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lunes, 21 de diciembre de 2009

Benedicto XVI: “Leer en el sufrimiento una experiencia del Adviento”

2009-12-20
Ventana Pontificia
Benedicto XVI: “Leer en el sufrimiento una experiencia del Adviento”

Publicamos parte del discurso que Benedicto XVI dirigió el pasado domingo a los enfermos y al personal médico y asistencial de la Casa de Caridad del Sagrado Corazón de Jesús de Roma.

¡Queridos hermanos y hermanas!

He aceptado con gusto la invitación a hacer una visita a la Casa-Asilo de la Fundación Roma y estoy muy contento de estar entre vosotros. Dirijo mi cordial saludo al Cardenal Vicario Agostino Vallini, a los Excelentísimos Obispos Auxiliares y a los Sacerdotes presentes.

Agradezco mucho al Profesor Emmanuele Emanuele, Presidente de la Fundación Roma, y a Don Leopoldo dei Duchi Torlonia, Presidente del Círculo de San Pedro, por las significativas palabras que me han dirigido amablemente.

Con ellos saludo a la Dirección de la Casa-Asilo de la Fundación Roma, a su Presidente, el Señor Alessandro Falez, al Personal sanitario, de enfermería y administrativo, a las Hermanas y a cuantos prestan de diversas maneras su servicio en esta venerable institución.

Muestro un particular aprecio a los Voluntarios del Círculo de San Pedro, de los que conozco el celo y la generosidad con los que llevan ayuda y consuelo a los enfermos y a sus familiares. La Casa-Asilo de la Fundación Roma nació en 1998, con la denominación de Casa de Caridad del Sagrado Corazón, por iniciativa del entonces Presidente General del Círculo de San Pedro, Don Marcello dei Marchesi Sacchetti, a quien saludo con viva y grata deferencia.

La tarea de esta institución es el cuidado de los pacientes terminales, para aliviar el sufrimiento tanto como sea posible y acompañarles con cariño durante la enfermedad. Los internos de la Casa-Asilo, en once años, han pasado de tres a más de treinta, con un seguimiento diario por parte de los médicos, las enfermeras y los voluntarios. A ellos debemos añadir los noventa asistidos a domicilio.

Todo ello contribuye a hacer de la Casa-Asilo de la Fundación Roma, que con el tiempo se ha enriquecido con la Unidad de Alzheimer y con un proyecto de asistencia experimental dirigido a personas afectadas por la Esclerosis Lateral Amiotrófica, una realidad particularmente significativa, en el panorama de la sanidad romana.

¡Queridos amigos! Sabemos que algunas graves patologías producen inevitablemente en los enfermos momentos de crisis, de desfallecimiento y una seria confrontación con su situación personal. Los progresos en las ciencias médicas a menudo ofrecen los instrumentos necesarios para afrontar este desafío, al menos en lo que se refiere a los aspectos físicos. Sin embargo, no siempre es posible encontrar cura para cada enfermedad y, en consecuencia, en las casas de acogida y en las estructuras sanitarias de todo el mundo nos tropezamos a menudo con el sufrimiento de tantos hermanos y hermanas incurables, y muchas veces en fase terminal.

Hoy, la prevalente mentalidad de la máxima eficacia tiende a menudo a marginar a estas personas, considerándolas una carga y un problema para la sociedad. Quien tiene sentido de la dignidad humana sabe, en cambio, que deben ser respetados y apoyados mientras afrontan la dificultad y el sufrimiento ligado a su estado de salud.

Con ese objetivo, hoy se recurre cada vez más a la utilización de los cuidados paliativos, que pueden aliviar el dolor derivado de la enfermedad y ayudar a las personas enfermas a vivirla con dignidad. Sin embargo, además de los indispensables cuidados clínicos, hay que ofrecer a los enfermos gestos concretos de amor, de cercanía y de cristiana solidaridad para salir al encuentro de su necesidad de comprensión, de consuelo y de constante ánimo.

Es lo que se realiza con éxito aquí, en la Casa-Asilo de la Fundación Roma, que coloca en el centro de su compromiso el cuidado y la acogida urgente de los enfermos y de sus familias, en consonancia con lo que enseña la Iglesia, la cual, a través de los siglos, se ha mostrado siempre como madre amorosa de los que sufren en el cuerpo y en el espíritu.

Al complacerme por la encomiable obra desarrollada, deseo alentar a cuantos, haciéndose iconos concretos del buen samaritano, que “tiene compasión y cuida del prójimo” (cf Lc 10,34), ofrecen cotidianamente a sus acogidos y a sus congénitos una asistencia adecuada y atenta a las necesidades de cada uno.

Queridos enfermos, queridas familias, acabo de conoceros personalmente y he visto en vuestros ojos la fe y la fuerza que os sostienen en las dificultades. He venido para ofrecer a cada uno un concreto testimonio de cercanía y de afecto. Os aseguro mi oración, y os invito a encontrar en Jesús apoyo y consuelo, para no perder nunca la confianza y la esperanza. Vuestra enfermedad es una prueba bien dolorosa y singular, pero ante el misterio de Dios, que ha asumido nuestra carne mortal, adquiere su sentido y se convierte en don y ocasión de santificación.

Cuando el sufrimiento y las molestias se vuelvan más fuertes, pensad que Cristo os está asociando a su cruz porque quiere decir a través vuestro una palabra de amor a cuantos han perdido el camino de la vida y, encerrados en su propio vacío egoísmo, viven en el pecado y en la lejanía de Dios. De hecho, vuestro estado de salud da testimonio de que la vida verdadera no está aquí, sino cerca de Dios, donde cada uno de nosotros encontrará su alegría si humildemente ha seguido los pasos del hombre más verdadero: Jesús de Nazaret, Maestro y Señor.

El tiempo de Adviento, en el que estamos inmersos, nos habla de la visita de Dios y nos invita a prepararle el camino. A la luz de la fe podemos leer en la enfermedad y en el sufrimiento una particular experiencia del Adviento, una visita de Dios que de manera misteriosa viene al encuentro para liberar de la soledad y del sinsentido y transformar el dolor en momento de encuentro con Él, de esperanza y de salvación.

El Señor viene, ¡está aquí, junto a nosotros! Que esta certeza cristiana nos ayude a comprender también la “tribulación” como la manera como Él puede salir al encuentro y convertirse para cada uno en el “Dios cercano” que libera y salva.

La Navidad, para la que nos estamos preparando, nos ofrece la posibilidad de contemplar al Niño Santo, la luz verdadera que viene a este mundo para manifestar “la gracia salvadora de Dios a todos los hombres (Tt 2,11). A él, con los sentimientos de María, nos confiamos totalmente a nosotros mismos, nuestra vida y nuestras esperanzas.

S. S. Benedicto XVI
Obispo de Roma

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martes, 15 de septiembre de 2009

La cruz de cada día

2009-09-13
Editorial
La cruz de cada día

Nos dicen las Escrituras que para ir en pos del Señor es preciso cargar con nuestra cruz de cada día; sin este acto resulta vano llamarnos discípulos suyos. Esa cruz, ya sabemos, es el morir de cada jornada a nuestro propio yo, para que otros tengan vida. Es aceptar el sufrimiento, renunciando a las ambiciones, el orgullo, y el renegar por aquello que nos hiere y que no podemos cambiar, porque está fuera de nuestras fuerzas o alcance hacerlo.

En un mundo que nos enseña a aspirar al bienestar, sin pensar en el sufrimiento que, inexorablemente, encontraremos en el camino, resulta harto difícil que otros, mundanos por educación más que por convicción, comprendan el sufrimiento que, voluntariamente, el cristiano decide aceptar. Lo que unos tienen por aberración, los seguidores de Cristo lo tenemos por instrumento de salvación en la emulación del hombre de Galilea.

Gran misterio resulta, entonces, la aceptación de la carga diaria de la cruz, porque en este sublime acto se manifiesta la Resurrección del Hijo del Hombre, que entregó su vida por la salvación del mundo. Aceptar nuestra cruz de cada día implica amarla. No es un mero signo ritual ni, mucho menos, la resignación desesperanzada de quien no puede hacer nada ni espera en nada. Llevar la cruz cotidiana es mucho más que eso; es hacernos uno con Cristo, y Cristo hacerse uno en nosotros.

La locura de la cruz, si la comprendemos en la dimensión de la enseñanza de Jesús, es ganar la vida y hallar la felicidad en la voluntad de Dios Padre, que no es otra que conocerlo a Él y creer en su Enviado. Si aprendemos a vivir con la aceptación voluntaria y amorosa de nuestra cruz de cada día, el Señor la hará gloriosa, y nada ni nadie nos podrá separar nunca de su amor.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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viernes, 12 de junio de 2009

Consuelo

2009-06-14
El Ojo del Profeta
Consuelo

El nacimiento y la muerte de un ser humano conmueve hasta lo más hondo el corazón de cada persona. Vida y muerte; muerte y vida. El destino del hombre está marcado por estos acontecimientos, y dejan una huella indeleble que nos acompañará más allá de nosotros mismos. Por eso, tragedias como la ocurrida con el avión recientemente caído en el océano, entre las costas de Brasil y África, estremecen la conciencia de la humanidad misma.

A pesar del dolor y lo irremediable, el consuelo solidario llega a cada ser querido que sufre. Allí, en esa circunstancia, la Iglesia demuestra su amor por el prójimo y la asistencia espiritual a los deudos. Ante ella, portadora de las promesas divinas, no existe diferencia entre creyente y no creyente; entre cristiano y no cristiano. Simplemente existe la persona, hecha a imagen y semejanza de Dios, y el testimonio que, por razón de nuestra fe, nos lleva a hacer vida el principio, inspirado en el amor de Dios, que nos impele a proclamar y a gritarle al mundo: "todo hombre es mi hermano".

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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viernes, 15 de mayo de 2009

Un reconocimiento de los sufrimientos de los cristianos de Tierra Santa

2009-05-17
Ventana Pontificia
Un reconocimiento de los sufrimientos de los cristianos de Tierra Santa

Publicamos la homilía que pronunció Benedicto XVI en la tarde del martes 12 de mayo, al celebrar la misa en el Valle de Josafat junto a unos seis mil fieles. Era la primera vez que un Papa celebraba la Eucaristía al aire libre en la Ciudad Santa.

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

"Cristo ha resucitado, aleluya". Con estas palabras os saludo con gran afecto. Doy las gracias al patriarca Fouad Twal por sus palabras de bienvenida en vuestro nombre, y ante todo, expreso también mi alegría al estar aquí para celebrar esta Eucaristía con vosotros, Iglesia en Jerusalén. Nos hemos reunido aquí bajo el Monte de los Olivos, donde nuestro Señor rezó y sufrió, donde lloró por amor a esta ciudad y a la que deseó que pudiera conocer "el camino de la paz" (Cf. Lucas 19, 42), y donde él regresó al Padre, dando su última bendición terrena a sus discípulos y a nosotros. Acojamos hoy esta bendición. Él os la imparte de manera especial a vosotros, queridos hermanos y hermanas, que estáis unidos en una ininterrumpida línea con los primeros discípulos que encontraron al Señor Resucitado al partir el pan, que experimentaron la efusión del Espíritu Santo en el Cenáculo, que fueron convertidos por la predicación de San Pedro y de los demás apóstoles. Saludo también a todos los presentes, y de manera especial a los fieles de la Tierra Santa que por varias razones no han podido estar aquí con nosotros.

Como sucesor de san Pedro, he recorrido sus pasos para proclamar al Señor resucitado entre vosotros, para confirmaros en la fe de vuestros padres e invocar sobre vosotros el consuelo que es el don del Paráclito. Al estar ante vosotros hoy, deseo reconocer las dificultades, la frustración, la pena y el sufrimiento que tantos de vosotros han soportado como consecuencia de los conflictos que han afligido a estas tierras, así como las amargas experiencias de desplazamientos que muchas de sus familias han conocido y --Dios no lo permita-- pueden aún conocer. Deseo que mi presencia aquí sea un signo de que no sois olvidados, de que vuestra perseverante presencia y testimonio son preciosos a los ojos de Dios y son un elemento de futuro para estas tierras. A causa de vuestras profundas raíces en estos lugares, de vuestra antigua y fuerte cultura cristiana y de vuestra perdurable confianza en las promesas de Dios, vosotros, cristianos de Tierra Santa, estáis llamados a ser no sólo un faro de fe para la iglesia universal, sino también levadura de armonía, sabiduría y equilibrio en la vida de una sociedad que tradicionalmente ha sido, y sigue siendo, pluralista, multiétnica y multirreligiosa.

Jerusalén en realidad ha sido siempre una ciudad en la cual resuenan lenguas diversas, cuyas piedras son pisadas por pueblos de toda raza y lengua, cuyos muros son símbolo del cuidado providente de Dios para toda la familia humana. Como un microcosmos de nuestro mundo globalizado, esta ciudad, debe vivir su vocación universal, debe ser un lugar que enseñe la universalidad, el respeto por los demás, el diálogo y la mutua comprensión; un lugar donde el prejuicio, la ignorancia y el miedo que la alimenta, sean superados por la honestidad, la integridad y la búsqueda de la paz. No debería haber lugar entre estos muros para la mezquindad, la discriminación, la violencia y la injusticia. Los creyentes en un Dios de misericordia --ya sea que se identifiquen como judíos, cristianos o musulmanes--, deben ser los primeros en promover esta cultura de la reconciliación y de la paz, por más lento que sea el proceso y más agobiante el peso de los recuerdos pasados.

Quisiera aquí referirme directamente a la trágica realidad --que no puede nunca dejar de ser fuente de preocupaciones para todos aquellos que aman esta ciudad y esta tierra-- de la partida en los tiempos recientes de numerosos miembros de la comunidad cristiana. Si bien hay razones comprensibles que llevan a muchos, especialmente jóvenes, a emigrar, esta decisión trae consigo como consecuencia un gran empobrecimiento cultural y espiritual de la ciudad. Deseo hoy repetir lo que he dicho en otras ocasiones: ¡en Tierra Santa hay lugar para todos! Mientras exhorto a las autoridades a respetar y apoyar aquí la presencia cristiana, deseo al mismo tiempo asegurarles la solidaridad, el amor y el apoyo de toda la Iglesia y de la Santa Sede.

En la iglesia del Santo Sepulcro, los peregrinos de cada siglo han venerado la piedra que, según la tradición, estaba ante la entrada de la tumba en la mañana de la resurrección de Cristo. Volvamos frecuentemente a esta tumba vacía. Reafirmemos allí nuestra fe en la victoria de la vida, y recemos para que toda "piedra pesada", colocada en la puerta de nuestros corazones bloqueando así nuestra completa sumisión al Señor en la fe, la esperanza y el amor, quede destrozada por la fuerza de la luz y de la vida, que resplandeció desde Jerusalén hasta todo el mundo en la mañana de Pascua. ¡Cristo ha resucitado, aleluya! ¡Verdaderamente ha resucitado! ¡Aleluya!

S. S. Benedicto XVI
Obispo de Roma

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sábado, 28 de febrero de 2009

El sufrimiento de los inocentes

2009-02-22
La Voz del Pastor
El sufrimiento de los inocentes

La última jornada mundial del enfermo, celebrada el 11 de febrero, fiesta de Nuestra Señora de Lourdes, reflexionó sobre el niño enfermo y sufriente. Recordó, en su mensaje, el Santo Padre que “hay pequeños seres humanos que llevan en su cuerpo las consecuencias de enfermedades invalidantes, y otros que luchan con males que siguen siendo incurables, no obstante el progreso de la medicina y la asistencia de buenos investigadores y profesionales de la salud. Hay niños heridos en el cuerpo y en el alma debido a los conflictos y las guerras, y otros que son víctimas inocentes del odio de personas adultas insensatas. Existen los niños “de la calle”, privados del calor de una familia y abandonados a sí mismos, y menores profanados por gente abyecta que viola la inocencia, y provoca en ellos una herida psicológica que los marcará por el resto de sus vidas. Además, no podemos olvidar, dice el Santo Padre, el incalculable número de menores que mueren debido a la sed, al hambre, a la carencia de asistencia sanitaria, así como también los pequeños exiliados y prófugos que, junto con sus padres, abandonan su propia tierra en búsqueda de mejores condiciones de vida”. (Mensaje XVII Jornada Mundial del Enfermo).

Con estas rápidas pinceladas, el Santo Padre nos ha descrito un problema de hoy y de siempre: el sufrimiento de los inocentes. La matanza de los santos inocentes ordenada por Herodes para eliminar al niño Jesús es un paradigma emblemático de esta realidad, en cuanto afecta a los niños. El libro de Job y algunos salmos y otros libros sapienciales la desarrollan como el sufrimiento del justo.

Y es que los sabios antiguos pensaban que la observancia estricta de la ley debía acarrear bendiciones, así como la conducta contraria derivaba en maldiciones. Véase, por ejemplo, el texto de los dos caminos, en el Deuteronomio (30:15-20), y el salmo 128, donde se afirma que el hombre que teme al Señor será bendito, comerá del fruto de su trabajo y le irá bien. Su mujer será parra fecunda en medio de su casa; y sus hijos, racimos de olivo alrededor de su mesa. Y, en el salmo 37, el orante asegura que, a pesar de su vejez, nunca ha visto a un justo abandonado, ni a su linaje mendigando el pan. Sino que, por compadecerse y dar prestado, tendrá una descendencia bendita (vv.25 y 26).

Esto es lo que se conoce como el “dogma de la retribución”: La observancia estricta de la ley, norma de conducta, es fuente infalible de vida.

Ya en el libro del Eclesiastés o Qohélet se cuestiona este dogma, al subrayar que la vida del justo como la del inicuo termina en la muerte. Si no hay nada más allá de la muerte, todo es vanidad y vacío.

El libro de Job se plantea el tema del sufrimiento del justo observante de la ley. Enseña que hay un dolor que no brota necesariamente de la desobediencia a la ley. Puede surgir para aquilatar la virtud del justo, si es gratuita o interesada. Lo primero recuerda que todo es gracia. Lo segundo pretende exigir derechos delante de Dios por la propia virtud. Despojado de su hacienda y sus hijos, herido en su cuerpo con úlceras purulentas a pesar de su virtud, Job llega a creerse víctima de grave injusticia, y no vacila en desafiar a Dios a ir a un juicio donde Job puede probar su justicia.

El libro de Job no aporta una solución definitiva al problema del sufrimiento del justo, pero nos prepara para acoger el sufrimiento vicario, es decir, el que se asume en substitución de otros. Éste fue el sufrimiento del Siervo del Señor inocente por los pecadores, que mereció que Dios le diera una multitud en herencia (Is 52:13-53:12). Cristo es este Siervo, obediente hasta la muerte y muerte de cruz, al que Dios da el título que supera todo título: Señor y Mesías. Y a su nombre se dobla toda rodilla en cielo, en la tierra y en el abismo (cf Flp. 2:6-11).

Mons. Oscar M. Brown J.
Obispo de Santiago

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