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lunes, 21 de diciembre de 2009

¿Qué celebramos?

2009-12-20
El Ojo del Profeta
¿Qué celebramos?

Cada celebración en la vida del hombre y de la humanidad tiene un por qué, un fundamento, una razón. Conmemorar y celebrar un acontecimiento importante busca mantener presente la memoria de lo ocurrido, para que sea aprendido, recordado y transmitido de una generación a otra. De allí la importancia de ser fieles a la historia y a los hechos, para que no haya desvíos ni desvaríos en cuanto a la razón de ser de la celebración.

En la confección de los adornos y piezas instaladas en la Cinta Costera, para celebrar la Navidad, se incluyen figuras que poco o nada tienen que ver con la Navidad. Duendes, sirenas, ratones, y otros personajes de historietas, están de más. Lo que resultaría apropiado para otra ocasión deviene en esperpentos, cuando se les hace pasar por símbolos navideños. Podrán algunas ser muy bonitas, desde el punto de vista artístico, pero son inapropiadas y están fuera de tono. La Navidad tiene un centro: Cristo; al que acompaña un pueblo representado en los pastores y los reyes magos, junto a las celestiales figuras de los ángeles. De celebrarse, ha de ser así. Hacer otra cosa es trastocar su verdadero sentido.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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lunes, 14 de diciembre de 2009

La auténtica Navidad

2009-12-13
A tiro de piedra
La auténtica Navidad

El tiempo navideño es esperado por millones de pobladores del mundo; sin embargo, la espera es diferente, según la fe y la motivación de las personas. Mientras unos celebran el nacimiento de Jesús, otros se dedican al festejo mundano y a engrosar las arcas de sus negocios.

Para nosotros los cristianos la Navidad se ha de vivir de forma auténtica, procurando mantener como centro de la celebración a Cristo que se hace hombre, para hacer morada entre nosotros. Toda acción de parte nuestra debe tender hacia la figura de Jesús Niño, que nace de la Virgen María por obra y gracia del Espíritu Santo. Este misterio, manifestado en Belén, tenemos que anunciarlo al mundo y enseñarlo a nuestros hijos y familiares.

Ante tanta distorsión de la Navidad, los esfuerzos tienen que redoblarse. Nuestras casas han de ser ejemplo para los demás, tanto en los signos cristianos navideños, como en la actitud de amor y paz cristiana que asumamos. Un hogar decorado con sencillez y símbolos auténticamente cristianos, apegados al relato evangélico, llamará la atención de los otros y ayudará a comprender el significado real de la fiesta que celebramos. Pero más importante y llamativo será el modo en que nuestra conducta le diga al otro que Cristo está en mí, que él me transforma, y que por Él me hago más humano y solidario.

Si queremos contribuir a preservar el auténtico sentido de la Navidad, cada uno de nosotros puede hacerlo a través de cosas sencillas. Podemos confeccionar tarjetas de felicitación para los amigos y vecinos, con la frase “Feliz Navidad”, y brevemente citar el Evangelio, con un mensaje que diga que Cristo es la Navidad. Podemos programar una reunión sencilla, con alguna lectura bíblica propia del tiempo, cantos bien escogidos, y hacer una breve explicación de los signos que usamos en casa. Nada de regaños ni larga charla; mas bien algo humilde y ameno, que atraiga y motive.

Nuestra celebración debe ser alegre, no ruidosa. Comer y beber con moderación, y compartir con aquel que no tiene ni comida ni amistad. Salgamos a reconciliarnos con quien hayamos tenido alguna diferencia o enemistad, para dar razón de nuestra esperanza en este tiempo. Acerquémonos a nuestra parroquia o templo que frecuentamos, para ayudar en las posadas y los demás actos de preparación para la Navidad. Acordémonos de donar alguna bolsa de alimentos para los pobres, medicinas para los enfermos, artículos de aseo para los reclusos, y leche y pañales para los niños lactantes. Que esto sea de lo primero en nuestra lista de compras.

La Navidad se vive mejor si lo interior de nosotros mismos está tan bien cuidado y arreglado como el exterior de nuestra apariencia u hogar. A imitación de Cristo, procuremos hacer morada con los que nos rodean, para que experimentemos una Navidad diferente, una Navidad auténtica.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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lunes, 23 de noviembre de 2009

Cristo, Rey nuestro

2009-11-22
Editorial
Cristo, Rey nuestro

Alcanzamos el culmen del año litúrgico con la Solemnidad de Cristo Rey, después de cumplirse el ciclo de la celebración dominical que nos instruye acerca de la historia de salvación del pueblo de Dios, desde el Génesis hasta el envío del Paráclito, pasando por los profetas, el Bautista precursor, y la vida, obra, pasión, muerte y resurrección de Jesucristo.

Cristo, Rey nuestro y Señor de nuestras vidas, nos invita a buscar, perennemente, las cosas de arriba, y a no aferrarnos ni idolatrar las cosas del mundo. En el resumen sencillo de los mandamientos de Dios, amarlo a Él y a nuestro prójimo como a nosotros mismos, está la clave de una vida llena de Dios. Una vida que puede ser sencilla y noble, tanto como nos adentremos en el ejemplo del Hijo de Dios que nos ha sido dado.

Este domingo, más que cumplir un mero tiempo litúrgico, nos corresponde hacer el examen de conciencia que nos revele el camino andado durante todo este año, el amor que hemos prodigado a Dios y a nuestros hermanos, y la historia de salvación que Dios ha hecho con cada uno de nosotros, por medio de su Palabra, que es Cristo mismo.

Por Cristo y para Cristo fueron hechas todas las cosas, constituyéndolo, así, en Rey del Universo. Es nuestro Pastor supremo, pero más que eso, nuestro redentor. Por nosotros derramó su sangre, como pago por el precio de nuestra liberación del pecado y de la muerte. Con Él llegó el Reino de Dios a nosotros, y con Él hemos de morir y resucitar el día final.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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lunes, 4 de mayo de 2009

El Buen Pastor

2009-05-03
La Voz del Pastor
El Buen Pastor

Amados hermanos y hermanas en el Señor, hoy día del Buen Pastor, nos han solicitado reflexionar sobre la figura del Buen Pastor en nuestro tiempo. Es importante tomar consciencia de los procesos que lleva nuestro mundo y en todos los ámbitos de la sociedad y de la cultura se ha ido asumiendo en lenguaje y la literatura eclesiástica para dar a conocer aspectos que son propios de la vida laical en términos eclesiales. Es por esto que debemos tener cuidado, a la hora de asumir nuestro propio lenguaje de situarlo en el verdadero contexto eclesial y vivirlo desde lo que Dios nos propone cada día.

La figura del Buen Pastor la asumió Jesús, desde el Antiguo Testamento, como una realidad y figura muy propia de su persona. Jesús, desde el momento de su encarnación, es, actúa y vive como protagonista y consorte de toda la historia humana. Las diversas analogías empleadas por Él para indicar su propia realidad se pueden resumir en la de Buen Pastor. Esta figura indica su ser más profundo de Hijo de Dios hecho hombre, “ungido” y “enviado” por el Padre y por el Espíritu Santo. El obra como Buen Pastor: llamando, guiando, conduciendo a buenos pastos, defendiendo, es decir, anuncia la Buena Nueva, se acerca a cada ser humano para caminar con Él y para salvarlo integralmente. Finalmente vive hondamente el estilo de vida de Buen Pastor, que “conoce amando” y que “da la vida por las ovejas”, como donación sacrificial según su misión y mandato recibido del Padre.

Las actitudes internas de Cristo Buen Pastor arrancan de su ser y se expresan en su obrar comprometido. Su interioridad es un camino o vida de donación total: “camidad en el amor, como Cristo nos amó y se entregó por nosotros en oblación y sacrificio” (Ef. 5,2)

El amor del Buen Pastor a toda persona humana en su integridad, porque Él es “el plan de vida… para la vida del mundo” (Jn 6, 48-51). Su “pascua” hacia el Padre se realiza por medio de esta donación sacrificial que es pacto de amor o Alianza sellada con su sangre, como máxima manifestación del amor de Dios a todos los hombres. Jesús realiza la redención por medio de esta entrega de caridad pastoral inmolativa: “por eso el Padre me ama, porque doy mi vida para tomarla de nuevo… tal es el mandato que he recibido del Padre” (Jn 10, 17-18).

Esta realidad de Cristo Buen Pastor continúa siendo actual, no sólo por unos hechos y un mensaje que son siempre válidos, sino principalmente por la presencia de Cristo resucitado en la Iglesia y en el mundo. Cristo fue y sigue siendo responsable de los intereses del Padre y de los problemas de los hombres como protagonistas y consortes de su historia.

Viendo la figura del Buen Pastor en el ministerio sacerdotal, podemos decir que éste es signo transparente del Buen Pastor. El testimonio de caridad pastoral, que es parte integrante de la evangelización, supone relación personal con Cristo, seguimiento e imitación de sus actitudes de Buen Pastor. “En virtud de su consagración, los presbíteros están configurados con Jesús, Buen Pastor, y llamados a imitar y revivir su misma caridad pastoral” (PDV 21). El Buen Pastor conoce a sus ovejas, las guía acompaña, ama y da la vida por ellas (cf. Jn 10). El sacerdote no se pertenece; ha sido llamado para ser signo de cómo ama el Buen Pastor. Este signo, como transparencia de su caridad, no admite rebajas en la santificación y en la misión. Los doce apóstoles fueron llamados a dejarlo todo para compartir la vida con Cristo y para evangelizar sin fronteras.

Ahora bien en cada iglesia particular los sacerdotes ministros deben ser la pauta de toda vida apostólica de seguimiento radical de Cristo Buen Pastor.

Por eso, en esta fiesta especial, nosotros los miembros de este sagrado orden no podemos asumir con ligereza nuestra misión ministerial, ya que, como don de Dios, hemos asumido un compromiso con Cristo y con la Iglesia, llevando adelante la misión de Buen Pastor, aunque nos sintamos atraídos por otras realidades más llamativas y que nos hacen vivir otro tipo de protagonismos que no son coherentes con la llamada que hemos recibido por parte del Señor. Nuestra misión es real y concreta y no podemos dejarla de lado, ya que somos los únicos que debemos realizar esta obra, llevándola hasta las últimas consecuencias con nuestra propia vida. Esto parecería inhumano a los ojos humanos, pero es el proyecto que Jesús nos propuso y que nosotros, con libertad de espíritu, hemos asumido y pienso que es un deber moral el llevar adelante nuestro proyecto, que es el proyecto de Jesucristo Buen Pastor.

Yo invito a todos los fieles a elevar nuestra plegaria a Dios para que quienes hemos recibido la misión de ser Buen Pastor, seamos fieles, coherentes y honestos en nuestra misión para que la Iglesia siga manifestándose como signo de la misión que Jesús nos pudo en nuestras manos.

Mons. Pedro Hernández Cantarero
Obispo del Vicariato Apostólico de Darién

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miércoles, 8 de abril de 2009

La Cruz Gloriosa

2009-04-12
El Ojo del Profeta
La Cruz Gloriosa

Nuestra fe proclama la venida de Jesús al mundo, su vida, pasión, muerte y resurrección, como el eje central de nuestra salvación. Cristo, con su muerte en la cruz y, más aún, con su resurrección gloriosa, nos redimió de todos nuestros pecados y nos arrebató de la muerte. El misterio de la Cruz Gloriosa va más allá del martirio, porque nos ganó la Vida Eterna y nos liberó de las ataduras del demonio.

Cristo Jesús, al ser colgado del madero, lo convirtió en el árbol de la salvación. Árbol cuyo profundo sentido está en la víctima inmolada, que con su sangre derramada selló la alianza nueva y eterna que ha hecho el Padre con todos los hombres. La cruz que levantamos hoy, nos recuerda íntegro el misterio de nuestra fe. Y más que el signo exterior, nuestra cruz verdadera está en aquella que llevamos cada día, aceptada con amor, para ir en pos de Cristo, nuestro Señor y Redentor. Él, a semejanza de la que llevó a cuestas, también glorifica nuestra cruz, en las promesas de salvación y en la eternidad que con él compartiremos al final de los tiempos.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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La Santa Semana

2009-04-05
La Voz del Pastor
La Santa Semana

Con el Domingo de Ramos, la Iglesia católica inicia solemnemente la semana más sagrada de todo el año litúrgico, conocida también como la Semana Mayor o Semana Santa.

Así como para el antiguo pueblo de Israel la fiesta más importante fue la Pascua celebrada por mandato específico de Dios (Ex 12,14), el nuevo pueblo de Israel, es decir toda la humanidad redimida y creyente deberá cumplir hasta el final de los siglos la perpetuidad de este mandato, celebrando la realidad de lo que aquellos acontecimientos significaron.

Los corderos sacrificados con cuya sangre eran rociados los dinteles de las puertas y cuya carne era comida asada, prefiguraban al Hijo de Dios hecho hombre inmolado voluntariamente en la cruz para dar a todo el género humano la verdadera e íntegra liberación de la esclavitud a la que nos tenía sometido Satanás.

Nos recuerda la Carta a los Hebreos que “Cristo ha entrado en el Santuario ya no para ofrecer la sangre de chivos y becerros, sino su propia sangre…y ha obtenido para nosotros la liberación eterna” (Heb 9,12) e insiste la carta en que si la sangre de los corderos pudo purificar por fuera, cuanto más la Sangre de Cristo tendrá poder para purificar y consagrar a la humanidad. “Cristo se ofreció a sí mismo como sacrificio sin mancha y su sangre limpia” (Heb 9,14).

Cristo cumplió y perfeccionó todo lo que los hebreos celebraban. Recordemos que los corderos sacrificados y comidos permanecieron muertos, no resucitaron, mientras que Cristo, el verdadero Cordero de Dios, es inmolado libre y voluntariamente y con su propia muerte vence a la misma muerte con su resurrección y nos libra del morir eterno. “Cristo tiene que reinar hasta que todos sus enemigos estén puestos bajo sus pies y el último enemigo que será derrotado es la muerte” (I Cor. 15, 25 y 26).

La Semana Santa que inauguramos el Domingo de Ramos no sólo es un espacio para recordar el pasado como si se tratase de un acontecimiento que tuvo lugar en un momento dado y fue consumido definitivamente y por el tiempo y el espacio y del cual sólo nos queda un recuerdo escrito en la historia. La celebración del gran misterio pascual es un verdadero memorial, algo mucho más que el simple recuerdo, se trata de reactualizar y revivir en el aquí y el ahora de nuestra vida lo que Cristo hizo y sigue haciendo por nosotros. He aquí el valor de una verdadera celebración litúrgica.

El Domingo de Ramos proclamamos, con el entusiasmo de los discípulos de Jesús y del pueblo fiel, que Jesús es el verdadero y único Rey, “unos tendían sus capas por el camino y otros tendían ramas que cortaban de los árboles y tanto los que iban delante como los que iban detrás gritaban Hosanna al Hijo de David, bendito el que viene en el nombre del Señor (Mateo 21, 8-9).

Las palmas, ramos y flores que se bendicen, se distribuyen y se agitan durante la procesión nos están recordando que el triunfo de Cristo sobre el mal no lo obtuvo con la fuerza o la violencia, mucho menos con la injusticia y la opresión, sino por el amor que lo llevó a la muerte voluntaria sobre el altar de la cruz. Allí derramó toda su sangre, venció al demonio y al infierno y con la victoria de la resurrección fue constituido Señor de la humanidad, de la historia y de toda la creación. Cristo es nuestro verdadero Rey y Señor.

Durante toda esta Semana, si participamos con fe en las celebraciones litúrgicas tendremos la ocasión de revivir esos grandes misterios de la pasión, muerte y resurrección de nuestro Salvador, y hacer nuestros esos hechos salvíficos que con tanto amor, por su eterno Padre y por nosotros, él quiso realizar en su vida mortal. De esa manera la Semana Mayor será una semana verdaderamente santa porque nos ayudará a vivir –siempre unidos a Cristo muriendo todos los días al pecado y viviendo un vida nueva según el Espíritu.

Mons. José Dimas Cedeño Delgado
Arzobispo de Panamá

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martes, 3 de febrero de 2009

Es necesario ir de Pablo a Cristo

2009-02-01
La Voz del Pastor
Es necesario ir de Pablo a Cristo

Homilía de Monseñor José Domingo Ulloa en la celebración de la Conversión San Pablo, durante este Año Paulino, en la Parroquia de San Pablo Apóstol de La Locería.

En el año paulino que estamos celebrando, contemplamos de manera particular la figura del Apóstol san Pablo. Este año es una gracia para la Iglesia, pero a condición de que no nos quedemos en san Pablo, en su personalidad o en su doctrina. Es necesario ir de Pablo a Cristo: aprender de san Pablo, aprender la fe, aprender a Cristo.

Hay una experiencia decisiva en la vida de San Pablo, que vale en cierto modo también para nosotros: es su conversión en el camino a Damasco, que celebramos este domingo 25 de enero. Después de un periodo en el que persiguió brutalmente a la Iglesia y a los cristianos, este suceso hizo que su vida sufriera un viraje, un cambio total de perspectiva. A partir de entonces comenzó a considerar "pérdida" y "basura" todo aquello que antes constituía para él el máximo ideal (cf. Flp 3, 7-8)

¿Qué fue lo que sucedió? Tanto los Hechos de los Apóstoles (cf. Hch 9, 1-19; 22, 3-21; 26, 4-23) como las referencias que el mismo Pablo hace en sus cartas coinciden en que en el camino hacia Damasco tuvo lugar un encuentro personal con el Resucitado: Jesús resucitado habló a san Pablo, lo llamó al apostolado, hizo de él un verdadero apóstol, testigo de la Resurrección, con el encargo específico de anunciar el Evangelio a los paganos. Al mismo tiempo, san Pablo aprendió que, a pesar de su relación inmediata con el Resucitado, debía entrar en la comunión de la Iglesia, debía hacerse bautizar, debía vivir en sintonía con los demás Apóstoles. Sólo en esta comunión con todos podía ser un verdadero apóstol (cf. 1 Co 15, 11).

Este encuentro personal con Jesucristo cambió todo su ser y toda su vida. Este viraje en su vida no fue fruto de un proceso psicológico, de una maduración intelectual y moral, sino que llegó desde fuera, del encuentro con Jesucristo.

Este encuentro fue muerte y resurrección para él mismo: murió una existencia suya y nació otra nueva con Cristo resucitado. Ese acontecimiento ensanchó su corazón, lo abrió a todos. Al abrirse a Cristo con todo su corazón, se hizo capaz de entablar un diálogo amplio con todos, se hizo capaz de hacerse todo a todos.

Por eso también nosotros sólo seremos auténticos cristianos si nos encontramos realmente con Cristo.

Ciertamente Cristo no se nos mostrará de forma irresistible y luminosa como a san Pablo; pero podemos encontrarnos con Jesucristo en la lectura de la Sagrada Escritura, en la oración, en la vida litúrgica de la Iglesia, y, sobre todo, en la Eucaristía, donde el Señor está verdaderamente presente y nos espera.

Sólo en esta relación personal con Cristo nos convertiremos realmente en cristianos y heraldos del Evangelio. Pues sólo quien experimenta el amor gratuito y misericordioso de Dios en Jesucristo, siente también el encargo, la necesidad, de anunciar Su Evangelio.

Hermanos: No imaginemos la conversión de Pablo como un cambio moral, al modo de aquellos hombres que dicen: "yo antes era alcohólico y mujeriego, pero encontré a Jesús, y ahora soy sobrio y no tengo ojos sino para mi esposa". No fue así ni parecido en el caso de la conversión que hoy celebramos con toda la Iglesia. Pablo no se convirtió de los vicios a una vida sana. He aquí su relato: "aprendí hasta el último detalle de la ley de nuestros padres; he servido a Dios con tanto fervor como ustedes muestran ahora" (Hch 22,3). No son las palabras de un vicioso, sino de un hombre altamente piadoso que vivió con singular ardor su convicción religiosa.

La conversión infundió en Saulo una fe que lo hace ser misionero incansable; enciende en su alma un ardor de caridad que le obliga a transmitir a los demás la verdad que ha encontrado; le da la fuerza para ser, tanto de palabra como de obra, un ferviente testimonio del evangelio. Ahora bien, ¿qué nos diferencia a nosotros de San Pablo? Tenemos la misma fe, la misma caridad, la misma doctrina, el mismo Dios... Pero nos falta su amor apasionado a Cristo, que le llevó a considerar todo basura y estiércol comparado con Cristo.

No esperemos más, convirtámonos en esos apóstoles resucitados y pidamos esa fe y ese amor que convirtió a San Pablo, para que nos convierta también a nosotros en luz y fuego en medio de la oscuridad del mundo.

Mons. José Domingo Ulloa M., osa
Obispo Auxiliar

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martes, 27 de mayo de 2008

La Eucaristía Presencia Real - Sacramento de la Esperanza

2008-05-25
La Voz del Pastor
La Eucaristía Presencia Real - Sacramento de la Esperanza

La Iglesia nos convoca de nuevo para celebrar el CUERPO Y SANGRE DE CRISTO.. Una fiesta hermosa, tradicional, cargada de hondo significado. Aunque la vida moderna le ha hecho perder un poco el esplendor que tenía. Me parece bueno, sin embargo, descubrir siempre mejor su sentido y la oportunidad que ofrece. ¿Cómo vivirla hoy?

El jueves (o domingo) siguiente al domingo de la Santísima Trinidad, la Iglesia celebra la solemnidad del santísimo cuerpo y sangre de Cristo. Ese es su título completo, aunque solemos referirnos a ella utilizando su anterior nombre latino, "Corpus Christi". Es interesante saber que su título más antiguo fue Festum Eucharistiae.

Por eso tanto la preparación de la fiesta del Corpus como su celebración son una ocasión propicia para realizar una acción catequística que ponga de relieve la importancia de la Eucaristía en nuestra vida.

La festividad del Corpus Christi nos invita a entrar en el corazón del misterio de la Eucaristía, que se ha de creer, celebrar y vivir. "Sacramento de la caridad, la Santísima Eucaristía es el don que Jesús hace de sí mismo, revelándonos el amor infinito para cada hombre"[ Benedicto XVI, Exhortación Apostólica Sacramentum caritatis, 1 ].

Este año, a la luz de la última encíclica de Benedicto XVI –"Spe salvi; Salvados en la esperanza"-, contemplemos la Eucaristía descubriendo en ella un verdadero sacramento de esperanza para toda la humanidad y, de manera muy especial, para los más pobres y excluidos de los bienes necesarios.

La Eucaristía, sacramento del amor, aviva en nosotros la conciencia de que donde hay amor brilla, también, la esperanza, de que donde el ser humano experimenta el amor se abren para él puertas y caminos de esperanza.

Así nos lo ha recordado Benedicto XVI cuando dice: « No es la ciencia la que redime al hombre. El hombre es redimido por el amor. Eso es válido incluso en el ámbito intramundano. Cuando uno experimenta un gran amor en su vida, se trata de un momento de "redención" que da un nuevo sentido a su existencia» [Benedicto XVI, Spe salvi, n. 26]. Y porque el amor es lo que salva, salva tanto más cuanto más grande y fuerte es. Por eso, no basta el amor frágil que nosotros podemos ofrecer. El hombre, todo hombre, también el pobre, en palabras del Papa, «necesita un amor incondicionado». Ese es el amor absoluto que Dios nos ha manifestado en Jesús: «Por medio de Él estamos seguros de Dios, de un Dios que no es una lejana "causa primera" del mundo, porque su Hijo unigénito se ha hecho hombre y cada uno puede decir de Él: "vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí" (Gal 2,20)»[4].

Este amor absoluto e incondicionado de Dios que el hombre necesita para encontrar sentido a la vida y vivirla con esperanza, se ha manifestado en Cristo y tiene su máxima expresión sacramental en el misterio de la Eucaristía.

Cuando se descubre y vive la Eucaristía, como misterio de presencia de Cristo acompañando al hombre en el camino de la vida, como misterio de vida entregada por el "Otro" y como servicio humilde y generoso al hermano necesitado, como misterio de comunión que nos hace sentar en la misma mesa superando toda diferencia, resulta fácil descubrir que la Eucaristía es el gran sacramento de la esperanza, anticipo de los bienes definitivos a los que todos aspiramos en lo hondo de nuestro corazón y que esperamos alentados por la fe [ Cfr. Mt 26, 26-28; Jn 15,3; 1Cor 10,17; 11, 17-34; Cfr. Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, n. 59 ].

Por eso celebremos la Eucaristía ofreciendo a los pobres signos de esperanza. Vivida y celebrada la Eucaristía como el gran sacramento del amor, la fe en ella se traduce inevitablemente en gestos y signos de esperanza. Lo dice el Papa con otras palabras: «Toda actuación seria y recta es esperanza en acto. Lo es ante todo en el sentido de que así tratamos de llevar adelante nuestras esperanzas más grandes o pequeñas; solucionar éste o aquel otro cometido importante para el porvenir de nuestra vida: colaborar con nuestro esfuerzo para que el mundo llegue a ser un poco más luminoso y humano, y se abran así también las puertas hacia el futuro» [ Spe salvi, n. 35 ].

"Cantemos al amor de los amores, cantemos al Señor, Dios está aquí …Gloria a Cristo Jesús..." La Madre Teresa de Calcuta decía a sus religiosas que deben tratar a los enfermos como el sacerdote trata a la hostia consagrada. Cuando adoro a Jesús en la Eucaristía veo a los pobres y cuando veo a los pobres veo a Jesús". No hace falta amar a las personas por Cristo, sino que basta amar a Cristo en las personas.

Por eso, si quisiéramos en verdad amar a los pobres, entonces, acerquémonos a Jesús Eucaristía, donde bebemos el amor en su fuente, hasta convertirnos en fuente de amor, que no se agota. De tal manera nuestra participación en la Eucaristía ha de impulsarnos irremisiblemente a servir a los pobres, como Jesús, quien une la institución de la Eucaristía con el lavatorio de los pies.

Por eso desconfiemos de una Eucaristía sin amor a los pobres; pero no empobrezcamos más a los pobres privándoles del banquete de vida eterna, que es Jesús en la Eucaristía. Ambos amores son uno mismo, como dice el Papa: Hay una "inseparable relación entre amor a Dios y amor al prójimo. Ambos están tan estrechamente entrelazados, que la afirmación de amar a Dios es en realidad una mentira si el hombre se cierra al prójimo o incluso lo odia... El amor del prójimo es un camino para encontrar también a Dios, y cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios" (Deus caritas est, 16).

Mons. José Domingo Ulloa M.
Obispo Auxiliar

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Cuerpo y Sangre de Cristo

2008-05-25
Editorial
Cuerpo y Sangre de Cristo

La Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo que celebramos este domingo es una antigua tradición de la Iglesia que nos invita, en nuestro hoy, a la comunión activa como ejercicio de nuestra fe, tanto en el sacramento eucarístico como en la vivencia que nos hermana en la comunidad eclesial.

Cristo en la Eucaristía, se hace verdadera carne y verdadera sangre, para alimentarnos en cuerpo y espíritu. Recibir la sagrada comunión de manera constante, debe ser el anhelo de todo cristiano. El banquete eucarístico tiene que constituirse en cosa común al participar en cada misa, tomando la previsión de estar debidamente preparado para ello como lo manda la Santa Madre Iglesia.

El que por descuido o dejación deja de comulgar, en triste sendero anda. Quien, por el contrario, está siempre preocupado por recibir el sacramento de la Eucaristía, en correcta disposición espiritual, gana en gracia y bendición. De cada quien depende si desea ganar su vida para perderla, o, si arriesgarse a perderla para salvarla.

Sin duda, nos jugamos la Vida Eterna al tomar a la ligera el hecho de recibir a Cristo hecho Eucaristía. Su Cuerpo y su Sangre nos hacen uno con El y en El; tomemos la determinación de reconciliarnos con él en cada oportunidad de recibirlo en la sagrada comunión, y de adentrarnos en el conocimiento de ese Misterio que, por la Transustanciación, se hacen verdadera comida y verdadera bebida en la consagración de las especies de pan y vino.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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viernes, 11 de abril de 2008

La iglesia, testigo del misterio pascual del Señor

2008-04-13
La Voz de Pastor
La iglesia, testigo del misterio pascual del Señor

La fe de la Iglesia proclama el misterio pascual de Jesucristo, es decir, la encarnación del Verbo de Dios anunciado por los profetas, su pasión y muerte salvíficas, su resurrección gloriosa y la efusión de su Espíritu. Anuncia también que, en su nombre, se predicará la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. La Iglesia es testigo elocuente de estas cosas con su enseñanza, en la liturgia y toda su actividad pastoral (cf Lc 24:46-48; Hch 1:8; 2:32-36;3:12-26;5:29-32;10:34-43). En su predicación, destaca la obra de Dios, Padre de Jesucristo, que, en vida, lo acredita con milagros y finalmente lo resucita de entre los muertos. Afirma, por ello, que él es el justo perseguido y salvado por Dios, mencionado en el salmo 118, también la piedra desechada por los constructores, convertida en piedra angular (V22).

Vale la pena destacar este papel de la Iglesia en la difusión del mensaje pascual de Jesucristo, realidad de fe, que no descansa en indicios científicos positivos, como la eventual aparición de una tumba vacía, sino en el testimonio de la Iglesia, que no ha dejado de proclamar este acontecimiento, celebrarlo en su liturgia y rubricarlo con el testimonio de incontables confesores, misioneros, mártires, vírgenes y viudas. Los efectos abonan el hecho de base.

En la liturgia de la cincuentena pascual, la Iglesia, Madre y Maestra, subraya esta función evangelizadora de las comunidades evangelizadas. Así en el Segundo Domingo de Pascua, llamado, con razón, de la divina misericordia, implora de Dios la gracia de comprender el valor inestimable de la sangre que nos ha redimido, la grandeza del bautismo que nos ha purificado y la majestad del Espíritu que nos ha hecho nacer de nuevo.

Luego afirma su fe pascual de manera plástica y audiovisual mostrando la forma en que se vivía este misterio de muerte y resurrección en las comunidades primitivas, donde los creyentes vivían todos unidos y lo poseían todo en común (Hch 2:42-47), y la fe en el misterio pascual y nuestra participación en él, por los sacramentos de iniciación cristiana, comunicaba la certeza de haber nacido de nuevo para una esperanza viva, una herencia incorruptible, pura e imperecedera (cf 1 Pedro 1:3-9).

El evangelio, por su parte, nos mostraba una Iglesia replegada en sí misma y paralizada por el miedo (Jn 20:19-31), que es visitada por el Señor de la Pascua, que la hace partícipe de su Espíritu, y la envía a la misión de invitar a las personas a compartir la fe pascual de la Iglesia.

Ausente el apóstol Tomás de esta reunión, exige un encuentro personal con el Resucitado. Ocho dias después, se le da lo que pidió, pero en el corazón de la Iglesia, y se ratifica el papel de ésta como testigo del misterio pascual de Jesucristo: "Dichosos los que crean sin haber visto" ( 20:29), es decir, los que den crédito a la palabra de la Iglesia.

La función testimonial de la Iglesia también es acentuada en los textos del Domingo Tercero. El santo evangelio nos recuerda que la Iglesia es una comunidad de discípulos que recorren un camino en el que los ha precedido su Señor y Maestro, Jesucristo, llegado ya a la gloria ( Lc 24:13-35). El humilde rebaño del Señor debe alcanzar esta misma meta.

La condición de discípulo no se improvisa. Requiere la instrucción de un maestro y seguir un itinerario de formación, que parte de la iniciación cristiana sacramental, y exige un proceso permanente de conversión e instrucción catequética en el misterio de Cristo, guiado por el Espíritu Santo, para forjar al discípulo, y conducirlo a la comunión creciente con el Padre, por el Hijo, en el Espíritu y a la misión de integrar a otras personas en la Iglesia, misterio de comunión y misión. No sin razón los primeros cristianos eran llamados "los del camino".

El evangelio del día es paradigmático. Muestra el camino emprendido por dos discípulos inmaduros del Señor, pues no seguían al Señor de la pascua, muerto y resucitado, sino a un caudillo, un profeta rico en palabras y obras, que prometía una gloria efímera. Los sucesos del Viernes Santo destruyeron esta ilusión. Por eso, son presa del desánimo y la frustración.

Pero el Señor, Emmanuel y compañero de camino de su Iglesia durante la misión, los evangeliza, mostrándoles la presencia de su misterio pascual en las Escrituras, en la cruz, vehículo de su gloria, y en la eucaristía, memorial de su pasión y muerte salvíficas y su resurrección gloriosa.

Este encuentro con Jesucristo vivo determina un proceso de conversión en estos discípulos, que pasan de inmaduros a maduros, capaces de reconocer al Señor con los ojos de la fe en las Escrituras, en la cruz y en la fracción del pan. Evangelizados por el Señor de la pascua, están listos para evangelizar a sus contemporáneos. De Jerusalén a Emaús, han recorrido un camino que los ha llevado al encuentro con Jesucristo vivo, la conversión, el discipulado y la comunión. De Emaús a Jerusalén, vuelven ahora como hombres nuevos, evangelizados y evangelizadores, auténticos discípulos y misioneros del Cristo total, muerto y resucitado, Camino, Verdad y Vida. Por eso, son fuente de vida para su comunidad.

Mons. Oscar Mario Brown J.
Obispo de la Diócesis de Santiago

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lunes, 7 de abril de 2008

Homilía de Benedicto XVI en el tercer aniversario del fallecimiento de Juan Pablo II

2008-04-06
La Voz del Pastor
Homilía de Benedicto XVI en el tercer aniversario del fallecimiento de Juan Pablo II

CIUDAD DEL VATICANO, (ZENIT.org).- Publicamos la homilía que pronunció Benedicto XVI este miércoles 2 de marzo al presidir la celebración eucarística en el tercer aniversario del fallecimiento de Juan Pablo II.

Queridos hermanos y hermanas:

La fecha del 2 de abril ha quedado grabada en la memoria de la Iglesia como el día del adiós a este mundo del siervo de Dios el Papa Juan Pablo II. Revivamos con emoción las horas de aquel sábado por la tarde, cuando la noticia del fallecimiento fue acogida por una gran muchedumbre en oración que llenaba la Plaza de San Pedro. Durante varios días, la Basílica Vaticana y esta Plaza se convirtieron verdaderamente en el corazón del mundo. Un río ininterrumpido de peregrinos rindió homenaje a los restos del venerado Pontífice y sus funerales supusieron un ulterior testimonio de la estima y del afecto que se había conquistado en el espíritu de tantos creyentes y personas de todos los rincones de la tierra.Al igual que hace tres años, tampoco hoy ha pasado mucho tiempo tras la Pascua. El corazón de la Iglesia se encuentra todavía sumergido en el misterio de la Resurrección del Señor. En verdad, podemos leer toda la vida de mi querido predecesor, en particular su ministerio petrino, según el signo de Cristo Resucitado. Él sentía una fe extraordinaria en Él, y con Él mantenía una conversación íntima, singular, ininterrumpida. Entre sus muchas cualidades humanas y sobrenaturales, tenía una excepcional sensibilidad espiritual y mística.

Bastaba observarle mientras rezaba: se sumergía literalmente en Dios y parecía que todo lo demás en aquellos momentos fuera ajeno. En las celebraciones litúrgicas estaba atento al misterio en acto, con una aguda capacidad para percibir la elocuencia de la Palabra de Dios en el devenir de la historia, penetrando en el nivel profundo del designio de Dios. La santa misa, como repitió con frecuencia, era para él el centro de cada día y de toda la existencia. La realidad «viva y santa» de la Eucaristía que le daba energía espiritual para guiar al Pueblo de Dios en el camino de la historia.

Juan Pablo II expiró en la vigilia del segundo domingo de Pascua, «el día que hizo el Señor». Toda su agonía tuvo lugar en ese «día», en un espacio-tiempo nuevo, que es el «octavo día», querido por la Santísima Trinidad a través de la obra del Verbo encarnado, muerto y resucitado. El Papa Juan Pablo II demostró en varias ocasiones que ya antes, durante su vida, y especialmente en el cumplimiento de la misión de Sumo Pontífice, se encontraba de alguna manera sumergido en esta dimensión espiritual.

Su pontificado, en su conjunto y en muchos momentos específicos, se nos presenta como un signo y un testimonio de la Resurrección de Cristo. El dinamismo pascual, que ha hecho de la existencia de Juan Pablo II una respuesta total a la llamada del Señor, no podía expresarse sin participar en los sufrimientos y en la muerte del divino Maestro y Redentor. «Es cierta esta afirmación --afirma el apóstol Pablo--: Si hemos muerto con él, también viviremos con él; si nos mantenemos firmes, también reinaremos con él» (2 Timoteo 2, 11-12).

Desde niño, Karol Wojtyla había experimentado la verdad de estas palabras, al encontrar en su camino la cruz, en su familia y en su pueblo. Muy pronto decidió llevarla junto a Jesús, siguiendo sus huellas. Quiso ser un servidor fiel suyo hasta acoger la llamada al sacerdocio como don y compromiso de toda la vida. Con Él vivió y con Él quiso morir. Y todo esto a través de la singular mediación de María santísima, madre de la Iglesia, madre del Redentor íntima y realmente asociada a su misterio salvífico de muerte y de resurrección.

En esta reflexión evocativa nos guían las lecturas bíblicas que se acaban de proclamar: «¡No tengáis miedo!» (Mateo 28, 5). Las palabras del ángel de la resurrección, dirigidas a las mujeres ante el sepulcro vacío, que acabamos de escuchar, se han convertido en una especie de lema en los labios del Papa Juan Pablo II, desde el solemne inicio de su ministerio petrino. Las repitió en varias ocasiones a la Iglesia y a la humanidad en el camino hacia el año 2000, y después al atravesar aquella histórica etapa, así como después, en la aurora del tercer milenio. Las pronunció siempre con inflexible firmeza, primero enarbolando el báculo pastoral coronado por la Cruz y, después, cuando las energías físicas se iban debilitando, casi agarrándose a él, hasta aquel último Viernes Santo, en el que participó en el Vía Crucis desde su capilla privada, apretando entre sus brazos la Cruz. No podemos olvidar aquel último y silencioso testimonio de amor a Jesús. Aquella elocuente escena de sufrimiento humano y de fe, en aquel último Viernes Santo, también indicaba a los creyentes y al mundo el secreto de toda la vida cristiana. Aquel «No tengáis miedo» no se basaba en las fuerzas humanas, ni en los éxitos logrados, sino únicamente en la Palabra de Dios, en la Cruz y en la Resurrección de Cristo. En la medida en la que iba desnudándose de todo, al final, incluso de la misma palabra, esta entrega total a Cristo se manifestó con creciente claridad. Como le sucedió a Jesús, también en el caso de Juan Pablo II las palabras dejaron lugar al final al último sacrificio, la entrega de sí. Y la muerte fue el sello de una existencia totalmente entregada a Cristo, conformada con Él incluso físicamente con los rasgos del sufrimiento y del abandono confiado en los brazos del Padre celestial. «Dejad que vaya al Padre», estas palabras --testimonia quien estuvo a su lado-- fueron sus últimas palabras, cumplimiento de una vida totalmente orientada a conocer y contemplar el rostro del Señor.

Venerados y queridos hermanos: os doy las gracias a todos por haberos unidos a mí en esta misa de sufragio por el amado Juan Pablo II. Dirijo un pensamiento particular a los participantes en el primer congreso mundial sobre la Divina Misericordia, que comienza precisamente hoy, y que quiere profundizar en su rico magisterio sobre este tema. La misericordia de Dios, lo dijo él mismo, es una clave de lectura privilegiada de su pontificado. Él quería que el mensaje del amor misericordioso de Dios alcanzara a todos los hombres y exhortaba a los fieles a ser sus testigos (Cf. Homilía en Cracovia-Lagiewniki, 17 de agosto de 2002).

Por este motivo, quiso elevar al honor de los altares a sor Faustina Kowalska, humilde religiosa convertida por un misterioso designio divino en la mensajera profética de la Divina Misericordia. El siervo de Dios Juan Pablo II había conocido y vivido personalmente las terribles tragedias del siglo XX, y se preguntó durante mucho tiempo qué podría detener al avance del mal. La respuesta sólo podía encontrarse en el amor de Dios. Sólo la Divina Misericordia, de hecho, es capaz de poner límites al mal; sólo el amor omnipotente de Dios puede derrotar la prepotencia de los malvados y el poder destructor del egoísmo y del odio. Por este motivo, durante su última visita a Polonia, al regresar a su tierra natal, dijo: «Fuera de la misericordia de Dios, no existe otra fuente de esperanza para el hombre» (ibídem).a

Demos gracias al Señor porque ha entregado a la Iglesia este servidor suyo fiel y valiente. Alabemos y bendigamos a la Virgen María por haber velado incesantemente sobre su persona y su ministerio para beneficio del pueblo cristiano y de toda la humanidad. Y mientras ofrecemos por su alma elegida el Sacrificio redentor, le pedimos que siga intercediendo desde el Cielo por cada uno de nosotros, por mí de manera especial, a quien la Providencia ha llamado a recoger su inestimable herencia espiritual. Que la Iglesia, siguiendo sus enseñanzas y ejemplos, pueda continuar fielmente sin compromisos su misión evangelizadora, difundiendo sin cansarse el amor misericordioso de Cristo, manantial de verdadera paz para el mundo entero.

[Traducción realizada por Jesús Colina]

Santo Padre Benedicto XVI
Obispo de Roma

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lunes, 31 de marzo de 2008

El Gozo Pascual

2008-03-30
El Ojo del Profeta
El Gozo Pascual

Transcurrida una semana de la celebración de la Vigilia Pascual, muchos son los que han vuelto a su rutina. Para ellos, todo ha terminado, porque, como los peregrinos de Emaús, esperan por algo más que el testimonio de aquellos que se han encontrado al Señor.

Hoy recibimos el anuncio de la Resurrección de Jesucristo, que nos viene desde los discípulos que vieron al Señor Resucitado en el camino, al partir el pan; al atravesar las puertas de la casa en la que estaban escondidos; y a la orilla del lago de Galilea.

Dependemos de aquel testimonio y del de aquellos que han sentido a Cristo actuar en sus vidas. Dichosos los que han creído sin haber visto y que no pretenden, como Tomás, meter el dedo en las llagas o la mano en el costado, para tener fe. La Pascua apenas empieza y de nuestra creencia depende si continuamos experimentando el gozo pascual de la Resurrección.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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miércoles, 26 de marzo de 2008

La "Resurrección" de Cristo es nuestra victoria

2008-03-23
La Voz del Pastor
La "Resurrección" de Cristo es nuestra victoria

En la medida en que nos hemos compenetrado con los sufrimientos, la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo durante la celebración de esta Semana Mayor, podremos comprender mejor en la fe el valor y el significado de este acontecimiento único e inédito hasta ese día primero de la semana, la Resurrección de Jesús.

Con el salmo 117 debemos decir o mejor dicho gritar “éste es el día que ha hecho el Señor”... La obra creadora que salió del corazón amoroso de Dios y de su infinita sabiduría y que fue estropeada por la soberbia del maligno inoculada en el ser humano, ha sido ya restaurada. El hombre creado a imagen y semejanza de Dios, en justicia y santidad, pero que fue engañado y convertido en esclavo por la desobediencia, ha sido liberado por la obediencia, los sufrimientos y la muerte de Jesucristo. Con la resurrección nuestro Salvador ha hecho añicos las cadenas con que Satanás nos tenía atados y destinados al fuego eterno.

La misma creación que gime con dolores de parto porque fue herida por la desobediencia de aquel a quien Dios encomendó su dominio, también ha sido dignificada. Los derechos del Dios santo y eterno que fueron pisoteados por el pecado han sido reivindicados. El hijo de Dios que tomó nuestra carne ha hecho justicia. El ha pagado por nuestros pecados. El fruto de nuestra desobediencia, es decir la muerte, ha sido vencida, la herencia perdida, es decir la vida ha sido restaurada, con Jesucristo que sufre y muere por amor ha triunfado la vida. “Donde está muerte tu aguijón? Donde está muerte tu victoria?”.

La resurrección de Cristo es el punto culminante de la historia de nuestra salvación. Con este acontecimiento adquieren su sentido genuino todas las profecías del Antiguo Testamento.

Toda la historia llena de gloria y de dolor a la vez del antiguo pueblo de Israel tiene su feliz desenlace con el triunfo de Jesús. Con sus dolores vence al maligno, vence el pecado, vence la muerte y vence el infierno. Tenemos que dar infinitas gracias a Dios porque este acontecimiento, el más importante y glorioso de todos los siglos, es el triunfo de la humanidad. Ya no seremos más esclavos sino hijos y hemos sido sentados con Jesucristo a la derecha del Padre.

Todos nuestros temores, sobre todo al que consideramos el máximo de los males, la muerte, tienen que desaparecer. La existencia humana, aunque ésta se desarrolle en el marco de nuestras miseria y tentaciones, aun siendo peregrinos, adquiere una nueva dimensión, es decir, la vida, la nueva vida que nos da Cristo para disfrutarla por toda la eternidad. Para eso hemos sido creados, para la vida y para la felicidad en el sentido más pleno de la palabra.

Al celebrar este acontecimiento renovemos nuestro bautismo, nuestra fe en el Cristo vivo y victorioso a tenor de la enseñanza del Apóstol Pablo en su carta a los Romanos: “por el bautismo fuimos sepultados con Cristo y morimos para ser resucitados y vivir una vida nueva, así como Cristo fue resucitado por el glorioso poder del Padre “(Rom. 6, 4). “Si nos hemos unido a Cristo en una muerte como la suya, también nos uniremos a él en su resurrección (Rom. 6,5).

Mons. José Dimas Cedeño Delgado
Arzobispo Metropolitano de Panamá

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viernes, 15 de febrero de 2008

¡Nosotros serviremos al Señor!

2008-02-17
La Voz del Pastor
¡Nosotros serviremos al Señor!

Cuaresma es el tiempo santo que la iglesia dedica a preparar concienzudamente la solemnidad de la pascua del Señor- su pasión, muerte, resurrección y envío del Espíritu Santo- y nuestra participación en ella, por los sacramentos de iniciación cristiana: el bautismo, la confirmación y la eucaristía.

Por eso, la Iglesia destaca el significado de estos sacramentos, más un sacramento de recuperación, el de la penitencia o reconciliación, para los que han caído de la gracia inicial.

De igual manera, se acentúa en esta época la preparación de los catecúmenos que recibirán la iniciación el Sábado Santo, cuando los ya iniciados renovarán solemnemente sus compromisos bautismales.

La exhortación a convertirnos y creer en el Evangelio que escuchamos el Miércoles de Ceniza, es un llamado a volver al hogar paterno y recuperar nuestra identidad de hijos en el Hijo de Dios, sacerdote y Cordero de Dios, profeta y maestro, rey y pastor.

El Espíritu Santo, Señor y Dador de Vida, recibido en la iniciación cristiana es quien nos vincula con Jesús, el Cristo o ungido con el Espíritu. En Él somos otros cristos. Recordemos que, en Israel, inicialmente sólo los reyes y los sacerdotes eran ungidos con el Espíritu. Posteriormente también lo fueron los profetas.

El rey, ungido del Señor, no era un potentado absoluto, como en otras naciones orientales, sino el lugarteniente del Señor, fiel y compasivo, lento a la cólera y rico en misericordia. Israel ora por el rey para que en sus días florezca la justicia y haya prosperidad. Y confía en que él librará al pobre que suplica, al humilde indefenso; se apiadará del pobre desvalido y rescatará a los indigentes librándolos de la violencia y la opresión (cf sal. 72).

El rey debe ser como el rostro humano del Señor, fiel y misericordioso, y lo será en la medida en que brille en él la fidelidad y la obediencia a los preceptos de la alianza. Saúl fue destronado precisamente por su desobediencia, y David se salvó, porque supo hacer penitencia por sus muchos y graves pecados.

El Siervo del Señor de los cuatro cánticos del profeta Isaías es un modelo de conducta para el rey, en cuanto encarnación de la personalidad corporativa de la nación: Ungido por el Señor para liberar a cautivos y oprimidos, reunir a los hijos dispersos de Israel y ser luz para las naciones, carga con los pecados del pueblo, a pesar de su inocencia. Enviado a salvar a los hombres, es obediente hasta la muerte, por eso recibe una multitud en herencia (cf Is 53). En el libro de Daniel, es el hombre que viene sobre las nubes, y recibe gloria, honor y poder, de manos del anciano. (Dan 7:14).

En todos estos casos, se trata de tipos y figuras de Jesús, el Cristo o Ungido del Señor, obediente a Dios hasta la muerte, y muerte de cruz, por lo que ha sido confirmado en la función de Señor y Mesías, ante el cual se dobla toda rodilla en el cielo, en la tierra y en el abismo (cf Fil 2: 6-11).

Este es el Siervo del Señor, presentado en el bautismo, en quien Dios se complace. Por el bautismo, Dios nos ha destinado a reproducir la imagen de su Hijo, llamado a ser el primogénito entre muchos hermanos (cf Rom 8:29). Animados por su Espíritu, que nos configura con él, podemos rechazar enérgicamente las insinuaciones del seductor para reclamar el homenaje de nuestra obediencia, que sólo a Dios debemos. En nuestro paso por la vida escucharemos al seductor proponernos "ser como Dios", si le obedecemos a él. Por eso importa desenmascararlo, como Jesús, mediante la Sagrada Escritura, en el desierto; o con la fuerte reprensión a Pedro, cuando quiso desviarlo de su vocación y misión (cf Mt 16).

Nos convertimos, en definitiva, cuando decidimos obedecer al Señor, a todo lo largo de nuestra vida, y no al mundo o a los ídolos. Esta fue la opción de Josué y su familia, en Siquen (Jos 24); Y la de Pedro y Juan frente a los tribunales que pretendían impedirles anunciar a Jesucristo como Salvador (cf Hch 3:1-26). También debe ser la nuestra en nuestros días en que múltiples seductores se empeñan en convencernos de que el camino hacia la plena realización humana, "ser como Dios", pasa por el pecado, conversión a la criatura y aversión a Dios, obediencia a la criatura y rebeldía ante Dios.

Sin embargo, Jesús, ungido con el Espíritu, y obediente a Dios, que pasó por el mundo liberando a cautivos y oprimidos y predicando la buena noticia del Reino a los pobres, unido a Dios, su Padre, nos enseña, que Dios se complace en compartir su propia vida, engendrando nuevos hijos, por la fe en Jesús, Hijo de Dios y Mesías obediente, en quien se deleita. ¡Que él, Camino, Verdad y Vida nos enseñe a vivir así nuestro bautismo!, como auténticos discípulos y misioneros suyos.

Mons. Oscar Mario Brown J.
Obispo de Santiago de Veraguas

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viernes, 25 de enero de 2008

Cristo es para todos

2007-12-23
Editorial
Cristo es para todos

En unas horas conmemoraremos el nacimiento del Hijo de Dios, que se hizo carne y habitó entre nosotros para redimirnos y salvarnos. Es Dios mismo, en la fragilidad del Niño Jesús, que viene a visitarnos y traer la paz, la liberación a los cautivos, quitar el yugo a los oprimidos, hacer justicia y anunciar la salvación.

Cristo, Salvador y Redentor, es para todos, sin acepción de personas. No importa qué y quienes somos, desde la perspectiva y el orden del mundo; lo importante es creer en Dios Padre y su enviado, Jesús el Señor, y la fe que mostremos en sus promesas. Inútil es, por tanto, que nos pongamos a hacer distinción entre judío y griego; entre el creyente de mi culto, y el otro o los demás.

La vida del cristiano, y de todos los hombres de buena voluntad, se enmarca en el amor. Un amor que parte de Dios mismo y que irradia hacia el resto de la humanidad. En la medida en que amemos, ganaremos el cielo. Hacer al otro lo que me gustaría que me hicieran; amar al otro como a mí mismo; y ser misericordioso y caritativo con los más pequeños que están hambrientos, enfermos, en la cárcel, o siendo forastero a mi alrededor, es lo que nos acerca a Dios y nos hace más humanos.

Que nuestra Navidad sea, este año y los sucesivos, un momento de vida a la manera de Cristo, que se hace todo en todos. Que sea un tiempo en que podamos deponer la envidia, el egoísmo, la murmuración, la avaricia, y la soberbia. Es la hora favorable para hacernos humildes, como el frágil Niño de Belén, que abre sus brazos y su corazón a sus semejantes. Pidamos a Dios que este sea nuestro mejor regalo, y el mejor que podamos dar a nuestro prójimo.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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martes, 23 de octubre de 2007

El Cristo Negro

2007-10-21
Editorial
El Cristo Negro

Portobelo es una población con más de 400 años de existencia, cuyas riquezas humana y natural poco han sido desarrolladas comparadas con su centenaria vida. Es un pueblo con fuerte tradición de religiosidad y manifestación cultural, que por estos días celebra la fiesta del Cristo Negro Nazareno.

Centenares de penitentes acuden en romería en pos de los favores del Santo Cristo, o para agradecerle la gracia recibida en algún momento de tribulación o angustia. Algunos de ellos, más allá del auténtico sacrificio evangélico, se adentran a ofrecer ofrendas y holocaustos que, aunque tolerados, no siempre coinciden con la enseñanza y el catecismo de la Santa Madre Iglesia.

Dios es compasivo y misericordioso, y tanto amó al mundo, que envió a su Hijo para redimirnos con su sacrificio en la cruz. Cristo Jesús pagó el precio por nuestros pecados con su sangre, y nos abrió el camino hacia la Vida Eterna con su gloriosa resurrección. Por eso, lo que mejor podemos ofrecerle como salvador nuestro, es un corazón contrito y humillado, que ni Él ni el Padre rechazan.

La fe poco instruida de algunos penitentes debe ser respetada, sin duda, y jamás traída a menos, porque es el Señor quien ve los corazones. Sin embargo, es nuestro deber cristiano orientar e invitar al hermano a buscar la verdadera vida cristiana, para que pueda pasar de ese estado de religiosidad a la santidad y la eternidad con Cristo.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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viernes, 15 de junio de 2007

Corpus Christi

2007-06-10
Editorial
Corpus Christi

La acción de comer el cuerpo y beber la sangre de Cristo es un hecho real que no admite explicación cosmética alguna. Es Cristo quien se da en el pan y el vino, más allá de todo simbolismo o metáfora que pueda traerse a colación.

Cristo es el Pan de Vida, con el que nos hacemos uno en la Eucaristía para poseer la vida eterna. Su cuerpo y su sangre son verdadera comida y verdadera bebida, cuya manducación y libación en estricto apego a la fe nos sacian eternamente. No sentimos, pues, más hambre ni sed.

Jesucristo, como pan vivo bajado del cielo, es el alimento superior que busca todo aquel que cree en Dios y en su Enviado. La afirmación de que hemos de comer su cuerpo y beber su sangre escandalizó a muchos en su tiempo, y aún en nuestros días hay quienes se escandalizan y no entienden como puede ser posible que Cristo esté presente en la Eucaristía.

Para nosotros no existe duda alguna, porque así lo creemos y lo profesamos como parte fundamental de nuestra fe. Allí también están, para quienes dudan, los milagros eucarísticos que se han producido en varias partes del mundo, y a los que la ciencia no encuentra explicación pero reconoce como auténtica carne y sangre de una persona humana.

Cristo se hizo hombre para salvarnos, se entregó como víctima para redimirnos del pecado, y se hizo alimento y bebida para darnos la vida eterna. Es el nuevo maná que libra de la muerte y del pecado, y que se da a toda la humanidad para que resucitemos con El en el último día. Cristo, hombre verdadero, comida verdadera, y Dios verdadero de Dios verdadero, nos invita, al igual que ayer, a comer su cuerpo y beber su sangre cada día, como sacramento y memorial suyo que nos guardan para la vida eterna y preparan su venida definitiva que nos llevará a la patria celestial para siempre.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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