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lunes, 21 de diciembre de 2009

Benedicto XVI: “Leer en el sufrimiento una experiencia del Adviento”

2009-12-20
Ventana Pontificia
Benedicto XVI: “Leer en el sufrimiento una experiencia del Adviento”

Publicamos parte del discurso que Benedicto XVI dirigió el pasado domingo a los enfermos y al personal médico y asistencial de la Casa de Caridad del Sagrado Corazón de Jesús de Roma.

¡Queridos hermanos y hermanas!

He aceptado con gusto la invitación a hacer una visita a la Casa-Asilo de la Fundación Roma y estoy muy contento de estar entre vosotros. Dirijo mi cordial saludo al Cardenal Vicario Agostino Vallini, a los Excelentísimos Obispos Auxiliares y a los Sacerdotes presentes.

Agradezco mucho al Profesor Emmanuele Emanuele, Presidente de la Fundación Roma, y a Don Leopoldo dei Duchi Torlonia, Presidente del Círculo de San Pedro, por las significativas palabras que me han dirigido amablemente.

Con ellos saludo a la Dirección de la Casa-Asilo de la Fundación Roma, a su Presidente, el Señor Alessandro Falez, al Personal sanitario, de enfermería y administrativo, a las Hermanas y a cuantos prestan de diversas maneras su servicio en esta venerable institución.

Muestro un particular aprecio a los Voluntarios del Círculo de San Pedro, de los que conozco el celo y la generosidad con los que llevan ayuda y consuelo a los enfermos y a sus familiares. La Casa-Asilo de la Fundación Roma nació en 1998, con la denominación de Casa de Caridad del Sagrado Corazón, por iniciativa del entonces Presidente General del Círculo de San Pedro, Don Marcello dei Marchesi Sacchetti, a quien saludo con viva y grata deferencia.

La tarea de esta institución es el cuidado de los pacientes terminales, para aliviar el sufrimiento tanto como sea posible y acompañarles con cariño durante la enfermedad. Los internos de la Casa-Asilo, en once años, han pasado de tres a más de treinta, con un seguimiento diario por parte de los médicos, las enfermeras y los voluntarios. A ellos debemos añadir los noventa asistidos a domicilio.

Todo ello contribuye a hacer de la Casa-Asilo de la Fundación Roma, que con el tiempo se ha enriquecido con la Unidad de Alzheimer y con un proyecto de asistencia experimental dirigido a personas afectadas por la Esclerosis Lateral Amiotrófica, una realidad particularmente significativa, en el panorama de la sanidad romana.

¡Queridos amigos! Sabemos que algunas graves patologías producen inevitablemente en los enfermos momentos de crisis, de desfallecimiento y una seria confrontación con su situación personal. Los progresos en las ciencias médicas a menudo ofrecen los instrumentos necesarios para afrontar este desafío, al menos en lo que se refiere a los aspectos físicos. Sin embargo, no siempre es posible encontrar cura para cada enfermedad y, en consecuencia, en las casas de acogida y en las estructuras sanitarias de todo el mundo nos tropezamos a menudo con el sufrimiento de tantos hermanos y hermanas incurables, y muchas veces en fase terminal.

Hoy, la prevalente mentalidad de la máxima eficacia tiende a menudo a marginar a estas personas, considerándolas una carga y un problema para la sociedad. Quien tiene sentido de la dignidad humana sabe, en cambio, que deben ser respetados y apoyados mientras afrontan la dificultad y el sufrimiento ligado a su estado de salud.

Con ese objetivo, hoy se recurre cada vez más a la utilización de los cuidados paliativos, que pueden aliviar el dolor derivado de la enfermedad y ayudar a las personas enfermas a vivirla con dignidad. Sin embargo, además de los indispensables cuidados clínicos, hay que ofrecer a los enfermos gestos concretos de amor, de cercanía y de cristiana solidaridad para salir al encuentro de su necesidad de comprensión, de consuelo y de constante ánimo.

Es lo que se realiza con éxito aquí, en la Casa-Asilo de la Fundación Roma, que coloca en el centro de su compromiso el cuidado y la acogida urgente de los enfermos y de sus familias, en consonancia con lo que enseña la Iglesia, la cual, a través de los siglos, se ha mostrado siempre como madre amorosa de los que sufren en el cuerpo y en el espíritu.

Al complacerme por la encomiable obra desarrollada, deseo alentar a cuantos, haciéndose iconos concretos del buen samaritano, que “tiene compasión y cuida del prójimo” (cf Lc 10,34), ofrecen cotidianamente a sus acogidos y a sus congénitos una asistencia adecuada y atenta a las necesidades de cada uno.

Queridos enfermos, queridas familias, acabo de conoceros personalmente y he visto en vuestros ojos la fe y la fuerza que os sostienen en las dificultades. He venido para ofrecer a cada uno un concreto testimonio de cercanía y de afecto. Os aseguro mi oración, y os invito a encontrar en Jesús apoyo y consuelo, para no perder nunca la confianza y la esperanza. Vuestra enfermedad es una prueba bien dolorosa y singular, pero ante el misterio de Dios, que ha asumido nuestra carne mortal, adquiere su sentido y se convierte en don y ocasión de santificación.

Cuando el sufrimiento y las molestias se vuelvan más fuertes, pensad que Cristo os está asociando a su cruz porque quiere decir a través vuestro una palabra de amor a cuantos han perdido el camino de la vida y, encerrados en su propio vacío egoísmo, viven en el pecado y en la lejanía de Dios. De hecho, vuestro estado de salud da testimonio de que la vida verdadera no está aquí, sino cerca de Dios, donde cada uno de nosotros encontrará su alegría si humildemente ha seguido los pasos del hombre más verdadero: Jesús de Nazaret, Maestro y Señor.

El tiempo de Adviento, en el que estamos inmersos, nos habla de la visita de Dios y nos invita a prepararle el camino. A la luz de la fe podemos leer en la enfermedad y en el sufrimiento una particular experiencia del Adviento, una visita de Dios que de manera misteriosa viene al encuentro para liberar de la soledad y del sinsentido y transformar el dolor en momento de encuentro con Él, de esperanza y de salvación.

El Señor viene, ¡está aquí, junto a nosotros! Que esta certeza cristiana nos ayude a comprender también la “tribulación” como la manera como Él puede salir al encuentro y convertirse para cada uno en el “Dios cercano” que libera y salva.

La Navidad, para la que nos estamos preparando, nos ofrece la posibilidad de contemplar al Niño Santo, la luz verdadera que viene a este mundo para manifestar “la gracia salvadora de Dios a todos los hombres (Tt 2,11). A él, con los sentimientos de María, nos confiamos totalmente a nosotros mismos, nuestra vida y nuestras esperanzas.

S. S. Benedicto XVI
Obispo de Roma

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jueves, 11 de diciembre de 2008

Adviento, tiempo de esperanza

2008-12-07
La Voz del Pastor
Adviento, tiempo de esperanza

Publicamos parte de la homilía que pronunció Benedicto XVI el sábado 29 de noviembre, al presidir la celebración de las vísperas del primer domingo de Adviento en la Basílica de san Pedro del Vaticano.

Queridos hermanos y hermanas:

Con esta liturgia vespertina, comenzamos el camino de un nuevo año litúrgico, entrando en su primer tiempo: el Adviento. En la lectura bíblica que acabamos de escuchar, tomada de la primera Carta a los Tesalonicenses, el apóstol Pablo utiliza precisamente esta palabra: "venida", que en griego es "parusía" y en latín "adventus" (1 Tesalonicenses 5,23). Según la traducción común de este texto, Pablo exhorta a los cristianos de Tesalónica a mantenerse irreprensibles "para la venida" del Señor. Pero en el texto original se lee "en la venida", como si el adviento del Señor fuera, más que un punto futuro en el tiempo, un lugar espiritual en el que hay que caminar ya en el presente, durante la espera, y en el que es posible quedar preservados perfectamente en toda la dimensión personal. De hecho, esto es precisamente lo que vivimos en la liturgia: al celebrar los tiempos litúrgicos, actualizamos el misterio --en este caso la venida del Señor-- para poder "caminar en él", por así decir, hacia su plena realización, al final de los tiempos, pero recibiendo ya la virtud santificadora, pues los tiempos últimos ya han comenzando con la muerte y resurrección de Cristo.

La palabra que mejor resume este estado particular, en el que se espera algo que tiene que manifestarse, pero que al mismo tiempo se entrevé y comienza a experimentar es "esperanza". El Adviento es por excelencia la estación espiritual de la esperanza y en él la Iglesia entera está llamada a convertirse en esperanza, para ella misma y para el mundo. Todo el organismo espiritual del Cuerpo místico asume, por así decir, el "color" de la esperanza. Todo el pueblo de Dios se pone en marcha atraído por este misterio: nuestro Dios es el "Dios que llega" y nos llama a salir a su encuentro. ¿Cómo? Ante todo con esa forma universal de esperanza y de la espera que es la oración, que encuentra su expresión eminente en los Salmos, palabras humanas en las que el mismo Dios ha puesto y pone continuamente en los labios y en los corazones de los creyentes la invocación de su venida. Detengámonos, por tanto, unos instantes en los dos Salmos que acabamos de rezar y que aparecen consecutivamente en el libro bíblico: el 141 y el 142, según la numeración judía. "Señor, te estoy llamando, ven de prisa, escucha mi voz cuando te llamo. Suba mi oración como incienso en tu presencia, el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde" (Salmo 141,1-2). Así inicia el primer salmo de las primeras vísperas de la primera semana del Salterio: palabras que al inicio de Adviento cobran un nuevo "color", pues el Espíritu Santo hace que resuenen siempre de nuevo en nuestro interior, en la Iglesia en camino entre el tiempo de Dios y los tiempos de los hombres. "Señor..., ven de prisa" (v. 1). Es el grito de una persona que se siente en grave peligro, pero es también el grito de la Iglesia que entre las múltiples insidias que la circundan, que amenazan a su santidad, esa integridad irreprensible de la que habla el apóstol Pablo, pero que sin embargo debe ser conservada para la venida del Señor. En esta invocación resuena también el grito de todos los justos, de todos los que quieren resistir al mal, a las seducciones de un bienestar inicuo, de placeres que ofenden a la dignidad humana y a la condición de los pobres. Al inicio de Adviento, la liturgia de la Iglesia lanza nuevamente este grito, y lo eleva a Dios "como incienso" (v. 2).

La ofrenda vespertina del incienso es, de hecho, símbolo de la oración, de la efusión de los corazones orientados a Dios, al Altísimo, así como "el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde" (v. 2). En la Iglesia ya no se ofrecen sacrificios materiales, como sucedía también en el templo de Jerusalén, sino que se eleva la ofrenda espiritual de la oración, en unión con la de Jesucristo, que es al mismo tiempo Sacrificio y Sacerdote de la nueva y eterna Alianza. En el grito del Cuerpo místico, reconocemos la voz misma de la Cabeza: el Hijo de Dios que ha cargado con nuestras pruebas y tentaciones para darnos la gracia de su victoria.

Esta identificación de Cristo con el salmista es particularmente evidente en el segundo Salmo (142). En él, cada palabra, cada invocación, hace pensar en Jesús durante la pasión, en particular su oración al Padre en Getsemaní. En su primera venida con la encarnación, el Hijo de Dios quiso compartir plenamente nuestra condición humana. Naturalmente no compartió el pecado, pero por nuestra salvación padeció todas las consecuencias. Al rezar el Salmo 142, la Iglesia revive cada vez la gracia de esta compasión, de esta "venida" del Hijo de Dios en la angustia humana hasta tocar fondo. El grito de esperanza de Adviento expresa, entonces, desde el inicio y de la manera más fuerte, toda la gravedad de nuestro estado, la extrema necesidad de salvación. Es como decir: nosotros no esperamos al Señor como una hermosa decoración en un mundo ya salvado, sino como un camino único de liberación de un peligro mortal. Y nosotros sabemos que Él mismo, el Liberador, ha tenido que sufrir y morir para sacarnos de esta prisión (Cf. v. 8).

En definitiva, estos dos Salmos nos ponen a salvo de cualquier tentación de evasión y de fuga de la realidad; nos preservan de una falsa esperanza, que querría pasar el Adviento y entrar en Navidad olvidando el carácter dramático de nuestra existencia personal y colectiva. De hecho, una esperanza digna de confianza y que no engaña sólo puede ser una esperanza "pascual", como nos recuerda cada sábado por la noche el cántico de la Carta a los Filipenses, con el que alabamos a Cristo encarnado, crucificado, resucitado y Señor universal.

Hacia Él dirigimos la mirada y el corazón, en unión espiritual con la Virgen María, nuestra señora del Adviento. Démosle la mano y entremos con alegría en este nuevo tiempo de gracia que Dios regala a su Iglesia para el bien de toda la humanidad. Como María y con su maternal ayuda, seamos dóciles a la acción del Espíritu Santo para que el Dios de la paz nos santifique plenamente y la Iglesia se convierta en signo e instrumento de esperanza para todos los hombres. ¡Amén!

S.S. Benedicto XVI
Obispo de Roma

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Signos navideños

2008-12-07
A tiro de piedra
Signos navideños

La Iglesia nos ofrece una serie de signos para cada tiempo litúrgico, con el fin de ayudarnos a vivir de manera activa nuestra manifestación de la fe y para que, también, sirvan a otros en la comprensión de la enseñanza religiosa. Es una rica tradición que, a través de los siglos, se ha visto enriquecida con el aporte de las diversas culturas que componen el mundo cristiano.

El tiempo litúrgico de la Navidad, precedido por el de Adviento, presenta una simbología que es preciso distinguir de aquella del mundo. Entre los signos navideños que acepta el cristianismo está, en primer lugar, el Pesebre de Belén con la familia de Nazaret, iluminado por la estrella y acompañado por los ángeles, la mula y el buey; es decir, el niño Jesús nacido pobre acompañado de María y José. Esta es la más sublime y profunda representación de la Navidad: Dios que viene al mundo en su Hijo hecho hombre verdadero y engendrado en el vientre de María, por obra y gracia del Espíritu Santo.

Antes de continuar es preciso aclarar que estos signos nos recuerdan los acontecimientos de la historia de la Salvación. La importancia está en esa historia, y no en las imágenes o representaciones, que sólo nos sirven de ayuda material para recordar, comprender y testimoniar la Buena Nueva que constituye la natividad de Cristo Jesús al hacerse humano como nosotros.

Otro signo es la figura de los Magos, o Reyes Magos, como los conocemos popularmente, que emprendieron un largo camino tras la estrella que los condujo al portal de Belén, en donde encontraron al Mesías Redentor envuelto en pañales. Es una representación que ha sido relegada, porque la actividad mercantilista cierra su “estación navideña” el 25 de diciembre. Con la caja llena, ya para los comerciantes “pasó la Navidad” cuando, en realidad, el tiempo litúrgico de la Navidad empieza con la Nochebuena y concluye con la Solemnidad del Bautismo de Jesús, aunque algunos suelen quitar los signos tras la celebración de la Epifanía o manifestación a los Magos.

Fuera de los signos mencionados, que son tomados directamente del relato evangélico, tenemos otros aceptados o tolerados por la Iglesia. La Corona de Adviento, por ejemplo, conlleva una celebración familiar que hace más activa la “espera” por el nacimiento de Jesús. Aunque su nacimiento es un hecho ya verificado, conmemoramos este acontecimiento de manera espiritual porque, según san Bernardo Abad, está esa tercera venida intermedia, entre la primera y la que se verificará al final de los tiempos, y que se produce cuando, por la fe, el Padre y el Hijo hacen morada en nosotros; en nuestros corazones.

Un signo popular es el árbol de Navidad, que la Iglesia no rechaza, pero que forma parte del aporte cultural del mundo cristiano. Hay otro semejante, que gana terreno en los últimos años: el tronco de Jesé, con un sentido más bíblico. También están los pastorcitos y pastorcitas, las posadas o pastorelas, y la recreación del humilde pueblo de Belén. Las comidas navideñas dependen de cada región, por lo que no existe uniformidad en este sentido. Pero lo más importante como signo es el amor y la paz que, en nombre de Cristo Redentor, damos a los demás. Navidad, pues, es una fiesta eminentemente cristiana, que se ha extendido al resto de la humanidad y cuyos signos y tradiciones auténticamente navideños merecen ser conservados y respetados por creyentes y no creyentes.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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lunes, 10 de diciembre de 2007

Adviento, tiempo para redescubrir la esperanza

2007-12-09
La Voz del Pastor
Adviento, tiempo para redescubrir la esperanza

Publicamos las palabras que pronunció Benedicto XVI el domingo 2 de diciembre antes y después de rezar la oración mariana del «Ángelus».

Queridos hermanos y hermanas:

Con este primer domingo de Adviento comienza un nuevo año litúrgico: el Pueblo de Dios se vuelve a poner en camino para vivir el misterio de Cristo en la historia. Cristo es el mismo de ayer, de hoy de siempre (Cf. Hebreos 13, 8); la historia sin embargo cambia y necesita ser constantemente evangelizada; necesita ser renovada en su interior y la única verdadera novedad es Cristo: Él es su pleno cumplimiento, el futuro luminoso del hombre y del mundo. Resucitado de entre los muertos, Jesús es el Señor a quien Dios someterá todos los enemigos, incluida la misma muerte (Cf. 1 Corintios 15, 25-28). El Adviento es, por tanto, el tiempo propicio para despertar en nuestros corazones la espera de «Aquel que es, que era y que va a venir» (Apocalipsis 1, 8). El Hijo de Dios ya vino a Belén hace veinte siglos, viene en cada momento al alma y a la comunidad que están dispuestos a recibirlo, vendrá de nuevo al final de los tiempos para «juzgar a vivos y muertos». Por este motivo, el creyente siempre está vigilando, animado por la íntima esperanza de encontrar al Señor, como dice el Salmo: «Espero en el Señor, mi alma espera en su palabra; mi alma aguarda al Señor más que los centinelas la aurora» (Salmo 129 [130], 5-6).

Este domingo es, por tanto, un día sumamente indicado para ofrecer a toda la Iglesia y a todos los hombres de buena voluntad mi segunda encíclica, que he querido dedicar precisamente al tema de la esperanza cristiana. Se titula «Spe salvi», pues comienza con la expresión de san Pablo: «Spe salvi facti sumus - en esperanza fuimos salvados» (Romanos 8,24). En éste, al igual que en otros pasajes del Nuevo Testamento, la palabra «esperanza» está íntimamente unida a la palabra «fe». Es un don que cambia la vida de quien lo recibe, como demuestra la experiencia de muchos santos y santas. ¿En qué consiste esta esperanza tan grande y tan «confiable» que nos permite decir que en ella está nuestra «salvación»? En definitiva, consiste en el conocimiento de Dios, en el descubrimiento de su corazón de Padre bueno y misericordioso. Jesús, con su muerte en la cruz y con su resurrección, nos ha revelado su rostro, el rostro de un Dios tan grande en el amor que nos ha dado una esperanza inquebrantable, que ni siquiera la muerte puede resquebrajar, pues la vida de quien confía en este Padre se abre a la perspectiva de la felicidad eterna.

El desarrollo de la ciencia moderna ha confinado cada vez más la fe y la esperanza a la esfera privada e individual de manera que aparece de forma evidente y en ocasiones dramática, que el hombre y el mundo tienen necesidad de Dios --¡del verdadero Dios!--, pues de lo contrario quedarían privados de esperanza. La ciencia sin duda contribuye al bien de la humanidad, pero no es capaz de redimirla. El hombre es redimido por el amor, que hace que la vida personal y social se convierta en buena y hermosa. Por este motivo la gran esperanza, la que es plena y definitiva, está garantizada por Dios, que en Jesús nos ha visitado y nos ha donado la vida, y en Él volverá al final de los tiempos. Es en Cristo que esperamos, ¡es Él a quien esperamos!

Con María, su Madre, la Iglesia sale al encuentro del Esposo: lo hace con las obras de caridad, pues la esperanza, como la fe, se demuestra con el amor.

Buen Adviento a todos.

S. S. Benedicto XVI
Obispo de Roma

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lunes, 3 de diciembre de 2007

Adviento: Tiempo de gracia, de vigilancia en la oración y de júbilo en la alabanza

2007-12-02
La Voz del Pastor
Adviento:
Tiempo de gracia, de vigilancia en la oración y de júbilo en la alabanza

Reproducimos un extracto de la homilía que improvisó el Papa Benedicto XVI durante el rezo de las primeras vísperas del primer domingo de Adviento, sábado 26 de noviembre de 2005, en la Basílica de San Pedro del Vaticano.

Con la celebración de las primeras Vísperas del primer domingo de Adviento iniciamos un nuevo Año litúrgico. Cantando juntos los salmos, hemos elevado nuestro corazón a Dios, poniéndonos en la actitud espiritual que caracteriza este tiempo de gracia: «vigilancia en la oración» y «júbilo en la alabanza» (cf. Misal romano, Prefacio II de Adviento). Siguiendo el ejemplo de María santísima, que nos enseña a vivir escuchando devotamente la palabra de Dios, meditemos sobre la breve lectura bíblica que se acaba de proclamar. Se trata de dos versículos que se encuentran al final de la primera carta de san Pablo a los Tesalonicenses (1 Ts 5, 23-24). El primero expresa el deseo del Apóstol para la comunidad; el segundo ofrece, por decirlo así, la garantía de su cumplimiento. El deseo es que cada uno sea santificado por Dios y se conserve irreprensible en toda su persona -«espíritu, alma y cuerpo»- hasta la venida final del Señor Jesús; la garantía de que esto va a suceder la ofrece la fidelidad de Dios mismo, que consumará la obra iniciada en los creyentes.

Esta primera carta a los Tesalonicenses es la primera de todas las cartas de san Pablo, escrita probablemente en el año 51. En ella, aún más que en las otras, se siente latir el corazón ardiente del Apóstol, su amor paterno, es más, podríamos decir materno, por esta nueva comunidad; y también su gran preocupación de que no se apague la fe de esta Iglesia nueva, rodeada por un contexto cultural contrario a la fe en muchos aspectos. Así, san Pablo concluye su carta con un deseo, podríamos incluso decir, con una oración. El contenido de la oración, como hemos escuchado, es que sean santos e irreprensibles en el momento de la venida del Señor. La palabra central de esta oración es venida. Debemos preguntarnos qué significa venida del Señor. En griego es parusía, en latín adventus, adviento, venida. ¿Qué es esta venida? ¿Nos concierne o no?

Para comprender el significado de esta palabra y, por tanto, de esta oración del Apóstol por esta comunidad y por las comunidades de todos los tiempos, también por nosotros, debemos contemplar a la persona gracias a la cual se realizó de modo único, singular, la venida del Señor: la Virgen María. María pertenecía a la parte del pueblo de Israel que en el tiempo de Jesús esperaba con todo su corazón la venida del Salvador, y gracias a las palabras y a los gestos que nos narra el Evangelio podemos ver cómo ella vivía realmente según las palabras de los profetas. Esperaba con gran ilusión la venida del Señor, pero no podía imaginar cómo se realizaría esa venida. Quizá esperaba una venida en la gloria. Por eso, fue tan sorprendente para ella el momento en el que el arcángel Gabriel entró en su casa y le dijo que el Señor, el Salvador, quería encarnarse en ella, de ella, quería realizar su venida a través de ella. Podemos imaginar la conmoción de la Virgen. María, con un gran acto de fe y de obediencia, dijo «sí»: «He aquí la esclava del Señor». Así se convirtió en «morada» del Señor, en verdadero «templo» en el mundo y en «puerta» por la que el Señor entró en la tierra.

Hemos dicho que esta venida del Señor es singular. Sin embargo, no sólo existe la última venida, al final de los tiempos. En cierto sentido, el Señor desea venir siempre a través de nosotros, y llama a la puerta de nuestro corazón: ¿estás dispuesto a darme tu carne, tu tiempo, tu vida? Esta es la voz del Señor, que quiere entrar también en nuestro tiempo, quiere entrar en la historia humana a través de nosotros. Busca también una morada viva, nuestra vida personal. Esta es la venida del Señor. Esto es lo que queremos aprender de nuevo en el tiempo del Adviento: que el Señor pueda venir a través de nosotros. La santificación es don de Dios e iniciativa suya, pero el ser humano está llamado a corresponder con todo su ser, sin que nada de él quede excluido.

Que María santísima, Virgen fiel, nos guíe a hacer de este tiempo de Adviento y de todo el nuevo Año litúrgico un camino de auténtica santificación, para alabanza y gloria de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

S. S. Benedicto XVI
Obispo de Roma

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El Misterio de Belén

2007-12-02
El Ojo del Profeta
El Misterio de Belén

Desde hace dos mil años la cristiandad celebra el nacimiento del Hijo de Dios que, unido a su resurrección, constituye el acontecimiento más grande que jamás haya experimentado la humanidad. Ese misterio de su natividad en una humilde gruta de Belén, entre los más pobres y marginados, ha inspirado durante siglos cantares, poemas, rechazo y aceptación de todo tipo, y el maravilloso don de la fe entre los creyentes.

Tras 21 siglos del nacimiento de Cristo, aún suenan fuerte aquellas preguntas que hiciera a sus discípulos: ¿Quién dice la gente que soy yo? Y ¿Quién dicen ustedes que soy yo? Preguntas éstas, que se responden de diversas maneras, aunque no podamos responder a una: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.

A un paso de la Navidad y al comienzo de este Adviento, seamos cuidadosos en la manifestación simbólica de nuestra fe en Dios Enmanuel. Que los signos y la decoración en nuestros hogares resalte el misterio de Belén, y sea fiel al relato evangélico, para que, así, ayude a otros a compenetrarse en el auténtico sentido del Nacimiento de Cristo.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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