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martes, 29 de diciembre de 2009

Sagrada Familia

2009-12-27
La Voz del Pastor
Sagrada Familia

Hoy celebramos la fiesta de la Sagrada Familia, podemos adentrarnos en una reflexión necesaria para nuestros pueblos en Panamá donde la realidad familiar ha ido perdiendo su dimensión más profunda y trascendental, debido a la influencia de lo temporal, de lo desechable y descartable, donde nadie se siente obligado para vivir un compromiso cristiano más firme y auténtico, trabajando por la fidelidad y perseverancia en la permanencia de lo cristiano en las realidades mayores que nos pide nuestra Iglesia. Nosotros, los bautizados debemos tomar conciencia de nuestro deber cristiano y luchar por transformar la imagen de nuestras familias, tratando de descubrir aquellos valores transmitidos por nuestros antepasados que debemos rescatar para seguir adelante y hacer de nuestra realidad una expresión que responde al amor generoso de un Dios cercano y misericordioso.

El Papa Benedicto XVI en su carta Encíclica “Caritas in Veritate”, hablando de la familia humana, profundiza sobre el problema del individualismo permanente de nuestro mundo y las corrientes humanas y de carácter religioso que llevan a la persona a vivir dimensiones solitarias, donde se busca un encuentro con lo oculto y lo sincrético sin pensar en la integración comunitaria, a pesar de lo mucho que se habla de globalización y de la cercanía en que se presenta la comunicación, el ser humano sigue viviendo un mundo solitario, sin relación con la trascendencia y buscando nuevos métodos que lo introduzcan en lo desconocido y la novedad del momento, esto nos lleva a destruir la dignidad de la persona, pasando por encima de ella y destruyendo sus valores que deben estar por encima de la novedad en los nuevos descubrimientos científicos.

La comunidad humana nos pone en alerta para tratar de asumir aquellas expresiones que se han dejado de lado para iniciar nuevos procesos de integración, se habla mucho de la recuperación de la comunión de la persona, ya que una de las pobrezas más grandes en que puede estar imbuido el ser humano es la soledad; aunque debemos tener claro que todo tipo de pobreza surge del aislamiento y la exclusión de las personas; cuando erradicamos de nosotros la experiencia del amor, entonces vivimos una tragedia muy grande que puede llevar al suicidio, tanto del ser humano, como de la misma familia. Nosotros nos alienamos cuando vivimos solos o nos aislamos de la sociedad. De ahí que muchas de las dificultades para sacar adelante la familia es la autoexclusión de la persona y su poca capacidad de pensar y de tener grandes fundamentos para la vida.

Si nos ponemos a analizar la manera como surgió el núcleo familiar, podemos llegar a la conclusión que siempre se ha partido de la comunión, el diálogo, la solidaridad y la subsidiariedad, como elementos importantes que nunca se deben dejar de lado. Cuando faltan estos elementos nos comenzamos a autoexcluir y a ensimismarnos entre nosotros mismos, dejando de lado muchos valores que, debido a su exclusión de nuestros ambientes, nos llevan a la destrucción de la persona y a la pérdida de la importancia de la familia dentro de la sociedad. Esto no es bueno en ningún estado de vida, aún los monjes del desierto tuvieron momentos de encuentro, de diálogo y de escucha comprensiva para llegar a descubrirse como personas dentro de la soledad del retiro voluntario para buscar el proyecto de Dios en sus vidas.

En esta época de nuevos descubrimientos científicos, de luchas por incluir dentro de la sociedad a aquellas personas que no entran dentro del ámbito de la normalidad del género humano, de buscar los nuevos rostros dolientes de la época y de tantas reivindicaciones, la familia ocupa el primer lugar en esa búsqueda de salvar su dignidad y de buscar sus fundamentos para que recupere su ser propio dentro de la sociedad y todos, como cristianos, seamos abanderados en la búsqueda del bien común de la comunidad familiar.

Para eso debemos tomar ejemplo en la familia de Nazaret y en la comunidad Trinitaria, para poder darle un sentido trascendental a la familia como expresión del amor de Dios manifestado en la persona que busca la comunidad entre los seres humanos para ser imagen y expresión del Dios vivo y verdadero que busca el bien y la planificación de la persona en sociedad.

Que la Sagrada Familia nos siga inspirando para que nuestra comunidad familiar panameña vuelva a recuperar el horizonte de su dignidad y seamos capaces de descubrir cuánto bien nos hace el construir una familia unida y comunitaria para crear un ambiente social necesario para nuestros hijos y un futuro mejor para la sociedad entera.

Mons. Pedro Hernández Cantarero, cmf
Obispo del Vicariato Apostólico de Darién

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lunes, 21 de diciembre de 2009

Benedicto XVI: “Leer en el sufrimiento una experiencia del Adviento”

2009-12-20
Ventana Pontificia
Benedicto XVI: “Leer en el sufrimiento una experiencia del Adviento”

Publicamos parte del discurso que Benedicto XVI dirigió el pasado domingo a los enfermos y al personal médico y asistencial de la Casa de Caridad del Sagrado Corazón de Jesús de Roma.

¡Queridos hermanos y hermanas!

He aceptado con gusto la invitación a hacer una visita a la Casa-Asilo de la Fundación Roma y estoy muy contento de estar entre vosotros. Dirijo mi cordial saludo al Cardenal Vicario Agostino Vallini, a los Excelentísimos Obispos Auxiliares y a los Sacerdotes presentes.

Agradezco mucho al Profesor Emmanuele Emanuele, Presidente de la Fundación Roma, y a Don Leopoldo dei Duchi Torlonia, Presidente del Círculo de San Pedro, por las significativas palabras que me han dirigido amablemente.

Con ellos saludo a la Dirección de la Casa-Asilo de la Fundación Roma, a su Presidente, el Señor Alessandro Falez, al Personal sanitario, de enfermería y administrativo, a las Hermanas y a cuantos prestan de diversas maneras su servicio en esta venerable institución.

Muestro un particular aprecio a los Voluntarios del Círculo de San Pedro, de los que conozco el celo y la generosidad con los que llevan ayuda y consuelo a los enfermos y a sus familiares. La Casa-Asilo de la Fundación Roma nació en 1998, con la denominación de Casa de Caridad del Sagrado Corazón, por iniciativa del entonces Presidente General del Círculo de San Pedro, Don Marcello dei Marchesi Sacchetti, a quien saludo con viva y grata deferencia.

La tarea de esta institución es el cuidado de los pacientes terminales, para aliviar el sufrimiento tanto como sea posible y acompañarles con cariño durante la enfermedad. Los internos de la Casa-Asilo, en once años, han pasado de tres a más de treinta, con un seguimiento diario por parte de los médicos, las enfermeras y los voluntarios. A ellos debemos añadir los noventa asistidos a domicilio.

Todo ello contribuye a hacer de la Casa-Asilo de la Fundación Roma, que con el tiempo se ha enriquecido con la Unidad de Alzheimer y con un proyecto de asistencia experimental dirigido a personas afectadas por la Esclerosis Lateral Amiotrófica, una realidad particularmente significativa, en el panorama de la sanidad romana.

¡Queridos amigos! Sabemos que algunas graves patologías producen inevitablemente en los enfermos momentos de crisis, de desfallecimiento y una seria confrontación con su situación personal. Los progresos en las ciencias médicas a menudo ofrecen los instrumentos necesarios para afrontar este desafío, al menos en lo que se refiere a los aspectos físicos. Sin embargo, no siempre es posible encontrar cura para cada enfermedad y, en consecuencia, en las casas de acogida y en las estructuras sanitarias de todo el mundo nos tropezamos a menudo con el sufrimiento de tantos hermanos y hermanas incurables, y muchas veces en fase terminal.

Hoy, la prevalente mentalidad de la máxima eficacia tiende a menudo a marginar a estas personas, considerándolas una carga y un problema para la sociedad. Quien tiene sentido de la dignidad humana sabe, en cambio, que deben ser respetados y apoyados mientras afrontan la dificultad y el sufrimiento ligado a su estado de salud.

Con ese objetivo, hoy se recurre cada vez más a la utilización de los cuidados paliativos, que pueden aliviar el dolor derivado de la enfermedad y ayudar a las personas enfermas a vivirla con dignidad. Sin embargo, además de los indispensables cuidados clínicos, hay que ofrecer a los enfermos gestos concretos de amor, de cercanía y de cristiana solidaridad para salir al encuentro de su necesidad de comprensión, de consuelo y de constante ánimo.

Es lo que se realiza con éxito aquí, en la Casa-Asilo de la Fundación Roma, que coloca en el centro de su compromiso el cuidado y la acogida urgente de los enfermos y de sus familias, en consonancia con lo que enseña la Iglesia, la cual, a través de los siglos, se ha mostrado siempre como madre amorosa de los que sufren en el cuerpo y en el espíritu.

Al complacerme por la encomiable obra desarrollada, deseo alentar a cuantos, haciéndose iconos concretos del buen samaritano, que “tiene compasión y cuida del prójimo” (cf Lc 10,34), ofrecen cotidianamente a sus acogidos y a sus congénitos una asistencia adecuada y atenta a las necesidades de cada uno.

Queridos enfermos, queridas familias, acabo de conoceros personalmente y he visto en vuestros ojos la fe y la fuerza que os sostienen en las dificultades. He venido para ofrecer a cada uno un concreto testimonio de cercanía y de afecto. Os aseguro mi oración, y os invito a encontrar en Jesús apoyo y consuelo, para no perder nunca la confianza y la esperanza. Vuestra enfermedad es una prueba bien dolorosa y singular, pero ante el misterio de Dios, que ha asumido nuestra carne mortal, adquiere su sentido y se convierte en don y ocasión de santificación.

Cuando el sufrimiento y las molestias se vuelvan más fuertes, pensad que Cristo os está asociando a su cruz porque quiere decir a través vuestro una palabra de amor a cuantos han perdido el camino de la vida y, encerrados en su propio vacío egoísmo, viven en el pecado y en la lejanía de Dios. De hecho, vuestro estado de salud da testimonio de que la vida verdadera no está aquí, sino cerca de Dios, donde cada uno de nosotros encontrará su alegría si humildemente ha seguido los pasos del hombre más verdadero: Jesús de Nazaret, Maestro y Señor.

El tiempo de Adviento, en el que estamos inmersos, nos habla de la visita de Dios y nos invita a prepararle el camino. A la luz de la fe podemos leer en la enfermedad y en el sufrimiento una particular experiencia del Adviento, una visita de Dios que de manera misteriosa viene al encuentro para liberar de la soledad y del sinsentido y transformar el dolor en momento de encuentro con Él, de esperanza y de salvación.

El Señor viene, ¡está aquí, junto a nosotros! Que esta certeza cristiana nos ayude a comprender también la “tribulación” como la manera como Él puede salir al encuentro y convertirse para cada uno en el “Dios cercano” que libera y salva.

La Navidad, para la que nos estamos preparando, nos ofrece la posibilidad de contemplar al Niño Santo, la luz verdadera que viene a este mundo para manifestar “la gracia salvadora de Dios a todos los hombres (Tt 2,11). A él, con los sentimientos de María, nos confiamos totalmente a nosotros mismos, nuestra vida y nuestras esperanzas.

S. S. Benedicto XVI
Obispo de Roma

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lunes, 14 de diciembre de 2009

La doctrina eucarística, sabiduría milenaria

2009-12-13
Ventana Pontificia
La doctrina eucarística, sabiduría milenaria

Ofrecemos parte de la catequesis del Papa Benedicto XVI el miércoles 9 de diciembre, durante la audiencia general, a los peregrinos reunidos en el Aula Pablo VI.

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy conoceremos a otro monje benedictino del siglo XII. Su nombre es Ruperto de Deutz, una ciudad cercana a Colonia, sede de un famoso monasterio. Ruperto mismo habla de su propia vida en una de sus obras más importantes, titulada La gloria y el honor del Hijo del hombre, que es un comentario parcial al Evangelio de Mateo. Aún niño, fue acogido como “oblato” en el monasterio benedictino de San Lorenzo en Lieja, según la costumbre de la época de confiar a uno de los hijos a la educación de los monjes, pretendiendo hacer un don a Dios. Ruperto amó siempre la vida monástica. Aprendió bien pronto la lengua latina para estudiar la Biblia y para gozar de las celebraciones litúrgicas. Se distinguió por su integrísima rectitud moral y por el fuerte apego a la Sede de san Pedro.

Su tiempo estuvo marcado por los enfrentamientos entre el Papado y el Imperio, a causa de la llamada “lucha de las investiduras”, con la que –como he señalado en otras catequesis– el Papado quería impedir que el nombramiento de los obispos y el ejercicio de su jurisdicción dependieran de las autoridades civiles, que estaban guiadas ante todo por motivaciones políticas y económicas, y no ciertamente pastorales. El obispo de Lieja, Otberto, se resistía a las directrices del Papa, y mandó al exilio a Berengario, abad del monasterio de San Lorenzo, precisamente por su fidelidad al Pontífice. (…)

Escritor fecundo, Ruperto ha dejado numerosísimas obras, aún hoy de gran interés, también porque participó en varias importantes discusiones teológicas de su tiempo. Por ejemplo, intervino con determinación en la controversia eucarística, que en 1077 había llevado a la condena de Berengario de Tours. Este había dado una interpretación reduccionista de la presencia de Cristo en el Sacramento de la Eucaristía, definiéndola como sólo simbólica.

En el lenguaje de la Iglesia no había entrado aún el término “transustanciación”, pero Ruperto, utilizando a veces expresiones audaces, se hizo decidido defensor del realismo eucarístico y, sobre todo en una obra titulada De divinis officiis (Los oficios divinos), afirmó con decisión la continuidad entre el Cuerpo del Verbo encarnado de Cristo y el presente en las Especies eucarísticas del pan y del vino. Queridos hermanos y hermanas, me parece que en este punto debemos también pensar en nuestro tiempo; también hoy existe el peligro de redimensionar el realismo eucarístico, es decir, de considerar la Eucaristía casi como solo un rito de comunión, de socialización, olvidando muy fácilmente que en la Eucaristía está presente realmente Cristo resucitado -con su cuerpo resucitado – que se pone en nuestras manos para hacernos salir de nosotros mismos, incorporarnos a su cuerpo inmortal y guiarnos así a la vida nueva.

Como otros teólogos del Medioevo, también Ruperto se preguntaba: ¿por qué el Verbo de Dios, el Hijo de Dios, se hizo hombre? Algunos, muchos, respondían explicando la encarnación del Verbo con la urgencia de reparar el pecado del hombre. Ruperto, en cambio, con una visión cristocéntrica de la historia de la salvación, ensancha la perspectiva, y en una obra suya titulada La glorificación de la Trinidad sostiene la postura de que la Encarnación, acontecimiento central de toda la historia, había sido prevista desde la eternidad, aún independientemente del pecado del hombre, para que toda la creación pudiese alabar a Dios Padre y amarlo como una única familia reunida en torno a Cristo, el Hijo de Dios.

Como otros teólogos del Medioevo, también Ruperto se preguntaba: ¿por qué el Verbo de Dios, el Hijo de Dios, se hizo hombre? Algunos, muchos, respondían explicando la encarnación del Verbo con la urgencia de reparar el pecado del hombre. Ruperto, en cambio, con una visión cristocéntrica de la historia de la salvación, ensancha la perspectiva, y en una obra suya titulada La glorificación de la Trinidad sostiene la postura de que la Encarnación, acontecimiento central de toda la historia, había sido prevista desde la eternidad, aún independientemente del pecado del hombre, para que toda la creación pudiese alabar a Dios Padre y amarlo como una única familia reunida en torno a Cristo, el Hijo de Dios. Él ve entonces en la mujer encinta del Apocalipsis toda la historia de la humanidad, que está orientada a Cristo, así como la concepción está orientada al parto, una perspectiva que ha sido desarrollada por otros pensadores y valorada también por la teología contemporánea, la cual afirma que toda la historia del hombre y de la humanidad es concepción orientada al parto de Cristo.

En la interpretación de la Biblia, Ruperto no se limita a repetir la enseñanza de los Padres, sino que muestra su originalidad. Él, por ejemplo, es el primer escritor que ha identificado a la esposa del Cantar de los Cantares con María santísima. Así su comentario a este libro de la Escritura se revela como una especie de summa mariológica, en la que se presentan los privilegios y las excelentes virtudes de María. (…)

Ruperto, además, procura insertar su doctrina mariológica en la eclesiológica. En otras palabras, él ve en María santísima la parte más santa de la Iglesia entera. De ahí que mi venerado predecesor, el papa Pablo VI, en el discurso de clausura de la tercera sesión del Concilio Vaticano II, proclamando solemnemente a María Madre de la Iglesia, citó precisamente una proposición tomada de las obras de Ruperto, que define a María como portio maxima, portio optima – la parte más excelsa, la parte mejor de la Iglesia (cfr In Apocalypsem 1.7, PL 169,1043).

De estas rápidas pinceladas nos damos cuenta de que Ruperto fue un teólogo fervoroso, dotado de gran profundidad. Como todos los representantes de la teología monástica, supo conjugar el estudio racional de los misterios de la fe con la oración y con la contemplación, considerada como la cumbre de todo conocimiento de Dios. Él mismo habla alguna vez de sus experiencias místicas, como cuando confía la inefable alegría de haber percibido la presencia del Señor: “En ese breve momento –afirma– experimenté qué verdadero es eso que él mismo dice: Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón” (De gloria et honore Filii hominis. Super Matthaeum 12, PL 168, 1601). También nosotros podemos, cada uno de su propia forma, encontrar al Señor Jesús, que incesante-mente acompaña nuestro camino, se hace presente en el pan eucarístico y en su Palabra para nuestra salvación.

S. S. Benedicto XVI
Obispo de Roma

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lunes, 7 de diciembre de 2009

Benedicto XVI: Evangelizar los nuevos areópagos

2009-11-29
Ventana Pontificia
Benedicto XVI: Evangelizar los nuevos areópagos
Mensaje del Papa al Prefecto de la Congregación para la Evangelización del los Pueblos

Publicamos a continuación el Mensaje que el Papa ha dirigido al cardenal Ivan Dias, prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, cuya asamblea plenaria ha comenzado hoy en la Universidad Urbaniana de Roma, con el tema “San Pablo y los nuevos aerópagos”.

Al Venerado Hermano señor cardenal Ivan Dias

Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos

Con ocasión de la Asamblea Plenaria de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, deseo dirigirle, señor cardenal, mi cordial saludo, que de buen grado hago extensivo a los arzobispos, a los obispos y a cuantos toman parte en ella. Saludo también al secretario, al secretario adjunto, al subsecretario y a todos los colaboradores de este dicasterio. Uno la expresión de mis sentimientos de aprecio y de gratitud por el servicio que hacéis a la Iglesia en el ámbito de la misión ad gentes.

El tema que afrontáis en este encuentro, "San Pablo y los nuevos areópagos", también a la luz del Año Paulino concluido hace poco, ayuda a revivir la experiencia del Apóstol de los Gentiles cuando en Atenas, tras haber predicado en numerosos lugares, se dirigió al areópago y anunció allí el Evangelio usando un lenguaje que hoy podríamos definir ‘inculturado’ (cfr Hch 17,22-31).

Ese areópago, que entonces representaba el centro de la cultura del culto pueblo ateniense, hoy – como diría mi venerado predecesor Juan Pablo II - “puede ser asumido como símbolo de los nuevos ambientes en los que se debe proclamar el Evangelio” (Redemptoris missio, 37). En efecto, la referencia a ese acontecimiento constituye una invitación apremiante a saber valorar los "areópagos" de hoy, donde se afrontan los grandes desafíos de la evangelización. Queréis analizar este tema con realismo, teniendo en cuenta los muchos cambios sociales ocurridos. Un realismo apoyado por el espíritu de fe, que ve la historia a la luz del Evangelio, y con la certeza que tenía Pablo de la presencia de Cristo resucitado. Resuenan confortadoras también para nosotros las palabras que Jesús le dirigió en Corinto: "No tengas miedo, sigue hablando y no calles; porque yo estoy contigo y nadie te pondrá la mano encima para hacerte mal” (Hch 18,9-10). De manera eficaz, el Siervo de Dios Pablo VI dijo que no se trata solo de predicar el Evangelio, sino de “alcanzar y casi sacudir con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la Palabra de Dios y con el designio de salvación” (Enseñanzas XIII, [1975], 1448).

Es necesario mirar a los “nuevos areópagos” con este espíritu; algunos de ellos, en la actual globalización, se han vuelto comunes, mientras que otros siguen siendo específicos de algunos continentes, como se ha visto también en la reciente Asamblea especial para África del Sínodo de los Obispos. La actividad misionera de la Iglesia debe por tanto orientarse hacia estos centros neurálgicos de la sociedad del tercer milenio. No debe infravalorarse la influencia de una difundida cultura relativista, las más de las veces carente de valores, que entra en el santuario de la familia, se infiltra en el ámbito de la educación y en otros ámbitos de la sociedad y los contamina, manipulando las conciencias, especialmente las juveniles. Al mismo tiempo, sin embargo, a pesar de estas insidias, la Iglesia sabe que el Espíritu Santo está siempre en acción. Se abren de hecho nuevas puertas al Evangelio y se va extendiendo en el mundo el anhelo de una auténtica renovación espiritual y apostólica. Como en otras épocas de cambios, la prioridad pastoral es mostrar el verdadero rostro de Cristo, Señor de la historia y único Redentor del hombre. Esto exige que cada comunidad cristiana y la Iglesia en su conjunto ofrezcan un testimonio de fidelidad a Cristo, construyendo pacientemente esa unidad querida por Él e invocada por todos sus discípulos. La unidad de los cristianos hará, de hecho, más fácil la evangelización y la confrontación con los desafíos culturales, sociales y religiosos de nuestro tiempo.

En esta empresa misionera podemos mirar al apóstol Pablo, imitar el “estilo” de vida y el mismo “espíritu” apostólico centrado totalmente en Cristo. Con esta completa adhesión al Señor, los cristianos podrán más fácilmente transmitir a las futuras generaciones la herencia de la fe, capaz de transformar también las dificultades en posibilidades de evangelización. En la reciente Encíclica Caritas in veritate quise subrayar que el desarrollo económico y social de la sociedad contemporánea necesita recuperar la atención a la vida espiritual y una “seria consideración de las experiencias de confianza en Dios, de fraternidad espiritual en Cristo, de confianza en la Providencia y en la Misericordia divinas, de amor y de perdón, de renuncia a sí mismos, de acogida del prójimo, de justicia y de paz... El anhelo del cristiano es que toda la familia humana pueda invocar a Dios como Padre Nuestro” (n. 79).

Señor cardenal, mientras agradezco el servicio que este dicasterio hace a la causa del Evangelio, invoco sobre usted y sobre cuantos toman parte en la presente Asamblea Plenaria la ayuda de Dios y la protección de la Virgen María, Estrella de la evangelización, mientras envío de corazón a todos mi Bendición Apostólica.

En el Vaticano, 13 de noviembre de 2009.

S.S. Benedicto XVI
Obispo de Roma


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miércoles, 18 de noviembre de 2009

Deporte y pastoral juvenil

2009-11-15
La Voz del Pastor
Deporte y pastoral juvenil

Ofrecemos a continuación el mensaje del Papa Benedicto XVI al cardenal Stanisaw Ryako, presidente del Consejo Pontificio para los Laicos, con motivo del Seminario “Deporte, educación y fe: por una nueva etapa del movimiento deportivo católico” (Roma, 6 - 7 noviembre de 2009).

Con verdadero placer, le envío un cordial saludo a usted, al secretario, a los colaboradores del Consejo Pontificio para los Laicos, a los representantes de los organismos católicos que operan en el mundo del deporte, a los responsables de las asociaciones deportivas internacionales y nacionales y a todos aquellos que forman parte en el Seminario de estudio sobre el tema: “Deporte, educación y fe: por una nueva etapa del movimiento deportivo católico”, organizado por la Sección “Iglesia y deporte” de este Dicasterio.

El deporte posee un notable potencial educativo sobre todo en el ámbito juvenil y, por esto, tiene gran relevancia no sólo en el empleo del tiempo libre, sino también en la formación de la persona. El Concilio Vaticano II lo quiso nombrar entre los medios que pertenecen al patrimonio común de los hombres y que son adecuados para el perfeccionamiento moral y la formación humana (cfr Gravissimum Educationis, n. 4).

Si esto es verdad para la actividad deportiva en general, tanto más lo es para la que se desarrolla en los oratorios, en las escuelas y en las asociaciones deportivas, con el objetivo de asegurar una formación humana y cristiana a las nuevas generaciones. Como tuve forma de recordar recientemente, no debe olvidarse que “el deporte, practicado con pasión y vigilante sentido ético, especialmente para la juventud, se convierte en entrenamiento de la competitividad sana y de perfecciona-miento físico, escuela de formación en los valores humanos y espirituales, medio privilegiado de crecimiento personal y de contacto con la sociedad” (Discurso a los participantes de los Mundiales de Natación, 1 de agosto de 2009).

A través de las actividades deportivas, la comunidad eclesial contribuye a la formación de la juventud, proporcionando un ámbito adecuado a su crecimiento humano y espiritual. De hecho, cuando están dirigidas al desarrollo integral de la persona y las gestionan personal cualificado y competente, las iniciativas deportivas se revelan como ocasión propicia en la que sacerdotes, religiosos y laicos pueden convertirse en verdaderos y propios educadores y maestros de vida de los jóvenes. Por tanto es necesario que, en nuestra época – en la que se advierte la urgente exigencia de educar a las nuevas generaciones –, la Iglesia siga apoyando el deporte para los jóvenes, valorando plenamente también la actividad competitiva en sus aspectos positivos, como por ejemplo, en la capacidad para estimular la competitividad, el valor y la tenacidad en la persecución de los objetivos, evitando, sin embargo, toda tendencia que desnaturalice su misma naturaleza con el recurso a prácticas incluso dañosas al organismo, como sucede en el caso del doping. En una acción formativa coordinada, los dirigentes, los técnicos y los operadores católicos deben considerarse guías experimentados para los adolescentes, ayudándoles a desarrollar sus propias potencialidades competitivas sin descuidar las cualidades humanas y las virtudes cristianas que hacen a la persona completamente madura.

En esta perspectiva, encuentro muy útil que este tercer Seminario de la Sección “Iglesia y deporte” del Consejo Pontificio para los Laicos centre su atención sobre la misión específica y sobre la identidad católica de las asociaciones deportivas, de las escuelas y de los oratorios gestionados por la Iglesia. Auguro de corazón que éste ayude a aprovechar las muchas y preciosas oportunidades que el deporte puede ofrecer a la pastoral juvenil y, mientras auguro un encuentro fructífero, aseguro mi oración invocando sobre los participantes y sobre aquellos que están comprometidos en promover una sana actividad deportiva, de modo particular en las Instituciones católicas, la guía del Espíritu Santo y la protección materna de María. Con estos sentimientos, envío de corazón a todos mi Bendición Apostólica.

S. S. Benedicto XVI
Obispo de Roma


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lunes, 19 de octubre de 2009

Pedro el Venerable

2009-10-18
La Voz del Pastor
Pedro el Venerable

Extracto de la catequesis pronunciada del Papa Benedicto XVI, durante la Audiencia General, del miércoles 14 de octubre en la Plaza de San Pedro.

Queridos hermanos y hermanas:

La figura de Pedro el Venerable, que quisiera presentar en la catequesis de hoy, nos lleva otra vez a la célebre abadía de Cluny, a su “decoro” (decor) y a su “nitor” (nitor) – por utilizar los términos habituales en los textos cluniacenses – decoro y esplendor, que se admiran sobre todo en la belleza de la liturgia, camino privilegiado para llegar hasta Dios. Aún más que estos aspectos, sin embargo, la personalidad de Pedro recuerda la santidad de los grandes abades cluniacenses: en Cluny “no hubo un solo abad que no fuera santo”, afirmaba en el 1080 el papa Gregorio VII. Entre estos se coloca Pedro el Venerable, que recoge en sí un poco todas las virtudes de sus predecesores, aunque ya con él Cluny, frente a nuevas órdenes como la de Cîteaux (Císter, n.d.t.), empieza a mostrar algún síntoma de crisis. Pedro es un ejemplo admirable de asceta riguroso consigo mismo y comprensivo con los demás. Nacido alrededor del año 1094 en la región francesa de Alvernia, entró de niño en el monasterio de Sauxillanges, donde llegó a ser monje profeso y después prior. En 1122 fue elegido Abad de Cluny, y permaneció en este cargo hasta su muerte, que ocurrió en el día de Navidad de 1156, como él había deseado. “Amante de la paz – escribe su biógrafo Rodolfo – obtuvo la paz en la gloria de Dios en el día de la paz” (Vita, I,17; PL 189,28).

Cuantos lo conocieron destacan su señorial mansedumbre, su sereno equilibrio, su dominio de sí, su rectitud, su lealtad, su lucidez y su especial actitud de meditación. “Está en mi propia naturaleza escribía – el ser bastante indulgente; a ello me incita mi costumbre de perdonar. Estoy acostumbrado a soportar y a perdonar” (Ep. 192, in: The Letters of Peter the Venerable, Harvard University Press, 1967, p. 446). Decía también: “Con aquellos que odian la paz quisiéramos, en lo posible, ser siempre pacíficos” (Ep. 100, l.c., p. 261). Y escribía de sí mismo: “No soy de aquellos que no están contentos con su suerte... cuyo espíritu está siempre en ansia o en duda, y que se lamentan porque todos los demás descansan y ellos están solos trabajando” (Ep. 182, p. 425). De índole sensible y afectuosa, sabía conjugar el amor por el Señor con la ternura hacia sus familiares, particularmente hacia su madre, y hacia los amigos. Fue un cultivador de la amistad, de modo especial hacia sus monjes, que habitualmente se le confiaban, seguros de ser acogidos y comprendidos. Según el testimonio de su biógrafo, "no despreciaba y no rechazaba a nadie" (Vita, I,3: PL 189,19); "se mostraba amable con todos; en su bondad innata estaba abierto a todos” (ibid., I,1: PL, 189,17).

Podríamos decir que este santo Abad constituye un ejemplo también para los monjes y los cristianos de nuestro tiempo, marcado por un ritmo de vida frenético, donde no son raros los episodios de intolerancia y de incomunicación, las divisiones y los conflictos. Si testimonio nos invita a saber unir el amor a Dios con el amor al prójimo, y a no cansarnos de reanudar relaciones de fraternidad y de reconciliación. Solía decir: “De un hombre se podrá obtener más tolerándolo que no irritándolo con lamentaciones” (Ep. 172, l.c., p. 409). El abandono forzoso de la quietud contemplativa le costaba. Confesaba: “Voy de un lugar a otro, me afano, me inquieto, me atormento, arrastrado aquí y allí; tengo la mente dirigida ahora a mis asuntos, ahora a los de los demás, no sin gran agitación de mi alma" (Ep. 91, l.c., p. 233). Aun teniendo que hacer juegos malabares entre los poderes y los señoríos que rodeaban a Cluny, consiguió, gracias a su sentido de la medida, a su magnanimidad y a su realismo, conservar una habitual tranquilidad.

Con vivo sentido eclesial, Pedro el Venerable afirmaba que los acontecimientos del pueblo cristiano deben sentirlos “en lo íntimo del corazón” quienes se cuentan entre “los miembros del cuerpo de Cristo" (Ep. 164, l.c., p. 397). Y añadía: “No está alimentado por el Espíritu de Cristo quien no siente las heridas del cuerpo de Cristo", da igual donde se produzcan (ibid.). Mostraba además atención y solicitud por quienes estaban fuera de la Iglesia, en particular por judíos y musulmanes: para favorecer el conocimiento de estos últimos, hizo traducir el Corán. Al respecto, observa un historiador reciente: “En medio de la intransigencia de los hombres medievales – incluso de los más grandes – admiramos un ejemplo sublime de la delicadeza a la que conduce la caridad cristiana” (J. Leclercq, Pietro il Venerabile, Jaca Book, 1991, p. 189). Otros aspectos de la vida cristiana que le eran queridos eran el amor a la Eucaristía y la devoción hacia la Virgen María. Sobre el Santísimo Sacramento nos ha dejado páginas que constituyen “una de las obras de arte de la literatura eucarística de todos los tiempos” (ibid., p. 267), y sobre la Madre de Dios ha escrito reflexiones iluminadoras, contemplándola siempre en estrecha colaboración con Jesús Redentor y con su obra de salvación.

Pedro el Venerable sentía también predilección por la actividad literaria y tenía talento para ella. Anotaba sus reflexiones, persuadido de la importancia de usar la pluma casi como un arado para “esparcir en el papel la semilla del Verbo" (Ep. 20, p. 38). Aunque no fue un teólogo sistemático, fue un gran indagador del misterio de Dios. Su teología profundiza en las raíces de la oración, especialmente en la litúrgica y entre los misterios de Cristo, prefería el de la Transfiguración, en el que ya se prefigura la Resurrección. Fue precisamente él quien introdujo en Cluny esta fiesta, componiendo un oficio especial, en el que se refleja la característica piedad teológica de Pedro y de la orden Cluniacense, dirigida toda a la contemplación del rostro glorioso (gloriosa facies) de Cristo, encontrando en él las razones de esa ardiente alegría que marcaba su espíritu y que se irradiaba en la liturgia del monasterio.

Queridos hermanos y hermanos, este santo monje es ciertamente un ejemplo de santidad monástica, alimentada en las fuentes de la tradición benedictina. Para él el ideal del monje consiste en “adherirse tenazmente a Cristo” (Ep. 53, l.c., p. 161), en una vida claustral distinguida por la “humildad monástica” (ibid.) y por la laboriosidad (Ep. 77, l.c., p. 211), como también por un clima de contemplación silenciosa y de constante alabanza a Dios. La primera y más importante ocupación del monje, según Pedro de Cluny, es la celebración solemne del oficio divino – "obra celeste y de todas la más útil" (Statuta, I, 1026) – acompañada con la lectura, la meditación, la oración personal y la penitencia observada con discreción (cfr Ep. 20, l.c., p. 40). Podríamos decir, concluyendo que este estilo de vida unido al trabajo cotidiano, constituye, para san Benito, el ideal del monje, nos concierne también a todos nosotros, puede ser, en gran medida, el estilo de vida del cristiano que quiere ser auténtico discípulo de Cristo, caracterizado precisamente por la adhesión tenaz a Él, la humildad, la laboriosidad y la capacidad de perdón y de paz.

S. S. Benedicto XVI
Obispo de Roma


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martes, 22 de septiembre de 2009

La Ley no es un “cumplimiento” sino libertad

2009-09-20
Ventana Pontificia
La Ley no es un “cumplimiento” sino libertad

Ofrecemos a continuación parte de la homilía que pronunció el Papa Benedicto XVI, durante la Eucaristía celebrada el pasado 30 de agosto con sus ex alumnos.

Queridos hermanos y hermanas:

En el Evangelio nos sale al encuentro uno de los temas fundamentales de la historia religiosa de la humanidad: la cuestión de la pureza del hombre ante Dios. Volviendo su mirada hacia Dios, el hombre reconoce estar "contaminado" y encontrarse en una condición en la cual no puede acceder al Santo. Surge así la pregunta sobre cómo puede llegar a ser puro, liberarse de la "suciedad" que le separa de Dios. De esta forma han nacido, en las diversas religiones, ritos purificatorios, caminos de purificación interior y exterior. En el Evangelio de hoy encontramos ritos de purificación, que se arraigan en la tradición del Antiguo Testamento, pero que son, con todo, gestionados de una forma muy unilateral. En consecuencia, ya no sirven para una apertura del hombre a Dios, ya no son caminos de purificación y de salvación, sino que se convierten en elementos de un sistema autónomo de cumplimientos que, para ser cumplido verdaderamente en plenitud, exige incluso especialistas. El corazón del hombre ya no es alcanzado. El hombre, que se mueve dentro de este sistema, o se siente esclavizado o cae en la soberbia de poderse justificar a sí mismo.

La exégesis liberal dice que en este Evangelio se revelaría el hecho de que Jesús habría sustituido el culto con la moral. Habría dejado aparte el culto con todas sus prácticas inútiles. La relación entre el hombre y Dios se basaría ahora únicamente en la moral. Si eso fuese verdad, significaría que el cristianismo, en su esencia, es moralidad, es decir, que nosotros mismos nos hacemos puros y buenos mediante nuestra actuación moral. Si reflexionamos profundamente sobre esta opinión, resulta obvio que ésta no puede ser la respuesta completa de Jesús a la cuestión sobre la pureza. Si queremos oír y comprender plenamente el mensaje del Señor, entonces debemos escuchar también plenamente, no podemos contentarnos con un detalle, sino que debemos prestar atención a su mensaje entero. En otras palabras, debemos leer enteramente los Evangelios, todo el Nuevo Testamento y el Antiguo junto con él.

La primera lectura de hoy, sacada del Libro del Deuteronomio, nos ofrece un aspecto importante de una respuesta y nos hace dar un paso adelante. Aquí escuchamos una cosa quizás sorprendente para nosotros, es decir que Israel mismo es invitado por Dios a serle agradecido y a sentir un humilde orgullo por el hecho de conocer la voluntad de Dios y así de ser sabio. Precisamente en aquel periodo la humanidad, tanto en el ambiente griego como en el semítico, buscaba la sabiduría: buscaba comprender lo que cuenta. La ciencia nos dice muchas cosas y nos es útil en muchos aspectos, pero la sabiduría es el conocimiento de lo esencial - conocimiento del fin de nuestra existencia y de cómo tenemos que vivir para que la vida sea del modo justo. La lectura tomada del Deuteronomio señala el hecho de que la sabiduría, en último término, es idéntica a la Torá - a la Palabra de Dios que nos revela lo que es esencial, para cuyo fin y en cuya forma tenemos que vivir. Así la Ley no se muestra como una esclavitud, sino que es - a semejanza de lo que dice el gran Salmo 119 - causa de una gran alegría: no andamos a tientas en la oscuridad, no vamos vagando en vano en busca de lo que pudiera ser recto, no somos como ovejas sin pastor, que no saben donde está el camino correcto. Dios se ha manifestado. Él mismo nos indica el camino. Conocemos su voluntad y con ello la verdad que cuenta en nuestra vida.

Son dos las cosas que se nos dicen de parte de Dios: por un lado, que Él se ha manifestado y nos indica el camino justo; por otro, que Dios es un Dios que escucha, que está cerca de nosotros, nos responde y nos guía. Con ello se toca también el tema de la pureza: su voluntad nos purifica, su cercanía nos guía.

S. S. Benedicto XVI
Obispo de Roma


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viernes, 17 de julio de 2009

Con esa esperanza nos han salvado

2009-07-19
La Voz del Pastor
Con esa esperanza nos han salvado
(Romanos 8, 24)

Nada es inexorable. Esta es la traducción antropológica de la idea fundamental de salvación, según la fe cristiana. El hombre debe creer en el imposible y dejar de creer miserablemente sólo en lo posible. La esperanza tiene como viático la fe. La esperanza cree que siempre se puede transgredir la fatalidad.

La encíclica Caritas in Veritate, tercera de Benedicto XVI, encierra un gran mensaje de esperanza dirigido a todas y a todos, hombres y mujeres de este mundo. Esperanza a la que ya nos llamó en su segunda encíclica, Spes salvi, y que se fundamenta en la experiencia afirmada de que Dios es Amor, Deus Caritas est, primera encíclica. Ahora, en la actual encíclica, este amor esperanzado llama a no quedar prisioneros de la fatalidad por las consecuencias de la crisis económico-financiera, ni de supuestos inexorables ciclos de alzas y de bajas económicas o de que mejor de lo que tenemos no se puede, o de cualquiera otra manifestación que nos encerrara en el círculo sin horizonte. Amor y Verdad se besan y engendran Justicia.

La encíclica manifiesta una honda confianza en la razón humana, de que tenemos la misión y los medios para lograr que todos y no sólo algunos, estén invitados y efectivamente se logre, de participar solidariamente en la gran mesa de la Creación. Podemos transformar este mundo, ayudados por ciencia y tecnología para ser señores y no esclavos de los acontecimientos, proyecto que necesita ser animado por la justicia y el amor porque éstas no se limitan a las relaciones interpersonales, sino también en el campo socioeconómico-financiero. Ninguna crisis puede descalificar o poner entre paréntesis esta misión.

“El sábado se hizo para el hombre, no el hombre para el sábado. De manera que el Hijo del Hombre es Señor también del sábado” (Marcos 2,27). Esta convicción y que es de toda la Tradición de la Iglesia, su clave antropológica, nos la comparte el Papa como fundamental para realizar una labor constructiva, aún con crisis, porque el olvido o descuido de ella están a la raíz de nuestra situación actual. También la globalización es para el hombre y no el hombre para la globalización. No más pirámides de sacrificios.

El ser humano biológicamente lo podemos relacionar en altísimo porcentaje con los que llamamos “animales”, pero el ser humano, de toda evidencia, tiene una dimensión particular que le permite no quedar sujeto al reino de la necesidad y acceder al reino de la libertad, el sursum, el “arriba los corazones” de la libertad; también en los fenómenos económicos y sociales. Aquí el abrirse a la Trascendencia, a una relación con el Absoluto, en el reconocimiento de que a los orígenes del cosmos y de su ser humano hay una donación, no un contrato, no una compra, no un accidente, una equivocación, en vez de limitarle le abre a mayores alcances en el horizonte de la Verdad. ¿Y si no se es creyente? Todo ser humano, el ejercicio de la razón nos lo descubre, tiene una corresponsabilidad, una obligación, con sus semejantes y, en relación con ellos, con la Tierra. No hay escape a la responsabilidad de tomar posición en un juicio moral que trasciende los intereses particulares, sean individuales o de grupo. Es cuestión de conciencia.

Caritas in Veritate no encierra un catálogo de soluciones. No es esta la tarea del pensamiento social de la Iglesia y de su magisterio, pero sí nos llama a la misión transformadora de este mundo, en justicia y paz, en esperanza democrática. Nos anima a no decaer en el empeño de concertación nacional, con objetivos de cohesión social a través del fortalecimiento del tejido social. Crecimiento y competitividad indisolublemente unidos a equidad y bienestar para todos. La encíclica nos pide ejercer el juicio moral y poner en acción los criterios de ese juicio. Amor y verdad deben interactuar porque cada uno depende del otro para el logro de su fin: ni amor sin verdad ni verdad sin amor o quedaríamos en un sentimentalismo o paternalismo inoperante, o en una verdad que, aunque apareciera como eficaz, resultaría descarnada, inhumana.

Nuestra tarea misionera como Iglesia panameña, en el espíritu de Aparecida, tiene que incluir lo que en esta encíclica nos dice el Papa. Para empezar, leerla y meditarla.

Mons. Pablo Varela Server
Obispo Auxiliar

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martes, 14 de julio de 2009

La encíclica "Caritas in veritate"

2009-07-12
La Voz del Pastor
La encíclica "Caritas in veritate"

Ofrecemos a continuación un extracto de la intervención de Benedicto XVI durante la audiencia general de este miércoles, 8 de julio celebrada en el Aula Pablo VI, con peregrinos procedentes de todo el mundo, dedicada a presentar la encíclica que publicó este martes, "Caritas in veritate".

Queridos hermanos y hermanas:

Mi nueva encíclica "Caritas in veritate", que ayer se presentó oficialmente, se inspira en su visión fundamental en un pasaje de la carta de san Pablo a los Efesios, en el que el apóstol habla del actuar según la verdad en la caridad: "Actuando --lo acabamos de escuchar-- según la verdad en la caridad, crecemos en todo hasta aquel que es la cabeza, Cristo" (4, 15). La caridad en la verdad es, por tanto, la principal fuerza propulsora para el verdadero desarrollo de cada persona y de toda la humanidad. Por esto, en torno al principio "caritas in veritate", gira toda la doctrina social de la Iglesia. Sólo con la caridad, iluminada por la razón y por la fe, es posible conseguir objetivos de desarrollo con un valor humano y humanizador. La caridad en la verdad "es el principio sobre el que gira la doctrina social de la Iglesia, un principio que adquiere forma operativa en criterios orientadores de la acción moral" (n. 6). La encíclica alude en seguida en la introducción a dos criterios fundamentales: la justicia y el bien común. La justicia es parte integrante de ese amor "con los hechos y en la verdad" (1 Juan 3,18), a la que exhorta el apóstol Juan (Cf. n. 6). Y "amar a alguien es querer su bien y obrar eficazmente por él. Junto al bien individual, hay un bien ligado a la vida social de las personas... Se ama al prójimo tanto más eficazmente, cuanto más se trabaja" por el bien común. Por tanto, dos son los criterios operativos, la justicia y el bien común; gracias a éste último, la caridad adquiere una dimensión social. Todo cristiano --dice la encíclica-- está llamado a esta caridad, y añade: "Ésta es la vía institucional... de la caridad" (cfr n. 7).

Como otros documentos del Magisterio, también esta encíclica retoma, continúa y profundiza el análisis y la reflexión de la Iglesia sobre cuestiones sociales de vital interés para la humanidad de nuestro tiempo. De modo especial, enlaza con cuanto escribió Pablo VI, hace ahora más de cuarenta años, en la "Populorum progressio", piedra angular de la enseñanza social de la Iglesia, en la que el gran pontífice traza algunas líneas decisivas, y siempre actuales, para el desarrollo integral del hombre y del mundo moderno. La situación mundial, como ampliamente demuestra la crónica de los últimos meses, sigue presentando no pocos problemas y el "escándalo" de desigualdades clamorosas, que permanecen a pesar de los compromisos adoptados en el pasado. Por una parte, se registran signos de graves desequilibrios sociales y económicos; por la otra, se invocan desde muchas partes reformas que no pueden demorarse por más tiempo para superar la brecha en el desarrollo de los pueblos. El fenómeno de la globalización puede, en este sentido, constituir una oportunidad real, pero por esto es importante que se acometa una profunda renovación moral y cultural y un discernimiento responsable sobre las elecciones que hay que realizar para el bien común. Un futuro mejor para todos es posible, si se funda en el descubrimiento de los valores éticos fundamentales. Es necesaria por tanto una nueva proyección económica que vuelva a diseñar el desarrollo de forma global, basándose en el fundamento ético de la responsabilidad ante Dios y ante el ser humano como criatura de Dios.

La encíclica ciertamente no mira a ofrecer soluciones técnicas a las grandes problemáticas sociales del mundo actual --no es la competencia del magisterio de la Iglesia (Cf. n. 9)--. Ésta recuerda, sin embargo, los grandes principios que se revelan indispensables para construir el desarrollo humano en los próximos años. Entre éstos, en primer lugar, la atención a la vida del hombre, considerada como centro de todo verdadero progreso; el respeto del derecho a la libertad religiosa, siempre unido íntimamente al desarrollo del hombre; el rechazo de una visión prometeica del ser humano, que lo considera artífice absoluto de su propio destino. Una ilimitada confianza en las potencialidades de la tecnología se revelaría finalmente ilusoria. Se necesitan hombres rectos tanto en la política cuanto en la economía, que estén sinceramente atentos al bien común. En particular, viendo las emergencias mundiales, es urgente llamar la atención de la opinión pública ante el drama del hambre y de la seguridad alimentaria, que afecta a una parte considerable de la humanidad. Un drama de tales dimensiones interpela a nuestra conciencia: es necesario afrontarlo con decisión, eliminando las causas estructurales que lo provocan y promoviendo el desarrollo agrícola de los países más pobres. Estoy seguro de que esta vía solidaria al desarrollo de los países más pobres ayudará ciertamente a elaborar un proyecto de solución de la crisis global actual. Indudablemente debe revalorarse atentamente el papel y el poder político de los Estados, en una época en la que existen de hecho limitaciones a su soberanía a causa del nuevo contexto económico-comercial y financiero internacional. Y por otro lado, no debe faltar la participación de los ciudadanos en la política nacional e internacional, gracias también a un compromiso renovado de las asociaciones de los trabajadores llamados a instaurar nuevas sinergias a nivel local e internacional. Un papel de primer nivel desempeñan, también en este campo, los medios de comunicación social para la potenciación del diálogo entre culturas y tradiciones diversas.

Queriendo por tanto programar un desarrollo no viciado por las disfunciones y distorsiones hoy ampliamente presentes, se impone por parte de todos una seria reflexión sobre el sentido mismo de la economía y sobre sus finalidades. Lo exige el estado de salud ecológica del planeta; lo pide la crisis cultural y moral del hombre que aparece con evidencia en cada lugar del globo. La economía tiene necesidad de la ética para su correcto funcionamiento; necesita recuperar la importante contribución del principio de gratuidad y de la "lógica del don" en la economía de mercado, en el que la regla no puede ser el provecho propio. Pero esto sólo es posible únicamente gracias al compromiso de todos, economistas y políticos, productores y consumidores, y presupone una formación de las conciencias que dé fuerza a los criterios morales en la elaboración de los proyectos políticos y económicos. Justamente, desde muchas partes se apela al hecho de que los derechos presuponen deberes correspondientes, sin los cuales los derechos corren el riesgo de transformarse en libre arbitrio. Es necesario, se repite cada vez más, un estilo diverso de vida por parte de toda la humanidad, en el que los deberes de cada uno hacia el ambiente se unan con los de la persona considerada en sí misma y en relación con los demás. La humanidad es una sola familia y el diálogo fecundo entre fe y razón no puede más que enriquecerla, haciendo más eficaz la obra de la caridad en lo social, constituyendo además el marco apropiado para incentivar la colaboración entre creyentes y no creyentes, en la perspectiva compartida de trabajar por la justicia y la paz en el mundo.

S.S. Benedicto XVI
Obispo de Roma

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martes, 7 de julio de 2009

San Pío, ejemplo de amor a María

2009-06-28
Ventana Pontificia
San Pío, ejemplo de amor a María

Publicamos las palabras que pronunció Benedicto XVI este domingo después de haber presidido la santa misa en el atrio de la iglesia de san Pío de Pietrelcina en San Giovanni Rotondo.

Queridos hermanos y hermanas:

Al concluir esta solemne celebración, os invito a rezar conmigo --como cada domingo-- la oración mariana del Ángelus. Pero aquí, en el santuario de san Pío de Pietrelcina, nos parece escuchar su misma voz, que nos exhorta a dirigirnos con corazón de hijos a la Virgen Santa: "Amad a la Virgen y haced que la amen". Lo repetía a todos, pero más que las palabras valía el testimonio ejemplar de su profunda devoción a la Madre celestial. Bautizado en la iglesia de Santa María de los Ángeles de Pietrelcina, con el nombre de Francisco, como el Pobrecillo de Asís, siempre experimentó por la Virgen un amor muy tierno. La providencia le trajo después aquí, a San Giovanni Rotondo, al santuario de Santa María de las Gracias, donde permaneció hasta la muerte y donde descansan sus restos mortales. Toda su vida y su apostolado se desarrollaron bajo la mirada maternal de la santísima Virgen y con la potencia de su intercesión. Consideraba la Casa Alivio del Sufrimiento como obra de María, "Salud de los enfermos". Por lo tanto, queridos amigos, siguiendo el ejemplo de padre Pío, también yo quiero encomendar hoy a todos vosotros a la maternal protección de la Madre de Dios. De modo particular la invoco para la comunidad de los Frailes Capuchinos, para los enfermos del Hospital y para los que con amor los cuidan, así como también para los Grupos de Oración que continúan, en Italia y en el mundo, la consigna espiritual del santo fundador.

Quisiera encomendar a la intercesión de la santísima Virgen y de san Pío de Pietrelcina de manera especial el Año Sacerdotal, que inauguré el viernes pasado, solemnidad del sagrado Corazón de Jesús. ¡Que sea una ocasión privilegiada para destacar el valor de la misión y de la santidad de los sacerdotes al servicio de la Iglesia y de la humanidad del tercer milenio!

Oremos en este día también por la situación difícil y a veces dramática de los refugiados. Ayer se celebró precisamente la Jornada Mundial del Refugiado, promovida por las Naciones Unidas. Muchas son las personas que buscan refugio en otros países escapando de situaciones de guerra, persecución y calamidad, y su acogida presenta no pocas dificultades, y sin embargo es un deber. Quiera Dios que, con el compromiso de todos, se logre eliminar lo más posible las causas de un fenómeno tan triste.

Con gran afecto saludo a todos los peregrinos aquí reunidos. Expreso mi agradecimiento a las autoridades civiles y a cuantos han colaborado en la preparación de mi visita. ¡Gracias de corazón! A todos os repito: caminad por el camino que el padre Pío os ha indicado, el camino de la santidad según el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo. En este camino os precederá siempre la Virgen María, y con mano materna os guiará a la patria celeste.

[Luego, hablando en polaco, añadió:]

Desde San Giovanni Rotondo, ante el santuario de San Pío de Pietrelcina, saludo cordialmente a los polacos, particularmente a los participantes en el milenario del martirio de san Bruno de Querfurt que hoy, en Gizycko, dan gracias a Dios por el don de la fe llevada por ese gran misionero. Que su esfuerzo a favor de las buenas relaciones entre las naciones fructifique en la concordia y en el celo por el anuncio del Evangelio. A todos os bendigo de corazón.

S. S. Benedicto XVI
Obispo de Roma

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viernes, 12 de junio de 2009

Ojos que no ven y oídos que no oyen

2009-06-14
A tiro de piedra
Ojos que no ven y oídos que no oyen

Resulta asombroso el planteamiento de algunas personas que achacan a la Iglesia Católica la incidencia o el aumento del VIH/SIDA, porque sus argumentos no encajan en lo razonable. Lo único evidente es su animadversión hacia el catolicismo, no así su seriedad en cuanto al tratamiento del tema.

La argumentación principal de aquellas es el rechazo de la Iglesia al uso del condón, y mezclan el contagio con el control natal. Fuera de su ataque y falsa acusación, poco o nada aportan para demostrar la validez de su argumento. El ejemplo más reciente es la visita del Papa al continente africano, en la que la referencia al tema vino a ser uno de los tantos puntos que el Santo Padre tocó en sus declaraciones a la prensa y sus discursos. De la gran cantidad de problemas que sufre África, y a los que hizo referencia el Sumo Pontífice, sólo las palabras que dijo en el vuelo hacia tierras africanas ocuparon, por varias semanas, la atención de los medios de comunicación y de algunos gobiernos; entre ellos los que, con su política económica, son actores en la pauperización de los pueblos africanos.

En los inmerecidos ataques a la Iglesia hay cosas tan absurdas como decir que si Lugo, presidente paraguayo, hubiera usado condón, no habría embarazado a varias mujeres. Según los que así piensan, la causa de ese asunto es la oposición de la Iglesia al uso del condón. ¡Qué ridiculez! Acaso no ven que el asunto fue con varias mujeres, que se inició cuando la mayoría de ellas era menor de edad, y que el perpetrador tenía el suficiente nivel de instrucción para saber cómo se reproduce el ser humano. Aquí, por mucho que lo quieran decir, el caso no se da por el uso o no del condón, sino por la actitud de Lugo.

Otro caso que se menciona, porque está de moda, es el del padre Alberto Cutié. En este ejemplo, además del ataque al celibato, se suma su salto a las toldas episcopalianas. Según los detractores de la Iglesia Católica, el celibato empuja a la feligresía a cambiar de religión. La realidad es otra: ninguna de las iglesias cristianas ecuménicas, que liberan del voto del celibato a sus ministros, ha visto aumentar significativamente su membresía porque no se exige ser célibe, porque ordena mujeres como sacerdotes u obispos, porque no condena el uso del condón, o porque ordena ministros homosexuales. El argumento, ante esta realidad, se derrumba.

Como dato adicional, el paso del padre Alberto implica a uno solo frente al hecho. Cuando la Iglesia Episcopal decidió darle el orden episcopal, a las mujeres, alrededor de 400 de sus sacerdotes pidieron ingresar a la Iglesia Católica; cuando ordenaron un obispo homosexual, cerca de 11 de sus obispos y 700 sacerdotes de esa denominación pidieron cambiarse a la Iglesia Católica.

Frente a los ataques que recibe la Iglesia, nuestro discernimiento debe ser mayor. Con el cuento de lo moderno, sus detractores intentan confundirnos. No somos una empresa que depende de la cuota de participación de mercado, para cambiar constantemente el producto. Nuestra prédica es una, y basta que haya 2 ó 3 reunidos en el nombre de Jesucristo, para que la Iglesia exista. Y una cosa está clara: los que adversan a la Iglesia Católica tienen ojos y no ven; oídos y no oyen. Quien tenga ojos, pues, que vea; quien tenga oídos, que oiga.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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viernes, 15 de mayo de 2009

Un reconocimiento de los sufrimientos de los cristianos de Tierra Santa

2009-05-17
Ventana Pontificia
Un reconocimiento de los sufrimientos de los cristianos de Tierra Santa

Publicamos la homilía que pronunció Benedicto XVI en la tarde del martes 12 de mayo, al celebrar la misa en el Valle de Josafat junto a unos seis mil fieles. Era la primera vez que un Papa celebraba la Eucaristía al aire libre en la Ciudad Santa.

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

"Cristo ha resucitado, aleluya". Con estas palabras os saludo con gran afecto. Doy las gracias al patriarca Fouad Twal por sus palabras de bienvenida en vuestro nombre, y ante todo, expreso también mi alegría al estar aquí para celebrar esta Eucaristía con vosotros, Iglesia en Jerusalén. Nos hemos reunido aquí bajo el Monte de los Olivos, donde nuestro Señor rezó y sufrió, donde lloró por amor a esta ciudad y a la que deseó que pudiera conocer "el camino de la paz" (Cf. Lucas 19, 42), y donde él regresó al Padre, dando su última bendición terrena a sus discípulos y a nosotros. Acojamos hoy esta bendición. Él os la imparte de manera especial a vosotros, queridos hermanos y hermanas, que estáis unidos en una ininterrumpida línea con los primeros discípulos que encontraron al Señor Resucitado al partir el pan, que experimentaron la efusión del Espíritu Santo en el Cenáculo, que fueron convertidos por la predicación de San Pedro y de los demás apóstoles. Saludo también a todos los presentes, y de manera especial a los fieles de la Tierra Santa que por varias razones no han podido estar aquí con nosotros.

Como sucesor de san Pedro, he recorrido sus pasos para proclamar al Señor resucitado entre vosotros, para confirmaros en la fe de vuestros padres e invocar sobre vosotros el consuelo que es el don del Paráclito. Al estar ante vosotros hoy, deseo reconocer las dificultades, la frustración, la pena y el sufrimiento que tantos de vosotros han soportado como consecuencia de los conflictos que han afligido a estas tierras, así como las amargas experiencias de desplazamientos que muchas de sus familias han conocido y --Dios no lo permita-- pueden aún conocer. Deseo que mi presencia aquí sea un signo de que no sois olvidados, de que vuestra perseverante presencia y testimonio son preciosos a los ojos de Dios y son un elemento de futuro para estas tierras. A causa de vuestras profundas raíces en estos lugares, de vuestra antigua y fuerte cultura cristiana y de vuestra perdurable confianza en las promesas de Dios, vosotros, cristianos de Tierra Santa, estáis llamados a ser no sólo un faro de fe para la iglesia universal, sino también levadura de armonía, sabiduría y equilibrio en la vida de una sociedad que tradicionalmente ha sido, y sigue siendo, pluralista, multiétnica y multirreligiosa.

Jerusalén en realidad ha sido siempre una ciudad en la cual resuenan lenguas diversas, cuyas piedras son pisadas por pueblos de toda raza y lengua, cuyos muros son símbolo del cuidado providente de Dios para toda la familia humana. Como un microcosmos de nuestro mundo globalizado, esta ciudad, debe vivir su vocación universal, debe ser un lugar que enseñe la universalidad, el respeto por los demás, el diálogo y la mutua comprensión; un lugar donde el prejuicio, la ignorancia y el miedo que la alimenta, sean superados por la honestidad, la integridad y la búsqueda de la paz. No debería haber lugar entre estos muros para la mezquindad, la discriminación, la violencia y la injusticia. Los creyentes en un Dios de misericordia --ya sea que se identifiquen como judíos, cristianos o musulmanes--, deben ser los primeros en promover esta cultura de la reconciliación y de la paz, por más lento que sea el proceso y más agobiante el peso de los recuerdos pasados.

Quisiera aquí referirme directamente a la trágica realidad --que no puede nunca dejar de ser fuente de preocupaciones para todos aquellos que aman esta ciudad y esta tierra-- de la partida en los tiempos recientes de numerosos miembros de la comunidad cristiana. Si bien hay razones comprensibles que llevan a muchos, especialmente jóvenes, a emigrar, esta decisión trae consigo como consecuencia un gran empobrecimiento cultural y espiritual de la ciudad. Deseo hoy repetir lo que he dicho en otras ocasiones: ¡en Tierra Santa hay lugar para todos! Mientras exhorto a las autoridades a respetar y apoyar aquí la presencia cristiana, deseo al mismo tiempo asegurarles la solidaridad, el amor y el apoyo de toda la Iglesia y de la Santa Sede.

En la iglesia del Santo Sepulcro, los peregrinos de cada siglo han venerado la piedra que, según la tradición, estaba ante la entrada de la tumba en la mañana de la resurrección de Cristo. Volvamos frecuentemente a esta tumba vacía. Reafirmemos allí nuestra fe en la victoria de la vida, y recemos para que toda "piedra pesada", colocada en la puerta de nuestros corazones bloqueando así nuestra completa sumisión al Señor en la fe, la esperanza y el amor, quede destrozada por la fuerza de la luz y de la vida, que resplandeció desde Jerusalén hasta todo el mundo en la mañana de Pascua. ¡Cristo ha resucitado, aleluya! ¡Verdaderamente ha resucitado! ¡Aleluya!

S. S. Benedicto XVI
Obispo de Roma

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viernes, 24 de abril de 2009

Reacción contra el Papa

2009-04-26
A tiro de piedra
Reacción contra el Papa

Las declaraciones del Santo Padre en relación con el tratamiento del SIDA en África han provocado reacciones desproporcionadas, por parte de algunos líderes políticos y activistas de la sociedad civil de Europa, que, poco informados, se han apresurado a injuriar al Papa y a condenarlo por sus palabras.

Si algo resulta evidente en este caso es, sin equivocación, la manipulación informativa de algunos grandes medios, que, comúnmente, atacan a la Iglesia Católica. Algunos, incluso, llegaron a afirmar que las palabras del Papa fueron pronunciadas en alguno de sus discursos en suelo africano. La realidad es otra: Benedicto XVI respondió a las preguntas de los periodistas que lo acompañaban en el avión rumbo a Camerún. Al escuchar las grabaciones, también se confirma que la respuesta del Santo Padre fue tergiversada, con la cita sesgada y la omisión del resto de las ideas expresadas por él, que sacaron de contexto lo dicho por Su Santidad.

En sus respuestas, el Papa Benedicto XVI explicó que la labor de la Iglesia Católica en la lucha contra el SIDA es esencial, y mencionó el doble esfuerzo que la Iglesia en África realiza en ese sentido. Dicho en sus palabras, fue así: "una humanización de la sexualidad, es decir una renovación espiritual y humana que lleve consigo un nuevo modo de comportarse el uno con el otro, y segundo, una verdadera amistad también y sobre todo con los que sufren".

Según la versión oficial de la entrevista concedida por el Papa a los periodistas que viajaban en el avión, cuando se le preguntó sobre la supuesta "ineficacia e irrealidad" de la lucha contra el SIDA por parte de la Iglesia, el Santo Padre dijo: "yo diría lo contrario: pienso que la realidad más eficiente, más presente ante la lucha contra el SIDA es algo propio de la Iglesia Católica, con sus movimientos, con sus distintas realidades". Y añadió, ante la insistencia del tema por parte de los periodistas, que “no se puede superar este problema del SIDA solo con slogans publicitarios. Si no existe el ánimo, si los africanos no se ayudan, no se puede resolver el flagelo con la distribución de preservativos: al contrario, el riesgo que se corre es el de aumentar el problema", y que "la solución puede encontrarse solamente en un doble esfuerzo: el primero consiste en una humanización de la sexualidad, es decir una renovación espiritual y humana que lleve consigo un nuevo modo de comportarse el uno con el otro, y segundo, una verdadera amistad también y sobre todo con los que sufren, la disponibilidad, también con sacrificios, con renuncias personales, para estar con los sufrientes".

Esa fue la respuesta del Papa Benedicto XVI, que provocó tanto revuelo y tanto desatino, por parte de algunos personajes; incluidos los del patio, que se desbocaron basándose en lo que transmitieron las agencias y los medios de noticia, en vez de consultar la versión original, disponible en el portal de la Santa Sede y otros medios, que reaccionaron ante los ataques, reproduciendo la información de primera mano.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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lunes, 30 de marzo de 2009

Discurso de Benedicto XVI sobre la promoción de la mujer

2009-03-29
La Voz del Pastor
Discurso de Benedicto XVI sobre la promoción de la mujer
A los movimientos comprometidos en Angola

Parte del discurso que pronunció Benedicto XVI el domingo 22 de marzo, durante el encuentro con los movimientos católicos para la promoción de la mujer en la parroquia de San Antonio de Luanda, Africa.

Queridos hermanos y hermanas:

«No les queda vino», dijo María a Jesús, suplicando para que la boda pudiera continuar en fiesta, como siempre debe ser: «Los invitados a la boda no pueden ayunar mientras tienen al novio con ellos» (cf. Mc 2,19). La Madre de Jesús fue después a los sirvientes recomendándoles: «Haced lo que él os diga» (cf. Jn 2,1-5). Y aquella mediación materna hizo posible el «vino bueno», premonitor de una nueva alianza entre la omnipotencia divina y el corazón humano pobre, pero bien dispuesto. Por lo demás, esto es lo que ya había sucedido en el pasado cuando –como hemos oído en la primera lectura– «todo el pueblo, a una, respondió: “haremos todo cuanto ha dicho el Señor”» (Ex 19,8).

Que estas mismas palabras broten del corazón de todos los que estamos aquí reunidos, en esta iglesia de San Antonio, levantada gracias a la benemérita obra misionera de los Frailes menores capuchinos, como una nueva Tienda para el Arca de la Alianza, signo de la presencia de Dios en medio del pueblo en camino. Sobre ellos y cuantos colaboran y se benefician de la asistencia religiosa y social que se presta aquí, el Papa imparte una benévola y alentadora Bendición. Saludo cordialmente a todos los presentes: Obispos, presbíteros, consagrados y consagradas, y de modo particular a vosotros, fieles laicos, que asumís conscientemente los deberes de compromiso y testimonio cristiano que conlleva el sacramento del bautismo y, para los casados, también del sacramento de la matrimonio. Y, dado el motivo principal que nos reúne aquí, dirijo un saludo lleno de afecto y esperanza a las mujeres, a las que Dios ha confiado la fuente de la vida: vivís y apostáis por la vida, porque el Dios vivo ha apostado por vosotras. Saludo con espíritu agradecido a los responsables y animadores de los Movimientos eclesiales que se preocupan entre otras cosas por la promoción de la mujer angoleña. Agradezco a Mons. José de Queirós Alves y a vuestros representantes las palabras que me han dirigido, expresando los afanes y esperanzas de tantas heroínas silenciosas, como son las mujeres en esta querida Nación.

Exhorto a todos a ser realmente conscientes de las condiciones desfavorables a las que han estado sometidas –y lo siguen estando– muchas mujeres, examinando en qué medida esto puede ser causado por la conducta y la actitud de los hombres, a veces por su falta de sensibilidad o responsabilidad. Los designios de Dios son diferentes. Hemos escuchado en la lectura que todo el pueblo contestó al unísono: «Haremos todo cuanto ha dicho el Señor». Dice la Sagrada Escritura que el Creador divino, al ver la obra que había realizado, vio que faltaba algo: todo habría sido bueno si el hombre no hubiera estado solo. ¿Cómo podía el hombre solo ser imagen y semejanza de Dios, que es uno y trino, de Dios que es comunión? «No está bien que el hombre esté solo; voy a hacer alguien como él que le ayude» (cf. Gn 2,18-20). Dios se puso de nuevo manos a la obra para crear la ayuda que faltaba, y se la proporcionó de forma privilegiada, introduciendo el orden del amor, que no veía suficientemente representado en la creación.

Como sabéis, hermanos y hermanas, este orden del amor pertenece a la vida íntima de Dios mismo, a la vida trinitaria, siendo el Espíritu Santo la hipóstasis personal del amor. Ahora bien, «sobre el designio eterno de Dios –como dijo el recordado Papa Juan Pablo II–, la mujer es aquella en quien el orden del amor en el mundo creado de las personas halla un terreno para su primera raíz»(Carta ap., Mulieris dignitatem, 29). En efecto, al ver el encanto fascinante que irradia de la mujer a causa de la íntima gracia que Dios le ha dado, el corazón del hombre se ilumina y se ve a sí mismo en ella: «Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne» (Gn 2,23). La mujer es otro «yo» en la común humanidad. Hay que reconocer, afirmar y defender la misma dignidad del hombre y la mujer: ambos son personas, diferentes de cualquier otro ser viviente del mundo que les rodea.

Los dos están llamados a vivir en profunda comunión, en un recíproco reconocimiento y entrega de sí mismos, trabajando juntos por el bien común con las características complementarias de lo que es masculino y de lo que es femenino. ¿A quién se le oculta hoy la necesidad de dar más espacio a las «razones» del corazón? En un mundo como el actual, dominado por la técnica, se siente la exigencia de esta complementariedad de la mujer, para que el ser humano pueda vivir sin deshumanizarse del todo. Puede pensarse en las tierras donde hay más pobreza, en las regiones devastadas por la guerra, en muchas situaciones trágicas causadas por las migraciones, forzadas o no... En esos casos, casi siempre son las mujeres las que mantienen intacta la dignidad humana, defienden la familia y tutelan los valores culturales y religiosos.

Queridos hermanos y hermanas, la historia habla casi exclusivamente de las conquistas de los hombres, cuando, en realidad, una parte importantísima se debe a la acción determinante, perseverante y beneficiosa de las mujeres. Permitidme que, entre muchas mujeres extraordinarias, os hable de dos: Teresa Gomes y María Bonino. Angoleña la primera, fallecida el año 2004 en la ciudad de Sumbe, después de una vida conyugal feliz de la que nacieron 7 hijos; su fe cristiana fue inquebrantable y su celo apostólico admirable, sobre todo en los años 1975 y 1976, cuando una feroz propaganda ideológica y política se abatió sobre la parroquia de Nuestra Señora de las Gracias de Porto Amboim, consiguiendo casi que se cerraran las puertas de la iglesia. Teresa se convirtió entonces en la líder de los fieles que no se rindieron ante dicha situación, animándolos, protegiendo valerosa-mente las estructuras parroquiales y buscando cualquier modo posible para tener de nuevo la santa Misa. Su amor a la Iglesia la hizo incansable en la obra de la evangelización, bajo la guía de los sacerdotes.

S. S. Benedicto XVI
Obispo de Roma

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lunes, 23 de marzo de 2009

Los africanos "gritan reconciliación, justicia, y paz"

2009-03-22
La Voz del Pastor
Los africanos "gritan reconciliación, justicia, y paz"

Publicamos el discurso que dirigió Benedicto XVI este martes en la tarde durante la ceremonia de bienvenida que tuvo lugar en el aeropuerto Nsimalen de Yaundé, tras escuchar las palabras que le dirigió el presidente de la República, Paul Biya.

Os doy las gracias por vuestra acogida. Y le doy las gracias a usted, señor presidente, por las amables palabras que me acaba de dirigir. Aprecio profundamente la invitación que se me ha hecho para venir aquí, a Camerún, y quiero expresarle en primer lugar mi gratitud, así como al presidente de la conferencia episcopal nacional, monseñor Tonyé Bakot. Os saludo a todos los que me honráis con vuestra presencia en esta ocasión, y deseo asegurar que me siento feliz de encontrarme aquí, con vosotros, en la tierra de África, por primera vez desde mi elección a la Sede de Pedro.

Saludo cordialmente a mis hermanos en el episcopado, así como a los sacerdotes y laicos que están aquí reunidos. Dirijo mi saludo respetuoso también a los representantes del gobierno, a las autoridades civiles, y a los miembros del Cuerpo Diplomático. Mientras vuestro país, al igual que muchos otros en África, se prepara para celebrar el quincuagésimo aniversario de su independencia, quiero unir mi voz al coro de felicitaciones y de buenos deseos que os presentarán vuestros amigos de todo el mundo en esta feliz circunstancia. En esta asamblea, saludo también con reconocimiento a los miembros de otras confesiones cristianas y a los fieles de otras religiones. Al uniros hoy a nosotros, ofrecéis un signo elocuente de la buena voluntad y de la armonía que existen en este país entre las personas que pertenecen a las diferentes tradiciones religiosas.

Vengo entre vosotros como un pastor, vengo para confirmar a mis hermanos y hermanas en la fe. Es la misión que Cristo confió a Pedro en la Última Cena, y es la misión de los sucesores de Pedro. Cuando Pedro predicaba a las muchedumbres venidas a Jerusalén en Pentecostés, había entre ellos peregrinos procedentes de África. Y, en los primeros siglos del cristianismo, el testimonio de numerosos grandes santos de este continente --san Cipriano, santa Mónica, san Agustín, san Atanasio, por nombrar a unos pocos-- muestra el lugar destacado de África en los anales de la historia de la Iglesia. Desde entonces y hasta nuestros días, innumerables misioneros y numerosos mártires han seguido dando testimonio de Cristo en toda África, y hoy la Iglesia es bendecida por la presencia de unos 150 millones de miembros. Por tanto, ¿cómo no podía venir el sucesor de Pedro a África para celebrar junto a vosotros la fe en Cristo, que da la vida; fe que apoya y alimenta a tantos hijos e hijas de este gran continente?

Aquí, en Yaundé, en 1995, mi venerable predecesor, Juan Pablo II, promulgó la exhortación apostólica postsinodal "Ecclesia in Africa", fruto de la primera asamblea especial del Sínodo de los Obispos para África, celebrada en Roma el año anterior. De hecho, el décimo aniversario de aquel momento histórico fue recordado con gran solemnidad en esta misma ciudad no hace mucho tiempo. He venido aquí para publicar el "Instrumentum Laboris" de la segunda asamblea especial, que tendrá lugar en Roma el próximo mes de octubre. Los padres sinodales reflexionarán juntos sobre el tema: "La Iglesia en África, al servicio de la reconciliación, de la justicia y la paz. 'Vosotros sois la sal de la tierra... Vosotros sois la luz del mundo' (Mt 5, 13,14)". Después de casi diez años del nuevo milenio, este momento de gracia es un llamamiento a todos los obispos, sacerdotes, religiosos y fieles laicos del continente a entregarse nuevamente a la misión de la Iglesia de llevar esperanza a los corazones del pueblo de África, y de este modo también a los pueblos de todo el mundo.

También en medio de las más grandes dificultades, el mensaje cristiano trae siempre consigo esperanza. La vida de santa Josefina Bakhita ofrece un espléndido ejemplo de la transformación que el encuentro con el Dios vivo puede provocar en una situación de gran sufrimiento e injusticia. Ante el dolor y la violencia, la pobreza, el hambre, la corrupción o el abuso del poder, un cristiano nunca puede quedarse en silencio. El mensaje salvífico del Evangelio exige ser proclamado con fuerza y claridad, de manera que la luz de Cristo pueda brillar en la oscuridad de la vida de las personas. Aquí, en África, al igual que en otras muchas partes del mundo, innumerables hombres y mujeres anhelan escuchar una palabra de esperanza y consuelo. Conflictos locales dejan miles de personas sin casa y desprotegidas, huérfanos y viudas. En un continente que, en el pasado, ha visto cómo muchos de sus habitantes eran cruelmente raptados y llevados a ultramar para trabajar como esclavos, el tráfico de seres humanos, especialmente de mujeres y niños inermes, se ha convertido en una moderna forma de esclavitud. En un momento de global escasez de comida, de confusión financiera, de cambios climáticos, África sufre de manera desproporcionada: un número creciente de sus habitantes acaba convirtiéndose en presa del hambre, de la pobreza, de la enfermedad. Gritan reconciliación, justicia, y paz, y esto es precisamente lo que la Iglesia les ofrece. No ofrece nuevas formas de opresión económica o política, sino la libertad gloriosa de los hijos de Dios (Cf. Romanos 8,21). No impone modelos culturales que ignoran el derecho a la vida de los que todavía no han nacido, sino el agua pura salvífica del Evangelio de la vida. No promueve las rivalidades interétnicas, sino la rectitud, la paz y la alegría del Reino de Dios, descrito de manera sumamente apropiada por el Papa Pablo VI con estas palabras: "civilización del amor" (Cf. Mensaje para el Regina caeli, Pentecostés 1970).

Aquí, en Camerún, donde más de una cuarta parte de la población es católica, la Iglesia puede continuar con su misión de promoción del consuelo y la reconciliación. En el centro Cardenal Léger, podré observar personalmente la solicitud pastoral de esta Iglesia local por las personas enfermas y que sufren; y es particularmente digno de encomio el que los enfermos de sida en este país sean curados gratuitamente. El compromiso educativo es otro elemento clave del ministerio de la Iglesia, y ahora vemos que los esfuerzos de generaciones de maestros misioneros dan su fruto en la obra de la Universidad Católica de África Central, un signo de gran esperanza para el futuro de la región.

S. S. Benedicto XVI
Obispo de Roma

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viernes, 26 de diciembre de 2008

Balance de 2008 con la Jornada de Sydney como eje

2008-12-28
La Voz del Pastor
Balance de 2008 con la Jornada de Sydney como eje

Publicamos parte del discurso que Benedicto XVI dirigió el lunes 22 de diciembre a los miembros de la Curia Romana y de la Gobernación de la Ciudad del Vaticano en el tradicional encuentro de intercambio de felicitaciones con motivo de la Navidad.

Señores cardenales, venerados hermanos en el episcopado y en el presbiterado, queridos hermanos y hermanas:

La Navidad del Señor está a las puertas. Cada familia siente el deseo de reunirse, para disfrutar la atmósfera única e irrepetible que esta fiesta es capaz de crear. También la familia de la Curia Romana se encuentra esta mañana, siguiendo una bella tradición, gracias a la cual tenemos la alegría de encontrarnos e intercambiarnos las felicitaciones navideñas en este particular clima espiritual. Dirijo a cada uno mi saludo cordial, lleno de reconocimiento por la apreciada colaboración prestada al sucesor de Pedro. (…)

El año que está a punto de terminar ha sido rico en miradas retrospectivas a fechas importantes de la historia reciente de la Iglesia, pero rico también en acontecimientos, que traen consigo señales de orientación para nuestro camino hacia el futuro. Hace cincuenta años moría el papa Pío XII, hace 50 años era elegido papa Juan XXIII. Han pasado cuarenta años de la publicación de la Encíclica Humanae vitae y treinta años de la muerte de su autor, el Papa Paolo VI.

El mensaje de estos acontecimientos ha sido recordado y meditado de muchas formas a lo largo del año, tanto que no quisiera detenerme nuevamente en ellos ahora.

La mirada de la memoria, sin embargo, se ha dirigido aún más atrás de los acontecimientos del siglo pasado, y precisamente así nos ha dirigido hacia el futuro: la noche del 28 de junio, en presencia del patriarca ecuménico Bartolomé I de Constantinopla y de representantes de muchas otras Iglesias y comunidades eclesiales pudimos inaugurar en la Basílica de San Pablo Extramuros el Año Paulino, en recuerdo del nacimiento del apóstol de los gentiles hace dos mil años. Pablo no es para nosotros una figura del pasado. (…)

Surgen particularmente ante los ojos tres acontecimiento específicos del año que está por concluir. Ha estado ante todo la Jornada Mundial de la Juventud en Australia, una gran fiesta de la fe, que ha reunido a más de 200.000 jóvenes de todas partes del mundo y les ha acercado no sólo externamente --en sentido geográfico-- sino, con su contagiante alegría de ser cristianos, también interiormente.

Junto a ello hubo dos viajes, uno a los Estados Unidos y otro a Francia, en los que la Iglesia se ha hecho visible ante el mundo y para el mundo como una fuerza espiritual que indica caminos de vida y, mediante el testimonio de la fe, trae la luz al mundo. Fueron días que irradiaban luminosidad, irradiaban confianza en el valor de la vida y en el empeño por el bien.

Por último, hay que recodar el Sínodo de los Obispos: pastores procedentes de todo el mundo se reunieron alrededor de la Palabra de Dios, que había sido alzada en medio de ellos; en torno a la palabra de Dios, cuya gran manifestación se encuentra en la Sagrada Escritura. (…)

Finalmente era importante experimentar que en la Iglesia hay un Pentecostés también hoy; es decir, que ésta habla en muchas lenguas, y esto no sólo en el aspecto exterior de que estén representadas en ella todas las grandes lenguas del mundo, sino aún más en su aspecto más profundo: en ella están presentes las múltiples formas de experiencia de Dios y del mundo, la riqueza de las culturas, y sólo así aparece la amplitud de la existencia humana y, a partir de ella, la amplitud de la Palabra de Dios.(…)

Los viajes pastorales de este año han hecho referencia a la presencia de la Palabra de Dios, a Dios mismo en el actual momento de la historia: su verdadero sentido sólo puede ser el de servir a esta presencia. En estas ocasiones la Iglesia se hace perceptible públicamente, con ella la fe, y por ello, al menos, la pregunta sobre Dios.

Esta manifestación en público de la fe llama en causa a todos aquellos que intentan entender el tiempo presente y las fuerzas que actúan en él. Especialmente el fenómeno de las Jornadas Mundiales de la Juventud se convierte cada vez más en un objeto de análisis, en el que se intenta entender esta especie, por así decirlo, de cultura juvenil. Australia nunca había visto tanta gente de todos los continentes como en la Jornada Mundial de la Juventud, ni siquiera durante las Olimpiadas. (…)

El espíritu misionero de la Iglesia no es más que el impulso por comunicar la alegría que se nos ha dado. Que siempre esté viva en nosotros y, después, que se irradie en el mundo en sus tribulaciones: este es mi auspicio para finales de este año. Junto con un sentido agradecimiento por todas vuestras fatigas y obras, os deseo a todos que esta alegría, que se deriva de Dios, se nos dé abundantemente también en el Año Nuevo.

Confío estos deseos a la intercesión de la Virgen María, Mater divinae gratiae, pidiéndola poder vivir las festividades navideñas en la alegría y en la paz del Señor. Con estos sentimientos, os imparto de corazón a todos vosotros y a la gran familia de la Curia Romana la bendición apostólica.

S. S. Benedicto XVI
Obispo de Roma

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miércoles, 16 de julio de 2008

Toda la Iglesia a “sentirse partícipe” de la Jornada Mundial de la Juventud de Sydney

2008-07-13
La Voz del Pastor
Toda la Iglesia a “sentirse partícipe” de la Jornada Mundial de la Juventud de Sydney

Ofrecemos a continuación el discurso que el Papa dirigió hoy a los peregrinos congregados en el Patio interior del Palacio Apostólico de Castel Gandolfo para el rezo del Ángelus:

Queridos hermanos y hermanas, quisiera ante todo dirigir un afectuoso y grato saludo a las autoridades y a la entera comunidad civil y eclesial de Castel Gandolfo, que me reservan siempre durante mi estancia, una cordial y atenta acogida. Mi pensamiento va ya a Australia adonde, si Dios quiere, viajaré el próximo sábado, 12 de julio. En Sydney, de hecho, en el sureste de este país tendrá lugar la XXIII Jornada Mundial de la Juventud.

En los meses pasados la “Cruz de los jóvenes” ha atravesado toda Oceanía, y en Sydney una vez más será testigo silenciosa del pacto de alianza entre el Señor Jesucristo y las nuevas generaciones. El 15 de julio está prevista la fiesta de acogida de los jóvenes, el sábado 19 tendrá lugar la gran vigilia y el domingo 20 la Celebración eucarística, momento culminante y concluyente del acontecimiento.

La Conferencia Episcopal Australiana ha predispuesto con cuidado cada cosa, en todo momento sostenida por la colaboración de las autoridades civiles. Los primeros grupos de chicos y chicas ya están partiendo desde otros continentes hacia Australia. Invito a toda la Iglesia a sentirse partícipe de esta nueva etapa de la gran peregrinación de los jóvenes a través del mundo, iniciado en 1985 por el Siervo de Dios Juan Pablo II.

La próxima Jornada Mundial de la Juventud se anuncia como un renovado Pentecostés: en efecto, ya desde hace un año las comunidades cristianas se preparan siguiendo el camino que indiqué en el Mensaje con el lema “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre vosotros y seréis mis testigos” (Hch 1, 8). Es la promesa que Jesús hizo a sus discípulos después de la resurrección, y que permanece siempre válida y actual en la Iglesia: el Espíritu Santo, esperado y acogido en la oración, infunde en los creyentes la capacidad de ser testigos de Jesús y de su Evangelio. Soplando en la vela de la Iglesia, el Espíritu divino la empuja a “remar mar adentro” siempre de nuevo, de generación en generación, para llevar a todos la buena noticia del amor de Dios, revelado plenamente en Cristo Jesús, muerto y resucitado por nosotros. Estoy seguro de que desde todos los extremos de la tierra los católicos se unirán a mí y a los jóvenes reunidos, como en un Cenáculo, en Sydney invocando intensamente al Espíritu Santo, para que inunde los corazones de luz interior, de amor a Dios y a los hermanos, de valiente iniciativa para introducir el eterno mensaje de Jesús en la diversidad de lenguas y culturas.

Junto a la Cruz, el icono de la Virgen María acompaña las Jornadas Mundiales de la Juventud. A su maternal protección confiamos este viaje a Australia y el encuentro de los jóvenes en Sydney. Además, en este primer domingo de julio, deseo invocar la intercesión de María a fin de que el periodo veraniego pueda ofrecer a todos la ocasión de un tiempo de reposo y de recarga física y espiritual.

Saludo con afecto a los niños y a sus acompañantes que participan en el “Festival Internacional de los Niños Artistas 2008”, organizado por la "Soong Ching Ling Foundation of Italy". Amor, concordia, armonía y solidaridad son los valores que vosotros queréis promover en China y en los demás países del mundo. El arte y la cultura pueden unir a los pueblos: los niños representan el futuro de la familia humana y son, por tanto, llamados a título pleno a construir un mundo más bello y más humano. Vuestra presencia me permite enviar un augurio de paz y alegría a todos vuestros coetáneos en China y en el mundo.

En este domingo, os invito a dar gracias a Dios Padre, que ha escondido los misterios del Reino a los sabios y entendidos de este mundo, y a pedirle que nos conceda identificarnos cada día con los sentimientos de su Hijo Jesucristo, manso y humilde de corazón.

S.S. Benedicto XVI
Obispo de Roma

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La unidad de los cristianos, signo del amor de Dios por la humanidad

2008-07-06
La Voz del Pastor
La unidad de los cristianos, signo del amor de Dios por la humanidad

Publicamos un fragmento de intervención que pronunció Benedicto XVI sobre el ecumenismo con motivo de la visita a la Santa Sede de Su Santidad Karekin II patriarca supremo y catholicos de todos los armenios.

Hoy tengo la gran alegría de saludar a Su Santidad, el catholicos Karekin II, patriarca supremo de todos los armenios, y a la distinguida delegación que le acompaña. Su Santidad, rezo para que la luz del Espíritu Santo ilumine su peregrinación a las tumbas de los apóstoles Pedro y Pablo, las importantes reuniones que celebrará aquí, y en particular nuestras conversaciones personales. Pido a todos los presentes que recen para que Dios bendiga esta visita.

Su Santidad, le doy las gracias por su compromiso personal en el crecimiento de la amistad entre la Iglesia Apostólica Armenia y la Iglesia Católica. En el año 2000, poco después de su elección, usted vino a Roma para reunirse con el Papa Juan Pablo II, y un año después, usted quiso recibirle en la santa Etchmiadzin. Usted vino de nuevo a Roma junto con numerosos líderes eclesiales de Oriente y de Occidente con motivo del funeral del Papa Juan Pablo II. Estoy seguro de que este espíritu de amistad se profundizará aún más en los próximos días.

En un nicho exterior de la Basílica de San Pedro se encuentra una bella estatua de san Gregorio el Iluminador, fundador de la Iglesia Armenia. Nos ayuda a recordar las duras persecuciones que han sufrido los cristianos armenios, en particular, durante el último siglo. Los numerosos mártires de Armenia son un signo del poder del Espíritu Santo que actúa en tiempos de oscuridad, y prenda de esperanza para los cristianos de todas las partes del mundo.

Su Santidad, queridos obispos y queridos amigos, junto con vosotros imploro a Dios todopoderoso, por intercesión de san Gregorio el Iluminador, que nos ayude a crecer en la unidad, en el santo vínculo de la fe, la esperanza, y el amor cristianos.

[A continuación, el Papa pronunció la tradicional intervención en italiano:]

Queridos hermanos y hermanas:

Como veis, se encuentra entre nosotros esta mañana Su Santidad Karekin II, patriarca supremo y catholicos de todos los armenios, acompañado por una distinguida delegación. Expreso de nuevo mi alegría por haberle podido acoger esta mañana: su presencia reaviva en nosotros la esperanza de la unidad plena entre todos los cristianos. Aprovecho la oportunidad para darle las gracias también por la amable acogida que ofreció recientemente en Armenia al cardenal secretario de Estado. Para mí es un placer recordar la inolvidable visita que el catholicos hizo a Roma en el año 2000, poco después de su elección. En su encuentro con él, mi querido predecesor, Juan Pablo II, le entregó una insigne reliquia de san Gregorio el Iluminador y a continuación viajó a Armenia para devolverle la visita.

Es conocido el compromiso de la Iglesia Apostólica Armenia a favor del diálogo ecuménico, y estoy seguro de que también esta visita del venerado patriarca supremo y catholicos de todos los armenios contribuirá a intensificar las relaciones de fraterna amistad que unen a nuestras Iglesias. Estos días de inmediata preparación para la solemnidad de Pentecostés nos alientan a reavivar la esperanza en la ayuda del Espíritu Santo para avanzar por el camino del ecumenismo. Nosotros tenemos la certeza de que el Señor Jesús no nos abandona nunca en la búsqueda de la unidad, dado que su Espíritu actúa incansablemente para apoyar nuestros esfuerzos orientados a superar toda división y a coser todo desgarre en el tejido vivo de la Iglesia.

Esto es precisamente lo que Jesús prometió a los discípulos en los últimos días de su misión terrena, como acabamos de escuchar en el pasaje del Evangelio: les aseguró la asistencia del Espíritu Santo, que mandaría para que siguiera haciéndoles experimentar su presencia (Cf. Juan 14, 16-17). Esta promesa se hizo realidad cuando, tras la resurrección, Jesús entró en el Cenáculo, saludó a los discípulos con las palabras «La paz con vosotros» y, soplando sobre ellos, les dijo: «Recibid el Espíritu Santo» (Juan 20, 22). Les autorizaba a perdonar los pecados. El Espíritu Santo, por tanto, se presenta como fuerza del perdón de los pecados, de renovación de nuestros corazones y de nuestra existencia, y de este modo renueva la tierra y crea unidad allí donde había división. Después, en la fiesta de Pentecostés, el Espíritu Santo se muestra con otros signos: a través del viento impetuoso, de lenguas de fuego, y los apóstoles hablan todos los idiomas. Este último es un signo de que la dispersión de Babilonia, fruto de la soberbia que separa a los hombres, ha quedado superada por el Espíritu, que es caridad y que da unidad en la diversidad. Desde el primer momento de su existencia la Iglesia habla todos los idiomas, gracias a la fuerza del Espíritu Santo y a las lenguas de fuego, y vive en todas las culturas, no destruye nada de los dones ni de la historia propia, sino que los asume todos en una unidad nueva y grande que reconcilia la unidad con la multitud de formas.

El Espíritu Santo, que es la caridad eterna, el lazo de la unidad en la Trinidad, une con su fuerza en la caridad divina a los hombres dispersos, creando así la grande y multiforme comunidad de la Iglesia en todo el mundo. En los días que pasaron entre la Ascensión del Señor y el domingo de Pentecostés, los discípulos estaban reunidos con María en el Cenáculo para rezar. Sabían que no podían por sí solos crear, organizar la Iglesia: la Iglesia tiene que nacer y ser organizada por la iniciativa divina; no es una criatura nuestra, sino un don de Dios. Sólo así crea también unidad, una unidad que tiene que crecer. La Iglesia en todo tiempo, en particular, en estos nueve días entre la Ascensión y Pentecostés, se une espiritualmente en el Cenáculo con los apóstoles y con María para implorar incisamente la efusión del Espíritu Santo. Movida por su viento impetuoso será capaz de anunciar el Evangelio hasta los confines de la tierra.

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