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martes, 5 de enero de 2010

¿Invasión o liberación?

2010-01-03
A tiro de piedra
¿Invasión o liberación?

El 9 de enero se cumplen 20 años de la Misa Campal que oficiara el entonces Arzobispo de Panamá, Monseñor Marcos Gregorio McGrath, para conmemorar la Gesta del 9 de Enero de 1964 y por el sufragio de los muertos en la Invasión del 20 de diciembre de 1989.

Aquella mañana nos congregamos cientos de fieles en la Vía Ricardo J. Alfaro, cerca del centro comercial El Dorado, próximo a Fuerte Clayton, principal cuartel de las fuerzas armadas de los Estados Unidos. A 20 días de la intervención norteamericana, con las tropas invasoras rondando por todas partes, le desaconsejaban al Arzobispo McGrath a realizar aquella concentración. Nos reunió a un grupo de sus colaboradores más cercanos, y nos comunicó su deseo de llevar adelante ese acto. La razón principal, y por la que, también, se aconsejaba no realizarlo, era que no podíamos pasar por alto el recuerdo del 9 de Enero. La mayoría, de forma abrumadora, decidimos acuerpar la intención del Arzobispo. Y así se hizo.

El pueblo católico fue convocado, y respondió masivamente. Se calculó, en aquel momento, que alrededor de 5,000 personas acudieron al llamado. En un ambiente que aún mostraba los efectos de la Invasión, particularmente el “Saqueo”, se celebró la Misa. A excepción de la feligresía católica, ninguna institución u organización asumió la responsabilidad patriótica e histórica de la conmemoración del 9 de Enero. Ni siquiera la combativa izquierda del país, que prefirió guardar distancia y no arriesgarse. Esos, que por años se habían tomado el 9 de Enero para sí, ahora lo pasaban por alto por mera conveniencia.

Durante su homilía, Monseñor McGrath habló de los muertos, de la reconciliación y la reconstrucción del país, de la justicia y la democracia, y, por supuesto, del significado del 9 de Enero. En su conclusión, el Arzobispo McGrath aludió al recuerdo futuro, en nuestra historia, de la Invasión, como si fuera más una liberación, salvaguardando nuestra libertad y nuestra soberanía. La frase fue sacada de contexto por una agencia de noticias, y nunca fue corregida. Desde entonces, ha quedado la polémica entre Invasión o liberación. Hago constar que personalmente llevé el texto de la homilía a las agencias de noticia y a los medios de comunicación, una vez terminada la Misa Campal. Pedimos la corrección inmediata y, unos días después, la reiteramos. Fue infructuoso. A partir de allí, se opina y condena, según el cristal con que cada crítico mira.

Cito, para beneficio de los lectores, el párrafo completo de la parte de aquella homilía de 9 de enero de 1990: “Recordemos en este momento a los fallecidos durante los eventos de estos días: panameños, norteamericanos, civiles y militares. ¡Que descansen en paz! ¡Que su sacrificio no haya sido en vano! Que la presencia militar extranjera en nuestro suelo en estos momentos sea recordada por la historia más como una liberación; que en nada restrinja ni disminuya para el futuro todos los atributos propios de la libertad y soberanía de Panamá, en todo su territorio; y que dé lugar a la pacífica y justa relación entre Panamá y los Estados Unidos, en el consorcio de los demás pueblos del mundo y sobre todo de las Américas”.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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viernes, 15 de mayo de 2009

Un reconocimiento de los sufrimientos de los cristianos de Tierra Santa

2009-05-17
Ventana Pontificia
Un reconocimiento de los sufrimientos de los cristianos de Tierra Santa

Publicamos la homilía que pronunció Benedicto XVI en la tarde del martes 12 de mayo, al celebrar la misa en el Valle de Josafat junto a unos seis mil fieles. Era la primera vez que un Papa celebraba la Eucaristía al aire libre en la Ciudad Santa.

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

"Cristo ha resucitado, aleluya". Con estas palabras os saludo con gran afecto. Doy las gracias al patriarca Fouad Twal por sus palabras de bienvenida en vuestro nombre, y ante todo, expreso también mi alegría al estar aquí para celebrar esta Eucaristía con vosotros, Iglesia en Jerusalén. Nos hemos reunido aquí bajo el Monte de los Olivos, donde nuestro Señor rezó y sufrió, donde lloró por amor a esta ciudad y a la que deseó que pudiera conocer "el camino de la paz" (Cf. Lucas 19, 42), y donde él regresó al Padre, dando su última bendición terrena a sus discípulos y a nosotros. Acojamos hoy esta bendición. Él os la imparte de manera especial a vosotros, queridos hermanos y hermanas, que estáis unidos en una ininterrumpida línea con los primeros discípulos que encontraron al Señor Resucitado al partir el pan, que experimentaron la efusión del Espíritu Santo en el Cenáculo, que fueron convertidos por la predicación de San Pedro y de los demás apóstoles. Saludo también a todos los presentes, y de manera especial a los fieles de la Tierra Santa que por varias razones no han podido estar aquí con nosotros.

Como sucesor de san Pedro, he recorrido sus pasos para proclamar al Señor resucitado entre vosotros, para confirmaros en la fe de vuestros padres e invocar sobre vosotros el consuelo que es el don del Paráclito. Al estar ante vosotros hoy, deseo reconocer las dificultades, la frustración, la pena y el sufrimiento que tantos de vosotros han soportado como consecuencia de los conflictos que han afligido a estas tierras, así como las amargas experiencias de desplazamientos que muchas de sus familias han conocido y --Dios no lo permita-- pueden aún conocer. Deseo que mi presencia aquí sea un signo de que no sois olvidados, de que vuestra perseverante presencia y testimonio son preciosos a los ojos de Dios y son un elemento de futuro para estas tierras. A causa de vuestras profundas raíces en estos lugares, de vuestra antigua y fuerte cultura cristiana y de vuestra perdurable confianza en las promesas de Dios, vosotros, cristianos de Tierra Santa, estáis llamados a ser no sólo un faro de fe para la iglesia universal, sino también levadura de armonía, sabiduría y equilibrio en la vida de una sociedad que tradicionalmente ha sido, y sigue siendo, pluralista, multiétnica y multirreligiosa.

Jerusalén en realidad ha sido siempre una ciudad en la cual resuenan lenguas diversas, cuyas piedras son pisadas por pueblos de toda raza y lengua, cuyos muros son símbolo del cuidado providente de Dios para toda la familia humana. Como un microcosmos de nuestro mundo globalizado, esta ciudad, debe vivir su vocación universal, debe ser un lugar que enseñe la universalidad, el respeto por los demás, el diálogo y la mutua comprensión; un lugar donde el prejuicio, la ignorancia y el miedo que la alimenta, sean superados por la honestidad, la integridad y la búsqueda de la paz. No debería haber lugar entre estos muros para la mezquindad, la discriminación, la violencia y la injusticia. Los creyentes en un Dios de misericordia --ya sea que se identifiquen como judíos, cristianos o musulmanes--, deben ser los primeros en promover esta cultura de la reconciliación y de la paz, por más lento que sea el proceso y más agobiante el peso de los recuerdos pasados.

Quisiera aquí referirme directamente a la trágica realidad --que no puede nunca dejar de ser fuente de preocupaciones para todos aquellos que aman esta ciudad y esta tierra-- de la partida en los tiempos recientes de numerosos miembros de la comunidad cristiana. Si bien hay razones comprensibles que llevan a muchos, especialmente jóvenes, a emigrar, esta decisión trae consigo como consecuencia un gran empobrecimiento cultural y espiritual de la ciudad. Deseo hoy repetir lo que he dicho en otras ocasiones: ¡en Tierra Santa hay lugar para todos! Mientras exhorto a las autoridades a respetar y apoyar aquí la presencia cristiana, deseo al mismo tiempo asegurarles la solidaridad, el amor y el apoyo de toda la Iglesia y de la Santa Sede.

En la iglesia del Santo Sepulcro, los peregrinos de cada siglo han venerado la piedra que, según la tradición, estaba ante la entrada de la tumba en la mañana de la resurrección de Cristo. Volvamos frecuentemente a esta tumba vacía. Reafirmemos allí nuestra fe en la victoria de la vida, y recemos para que toda "piedra pesada", colocada en la puerta de nuestros corazones bloqueando así nuestra completa sumisión al Señor en la fe, la esperanza y el amor, quede destrozada por la fuerza de la luz y de la vida, que resplandeció desde Jerusalén hasta todo el mundo en la mañana de Pascua. ¡Cristo ha resucitado, aleluya! ¡Verdaderamente ha resucitado! ¡Aleluya!

S. S. Benedicto XVI
Obispo de Roma

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lunes, 7 de abril de 2008

Homilía de Benedicto XVI en el tercer aniversario del fallecimiento de Juan Pablo II

2008-04-06
La Voz del Pastor
Homilía de Benedicto XVI en el tercer aniversario del fallecimiento de Juan Pablo II

CIUDAD DEL VATICANO, (ZENIT.org).- Publicamos la homilía que pronunció Benedicto XVI este miércoles 2 de marzo al presidir la celebración eucarística en el tercer aniversario del fallecimiento de Juan Pablo II.

Queridos hermanos y hermanas:

La fecha del 2 de abril ha quedado grabada en la memoria de la Iglesia como el día del adiós a este mundo del siervo de Dios el Papa Juan Pablo II. Revivamos con emoción las horas de aquel sábado por la tarde, cuando la noticia del fallecimiento fue acogida por una gran muchedumbre en oración que llenaba la Plaza de San Pedro. Durante varios días, la Basílica Vaticana y esta Plaza se convirtieron verdaderamente en el corazón del mundo. Un río ininterrumpido de peregrinos rindió homenaje a los restos del venerado Pontífice y sus funerales supusieron un ulterior testimonio de la estima y del afecto que se había conquistado en el espíritu de tantos creyentes y personas de todos los rincones de la tierra.Al igual que hace tres años, tampoco hoy ha pasado mucho tiempo tras la Pascua. El corazón de la Iglesia se encuentra todavía sumergido en el misterio de la Resurrección del Señor. En verdad, podemos leer toda la vida de mi querido predecesor, en particular su ministerio petrino, según el signo de Cristo Resucitado. Él sentía una fe extraordinaria en Él, y con Él mantenía una conversación íntima, singular, ininterrumpida. Entre sus muchas cualidades humanas y sobrenaturales, tenía una excepcional sensibilidad espiritual y mística.

Bastaba observarle mientras rezaba: se sumergía literalmente en Dios y parecía que todo lo demás en aquellos momentos fuera ajeno. En las celebraciones litúrgicas estaba atento al misterio en acto, con una aguda capacidad para percibir la elocuencia de la Palabra de Dios en el devenir de la historia, penetrando en el nivel profundo del designio de Dios. La santa misa, como repitió con frecuencia, era para él el centro de cada día y de toda la existencia. La realidad «viva y santa» de la Eucaristía que le daba energía espiritual para guiar al Pueblo de Dios en el camino de la historia.

Juan Pablo II expiró en la vigilia del segundo domingo de Pascua, «el día que hizo el Señor». Toda su agonía tuvo lugar en ese «día», en un espacio-tiempo nuevo, que es el «octavo día», querido por la Santísima Trinidad a través de la obra del Verbo encarnado, muerto y resucitado. El Papa Juan Pablo II demostró en varias ocasiones que ya antes, durante su vida, y especialmente en el cumplimiento de la misión de Sumo Pontífice, se encontraba de alguna manera sumergido en esta dimensión espiritual.

Su pontificado, en su conjunto y en muchos momentos específicos, se nos presenta como un signo y un testimonio de la Resurrección de Cristo. El dinamismo pascual, que ha hecho de la existencia de Juan Pablo II una respuesta total a la llamada del Señor, no podía expresarse sin participar en los sufrimientos y en la muerte del divino Maestro y Redentor. «Es cierta esta afirmación --afirma el apóstol Pablo--: Si hemos muerto con él, también viviremos con él; si nos mantenemos firmes, también reinaremos con él» (2 Timoteo 2, 11-12).

Desde niño, Karol Wojtyla había experimentado la verdad de estas palabras, al encontrar en su camino la cruz, en su familia y en su pueblo. Muy pronto decidió llevarla junto a Jesús, siguiendo sus huellas. Quiso ser un servidor fiel suyo hasta acoger la llamada al sacerdocio como don y compromiso de toda la vida. Con Él vivió y con Él quiso morir. Y todo esto a través de la singular mediación de María santísima, madre de la Iglesia, madre del Redentor íntima y realmente asociada a su misterio salvífico de muerte y de resurrección.

En esta reflexión evocativa nos guían las lecturas bíblicas que se acaban de proclamar: «¡No tengáis miedo!» (Mateo 28, 5). Las palabras del ángel de la resurrección, dirigidas a las mujeres ante el sepulcro vacío, que acabamos de escuchar, se han convertido en una especie de lema en los labios del Papa Juan Pablo II, desde el solemne inicio de su ministerio petrino. Las repitió en varias ocasiones a la Iglesia y a la humanidad en el camino hacia el año 2000, y después al atravesar aquella histórica etapa, así como después, en la aurora del tercer milenio. Las pronunció siempre con inflexible firmeza, primero enarbolando el báculo pastoral coronado por la Cruz y, después, cuando las energías físicas se iban debilitando, casi agarrándose a él, hasta aquel último Viernes Santo, en el que participó en el Vía Crucis desde su capilla privada, apretando entre sus brazos la Cruz. No podemos olvidar aquel último y silencioso testimonio de amor a Jesús. Aquella elocuente escena de sufrimiento humano y de fe, en aquel último Viernes Santo, también indicaba a los creyentes y al mundo el secreto de toda la vida cristiana. Aquel «No tengáis miedo» no se basaba en las fuerzas humanas, ni en los éxitos logrados, sino únicamente en la Palabra de Dios, en la Cruz y en la Resurrección de Cristo. En la medida en la que iba desnudándose de todo, al final, incluso de la misma palabra, esta entrega total a Cristo se manifestó con creciente claridad. Como le sucedió a Jesús, también en el caso de Juan Pablo II las palabras dejaron lugar al final al último sacrificio, la entrega de sí. Y la muerte fue el sello de una existencia totalmente entregada a Cristo, conformada con Él incluso físicamente con los rasgos del sufrimiento y del abandono confiado en los brazos del Padre celestial. «Dejad que vaya al Padre», estas palabras --testimonia quien estuvo a su lado-- fueron sus últimas palabras, cumplimiento de una vida totalmente orientada a conocer y contemplar el rostro del Señor.

Venerados y queridos hermanos: os doy las gracias a todos por haberos unidos a mí en esta misa de sufragio por el amado Juan Pablo II. Dirijo un pensamiento particular a los participantes en el primer congreso mundial sobre la Divina Misericordia, que comienza precisamente hoy, y que quiere profundizar en su rico magisterio sobre este tema. La misericordia de Dios, lo dijo él mismo, es una clave de lectura privilegiada de su pontificado. Él quería que el mensaje del amor misericordioso de Dios alcanzara a todos los hombres y exhortaba a los fieles a ser sus testigos (Cf. Homilía en Cracovia-Lagiewniki, 17 de agosto de 2002).

Por este motivo, quiso elevar al honor de los altares a sor Faustina Kowalska, humilde religiosa convertida por un misterioso designio divino en la mensajera profética de la Divina Misericordia. El siervo de Dios Juan Pablo II había conocido y vivido personalmente las terribles tragedias del siglo XX, y se preguntó durante mucho tiempo qué podría detener al avance del mal. La respuesta sólo podía encontrarse en el amor de Dios. Sólo la Divina Misericordia, de hecho, es capaz de poner límites al mal; sólo el amor omnipotente de Dios puede derrotar la prepotencia de los malvados y el poder destructor del egoísmo y del odio. Por este motivo, durante su última visita a Polonia, al regresar a su tierra natal, dijo: «Fuera de la misericordia de Dios, no existe otra fuente de esperanza para el hombre» (ibídem).a

Demos gracias al Señor porque ha entregado a la Iglesia este servidor suyo fiel y valiente. Alabemos y bendigamos a la Virgen María por haber velado incesantemente sobre su persona y su ministerio para beneficio del pueblo cristiano y de toda la humanidad. Y mientras ofrecemos por su alma elegida el Sacrificio redentor, le pedimos que siga intercediendo desde el Cielo por cada uno de nosotros, por mí de manera especial, a quien la Providencia ha llamado a recoger su inestimable herencia espiritual. Que la Iglesia, siguiendo sus enseñanzas y ejemplos, pueda continuar fielmente sin compromisos su misión evangelizadora, difundiendo sin cansarse el amor misericordioso de Cristo, manantial de verdadera paz para el mundo entero.

[Traducción realizada por Jesús Colina]

Santo Padre Benedicto XVI
Obispo de Roma

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viernes, 25 de enero de 2008

Natividad del Señor

2007-12-30
La Voz del Pastor
Natividad del Señor
Homilía de la misa de Nochebuena en la Basílica Vaticana el 25 de diciembre de 2007

Queridos hermanos y hermanas:

«A María le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada» (cf. Lc 2,6s). Estas frases, nos llegan al corazón siempre de nuevo. Llegó el momento anunciado por el Ángel en Nazaret: «Darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo» (Lc 1,31). Llegó el momento que Israel esperaba desde hacía muchos siglos, durante tantas horas oscuras, el momento en cierto modo esperado por toda la humanidad con figuras todavía confusas: que Dios se preocupase por nosotros, que saliera de su ocultamiento, que el mundo alcanzara la salvación y que Él renovase todo. Podemos imaginar con cuánta preparación interior, con cuánto amor, esperó María aquella hora. El breve inciso, «lo envolvió en pañales», nos permite vislumbrar algo de la santa alegría y del callado celo de aquella preparación. Los pañales estaban dispuestos, para que el niño se encontrara bien atendido. Pero en la posada no había sitio. En cierto modo, la humanidad espera a Dios, su cercanía. Pero cuando llega el momento, no tiene sitio para Él. Está tan ocupada consigo misma de forma tan exigente, que necesita todo el espacio y todo el tiempo para sus cosas y ya no queda nada para el otro, para el prójimo, para el pobre, para Dios. Y cuanto más se enriquecen los hombres, tanto más llenan todo de sí mismos y menos puede entrar el otro.

Juan, en su Evangelio, fijándose en lo esencial, ha profundizado en la breve referencia de san Lucas sobre la situación de Belén: "Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron" (1,11). Esto se refiere sobre todo a Belén: el Hijo de David fue a su ciudad, pero tuvo que nacer en un establo, porque en la posada no había sitio para él. Se refiere también a Israel: el enviado vino a los suyos, pero no lo quisieron. En realidad, se refiere a toda la humanidad: Aquel por el que el mundo fue hecho, el Verbo creador primordial entra en el mundo, pero no se le escucha, no se le acoge.

En definitiva, estas palabras se refieren a nosotros, a cada persona y a la sociedad en su conjunto. ¿Tenemos tiempo para el prójimo que tiene necesidad de nuestra palabra, de mi palabra, de mi afecto? ¿Para aquel que sufre y necesita ayuda? ¿Para el prófugo o el refugiado que busca asilo? ¿Tenemos tiempo y espacio para Dios? ¿Puede entrar Él en nuestra vida? ¿Encuentra un lugar en nosotros o tenemos ocupado todo nuestro pensamiento, nuestro quehacer, nuestra vida, con nosotros mismos?

Gracias a Dios, la noticia negativa no es la única ni la última que hallamos en el Evangelio. De la misma manera que en Lucas encontramos el amor de su madre María y la fidelidad de san José, la vigilancia de los pastores y su gran alegría, y en Mateo encontramos la visita de los sabios Magos, llegados de lejos, así también nos dice Juan: «Pero a cuantos lo recibieron, les da poder para ser hijos de Dios» (Jn 1,12). Hay quienes lo acogen y, de este modo, desde fuera, crece silenciosamente, comenzando por el establo, la nueva casa, la nueva ciudad, el mundo nuevo. El mensaje de Navidad nos hace reconocer la oscuridad de un mundo cerrado y, con ello, se nos muestra sin duda una realidad que vemos cotidianamente. Pero nos dice también que Dios no se deja encerrar fuera. Él encuentra un espacio, entrando tal vez por el establo; hay hombres que ven su luz y la transmiten. Mediante la palabra del Evangelio, el Ángel nos habla también a nosotros y, en la sagrada liturgia, la luz del Redentor entra en nuestra vida. Si somos pastores o sabios, la luz y su mensaje nos llaman a ponernos en camino, a salir de la cerrazón de nuestros deseos e intereses para ir al encuentro del Señor y adorarlo. Lo adoramos abriendo el mundo a la verdad, al bien, a Cristo, al servicio de cuantos están marginados y en los cuales Él nos espera.

En algunas representaciones navideñas de la Baja Edad Media y de comienzo de la Edad Moderna, el pesebre se representa como edificio más bien desvencijado. Se puede reconocer todavía su pasado esplendor, pero ahora está deteriorado, sus muros en ruinas; se ha convertido justamente en un establo. Aunque no tiene un fundamento histórico, esta interpretación metafórica expresa sin embargo algo de la verdad que se esconde en el misterio de la Navidad. El trono de David, al que se había prometido una duración eterna, está vacío. Son otros los que dominan en Tierra Santa. José, el descendiente de David, es un simple artesano; de hecho, el palacio se ha convertido en una choza. David mismo había comenzado como pastor. Cuando Samuel lo buscó para ungirlo, parecía imposible y contradictorio que un joven pastor pudiera convertirse en el portador de la promesa de Israel. En el establo de Belén, precisamente donde estuvo el punto de partida, vuelve a comenzar la realeza davídica de un modo nuevo: en aquel niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. El nuevo trono desde el cual este David atraerá hacia sí el mundo es la Cruz. El nuevo trono –la Cruz- corresponde al nuevo inicio en el establo. Pero justamente así se construye el verdadero palacio davídico, la verdadera realeza. Así, pues, este nuevo palacio no es como los hombres se imaginan un palacio y el poder real. Este nuevo palacio es la comunidad de cuantos se dejan atraer por el amor de Cristo y con Él llegan a ser un solo cuerpo, una humanidad nueva. El poder que proviene de la Cruz, el poder de la bondad que se entrega, ésta es la verdadera realeza. El establo se transforma en palacio; precisamente a partir de este inicio, Jesús edifica la nueva gran comunidad, cuya palabra clave cantan los ángeles en el momento de su nacimiento: «Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que Dios ama», hombres que ponen su voluntad en la suya, transformándose en hombres de Dios, hombres nuevos, mundo nuevo.

Gregorio de Nisa ha desarrollado en sus homilías navideñas la misma temática partiendo del mensaje de Navidad en el Evangelio de Juan: «Y puso su morada entre nosotros» (Jn 1,14). Gregorio aplica esta palabra de la morada a nuestro cuerpo, deteriorado y débil; expuesto por todas partes al dolor y al sufrimiento. Y la aplica a todo el cosmos, herido y desfigurado por el pecado. ¿Qué habría dicho si hubiese visto las condiciones en las que hoy se encuentra la tierra a causa del abuso de las fuentes de energía y de su explotación egoísta y sin ningún reparo? Anselmo de Canterbury, casi de manera profética, describió con antelación lo que nosotros vemos hoy en un mundo contaminado y con un futuro incierto: «Todas las cosas se encontraban como muertas, al haber perdido su innata dignidad de servir al dominio y al uso de aquellos que alaban a Dios, para lo que habían sido creadas; se encontraban aplastadas por la opresión y como descoloridas por el abuso que de ellas hacían los servidores de los ídolos, para los que no habían sido creadas» (PL 158, 955s). Así, según la visión de Gregorio, el establo del mensaje de Navidad representa la tierra maltratada. Cristo no reconstruye un palacio cualquiera. Él vino para volver a dar a la creación, al cosmos, su belleza y su dignidad: esto es lo que comienza con la Navidad y hace saltar de gozo a los ángeles. La tierra queda restablecida precisamente por el hecho de que se abre a Dios, que recibe nuevamente su verdadera luz y, en la sintonía entre voluntad humana y voluntad divina, en la unificación de lo alto con lo bajo, recupera su belleza, su dignidad. Así, pues, Navidad es la fiesta de la creación renovada. Los Padres interpretan el canto de los ángeles en la Noche santa a partir de este contexto: se trata de la expresión de la alegría porque lo alto y lo bajo, cielo y tierra, se encuentran nuevamente unidos; porque el hombre se ha unido nuevamente a Dios. Para los Padres, forma parte del canto navideño de los ángeles el que ahora ángeles y hombres canten juntos y, de este modo, la belleza del cosmos se exprese en la belleza del canto de alabanza. El canto litúrgico –siempre según los Padres- tiene una dignidad particular porque es un cantar junto con los coros celestiales. El encuentro con Jesucristo es lo que nos hace capaces de escuchar el canto de los ángeles, creando así la verdadera música, que acaba cuando perdemos este cantar juntos y este sentir juntos.

En el establo de Belén el cielo y la tierra se tocan. El cielo vino a la tierra. Por eso, de allí se difunde una luz para todos los tiempos; por eso, de allí brota la alegría y nace el canto. Al final de nuestra meditación navideña quisiera citar una palabra extraordinaria de san Agustín. Interpretando la invocación de la oración del Señor: "Padre nuestro que estás en los cielos", él se pregunta: ¿qué es esto del cielo? Y ¿dónde está el cielo? Sigue una respuesta sorprendente: Que estás en los cielos significa: en los santos y en los justos. «En verdad, Dios no se encierra en lugar alguno. Los cielos son ciertamente los cuerpos más excelentes del mundo, pero, no obstante, son cuerpos, y no pueden ellos existir sino en algún espacio; mas, si uno se imagina que el lugar de Dios está en los cielos, como en regiones superiores del mundo, podrá decirse que las aves son de mejor condición que nosotros, porque viven más próximas a Dios. Por otra parte, no está escrito que Dios está cerca de los hombres elevados, o sea de aquellos que habitan en los montes, sino que fue escrito en el Salmo: "El Señor está cerca de los que tienen el corazón atribulado" (Sal 34 [33], 19), y la tribulación propiamente pertenece a la humildad. Mas así como el pecador fue llamado "tierra", así, por el contrario, el justo puede llamarse "cielo"» (Serm. in monte II 5,17). El cielo no pertenece a la geografía del espacio, sino a la geografía del corazón. Y el corazón de Dios, en la Noche santa, ha descendido hasta un establo: la humildad de Dios es el cielo. Y si salimos al encuentro de esta humildad, entonces tocamos el cielo. Entonces, se renueva también la tierra. Con la humildad de los pastores, pongámonos en camino, en esta Noche santa, hacia el Niño en el establo. Toquemos la humildad de Dios, el corazón de Dios. Entonces su alegría nos alcanzará y hará más luminoso el mundo. Amén.

S.S. Benedicto XVI
Obispo de Roma

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martes, 26 de junio de 2007

Los Medios si tienen responsabilidad

2007-06-24
Editorial
Los Medios si tienen responsabilidad

A raíz de la homilía del Señor Arzobispo José Dimas Cedeño el domingo, durante la celebración de la Cita Eucarística, algunos periodistas, columnistas, comentaristas, y voceros de medios de comunicación han dicho que los medios no inventan la realidad ni los periodistas la noticia. Es cierto, no las inventamos; pero sí las seleccionamos y le damos mayor o menor prominencia, según los intereses del medio.

El Señor Arzobispo, además de señalar esa situación, también exhortó y animó a los medios a usar la capacidad técnica y la pericia que poseen, para contribuir con la edificación de la sociedad y la recuperación de los valores morales. Nunca dijo que inventan la violencia, ni que son los causantes de ella. Sí dijo que son parte de la situación, por su influencia, y que pueden ayudar a agravar o a superar ese clima de violencia. Sin embargo, en esa discrecionalidad y selectividad que ejerce el medio, se ha destacado y mencionado más la denuncia del Arzobispo que la voz de esperanza que les da.

Si algo queda demostrado en esta oportunidad es, precisamente, el poder que tienen los medios de comunicación social de seleccionar aquella parte de los hechos que consideran importante, obviando aquella otra que, en su criterio editorial o empresarial, piensan que es irrelevante para su público. La violencia en los medios es real; basta con contar las explosiones, los tiros, los insultos, los golpes, los heridos, y los muertos que cada día muestran los programas y las noticias. A esa violencia está expuesto el público a cada instante. ¿Vale la pena, o no, hacer algo al respecto?

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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