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lunes, 16 de marzo de 2009

El día del niño por nacer

2009-03-15
La Voz del Pastor
El día del niño por nacer
25 de Marzo

En nuestra sociedad moderna y consumista aparecen con mayor frecuencia los días de alguien o de algo y casi siempre estas fechas tienen un objetivo comercial y lucrativo y pocas veces se intenta resaltar el valor intrínseco de las personas y las cosas que se celebran.

En algunos países de fuerte tradición católica se ha establecido por ley el día del “niño por nacer” en la fecha en que la Iglesia celebra la fiesta litúrgica de la Encarnación del Hijo de Dios en las purísimas entrañas de la Virgen María, es decir el 25 de marzo, nueve meses antes de la Navidad. Para un cristiano existen motivos más que suficientes para hacer de esta celebración litúrgica una ocasión privilegiada para celebrar la vida. La obra de la Redención fue preparada durante muchos siglos por la sabiduría divina y de manera muy concreta a través de la vida y la historia del antiguo pueblo de Israel.

Cuántas veces leemos en los escritos proféticos la frase: “en aquellos días”… la cual hace alusión a los tiempos mesiánicos, tan esperados no solamente por el pueblo de Dios sino también por todo el género humano.

El momento culminante de la historia de nuestra salvación tuvo lugar cuando finalmente Dios envió a su Hijo al mundo el cual asumió nuestra naturaleza humana y no sólo le elevó su dignidad sino también a través de ella pudo ofrecerse voluntariamente como víctima de propiciación por nosotros en el ara de la cruz y con su gloriosa resurrección nos hizo partícipes de su vida inmortal. La victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte es también nuestra victoria y la garantía de nuestra vida eterna.

La encarnación del Verbo divino, su muerte y resurrección constituyen la mayor prueba del amor de Dios para con nosotros y de que él es el Dios de la vida. “Vine al mundo para que todos tengan vida y vida abundante” (Juan 10, 10). El misterio de la Encarnación hace referencia necesaria a la vida y esta fiesta nos permite reafirmar nuestra fe en el Dios de la vida el cual al asumir la nuestra nos hace partícipe de la suya. Es por tanto una ocasión privilegiada para reconocer el don de nuestra vida la cual empezó en el momento de la concepción.

No podemos dejarnos influenciar por las teorías de pseudocientíficos materialistas que afirman alegremente que la vida humana empieza a existir semanas o meses después de la concepción. La verdadera ciencia y la razón reconocen que el ser humano empieza a existir en el momento en que se unen en el útero materno los elementos necesarios que producen la concepción. Es por ello que la Iglesia celebra el día de la Encarnación, porque ese día entró Cristo en el mundo y empezó nuestra liberación. La vida humana es don exclusivo de Dios, don divino y por eso la vida es sagrada desde su concepción hasta su desenlace por la muerte natural. Con el fin de valorar y proteger este gran don el Señor nos prescribió el quinto manda-miento “No matarás” (Ex 20, 13).

Atentar contra la vida humana será siempre un rechazo de Dios y un crimen que clama al cielo sobre todo cuando se trata de la vida humana que viene en camino, es tierna, inocente y sin ninguna posibilidad de defenderse.

Vale la pena celebrar con mucha solemnidad el día de la Encarnación el 25 de marzo dándole gracias al Señor por el regalo de Jesucristo su Hijo, por nuestra propia vida y de modo especial por los millones de niños y niñas que esperando el día de su nacimiento viven en la inseguridad asediados por muchas posibilidades de ser asesinados por aquellos mismos que los engendraron pagando así de manera inocente e injusta la irresponsabilidad de quienes sólo buscaron el placer sin importarle el valor de la vida.

Aunque en nuestro país no existe todavía una ley que declare el 25 de marzo día del “niño por nacer”, nosotros los creyentes en el Dios de la vida, apoyados en la ley natural, y en nuestra fe debemos celebrar en esa fecha la vida que viene en camino la cual es motivo de alegría y de esperanza para toda la humanidad.

Que en todas las parroquias se tengan Horas Santas, Santos Rosarios y Eucaristías a favor de los millones de niños que esperan nacer y por las madres que los han concebido y tienen el honor y la dicha de ser los instrumentos de Dios para proteger y dar a la sociedad ese gran regalo que es la vida humana.

Mons. José Dimas Cedeño Delgado
Arzobispo de Panamá

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martes, 27 de mayo de 2008

La Eucaristía Presencia Real - Sacramento de la Esperanza

2008-05-25
La Voz del Pastor
La Eucaristía Presencia Real - Sacramento de la Esperanza

La Iglesia nos convoca de nuevo para celebrar el CUERPO Y SANGRE DE CRISTO.. Una fiesta hermosa, tradicional, cargada de hondo significado. Aunque la vida moderna le ha hecho perder un poco el esplendor que tenía. Me parece bueno, sin embargo, descubrir siempre mejor su sentido y la oportunidad que ofrece. ¿Cómo vivirla hoy?

El jueves (o domingo) siguiente al domingo de la Santísima Trinidad, la Iglesia celebra la solemnidad del santísimo cuerpo y sangre de Cristo. Ese es su título completo, aunque solemos referirnos a ella utilizando su anterior nombre latino, "Corpus Christi". Es interesante saber que su título más antiguo fue Festum Eucharistiae.

Por eso tanto la preparación de la fiesta del Corpus como su celebración son una ocasión propicia para realizar una acción catequística que ponga de relieve la importancia de la Eucaristía en nuestra vida.

La festividad del Corpus Christi nos invita a entrar en el corazón del misterio de la Eucaristía, que se ha de creer, celebrar y vivir. "Sacramento de la caridad, la Santísima Eucaristía es el don que Jesús hace de sí mismo, revelándonos el amor infinito para cada hombre"[ Benedicto XVI, Exhortación Apostólica Sacramentum caritatis, 1 ].

Este año, a la luz de la última encíclica de Benedicto XVI –"Spe salvi; Salvados en la esperanza"-, contemplemos la Eucaristía descubriendo en ella un verdadero sacramento de esperanza para toda la humanidad y, de manera muy especial, para los más pobres y excluidos de los bienes necesarios.

La Eucaristía, sacramento del amor, aviva en nosotros la conciencia de que donde hay amor brilla, también, la esperanza, de que donde el ser humano experimenta el amor se abren para él puertas y caminos de esperanza.

Así nos lo ha recordado Benedicto XVI cuando dice: « No es la ciencia la que redime al hombre. El hombre es redimido por el amor. Eso es válido incluso en el ámbito intramundano. Cuando uno experimenta un gran amor en su vida, se trata de un momento de "redención" que da un nuevo sentido a su existencia» [Benedicto XVI, Spe salvi, n. 26]. Y porque el amor es lo que salva, salva tanto más cuanto más grande y fuerte es. Por eso, no basta el amor frágil que nosotros podemos ofrecer. El hombre, todo hombre, también el pobre, en palabras del Papa, «necesita un amor incondicionado». Ese es el amor absoluto que Dios nos ha manifestado en Jesús: «Por medio de Él estamos seguros de Dios, de un Dios que no es una lejana "causa primera" del mundo, porque su Hijo unigénito se ha hecho hombre y cada uno puede decir de Él: "vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí" (Gal 2,20)»[4].

Este amor absoluto e incondicionado de Dios que el hombre necesita para encontrar sentido a la vida y vivirla con esperanza, se ha manifestado en Cristo y tiene su máxima expresión sacramental en el misterio de la Eucaristía.

Cuando se descubre y vive la Eucaristía, como misterio de presencia de Cristo acompañando al hombre en el camino de la vida, como misterio de vida entregada por el "Otro" y como servicio humilde y generoso al hermano necesitado, como misterio de comunión que nos hace sentar en la misma mesa superando toda diferencia, resulta fácil descubrir que la Eucaristía es el gran sacramento de la esperanza, anticipo de los bienes definitivos a los que todos aspiramos en lo hondo de nuestro corazón y que esperamos alentados por la fe [ Cfr. Mt 26, 26-28; Jn 15,3; 1Cor 10,17; 11, 17-34; Cfr. Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, n. 59 ].

Por eso celebremos la Eucaristía ofreciendo a los pobres signos de esperanza. Vivida y celebrada la Eucaristía como el gran sacramento del amor, la fe en ella se traduce inevitablemente en gestos y signos de esperanza. Lo dice el Papa con otras palabras: «Toda actuación seria y recta es esperanza en acto. Lo es ante todo en el sentido de que así tratamos de llevar adelante nuestras esperanzas más grandes o pequeñas; solucionar éste o aquel otro cometido importante para el porvenir de nuestra vida: colaborar con nuestro esfuerzo para que el mundo llegue a ser un poco más luminoso y humano, y se abran así también las puertas hacia el futuro» [ Spe salvi, n. 35 ].

"Cantemos al amor de los amores, cantemos al Señor, Dios está aquí …Gloria a Cristo Jesús..." La Madre Teresa de Calcuta decía a sus religiosas que deben tratar a los enfermos como el sacerdote trata a la hostia consagrada. Cuando adoro a Jesús en la Eucaristía veo a los pobres y cuando veo a los pobres veo a Jesús". No hace falta amar a las personas por Cristo, sino que basta amar a Cristo en las personas.

Por eso, si quisiéramos en verdad amar a los pobres, entonces, acerquémonos a Jesús Eucaristía, donde bebemos el amor en su fuente, hasta convertirnos en fuente de amor, que no se agota. De tal manera nuestra participación en la Eucaristía ha de impulsarnos irremisiblemente a servir a los pobres, como Jesús, quien une la institución de la Eucaristía con el lavatorio de los pies.

Por eso desconfiemos de una Eucaristía sin amor a los pobres; pero no empobrezcamos más a los pobres privándoles del banquete de vida eterna, que es Jesús en la Eucaristía. Ambos amores son uno mismo, como dice el Papa: Hay una "inseparable relación entre amor a Dios y amor al prójimo. Ambos están tan estrechamente entrelazados, que la afirmación de amar a Dios es en realidad una mentira si el hombre se cierra al prójimo o incluso lo odia... El amor del prójimo es un camino para encontrar también a Dios, y cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios" (Deus caritas est, 16).

Mons. José Domingo Ulloa M.
Obispo Auxiliar

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lunes, 31 de marzo de 2008

El hombre y el pecado

2008-03-30
Editorial
El hombre y el pecado

Hace poco las agencias de noticias difundieron las declaraciones de un obispo católico europeo, que se interpretaron de manera errónea y le atribuyeron una lista de supuestos "nuevos pecados" que conmocionaron a muchas sociedades en el planeta.

Ya se aclaró que no existen tales "nuevos pecados", sino que son la expresión contemporánea de los pecados que desde antiguo corrompen al hombre; los mismos pecados por los que Cristo murió para redimirnos y liberarnos de la esclavitud que le imponen al ser humano.

El hombre y el pecado coexisten en el mundo, y en esa coexistencia se plantea una lucha que tiene como escenario la conciencia del hombre. El mundo busca atraer al hombre por medio de sus debilidades; el hombre busca zafarse a través de la moral y, en el caso de los creyentes, por la práctica de la fe y la enseñanza religiosa.

Los pecados que dañan al hombre son los mismos ayer y hoy, pero no lo serán mañana si hacemos la voluntad de Dios, que es amarlo a él, creer en su Enviado y amar al prójimo como a nosotros mismos. Todo lo que atenta contra esto es pecado, y el pecado nos lleva a la muerte y a la perdición, tanto en la vida terrena como más allá de ella.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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