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martes, 29 de diciembre de 2009

Otro año que pasa

2009-12-27
A tiro de piedra
Otro año que pasa

Una canción popular para esta época de fin de año dice así: “Otro año que llega y otro que se va, dejando muchas promesas, nada de prosperidad. Tanto trabajar y no tengo ná, pero que tanto trabajar y no tengo ná”.

Al igual que ese canto, la vida de muchas personas transcurre año tras año, porque sus proyectos están fundados en metas materiales. Sabedoras de sus limitaciones financieras, aquellas insisten en pensar que la situación económica les cambiará de la nada. Apuestan a la suerte y el azar, soñando con ganarse la lotería o el primer premio de alguna rifa. Quieren casa, carro, muebles nuevos, y cuanta cosa el dinero pueda comprar, pero sin hacer propósito de cambio personal. Y de esa forma resultan más los decepcionados que los afortunados.

En vez de pedirle a Dios el discernimiento y la gracia para aprender un oficio, estudiar una carrera, capacitarse para conseguir un mejor empleo, o sabiduría para administrar sus bienes, persiguen cosas que están fuera de su alcance o son producto de la casuística. Eligen, sin tener conciencia plena, el camino equivocado que lleva a la frustración y la perdición.

Si nos atenemos a las promesas de prosperidad de nuestra imaginación y de otras personas, acabamos como dice la canción. Ponemos la esperanza en uno y otro año, para al final ver cómo el tiempo se nos ha ido sin aprovecharlo. Trabajamos en vano, al endeudarnos y pasarnos gran parte de nuestra vida pagando deudas y malgastando el dinero, porque nos dejamos arrastrar por la vanidad del mundo, aparentando y adquiriendo bienes innecesarios.

Otro año que llega, es verdad, pero esta vez procuremos poner nuestra confianza en quien sí cumple sus promesas: Dios. Miremos la humildad de la Familia de Nazaret, e imitémosla. Saquemos cuenta de nuestras deudas, para cancelarlas. Quizá no podamos hacerlo en un año, sino en varios, pero es mejor que pasarnos mucho más tiempo pagando el nuevo endeudamiento. Intentemos cubrir primero nuestras necesidades de alimento, vestido y vivienda, y luego lo demás. Pongámonos prioridades y, con lo que sobra, nos damos aquellos placeres que sean moralmente legítimos. Poco o mucho, se disfrutan más si no nos endeudamos por ellos.

Dios quiere la felicidad para sus hijos, pero esa felicidad no está en el lujo y la opulencia, ni en ningún tipo de bienes o recompensa material. No es eso lo que nos da la vida ni nos trae la felicidad. Busquemos dentro de nosotros mismos, y encontraremos la respuesta. Son las cosas de arriba las que hemos de desear primero, y todo lo demás se nos dará por añadidura.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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jueves, 29 de octubre de 2009

Llamados a vivir en la esperanza

2009-10-25
La Voz del Pastor
Llamados a vivir en la esperanza

En nuestra sociedad actual, estamos viviendo situaciones difíciles. Podemos creer que el mal nos ha venido y que difícilmente esta sociedad puede cambiar. Sin embargo, el cristiano está llamado a vivir en la esperanza, y en ningún momento y menos en el actual podemos perder el horizonte de vivir en una sociedad diferente o en lo que el evangelio nos invita a hacer presente el reino de Dios.

Si observamos a diario nuestra realidad vemos un sinnúmero de situaciones que nos pueden llevar a hacer creer que no hay nada que pueda lograr cambiar nuestra sociedad. Pero ante esta realidad puedo preguntarme ¿qué puedo hacer yo? Y ciertamente podemos disponernos a cambiar la sociedad cambiando aquellas cosas que en cada uno de nosotros, hacen de nuestra sociedad panameña una sociedad sin valores y sin ideales. Propongamos ser hombres y mujeres que dicen siempre la verdad, que son honestos en sus actuaciones privadas y públicas y con una gran capacidad para el trabajo.

Todo esto nos debe llevar a cultivar la conciencia de que uno debe responder a la misión que le haya tocado, sin escudarse en las dificultades para no hacer nada y pasar a otros el problema. La persona responsable no necesita que nadie le empuje al cumplimiento de las tareas que le son propias y le indiquen con detalle cómo ha de proceder para evadir los obstáculos. Hay que entender que la tarea encomendada se encuentra en perfecta proporción con la capacidad de la persona.

En esta tarea de buscar una sociedad diferente, la familia ocupa un lugar muy importante. Los padres son los principales formadores de sus hijos. El éxito en los hijos siempre depende del trabajo que los padres han hecho en el hogar. De allí entonces que el amor por los hijos se manifiesta también en que se le reprenda cuando es necesario. No cumplen los padres de familia cuando se vuelven cómodamente permisivos. Ni tampoco, por cierto, cuando estropean el recurso de la corrección al utilizarlo para imponer su capricho en lugar de incitar al bien. No es verdad que respeta a los demás cuan-do se permite hacer cualquier capricho aún en perjuicio del prójimo. Es un falso respeto, que no se conduele de las trágicas consecuencias que sobre sí atrae quien obra mal.

Los tiempos que corren son difíciles para las familias. Pero los hogares cristianos tienen como modelo a la Sagrada Familia de Nazareth para que todos: padre, madre, hijos y tal vez otros que viven en el hogar, crezcan en sentido de responsabilidad y se apliquen a cumplir su función movidos por el amor a los suyos, sostenidos por la gracia del Señor. Nadie es padre, madre o hijo por casualidad, sino por una llamada del Señor de cuyo cumplimiento no cabe desertar, en la conciencia de que los problemas todos pueden ser enfrentados, soportados y resueltos. San Pablo advertía que Dios mismo, que inició la obra buena, la llevará a buen término. Dispongámonos a trabajar por un mejor país donde reine la verdad, la honestidad, la responsabilidad y la laboriosidad.

Mons. Audilio Aguilar Aguilar
Obispo de Colón - Kuna Yala

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viernes, 19 de junio de 2009

La esperanza de cambio

2009-06-21
A tiro de piedra
La esperanza de cambio

A pocos días de la transmisión de mando gubernamental, el pueblo espera el anhelado cambio que, lustro tras lustro, se le promete y no llega. Yo también espero que las cosas cambien, aunque mi optimismo, en este caso, no es tan grande, por lo que he visto antes y después de las elecciones.

En los años de lucha contra la dictadura, una cosa estuvo clara en cuanto al cambio: recobrar la democracia. Después de la invasión, salvo el compromiso plasmado en la Agenda de Reconstrucción Civilista, el concepto de cambio da tumbos aquí, allá y acullá. Cada candidato tiene su propia concepción del cambio que debe producirse en el país. No hay unidad de criterio en este tema. Pareciera que estamos ante la encrucijada del cambio que quiere el partido que gana, y el cambio que anhela el pueblo.

Tanto en la década pasada como en la que transcurre, los esfuerzos por lograr el consenso por el cambio se han malogrado. Los encuentros de Bambito, Coronado, y la reciente Concertación Nacional, se han disipado como el humo. Del fuego que encendió el entusiasmo por darnos un plan de desarrollo nacional, sólo queda la añoranza.

Si algún cambio se produce dependerá, mas bien, de la iniciativa de algún funcionario o funcionaria, que maneje con seriedad y dedicación aquella parcela política que se le confíe. En las manos de esas personas estará la posibilidad real de cambiar las cosas; pero, como sabemos, no todos los designados son aptos para asumir el reto de gobernar el país.

Otro elemento que me hace dudar de un cambio radical es la población nuestra, que poco se interesa por hacer la diferencia en la vida nacional, porque no se convence que el punto de partida es la propia persona y su entorno cercano. Nos hemos dejado vencer por la mentalidad dependiente, que nos impulsa a esperar el cambio desde afuera de nuestro entorno, o de la mano de la autoridad. Ninguna propuesta al respecto he visto en el discurso de los nuevos gobernantes, y así no vamos a ningún sitio, lo que augura que nos quedaremos como estamos.

Hace poco me preguntaban unos colegas sobre mi expectativa en la gestión del nuevo gobierno. Les respondí que no veía cambio inminente, porque los elegidos poco o nada de diferente demuestran hasta ahora con respecto a los que se van.

¿Quiere usted saber cómo será la gestión de los nuevos funcionarios? Visite sus casas y sus negocios. Así como hacen con su hogar y sus empresas, también harán con el cargo que se les confíe. Si la casa está descuidada y es un desorden, la institución que tenga a su cargo correrá la misma suerte. Y si sus negocios andan manga por hombro, el personal infeliz por el trato que recibe, y la atención al público es pobre y de mala gana, igual sucederá con la parte del gobierno que le toca controlar.

Da pena decirlo, pero eso es lo que veo en el horizonte. La esperanza de cambio está en nosotros, como personas y como sociedad, y no esperemos que un político haga ese cambio por nosotros. Todos a una, si lo queremos lograr, desde la posición que tenemos, porque: los gobiernos pasan, y los pueblos quedan.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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viernes, 6 de febrero de 2009

Jóvenes, testigos de la esperanza

2009-02-08
La Voz del Pastor
Jóvenes, testigos de la esperanza

Bajo el lema: ¡«Jóvenes, testigos de la esperanza», hemos sentido y vivido en Chitré, durante estos cuatro días la presencia del Señor! El Espíritu del Señor, que nos ha congregado en el discipulado, nos envía al testimonio y a la misión.

La “esperanza”, es una palabra clave, una palabra central de la fe bíblica, hasta el punto de que en muchos pasajes las palabras « fe » y « esperanza » parecen intercambiables.

La oración, la reflexión y las motivaciones para iniciar una vida nueva, que han animado nuestro caminar, nos llaman a “salir con valentía, convertidos, al Encuentro del Señor” desde nuestras realidades, aún desde las más difíciles y hasta crueles. Porque: que “mi fuerza es el Señor”. Estamos llamados a ser testigos consecuentes de la fe. En cada etapa y momento de nuestra vida hemos de responder como cristianos.

El Santo Padre Benedicto XVI, nos enseña así “el discipulado de la esperanza”:
“Un lugar primero y esencial de aprendizaje de la esperanza es la oración. Cuando ya nadie me escucha, Dios sí me escucha. Cuando ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie, yo siempre puedo hablar con Dios. Cuando ya no hay nadie que pueda ayudarme –cuando se trata de una necesidad o de una expectativa que supera la capacidad humana de esperar–, Dios sí puede ayudarme. Si me veo relegado, Dios siempre está conmigo. El que reza nunca está solo. Dios está con él” (Spes Salvi 32.)

Una vez más, con devoción y afecto, hago referencia a las palabras que el Santo Padre Juan Pablo II dirigió en el año de 2003 a nuestros jóvenes congregados en Chitré. “La Iglesia les llama a ser sal y a ser luz. Les llama a ser testigos y a transformar el mundo presente. Les alienta a perseverar en el camino emprendido y a ser testigos audaces del Evangelio de Jesús, respondiendo con un "sí" convencido y valiente al llamado que Jesús hace a cada uno a seguirlo como apóstoles entre los demás jóvenes”.

Jóvenes, la Iglesia les envía a ser apóstoles entre los jóvenes de Panamá. La Iglesia les envía a Uds. a “ser testigos de la esperanza”. La Iglesia les envía a ser misioneros de los jóvenes de nuestra Patria. La Iglesia les envía a evangelizar a Panamá que es un País Joven con una población mayoritariamente joven. La Iglesia les anima a comprometerse en la construcción de un mundo fiel a Dios y les anima a comprometerse en la edificación de una sociedad solidaria, justa y fraterna, que sea más digna de] hombre y para el hombre.

Jóvenes, “testigos de la esperanza”, que construyamos el Panamá que todos queremos y que todos merecemos. La Iglesia, espera de Ustedes una generosa respuesta a la invitación de ser amigos de Jesús y amigos entre sí de una forma auténtica, leal y desinteresada, siendo "alegres como deben ser los jóvenes, pero también reflexivos, deseosos de oración, de «sentido» y de amistad verdadera" (Novo millenio ineunte”)

María, estrella de la esperanza
“Tu, María, estuviste en la comunidad de los creyentes que en los días después de la Ascensión oraban unánimes en espera del don del Espíritu Santo (cf. Hch 1,14), que recibieron el día de Pentecostés. Santa María, Madre de Dios, Madre nuestra, enséñanos a creer, esperar y amar contigo. Indícanos el camino hacia su reino. Estrella del mar, brilla sobre nosotros y guíanos en nuestro camino”. (Spes Salvi 50.)

Queridos jóvenes, gracias por su presencia. Anuncien el Mensaje del Señor con valentía en sus parroquias y en sus comunidades. Como “testigos de la esperanza”, vayan y anuncien la “Buena Nueva” en el nombre del Señor.

Mons. Fernando Torres Durán
Obispo de Chitré

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viernes, 6 de junio de 2008

Dejemos a los niños un futuro de esperanza

2008-06-08
La Voz del Pastor
Dejemos a los niños un futuro de esperanza

"El trabajo es un derecho fundamental y un bien para el hombre" enseña el catecismo de la Iglesia Católica. Y añade el papa León XIII: Un bien útil, porque es idóneo para expresar y acrecentar la dignidad humana.

El trabajo es necesario para formar y mantener una familia, adquirir el derecho a la propiedad y contribuir al bien común de la familia humana. La consideración de las implicaciones morales que la cuestión del trabajo comporta en la vida social, lleva a la Iglesia a indicar la desocupación como una verdadera calamidad social.

El trabajo es un bien que debe estar disponible para todos aquellos capaces de él. La "plena ocupación" es, por lo tanto, un objetivo obligado para todo ordenamiento económico orientado a la justicia y al bien común.

El genio femenino es necesario en todas las expresiones de la vida social, por ello se ha de garantizar la presencia de las mujeres también en el ámbito laboral. El reconocimiento y la tutela de los derechos de las mujeres dependen de la organización del trabajo que debe tener en cuenta la dignidad y la vocación de la mujer "Cuya promoción, enseña León XIII, exige que el trabajo se estructure de manera que no debe pagar su promoción con el abandono y perjuicio de la familia, en la que como madre tiene un papel insustituible".

Y también los niños deben tener su trabajo específico como todo ser humano; pero con todos los acondicionamientos que exige su tierna edad. Así por ejemplo, los mandatos de los papás, los recados de las personas mayores, las pequeñas faenas de la casa como el cuidado del jardín, la limpieza de algunas áreas domésticas, el cuidado de los animalitos domésticos, etc. Pero el trabajo específico de los niños está primordialmente en la escuela: desde los primeros escarceos en el kinder, pasando por la primaria, hasta las últimas facetas de la secundaria. Así, mientras el papá y la mamá se afanan en el trabajo, o tal vez en el trajín del hogar, los niños desarrollan sus deberes, su trabajo, en la escuela. Es necesario que todo ser humano, desde su más tierna edad, vaya tomando conciencia de su deber fundamental: "trabajarás la tierra con el sudor de tu frente". Y desde la más tierna edad hay que sensibilizar, en el corazón de los niños, sus deberes y sus derechos.

Desafortunadamente, el trabajo infantil y de menores en sus formas intolerables, constituye un tipo de violencia menos visible, pero no por ello menos intolerable. Una violencia que, más allá de todas las implicaciones políticas, económicas y jurídicas, sigue siendo esencialmente un problema moral. Ya el Papa León XIII advertía en famosa encíclica Rerum Novarum: "En cuanto a los niños se ha de evitar cuidadosamente y sobre todo, que entren en talleres antes de que la edad haya dado el suficiente desarrollo a su cuerpo a su inteligencia y a su alma. Puesto que la actividad precoz agota, como a las hierbas tiernas, las fuerzas que brotan de la infancia, con lo que la constitución de la niñez vendría a destruirse por completo".

La plaga del trabajo infantil, a más de cien años de distancia, todavía no ha sido eliminada.

Su Santidad Juan Pablo II, de feliz memoria, en su mensaje de paz del primero de enero de 1996, refiriéndose a los niños, decía: "he querido poner claramente de relieve las condiciones con frecuencia dramáticas en que viven muchos niños de hoy. Lo considero un deber: ellos serán los adultos del Tercer Milenio. Sin embargo no pretendo ceder al pesimismo, ni ignorar los elementos que invitan a la esperanza. Es sobre todo en casa donde, antes incluso de cualquier palabra, los pequeños deben experimentar, en el amor que los rodea, el amor de Dios por ellos, y aprender que El quiere paz y comprensión recíproca entre todos los seres humanos llamados a formar una única y gran familia".

Y concluía el Papa: ¡Unámonos todos para acabar con cualquier forma de violencia! ¡Creemos las condiciones para que los pequeños puedan recibir como herencia de nuestra generación un mundo más unido y solidario!

Mons. Carlos María Ariz, cmf.
Obispo Emérito de la Diócesis de Colón - Kuna Yala

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martes, 27 de mayo de 2008

La Eucaristía Presencia Real - Sacramento de la Esperanza

2008-05-25
La Voz del Pastor
La Eucaristía Presencia Real - Sacramento de la Esperanza

La Iglesia nos convoca de nuevo para celebrar el CUERPO Y SANGRE DE CRISTO.. Una fiesta hermosa, tradicional, cargada de hondo significado. Aunque la vida moderna le ha hecho perder un poco el esplendor que tenía. Me parece bueno, sin embargo, descubrir siempre mejor su sentido y la oportunidad que ofrece. ¿Cómo vivirla hoy?

El jueves (o domingo) siguiente al domingo de la Santísima Trinidad, la Iglesia celebra la solemnidad del santísimo cuerpo y sangre de Cristo. Ese es su título completo, aunque solemos referirnos a ella utilizando su anterior nombre latino, "Corpus Christi". Es interesante saber que su título más antiguo fue Festum Eucharistiae.

Por eso tanto la preparación de la fiesta del Corpus como su celebración son una ocasión propicia para realizar una acción catequística que ponga de relieve la importancia de la Eucaristía en nuestra vida.

La festividad del Corpus Christi nos invita a entrar en el corazón del misterio de la Eucaristía, que se ha de creer, celebrar y vivir. "Sacramento de la caridad, la Santísima Eucaristía es el don que Jesús hace de sí mismo, revelándonos el amor infinito para cada hombre"[ Benedicto XVI, Exhortación Apostólica Sacramentum caritatis, 1 ].

Este año, a la luz de la última encíclica de Benedicto XVI –"Spe salvi; Salvados en la esperanza"-, contemplemos la Eucaristía descubriendo en ella un verdadero sacramento de esperanza para toda la humanidad y, de manera muy especial, para los más pobres y excluidos de los bienes necesarios.

La Eucaristía, sacramento del amor, aviva en nosotros la conciencia de que donde hay amor brilla, también, la esperanza, de que donde el ser humano experimenta el amor se abren para él puertas y caminos de esperanza.

Así nos lo ha recordado Benedicto XVI cuando dice: « No es la ciencia la que redime al hombre. El hombre es redimido por el amor. Eso es válido incluso en el ámbito intramundano. Cuando uno experimenta un gran amor en su vida, se trata de un momento de "redención" que da un nuevo sentido a su existencia» [Benedicto XVI, Spe salvi, n. 26]. Y porque el amor es lo que salva, salva tanto más cuanto más grande y fuerte es. Por eso, no basta el amor frágil que nosotros podemos ofrecer. El hombre, todo hombre, también el pobre, en palabras del Papa, «necesita un amor incondicionado». Ese es el amor absoluto que Dios nos ha manifestado en Jesús: «Por medio de Él estamos seguros de Dios, de un Dios que no es una lejana "causa primera" del mundo, porque su Hijo unigénito se ha hecho hombre y cada uno puede decir de Él: "vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí" (Gal 2,20)»[4].

Este amor absoluto e incondicionado de Dios que el hombre necesita para encontrar sentido a la vida y vivirla con esperanza, se ha manifestado en Cristo y tiene su máxima expresión sacramental en el misterio de la Eucaristía.

Cuando se descubre y vive la Eucaristía, como misterio de presencia de Cristo acompañando al hombre en el camino de la vida, como misterio de vida entregada por el "Otro" y como servicio humilde y generoso al hermano necesitado, como misterio de comunión que nos hace sentar en la misma mesa superando toda diferencia, resulta fácil descubrir que la Eucaristía es el gran sacramento de la esperanza, anticipo de los bienes definitivos a los que todos aspiramos en lo hondo de nuestro corazón y que esperamos alentados por la fe [ Cfr. Mt 26, 26-28; Jn 15,3; 1Cor 10,17; 11, 17-34; Cfr. Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, n. 59 ].

Por eso celebremos la Eucaristía ofreciendo a los pobres signos de esperanza. Vivida y celebrada la Eucaristía como el gran sacramento del amor, la fe en ella se traduce inevitablemente en gestos y signos de esperanza. Lo dice el Papa con otras palabras: «Toda actuación seria y recta es esperanza en acto. Lo es ante todo en el sentido de que así tratamos de llevar adelante nuestras esperanzas más grandes o pequeñas; solucionar éste o aquel otro cometido importante para el porvenir de nuestra vida: colaborar con nuestro esfuerzo para que el mundo llegue a ser un poco más luminoso y humano, y se abran así también las puertas hacia el futuro» [ Spe salvi, n. 35 ].

"Cantemos al amor de los amores, cantemos al Señor, Dios está aquí …Gloria a Cristo Jesús..." La Madre Teresa de Calcuta decía a sus religiosas que deben tratar a los enfermos como el sacerdote trata a la hostia consagrada. Cuando adoro a Jesús en la Eucaristía veo a los pobres y cuando veo a los pobres veo a Jesús". No hace falta amar a las personas por Cristo, sino que basta amar a Cristo en las personas.

Por eso, si quisiéramos en verdad amar a los pobres, entonces, acerquémonos a Jesús Eucaristía, donde bebemos el amor en su fuente, hasta convertirnos en fuente de amor, que no se agota. De tal manera nuestra participación en la Eucaristía ha de impulsarnos irremisiblemente a servir a los pobres, como Jesús, quien une la institución de la Eucaristía con el lavatorio de los pies.

Por eso desconfiemos de una Eucaristía sin amor a los pobres; pero no empobrezcamos más a los pobres privándoles del banquete de vida eterna, que es Jesús en la Eucaristía. Ambos amores son uno mismo, como dice el Papa: Hay una "inseparable relación entre amor a Dios y amor al prójimo. Ambos están tan estrechamente entrelazados, que la afirmación de amar a Dios es en realidad una mentira si el hombre se cierra al prójimo o incluso lo odia... El amor del prójimo es un camino para encontrar también a Dios, y cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios" (Deus caritas est, 16).

Mons. José Domingo Ulloa M.
Obispo Auxiliar

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viernes, 25 de enero de 2008

Mensaje urbi et orbi

2008-01-06
La Voz del Pastor
Mensaje urbi et orbi
(Misa del día de Navidad, Aclamación al Evangelio).

«Nos ha amanecido un día sagrado: venid, naciones, adorad al Señor, porque hoy una gran luz ha bajado a la tierra»

Queridos hermanos y hermanas:

«Nos ha amanecido un día sagrado». Un día de gran esperanza: hoy el Salvador de la humanidad ha nacido. El nacimiento de un niño trae normalmente una luz de esperanza a quienes lo aguardan ansiosos. Cuando Jesús nació en la gruta de Belén, una «gran luz» apareció sobre la tierra; una gran esperanza entró en el corazón de cuantos lo esperaban: «lux magna», canta la liturgia de este día de Navidad. Ciertamente no fue «grande» según el mundo, porque, en un primer momento, sólo la vieron María, José y algunos pastores, luego los Magos, el anciano Simeón, la profetisa Ana: aquellos que Dios había escogido. Sin embargo, en lo recóndito y en el silencio de aquella noche santa se encendió para cada hombre una luz espléndida e imperecedera; ha venido al mundo la gran esperanza portadora de felicidad: «el Verbo se hizo carne y nosotros hemos visto su gloria» (Jn 1,14).

«Dios es luz –afirma san Juan– y en él no hay tinieblas» (1 Jn 1,5). En el Libro del Génesis leemos que cuando tuvo origen el universo, «la tierra era un caos informe; sobre la faz del Abismo, la tiniebla». «Y dijo Dios: "que exista la luz". Y la luz existió» (Gn 1,2-3). La Palabra creadora de Dios es Luz, fuente de la vida. Por medio del Logos se hizo todo y sin Él no se hizo nada de lo que se ha hecho (cf. Jn 1,3). Por eso todas las criaturas son fundamentalmente buenas y llevan en sí la huella de Dios, una chispa de su luz. Sin embargo, cuando Jesús nació de la Virgen María, la Luz misma vino al mundo: «Dios de Dios, Luz de Luz», profesamos en el Credo. En Jesús, Dios asumió lo que no era, permaneciendo en lo que era: «la omnipotencia entró en un cuerpo infantil y no se sustrajo al gobierno del universo» (cf. S. Agustín, Serm 184, 1 sobre la Navidad). Aquel que es el creador del hombre se hizo hombre para traer al mundo la paz. Por eso, en la noche de Navidad, el coro de los Ángeles canta: «Gloria a Dios en el cielo / y en la tierra paz a los hombres que Dios ama» (Lc 2,14).

«Hoy una gran luz ha bajado a la tierra». La Luz de Cristo es portadora de paz. En la Misa de la noche, la liturgia eucarística comenzó justamente con este canto: «Hoy, desde el cielo, ha descendido la paz sobre nosotros» (Antífona de entrada). Más aún, sólo la «gran» luz que aparece en Cristo puede dar a los hombres la «verdadera» paz. He aquí por qué cada generación está llamada a acogerla, a acoger al Dios que en Belén se ha hecho uno de nosotros.

La Navidad es esto: acontecimiento histórico y misterio de amor, que desde hace más de dos mil años interpela a los hombres y mujeres de todo tiempo y lugar. Es el día santo en el que brilla la «gran luz» de Cristo portadora de paz. Ciertamente, para reconocerla, para acogerla, se necesita fe, se necesita humildad. La humildad de María, que ha creído en la palabra del Señor, y que fue la primera que, inclinada ante el pesebre, adoró el Fruto de su vientre; la humildad de José, hombre justo, que tuvo la valentía de la fe y prefirió obedecer a Dios antes que proteger su propia reputación; la humildad de los pastores, de los pobres y anónimos pastores, que acogieron el anuncio del mensajero celestial y se apresuraron a ir a la gruta, donde encontraron al niño recién nacido y, llenos de asombro, lo adoraron alabando a Dios (cf. Lc 2,15-20). Los pequeños, los pobres en espíritu: éstos son los protagonistas de la Navidad, tanto ayer como hoy; los protagonistas de siempre de la historia de Dios, los constructores incansables de su Reino de justicia, de amor y de paz.

En el silencio de la noche de Belén Jesús nació y fue acogido por manos solícitas. Y ahora, en esta nuestra Navidad en la que sigue resonando el alegre anuncio de su nacimiento redentor, ¿quién está listo para abrirle las puertas del corazón? Hombres y mujeres de hoy, Cristo viene a traernos la luz también a nosotros, también a nosotros viene a darnos la paz. Pero ¿quién vela en la noche de la duda y la incertidumbre con el corazón despierto y orante? ¿Quién espera la aurora del nuevo día teniendo encendida la llama de la fe? ¿Quién tiene tiempo para escuchar su palabra y dejarse envolver por su amor fascinante? Sí, su mensaje de paz es para todos; viene para ofrecerse a sí mismo a todos como esperanza segura de salvación.

Que la luz de Cristo, que viene a iluminar a todo ser humano, brille por fin y sea consuelo para cuantos viven en las tinieblas de la miseria, de la injusticia, de la guerra; para aquellos que ven negadas aún sus legítimas aspiraciones a una subsistencia más segura, a la salud, a la educación, a un trabajo estable, a una participación más plena en las responsabilidades civiles y políticas, libres de toda opresión y al resguardo de situaciones que ofenden la dignidad humana. Las víctimas de sangrientos conflictos armados, del terrorismo y de todo tipo de violencia, que causan sufrimientos inauditos a poblaciones enteras, son especialmente las categorías más vulnerables, los niños, las mujeres y los ancianos. A su vez, las tensiones étnicas, religiosas y políticas, la inestabilidad, la rivalidad, las contraposiciones, las injusticias y las discriminaciones que laceran el tejido interno de muchos países, exasperan las relaciones internacionales. Y en el mundo crece cada vez más el número de emigrantes, refugiados y deportados, también por causa de frecuentes calamidades naturales, como consecuencia a veces de preocupantes desequilibrios ambientales.

En este día de paz, pensemos sobre todo en donde resuena el fragor de las armas: en las martirizadas tierras del Dafur, de Somalia y del norte de la República Democrática del Congo, en las fronteras de Eritrea y Etiopía, en todo el Medio Oriente, en particular en Irak, Líbano y Tierra Santa, en Afganistán, en Pakistán y en Sri Lanka, en las regiones de los Balcanes, y en tantas otras situaciones de crisis, desgraciadamente olvidadas con frecuencia. Que el Niño Jesús traiga consuelo a quien vive en la prueba e infunda a los responsables de los gobiernos sabiduría y fuerza para buscar y encontrar soluciones humanas, justas y estables. A la sed de sentido y de valores que hoy se percibe en el mundo; a la búsqueda de bienestar y paz que marca la vida de toda la humanidad; a las expectativas de los pobres, responde Cristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, con su Natividad. Que las personas y las naciones no teman reconocerlo y acogerlo: con Él, «una espléndida luz» alumbra el horizonte de la humanidad; con Él comienza «un día sagrado» que no conoce ocaso. Que esta Navidad sea realmente para todos un día de alegría, de esperanza y de paz.

«Venid, naciones, adorad al Señor». Con María, José y los pastores, con los Magos y la muchedumbre innumerable de humildes adoradores del Niño recién nacido, que han acogido el misterio de la Navidad a lo largo de los siglos, dejemos también nosotros, hermanos y hermanas de todos los continentes, que la luz de este día se difunda por todas partes, que entre en nuestros corazones, alumbre y dé calor a nuestros hogares, lleve serenidad y esperanza a nuestras ciudades, y conceda al mundo la paz. Éste es mi deseo para quienes me escucháis. Un deseo que se hace oración humilde y confiada al Niño Jesús, para que su luz disipe las tinieblas de vuestra vida y os llene del amor y de la paz. El Señor, que ha hecho resplandecer en Cristo su rostro de misericordia, os colme con su felicidad y os haga mensajeros de su bondad. ¡Feliz Navidad!

Navidad, martes 25 de diciembre de 2007

S.S. Benedicto XVI
Obispo de Roma

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Año Nuevo 2008

2007-12-30
Editorial
Año Nuevo 2008

Nos abocamos a emprender el camino en otro nuevo año, con la esperanza de hacernos mejores y construir sobre lo baldío o sobre lo demolido. No son pocos los que piensan un futuro esperanzador para sí y los demás, en un ambiente de paz y dicha sin par.

Los cristianos no somos ajenos a esos sentimientos, aunque nuestra esperanza está cifrada en Aquel que todo lo puede y todo lo da, por amor de sus hijos y de su pueblo. Nuestra esperanza nace, pues, del amor a Dios y al prójimo, sin medida ni condición, aunque resulte difícil hacerla realidad en muchos casos.

El año nuevo 2008 puede ser un calendario gozoso, si cada día de sus semanas y meses nos preparamos espiritualmente para vivirlo. Cada día del año nos levantaremos con la esperanza puesta en el Señor, aceptando las alegrías y las tristezas de la jornada, y dando gracias a Dios por darnos la vida al salir y al ponerse el sol; por el pan de cada día; por las cruces que nos ha ayudado a cargar; y por todo lo bueno que hemos recibido en su gratuidad.

Que Dios Padre, en los brazos abiertos del Hijo, nos acoja, proteja y consuele en cada hora y cada prueba. Que nos ayude a crecer en espíritu y sabiduría. Que nos ayude a entender su voluntad en la historia que nos construye día a día, transformándonos en la imagen de su Hijo. ¡Muchas bendiciones en el Año Nuevo 2008!

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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La Navidad en Panamá

2007-12-23
La Voz del Pastor
La Navidad en Panamá

Estamos iniciando un nuevo año litúrgico con la celebración del Adviento, en su etapa final y el tiempo de Navidad, un momento especial para encontrarse en familia y superar todos aquellos momentos de amargura, resentimientos, odios, rencores y cuantos aspectos negativos nos han tenido atados a situaciones superables en nuestra existencia.

Sabemos y conocemos que este año 2007 ha pasado para muchos sin pena ni gloria; los momentos se nos han ido y la vida continúa sin dejar huellas maravillosas de amor y esperanza. Eso no tiene que condicionarnos para pensar que la vida seguirá igual; debemos asumir un nuevo compromiso cristiano, sabiendo que el Dios de la Vida, que viene a salvarnos hoy desea nacer en nuestros corazones y espera de nosotros una puerta abierta para quedarse y construir en nuestra existencia una nueva realidad, donde impere el amor, la justicia, la paz y la libertad entre nosotros. Pero para poder quedarse pide de nuestra parte un deseo ardiente de cambio, donde no existan las excusas, ni aquello que pueda oscurecer nuestro vivir y actuar.

Cada persona humana, desde su realidad cultural y entorno social debe ubicarse con una actitud positiva, confirmando la razón de la llegada del Mesías a nuestra tierra. El sigue llegando a nosotros y desea quedarse en medio de nuestros pueblos; pero es necesario que nos encuentre en actitud de espera, siendo sencillos, generosos y con un espíritu acogedor en estos tiempos, donde la realidad nos interpela con el paso de tantos migrantes y refugiados que tocan nuestras puertas del amor y la amistad. También es bueno tener presente la realidad de pobreza e inestabilidad en muchos aspectos de la vida; a todo esto el Dios con nosotros quiere sentirse acogido, amado y servido por cada uno de nosotros; pero que lo hagamos sin servilismos ni expresiones que lleven a querer hacernos ver y sentir por los demás; sino con expresiones simples, pero profundas que lleguen al corazón de las personas más necesitadas, donde no surjan quejas por las atenciones dadas, sino más bien, manifestaciones que hagan vivir el valor de la fraternidad, la comprensión y la ternura de un Dios amor, que siempre se preocupa de nosotros.

Vivir la Navidad y recordar que somos miembros de la gran familia de Dios, donde podemos y debemos superar los rencores y resentimientos que apagan esas bellas luces de bondad y amor que pueden surgir de nuestros corazones.

Navidad es vivir el valor del encuentro con nuestro Padre Dios que nos ha amado desde siempre y ha tenido la gran preocupación de buscar nuestra salvación integral; no queramos aplacar nuestras conciencias con pequeñas expresiones que no cambian el mundo; luchemos por cambiar nosotros y hagamos que el Jesús niño se posesione de nuestra existencia y nos haga personas nuevas; recordemos que la luz que manifestemos a los demás servirá para iniciar un nuevo año lleno de fe y esperanza.

Este tiempo es un momento de encuentro con la persona de María y toda la familia de Nazareth. Sería bueno recordar que María como madre supo vivir esos momentos de encuentro con Jesús y salió adelante en sus momentos más contemplativos para leer los signos que aquel Hijo amado le manifestaba a cada momento. Para nosotros, en estos momentos, donde el valor de la observación se ha perdido mucho, solamente existe cuando nos mueve un interés utilitarista, sería bueno que pongamos nuestros sentidos a vivir el valor de la contemplación y descubramos en las pequeñeces de cada día, cómo el Señor se hace realidad y nos invita a la alegría para llenar el mundo de una nueva expresión de bondad y caridad.

Trabajemos para crear una nueva atmósfera en nuestros ambientes cercanos y lejanos, donde los demás descubran que somos mensajeros de paz, felicidad y amor. Que cada persona que venga a nuestro encuentro descubra que de verdad vivimos la realidad de la Navidad, siempre alegres y con deseos de cambiar nuestro existir, para que los demás crean que Jesús vive entre nosotros y quiere quedarse en cada corazón disponible y abierto.

Que el Dios de la Vida bendiga nuestro caminar y nos ayude a iniciar un año nuevo lleno de esperanza y con firme propósito de cambiar para bien en toda la realidad nacional.

Mons. Pedro Hernández Cantarero
Obispo Vicariato de Darién

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lunes, 10 de diciembre de 2007

Adviento, tiempo para redescubrir la esperanza

2007-12-09
La Voz del Pastor
Adviento, tiempo para redescubrir la esperanza

Publicamos las palabras que pronunció Benedicto XVI el domingo 2 de diciembre antes y después de rezar la oración mariana del «Ángelus».

Queridos hermanos y hermanas:

Con este primer domingo de Adviento comienza un nuevo año litúrgico: el Pueblo de Dios se vuelve a poner en camino para vivir el misterio de Cristo en la historia. Cristo es el mismo de ayer, de hoy de siempre (Cf. Hebreos 13, 8); la historia sin embargo cambia y necesita ser constantemente evangelizada; necesita ser renovada en su interior y la única verdadera novedad es Cristo: Él es su pleno cumplimiento, el futuro luminoso del hombre y del mundo. Resucitado de entre los muertos, Jesús es el Señor a quien Dios someterá todos los enemigos, incluida la misma muerte (Cf. 1 Corintios 15, 25-28). El Adviento es, por tanto, el tiempo propicio para despertar en nuestros corazones la espera de «Aquel que es, que era y que va a venir» (Apocalipsis 1, 8). El Hijo de Dios ya vino a Belén hace veinte siglos, viene en cada momento al alma y a la comunidad que están dispuestos a recibirlo, vendrá de nuevo al final de los tiempos para «juzgar a vivos y muertos». Por este motivo, el creyente siempre está vigilando, animado por la íntima esperanza de encontrar al Señor, como dice el Salmo: «Espero en el Señor, mi alma espera en su palabra; mi alma aguarda al Señor más que los centinelas la aurora» (Salmo 129 [130], 5-6).

Este domingo es, por tanto, un día sumamente indicado para ofrecer a toda la Iglesia y a todos los hombres de buena voluntad mi segunda encíclica, que he querido dedicar precisamente al tema de la esperanza cristiana. Se titula «Spe salvi», pues comienza con la expresión de san Pablo: «Spe salvi facti sumus - en esperanza fuimos salvados» (Romanos 8,24). En éste, al igual que en otros pasajes del Nuevo Testamento, la palabra «esperanza» está íntimamente unida a la palabra «fe». Es un don que cambia la vida de quien lo recibe, como demuestra la experiencia de muchos santos y santas. ¿En qué consiste esta esperanza tan grande y tan «confiable» que nos permite decir que en ella está nuestra «salvación»? En definitiva, consiste en el conocimiento de Dios, en el descubrimiento de su corazón de Padre bueno y misericordioso. Jesús, con su muerte en la cruz y con su resurrección, nos ha revelado su rostro, el rostro de un Dios tan grande en el amor que nos ha dado una esperanza inquebrantable, que ni siquiera la muerte puede resquebrajar, pues la vida de quien confía en este Padre se abre a la perspectiva de la felicidad eterna.

El desarrollo de la ciencia moderna ha confinado cada vez más la fe y la esperanza a la esfera privada e individual de manera que aparece de forma evidente y en ocasiones dramática, que el hombre y el mundo tienen necesidad de Dios --¡del verdadero Dios!--, pues de lo contrario quedarían privados de esperanza. La ciencia sin duda contribuye al bien de la humanidad, pero no es capaz de redimirla. El hombre es redimido por el amor, que hace que la vida personal y social se convierta en buena y hermosa. Por este motivo la gran esperanza, la que es plena y definitiva, está garantizada por Dios, que en Jesús nos ha visitado y nos ha donado la vida, y en Él volverá al final de los tiempos. Es en Cristo que esperamos, ¡es Él a quien esperamos!

Con María, su Madre, la Iglesia sale al encuentro del Esposo: lo hace con las obras de caridad, pues la esperanza, como la fe, se demuestra con el amor.

Buen Adviento a todos.

S. S. Benedicto XVI
Obispo de Roma

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viernes, 23 de noviembre de 2007

Día Mundial del VIH/SIDA

2007-11-25
La Voz del Pastor
Día Mundial del VIH/SIDA

Cercano ya el tiempo de Adviento, iniciamos nuestro tiempo de espera. Por eso al conmemorar el Día Mundial del SIDA (1ro de diciembre), - elegido éste en que fue diagnosticado el primer caso de SIDA en 1981. - hemos de sentirnos unidos a todas las personas del mundo que están en espera de una vacuna, una cura, una palabra de ánimo y una distribución juiciosa de medicina y del cuidado de la salud.

Desde que se dio el primer caso, el SIDA ha matado más de 25 millones de personas en todo el mundo, haciéndola una de las epidemias más destructivas de la historia. A pesar de que existe un mayor acceso y se ha mejorado el tratamiento antiretroviral y el cuidado en muchas regiones del mundo, la epidemia costó aproximadamente 3,1 millones (entre 2,8 y 3,6 millones) de vidas en el 2005, de las cuales, más de medio millón (570.000) eran niños.

En los rostros de las personas con VIH y SIDA, hemos de ver el rostro de Cristo, pues el dolor, las ansiedades y el sufrimiento de las personas que viven con VIH/SIDA, las preocupaciones y las inquietudes de sus familias y amistades: estas incertidumbres y temores pertenecen también al Cuerpo de Cristo.

Esta celebración nos da la oportunidad en primer lugar el que reconozcamos nuestras limitaciones para asumirla; sin embargo, no podemos dejar de sentirnos fuertemente interpelados frente a este gran desafío pastoral que nos urge a hacer uso de la “fantasía de la caridad” para evitar que el SIDA siga cobrando mayor número de víctimas.

La Iglesia, continuadora de esta misión de amor, hace llegar su solidaridad y acompañamiento a todos nuestros hermanos que sufren esta enfermedad y a sus familiares. Pero también, es nuestro deseo invitar a toda la sociedad a reflexionar dónde se encuentra la raíz de todo el problema.

El SIDA es un problema social puesto que aflige a los jóvenes, especialmente a los de edad comprendida entre los 20 y 40 años, hombres y mujeres.

El SIDA es un problema económico porque los más afectados componen la población económicamente activa, que son obligados a ausentarse del trabajo por la enfermedad, generando en el núcleo familiar una situación económica muy precaria.

El SIDA es un problema pastoral, ético y moral, por lo que implica fuertemente a la Iglesia, a los Pastores, a los religiosos, religiosas y a todos los cristianos en general. Por lo tanto, nos encontramos frente a:

Un cambio radical en la estructura familiar por el creciente número de “dependientes” padre y/o madre, quienes deberían proveer las necesidades de sus hijos, porque pierden sus trabajos.

Un creciente número de huérfanos y de niños infectados.

Un creciente número de inhábiles o personas con capacidades productivas limitadas.

Una creciente demanda sanitaria para el diagnóstico, tratamiento y cura de los enfermos de SIDA.

Por eso la solidaridad ha de ser la verdadera arma de prevención. Solidaridad, que no es sólo un profundo deber moral, sino también una objetiva necesidad para contrarrestar la difusión del SIDA tanto con el enfermo como con la familia. Esto nos ha de llevar a la vivencia de una sexualidad responsable.

La familia contribuye, junto con otros factores, a hacer que los jóvenes desarrollen su responsabilidad, a fin de hacerse miembros creadores, productivos y responsables de la sociedad. Una familia cristiana produce personas con temor de Dios y fieles miembros de la Iglesia.

La Pastoral de VIH/SIDA es una Pastoral de la Esperanza que no consiste en hacer creer al enfermo que, a pesar de todo, es posible una curación; o en decirle que este servicio pastoral es un gran “remedio prodigioso”; ni minimizar su situación actual ni prometerle sólo la salvación fuera de la muerte. Los enfermos de SIDA, tienen una necesidad imprescindible de verdad y claridad. Por eso han de encontrar en nosotros a personas sinceras y honestas con quien hablar de la realidad que tanto los humilla y que no nos limitemos a una simple consolación de poco valor. Necesitan conocer al Jesús misericordioso que los ama y acompaña con su gracia y su fuerza, por medio de su palabra y de los sacramentos.

El acompañar no es tarea fácil. La persona con VIH/SIDA necesita un fiel acompañante ante la resignación, la angustia, la depresión y el miedo a la muerte. Reconocemos la complejidad de este trabajo pastoral y de las múltiples dificultades que encontraremos en relación a la Pastoral de SIDA.

Animamos a los agentes pastorales que vienen trabajando a favor de los enfermos del VIH/SIDA y a las Organizaciones de la Sociedad Civil que desarrollan sus actividades a favor de la prevención y sensibilización de esta problemática, desde la perspectiva cristiana de respeto a la dignidad de la persona humana, para que sigan siendo los 'buenos samaritanos' y los 'apóstoles de la misericordia'.

Mons José Domingo Ulloa, o.s.a.
Obispo Auxiliar

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viernes, 24 de agosto de 2007

Optemos por la esperanza

2007-08-26
Editorial
Optemos por la esperanza

La vida en una nación está conformada por las aspiraciones comunes, la fe, el trabajo, y la lucha diaria de cada uno de sus habitantes, que, en su conjunto, dan sentido a la sociedad y la conducen hacia metas de progreso y realización de los ideales que hacen la patria a cada instante.

Somos un pueblo de esperanza, tanto en lo individual como en lo colectivo, que aspira a ser y vivir mejor. Esta esperanza la vemos en el hombre y la mujer que trabajan de sol a sol, el estudiante que se esfuerza por aprender y avanzar en la vida, en el funcionario que realiza su labor con firme sentido de servicio y responsabilidad, y en todo panameño y panameña que de manera honesta y con firme convicción asume su deber cívico y moral fudamentados en los principios y valores que compartimos como pueblo y nación.

Vivimos un momento de malestar social de un lado, y de un fuerte deseo por construir, del otro. Nuestra opción, en esta hora, debe ser la esperanza. La esperanza de resolver nuestros problemas en el diálogo fraternal, en la confianza de la ley y la justicia, pero, sobre todo, en la fe en Dios y el amor a la Patria.

Es con fe, coraje e ideas sanas que podemos construir el país de trabajo, pan y progreso que deseamos. Rompamos las cadenas de la violencia, el sectarismo, y la inútil lucha ideológica que divide y fomenta odios y rencores. Panamá se merece mejores días y mejores hijos e hijas; esa es nuestra esperanza, y esa nuestra meta. ¡Adelante!

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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lunes, 16 de julio de 2007

La niñez, esperanza del país

2007-07-15
El Ojo del Profeta
La niñez, esperanza del país

Nos dice el Evangelio que para entrar en el Reino de los Cielos tenemos que hacernos como niños, imitando su humildad, su capacidad de amar, de confiar, de olvidar la ofensa y el daño, y de agacharse para entrar por la puerta estrecha.

La niñez del país sufre la falta de amor, de realización dentro de un hogar completo, de estímulo para asumir los valores y principios morales, éticos y cívicos que le permita alcanzar la meta espiritual y ciudadana en concordancia con la fe y la razón, además del conocimiento de Dios y de la ciencia y la tecnología que le ayuden a edificar la sociedad y transformar el mundo.

En términos de consecuencias, es carencia individual y colectiva, se traduce en pobreza, desnutrición, hogar disfuncional, ambiente de vivienda insano, pobre educación, y empleo malamente remunerado o inalcanzable.

Si queremos que la niñez realmente sea nuestra esperanza como país, aboquémonos a darle lo que necesita para su realización integral como persona humana, libre de las mezquindades ideológicas y sectarias que afloran en algunos sectores que intentan arrogarse el derecho de imponer lo suyo sobre el resto de sus compatriotas.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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