vida.

Él fue en el pasado y es hoy la perenne respuesta a las ansias de superación del ser humano. Sólo viviendo en el amor de Dios y respetando a nuestros hermanos podemos responder al grandioso proyecto que Él ha trazado sobre nuestra Patria y sobre cada uno de los que la habitamos. Que aprendamos los panameños a vivir en amor y en caridad, en tolerancia y en respeto mutuo, porque sólo “donde hay caridad y amor allí está Dios”.

Mons. Fernando Torres Durán
Obispo de la diócesis de Chitré

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El Cuerpo de Cristo

2009-06-14
Editorial
El Cuerpo de Cristo

La Iglesia es Sacramento y Cuerpo de Cristo, en donde la asamblea de fieles y los ministros se hacen uno solo con Cristo Eucaristía. Misterio grande es éste, que resulta incomprensible para aquellos que carecen de la fe y de la iluminación del Espíritu Santo.

Cuando hacemos el memorial de la entrega del Hijo del Hombre, por la salvación del mundo, ofrecemos en el altar el verdadero cuerpo y la verdadera sangre de Jesucristo, Cordero de Dios; carne y sangre que, en espíritu y en verdad, comemos y bebemos por nuestra salud y para la redención de nuestros pecados.

Al celebrar en todas las iglesias domésticas del orbe, la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, reafirmamos ante el mundo nuestra fe, y hacemos realidad el anuncio mesiánico: “tomad y comed todos de él, porque esto es mi cuerpo, que será entregado por ustedes. Tomad y bebed todos de él, porque esta es mi sangre que será derramada por ustedes. Haced esto en conmemoración mía”. Este sacramento de nuestra fe es el que, precisamente, anunciamos al mundo este domingo del Corpus Christi.

Nuestra profesión de fe, por tanto, se basa en la encarnación del Verbo de Dios; en su vida, pasión y muerte; y en su gloriosa resurrección. Enseñanza que nos ha sido transmitida por la Santa Madre Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, por medio de las Escrituras y de la sucesión apostólica. Eso nos basta para creer que Cristo, verdaderamente, está presente en la Eucaristía. Y si alguno ha flaqueado en la fe, y ha pedido a Dios, sinceramente, que se la renueve, ese misterio le ha sido confirmado en los diversos milagros eucarísticos que se han manifestado, para ayudar a los incrédulos en su poca fe.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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miércoles, 8 de abril de 2009

Misericordia Señor

2009-04-05
El Ojo del Profeta
Misericordia Señor

Inauguramos la última etapa de este tiempo fuerte que es la Cuaresma, con la Semana Mayor. Hemos recorrido el itinerario espiritual acompañados de la oración, el ayuno, la penitencia y la limosna, en pos de nuestro encuentro con el Señor en el gozo de la Pascua de Resurrección. Cada acto de amor, cada obra de misericordia, cada Vía Crucis, y cada Eucaristía, nos ayudan en nuestra conversión y en nuestra marcha hacia la Vida Eterna.

En esta Semana Santa que comienza con el Domingo de Ramos, asumamos con fe nuestro compromiso cristiano. Aprovechemos el tiempo favorable, para recibir vida en abundancia. Confesemos nuestros pecados y dejemonos reconciliar con Dios, por medio de su Hijo Amado. Levantemos nuestras manos, e impetremos a El por la misericordia y la piedad para nosotros y quienes nos rodean. Dios salva en comunidad, porque se ha elegido un pueblo que habrá de aclamarlo en la asamblea de los santos. Demos, pues, razón de nuestra fe y razón de nuestros hermanos, porque para amar verdaderamente a Dios, también, debemos amar al prójimo como a nosotros mismos.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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viernes, 6 de junio de 2008

Cita Eucarística

2008-06-01
Editorial
Cita Eucarística

Hace 37 años la Iglesia panameña celebró por primera vez la Cita Eucarística, coincidiendo con la solemnidad de Corpus Christi, como un espacio para rescatar el sentido sacramental y litúrgico de este memorial; pero, sobre todo, para que los feligreses pudieran hacer manifestación pública de su fe como Cuerpo Místico de Cristo.

En la actualidad, la Cita Eucarística se ha extendido al resto de las diócesis, y en esta ocasión, en la Arquidiócesis de Panamá, se celebra el domingo siguiente a la solemnidad, como colofón de la conmemoración del Corpus Christi que ha tenido lugar en todas las comunidades parroquiales.

La Iglesia Sacramento, junto a su Pastor, se congrega en la acción de gracias más grande: la Eucaristía. De esta manera da testimonio público de su fe en Cristo, y de que está resucitado y reina. La Cita Eucarística es un acto que alcanza más allá de la liturgia; es el pueblo de Dios que vive y actúa, movido por el Espíritu, como sal y fermento en esta porción de humanidad que está representada en la patria panameña.

Dios Padre nos guíe siempre en este caminar hacia la fe y la santidad, para que podamos dar buenos frutos como tierra fecunda que acoge la semilla de su Palabra. Que suscite entre nosotros las vocaciones necesarias para el sacerdocio, la vida religiosa y la consagración a una vida de servicio en el Señor, como cristianos fieles y como la luz que estamos llamados a ser para iluminar las tinieblas del mundo.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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martes, 27 de mayo de 2008

La Eucaristía Presencia Real - Sacramento de la Esperanza

2008-05-25
La Voz del Pastor
La Eucaristía Presencia Real - Sacramento de la Esperanza

La Iglesia nos convoca de nuevo para celebrar el CUERPO Y SANGRE DE CRISTO.. Una fiesta hermosa, tradicional, cargada de hondo significado. Aunque la vida moderna le ha hecho perder un poco el esplendor que tenía. Me parece bueno, sin embargo, descubrir siempre mejor su sentido y la oportunidad que ofrece. ¿Cómo vivirla hoy?

El jueves (o domingo) siguiente al domingo de la Santísima Trinidad, la Iglesia celebra la solemnidad del santísimo cuerpo y sangre de Cristo. Ese es su título completo, aunque solemos referirnos a ella utilizando su anterior nombre latino, "Corpus Christi". Es interesante saber que su título más antiguo fue Festum Eucharistiae.

Por eso tanto la preparación de la fiesta del Corpus como su celebración son una ocasión propicia para realizar una acción catequística que ponga de relieve la importancia de la Eucaristía en nuestra vida.

La festividad del Corpus Christi nos invita a entrar en el corazón del misterio de la Eucaristía, que se ha de creer, celebrar y vivir. "Sacramento de la caridad, la Santísima Eucaristía es el don que Jesús hace de sí mismo, revelándonos el amor infinito para cada hombre"[ Benedicto XVI, Exhortación Apostólica Sacramentum caritatis, 1 ].

Este año, a la luz de la última encíclica de Benedicto XVI –"Spe salvi; Salvados en la esperanza"-, contemplemos la Eucaristía descubriendo en ella un verdadero sacramento de esperanza para toda la humanidad y, de manera muy especial, para los más pobres y excluidos de los bienes necesarios.

La Eucaristía, sacramento del amor, aviva en nosotros la conciencia de que donde hay amor brilla, también, la esperanza, de que donde el ser humano experimenta el amor se abren para él puertas y caminos de esperanza.

Así nos lo ha recordado Benedicto XVI cuando dice: « No es la ciencia la que redime al hombre. El hombre es redimido por el amor. Eso es válido incluso en el ámbito intramundano. Cuando uno experimenta un gran amor en su vida, se trata de un momento de "redención" que da un nuevo sentido a su existencia» [Benedicto XVI, Spe salvi, n. 26]. Y porque el amor es lo que salva, salva tanto más cuanto más grande y fuerte es. Por eso, no basta el amor frágil que nosotros podemos ofrecer. El hombre, todo hombre, también el pobre, en palabras del Papa, «necesita un amor incondicionado». Ese es el amor absoluto que Dios nos ha manifestado en Jesús: «Por medio de Él estamos seguros de Dios, de un Dios que no es una lejana "causa primera" del mundo, porque su Hijo unigénito se ha hecho hombre y cada uno puede decir de Él: "vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí" (Gal 2,20)»[4].

Este amor absoluto e incondicionado de Dios que el hombre necesita para encontrar sentido a la vida y vivirla con esperanza, se ha manifestado en Cristo y tiene su máxima expresión sacramental en el misterio de la Eucaristía.

Cuando se descubre y vive la Eucaristía, como misterio de presencia de Cristo acompañando al hombre en el camino de la vida, como misterio de vida entregada por el "Otro" y como servicio humilde y generoso al hermano necesitado, como misterio de comunión que nos hace sentar en la misma mesa superando toda diferencia, resulta fácil descubrir que la Eucaristía es el gran sacramento de la esperanza, anticipo de los bienes definitivos a los que todos aspiramos en lo hondo de nuestro corazón y que esperamos alentados por la fe [ Cfr. Mt 26, 26-28; Jn 15,3; 1Cor 10,17; 11, 17-34; Cfr. Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, n. 59 ].

Por eso celebremos la Eucaristía ofreciendo a los pobres signos de esperanza. Vivida y celebrada la Eucaristía como el gran sacramento del amor, la fe en ella se traduce inevitablemente en gestos y signos de esperanza. Lo dice el Papa con otras palabras: «Toda actuación seria y recta es esperanza en acto. Lo es ante todo en el sentido de que así tratamos de llevar adelante nuestras esperanzas más grandes o pequeñas; solucionar éste o aquel otro cometido importante para el porvenir de nuestra vida: colaborar con nuestro esfuerzo para que el mundo llegue a ser un poco más luminoso y humano, y se abran así también las puertas hacia el futuro» [ Spe salvi, n. 35 ].

"Cantemos al amor de los amores, cantemos al Señor, Dios está aquí …Gloria a Cristo Jesús..." La Madre Teresa de Calcuta decía a sus religiosas que deben tratar a los enfermos como el sacerdote trata a la hostia consagrada. Cuando adoro a Jesús en la Eucaristía veo a los pobres y cuando veo a los pobres veo a Jesús". No hace falta amar a las personas por Cristo, sino que basta amar a Cristo en las personas.

Por eso, si quisiéramos en verdad amar a los pobres, entonces, acerquémonos a Jesús Eucaristía, donde bebemos el amor en su fuente, hasta convertirnos en fuente de amor, que no se agota. De tal manera nuestra participación en la Eucaristía ha de impulsarnos irremisiblemente a servir a los pobres, como Jesús, quien une la institución de la Eucaristía con el lavatorio de los pies.

Por eso desconfiemos de una Eucaristía sin amor a los pobres; pero no empobrezcamos más a los pobres privándoles del banquete de vida eterna, que es Jesús en la Eucaristía. Ambos amores son uno mismo, como dice el Papa: Hay una "inseparable relación entre amor a Dios y amor al prójimo. Ambos están tan estrechamente entrelazados, que la afirmación de amar a Dios es en realidad una mentira si el hombre se cierra al prójimo o incluso lo odia... El amor del prójimo es un camino para encontrar también a Dios, y cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios" (Deus caritas est, 16).

Mons. José Domingo Ulloa M.
Obispo Auxiliar

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Cuerpo y Sangre de Cristo

2008-05-25
Editorial
Cuerpo y Sangre de Cristo

La Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo que celebramos este domingo es una antigua tradición de la Iglesia que nos invita, en nuestro hoy, a la comunión activa como ejercicio de nuestra fe, tanto en el sacramento eucarístico como en la vivencia que nos hermana en la comunidad eclesial.

Cristo en la Eucaristía, se hace verdadera carne y verdadera sangre, para alimentarnos en cuerpo y espíritu. Recibir la sagrada comunión de manera constante, debe ser el anhelo de todo cristiano. El banquete eucarístico tiene que constituirse en cosa común al participar en cada misa, tomando la previsión de estar debidamente preparado para ello como lo manda la Santa Madre Iglesia.

El que por descuido o dejación deja de comulgar, en triste sendero anda. Quien, por el contrario, está siempre preocupado por recibir el sacramento de la Eucaristía, en correcta disposición espiritual, gana en gracia y bendición. De cada quien depende si desea ganar su vida para perderla, o, si arriesgarse a perderla para salvarla.

Sin duda, nos jugamos la Vida Eterna al tomar a la ligera el hecho de recibir a Cristo hecho Eucaristía. Su Cuerpo y su Sangre nos hacen uno con El y en El; tomemos la determinación de reconciliarnos con él en cada oportunidad de recibirlo en la sagrada comunión, y de adentrarnos en el conocimiento de ese Misterio que, por la Transustanciación, se hacen verdadera comida y verdadera bebida en la consagración de las especies de pan y vino.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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miércoles, 14 de mayo de 2008

Pentecostés

2008-05-11
Editorial
Pentecostés

Concluimos el periodo pascual con la Solemnidad de Pentecostés, rememorando y haciendo vida, al mismo tiempo, la venida del Paráclito intercesor que nos prometió nuestro Señor Jesucristo. El Espíritu Santo de Dios, que descendió sobre los apóstoles, el mismo que recibimos en el bautismo, es el guía de todo cristiano y todo creyente en Cristo Jesús nuestro Señor.

Durante 50 días hemos tenido la oportunidad de vivir el gozo de la Resurrección de Cristo de manera especial, y que hemos de mantener en nuestras vidas renovándonos con la oración diaria y la práctica de fe como personas y como comunidad. Esa oración y esa práctica tienen un nervio motor, que la hace funcionar: el Espíritu Santo, tercera persona de la Trinidad, que con el Padre y el Hijo hacen uno.

Nuestro Pentecostés diario es encontrarnos con el Señor, y pidiéndole en toda ocasión que nos envíe el Espíritu Intercesor prometido. Cada acto de nuestra vida debe ser iluminado por la acción del Espíritu Santo, porque no vivimos de casualidades ni de la suerte, sino de la Providencia Divina y de acción salvífica del sacrificio de Cristo, que resucitó para darnos la vida y en abundancia.

Que al concluir este tiempo litúrgico pascual no nos vayamos a nuestro Emaús, pensando que todo ha terminado. Si así fuere el caso, que no vacilemos en volver al encontrar al Señor en el camino, y reconocerlo al partirse el pan en cada Eucaristía y en el ardor de nuestros corazones al escuchar su Palabra.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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viernes, 15 de febrero de 2008

¡Nosotros serviremos al Señor!

2008-02-17
La Voz del Pastor
¡Nosotros serviremos al Señor!

Cuaresma es el tiempo santo que la iglesia dedica a preparar concienzudamente la solemnidad de la pascua del Señor- su pasión, muerte, resurrección y envío del Espíritu Santo- y nuestra participación en ella, por los sacramentos de iniciación cristiana: el bautismo, la confirmación y la eucaristía.

Por eso, la Iglesia destaca el significado de estos sacramentos, más un sacramento de recuperación, el de la penitencia o reconciliación, para los que han caído de la gracia inicial.

De igual manera, se acentúa en esta época la preparación de los catecúmenos que recibirán la iniciación el Sábado Santo, cuando los ya iniciados renovarán solemnemente sus compromisos bautismales.

La exhortación a convertirnos y creer en el Evangelio que escuchamos el Miércoles de Ceniza, es un llamado a volver al hogar paterno y recuperar nuestra identidad de hijos en el Hijo de Dios, sacerdote y Cordero de Dios, profeta y maestro, rey y pastor.

El Espíritu Santo, Señor y Dador de Vida, recibido en la iniciación cristiana es quien nos vincula con Jesús, el Cristo o ungido con el Espíritu. En Él somos otros cristos. Recordemos que, en Israel, inicialmente sólo los reyes y los sacerdotes eran ungidos con el Espíritu. Posteriormente también lo fueron los profetas.

El rey, ungido del Señor, no era un potentado absoluto, como en otras naciones orientales, sino el lugarteniente del Señor, fiel y compasivo, lento a la cólera y rico en misericordia. Israel ora por el rey para que en sus días florezca la justicia y haya prosperidad. Y confía en que él librará al pobre que suplica, al humilde indefenso; se apiadará del pobre desvalido y rescatará a los indigentes librándolos de la violencia y la opresión (cf sal. 72).

El rey debe ser como el rostro humano del Señor, fiel y misericordioso, y lo será en la medida en que brille en él la fidelidad y la obediencia a los preceptos de la alianza. Saúl fue destronado precisamente por su desobediencia, y David se salvó, porque supo hacer penitencia por sus muchos y graves pecados.

El Siervo del Señor de los cuatro cánticos del profeta Isaías es un modelo de conducta para el rey, en cuanto encarnación de la personalidad corporativa de la nación: Ungido por el Señor para liberar a cautivos y oprimidos, reunir a los hijos dispersos de Israel y ser luz para las naciones, carga con los pecados del pueblo, a pesar de su inocencia. Enviado a salvar a los hombres, es obediente hasta la muerte, por eso recibe una multitud en herencia (cf Is 53). En el libro de Daniel, es el hombre que viene sobre las nubes, y recibe gloria, honor y poder, de manos del anciano. (Dan 7:14).

En todos estos casos, se trata de tipos y figuras de Jesús, el Cristo o Ungido del Señor, obediente a Dios hasta la muerte, y muerte de cruz, por lo que ha sido confirmado en la función de Señor y Mesías, ante el cual se dobla toda rodilla en el cielo, en la tierra y en el abismo (cf Fil 2: 6-11).

Este es el Siervo del Señor, presentado en el bautismo, en quien Dios se complace. Por el bautismo, Dios nos ha destinado a reproducir la imagen de su Hijo, llamado a ser el primogénito entre muchos hermanos (cf Rom 8:29). Animados por su Espíritu, que nos configura con él, podemos rechazar enérgicamente las insinuaciones del seductor para reclamar el homenaje de nuestra obediencia, que sólo a Dios debemos. En nuestro paso por la vida escucharemos al seductor proponernos "ser como Dios", si le obedecemos a él. Por eso importa desenmascararlo, como Jesús, mediante la Sagrada Escritura, en el desierto; o con la fuerte reprensión a Pedro, cuando quiso desviarlo de su vocación y misión (cf Mt 16).

Nos convertimos, en definitiva, cuando decidimos obedecer al Señor, a todo lo largo de nuestra vida, y no al mundo o a los ídolos. Esta fue la opción de Josué y su familia, en Siquen (Jos 24); Y la de Pedro y Juan frente a los tribunales que pretendían impedirles anunciar a Jesucristo como Salvador (cf Hch 3:1-26). También debe ser la nuestra en nuestros días en que múltiples seductores se empeñan en convencernos de que el camino hacia la plena realización humana, "ser como Dios", pasa por el pecado, conversión a la criatura y aversión a Dios, obediencia a la criatura y rebeldía ante Dios.

Sin embargo, Jesús, ungido con el Espíritu, y obediente a Dios, que pasó por el mundo liberando a cautivos y oprimidos y predicando la buena noticia del Reino a los pobres, unido a Dios, su Padre, nos enseña, que Dios se complace en compartir su propia vida, engendrando nuevos hijos, por la fe en Jesús, Hijo de Dios y Mesías obediente, en quien se deleita. ¡Que él, Camino, Verdad y Vida nos enseñe a vivir así nuestro bautismo!, como auténticos discípulos y misioneros suyos.

Mons. Oscar Mario Brown J.
Obispo de Santiago de Veraguas

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viernes, 15 de junio de 2007

Cristo «quiso quedarse con nosotros para ser el corazón palpitante de la Iglesia»

2007-06-17
La Voz del Pastor
Cristo «quiso quedarse con nosotros para ser el corazón palpitante de la Iglesia»

Publicamos la intervención de Benedicto XVI antes y después de rezar la oración mariana del Ángelus en el domingo 10 junio 2007 el que en muchos países celebraron la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Jesús, el Corpus Christi.

Queridos hermanos y hermanas:
La solemnidad de este día, el Corpus Christi, que en el Vaticano y en otras naciones ya se celebró el jueves pasado, nos invita a contemplar el sumo Misterio de nuestra fe: la Santísima Eucaristía, real presencia del Señor Jesucristo en el sacramento del altar. Cada vez que el sacerdote renueva el sacrificio eucarístico, en la oración de consagración, repite: «Este e mi cuerpo…», «Esta es mi sangre». Lo dice prestando la voz, las manos y el corazón a Cristo, que quiso quedarse con nosotros para ser el corazón palpitante de la Iglesia.

Pero incluso después de la celebración de los divinos misterios el Señor permanece vivo en el tabernáculo; por esto se le alaba especialmente con la adoración eucarística, como he querido recordar en la reciente exhortación apostólica post-sinodal «Sacramentum caritatis» (Cf. números 66-69). Es más, se da un lazo intrínseco entre la celebración y la adoración. La santa misa, de hecho, es en sí misma el acto más grande de adoración de la Iglesia: «Nadie come de esta carne --escribe san Agustín-- si antes no la ha adorado» («Enarrationes in Psalmos» 98,9: CCL XXXIX, 1385). La adoración fuera de la santa misa continúa e intensifica lo que ya ha sucedido en la celebración litúrgica, y hace posible una acogida verdadera y profunda de Cristo.

En este día, en todas las comunidades cristianas, se celebra la procesión eucarística, particular forma de adoración pública de la Eucaristía, enriquecida por bellas y tradicionales manifestaciones de devoción popular. Quisiera aprovechar la oportunidad que me ofrece esta solemnidad de hoy para recomendar encarecidamente a los pastores y a todos los fieles la práctica de la adoración eucarística.

Expreso mi aprecio a los institutos de vida consagrada, así como a las asociaciones y confraternidades que se dedican a ella de manera especial: recuerdan a todos la centralidad de Cristo en nuestra vida personal y eclesial. Me alegra la constatación de que muchos jóvenes están descubriendo la belleza de la adoración, tanto personal como comunitaria. Invito a los sacerdotes a alentar en esto a los grupos juveniles, pero también a que les sigan para que las formas de la adoración comunitaria sean siempre apropiadas y dignas, con adecuados momentos de silencio y de escucha de la Palabra de Dios.

En la vida de hoy, con frecuencia ruidosa y dispersiva, es más importante que nunca recuperar la capacidad de silencio interior y de recogimiento: la adoración eucarística permite hacerlo no sólo en torno al «yo», sino más bien en compañía de ese «Tú» lleno de amor, que es Jesucristo, «el Dios cercano a nosotros».

Que la Virgen María, mujer eucarística, nos introduzca en el secreto de la auténtica adoración. Su corazón, humilde y sencillo, siempre vivía en recogimiento en torno al misterio de Jesús, en quien adoraba la presencia de Dios y de su Amor redentor. Que por su intercesión crezca en toda la Iglesia la fe en el Misterio eucarístico, la alegría de participar en la santa misa, especialmente en la dominical, y el empuje para testimoniar la inmensa caridad de Cristo.

S.S. Benedicto XVI
Vicario de Roma

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La fiesta del Cuerpo y la Sangre del Señor

2007-06-10
La Voz del Pastor
La fiesta del Cuerpo y la Sangre del Señor

Este Domingo la Iglesia celebra con la mayor Solemnidad y fervor la fiesta del Cuerpo y la Sangre del Señor. Esta celebración gozosa ubicada al término de la fiesta de pascua y Pentecostés quiere ser también una síntesis de toda la obra redentora realizada por Nuestro Señor Jesucristo. En efecto, el magisterio de la Iglesia nos ha enseñado siempre que la Eucaristía es la fuente y el culmen de su vida y de su misión. Toda la liturgia está orientada al misterio eucarístico.

Es cierto que bajo el aspecto histórico, la celebración de esta fiesta arranca solamente a partir del siglo XIII cuando un heresiarca negó la presencia real y sustancial de Jesús en el Santísimo Sacramento, la celebración solemne y popular insistía solamente en reafirmar la fe en esa presencia de Cristo bajo las apariencias de pan y vino. Por la reflexión teológica y la enseñanza constante de la Iglesia hoy celebramos esta importante fiesta litúrgica porque no sólo Jesús está presente en la Eucaristía (el Enmanuel) con su cuerpo, sangre, alma y divinidad, sino también porque en nuestra celebración se actualiza en el aquí y ahora su sacrificio único con el cual pagó al padre la deuda de nuestros pecados y nos hizo partícipes de la vida divina y de su gloria eterna.

Además como hizo el Señor en la Última Cena cuando instituyó la Eucaristía con sus apóstoles, hoy él también nos invita a su banquete, signo y anuncio del Banquete de su reino, "cada vez que coméis de este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor hasta que vuelva" (1 Cor 11, 26). El siervo de Dios Juan Pablo 11 nos ha dejado uno de sus más hermosos legados: la Carta Encíclica "Ecclesia de Eucharistia", en donde recalca que nuestra Iglesia no sólo celebra la Eucaristía para hacer presente el sacrificio de Cristo, alimentarnos con su cuerpo y su sangre y reunirnos en torno a su mesa, sino que la Iglesia realmente vive de la Eucaristía, aquí está la fuente de su existencia, de su vida y de su misión.

Siempre se ha enseñado que la sangre yagua que brotaron del costado de Cristo, abierto por la lanza del soldado son signos de los sacramentos, sobre todo la Eucaristía, y nacimiento de la Iglesia. Más recientemente Su Santidad el Papa Benedicto XVI nos ha regalado la exhortación apostólica "Sacramentun Caritatis", conclusión del Sínodo de los Obispos sobre la Eucaristía, la cual inicia con estas palabras:

"Sacramento de la Caridad, la Santísima Eucaristía es el don que Jesucristo hace de sí mismo revelándonos el amor infinito de Dios por cada hombre. En este admirable sacramento se manifiesta el amor más grande, aquel que impulsa a dar la vida por los propios amigos". Del mismo modo, en el sacramento eucarístico Jesús sigue amándonos hasta el extremo, hasta dar su cuerpo y su sangre". (S.C. No. 1).

La fiesta del Cuerpo y la Sangre del Señor que se tendrá este domingo en todas las parroquias, del mundo católico así como también las Citas Eucarísticas que se celebran a nivel diocesano pone de manifiesto que la "Eucaristía es Constitutiva del ser y del actuar de la Iglesia". Al comer el cuerpo de Cristo, los cristianos damos fuerza y unidad al cuerpo místico que es la Iglesia. No podemos nunca separar a Cristo de la Iglesia. Por eso pedimos en la Santa Misa que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del cuerpo y la sangre de Cristo" (plegaria Eucarística No. 2).

Así como nuestra participación en la celebración eucarística nos une a Cristo y a su Iglesia, la celebración comunitaria de esta gran fiesta fortalece los vínculos de amor y unidad entre todos los que formamos esta Iglesia, llamada a ser signo de amor y armonía para la sociedad de hoy.

Mons. José Dimas Cedeño Delgado
Arzobispo de Panamá

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Corpus Christi

2007-06-10
Editorial
Corpus Christi

La acción de comer el cuerpo y beber la sangre de Cristo es un hecho real que no admite explicación cosmética alguna. Es Cristo quien se da en el pan y el vino, más allá de todo simbolismo o metáfora que pueda traerse a colación.

Cristo es el Pan de Vida, con el que nos hacemos uno en la Eucaristía para poseer la vida eterna. Su cuerpo y su sangre son verdadera comida y verdadera bebida, cuya manducación y libación en estricto apego a la fe nos sacian eternamente. No sentimos, pues, más hambre ni sed.

Jesucristo, como pan vivo bajado del cielo, es el alimento superior que busca todo aquel que cree en Dios y en su Enviado. La afirmación de que hemos de comer su cuerpo y beber su sangre escandalizó a muchos en su tiempo, y aún en nuestros días hay quienes se escandalizan y no entienden como puede ser posible que Cristo esté presente en la Eucaristía.

Para nosotros no existe duda alguna, porque así lo creemos y lo profesamos como parte fundamental de nuestra fe. Allí también están, para quienes dudan, los milagros eucarísticos que se han producido en varias partes del mundo, y a los que la ciencia no encuentra explicación pero reconoce como auténtica carne y sangre de una persona humana.

Cristo se hizo hombre para salvarnos, se entregó como víctima para redimirnos del pecado, y se hizo alimento y bebida para darnos la vida eterna. Es el nuevo maná que libra de la muerte y del pecado, y que se da a toda la humanidad para que resucitemos con El en el último día. Cristo, hombre verdadero, comida verdadera, y Dios verdadero de Dios verdadero, nos invita, al igual que ayer, a comer su cuerpo y beber su sangre cada día, como sacramento y memorial suyo que nos guardan para la vida eterna y preparan su venida definitiva que nos llevará a la patria celestial para siempre.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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