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viernes, 17 de julio de 2009

Con esa esperanza nos han salvado

2009-07-19
La Voz del Pastor
Con esa esperanza nos han salvado
(Romanos 8, 24)

Nada es inexorable. Esta es la traducción antropológica de la idea fundamental de salvación, según la fe cristiana. El hombre debe creer en el imposible y dejar de creer miserablemente sólo en lo posible. La esperanza tiene como viático la fe. La esperanza cree que siempre se puede transgredir la fatalidad.

La encíclica Caritas in Veritate, tercera de Benedicto XVI, encierra un gran mensaje de esperanza dirigido a todas y a todos, hombres y mujeres de este mundo. Esperanza a la que ya nos llamó en su segunda encíclica, Spes salvi, y que se fundamenta en la experiencia afirmada de que Dios es Amor, Deus Caritas est, primera encíclica. Ahora, en la actual encíclica, este amor esperanzado llama a no quedar prisioneros de la fatalidad por las consecuencias de la crisis económico-financiera, ni de supuestos inexorables ciclos de alzas y de bajas económicas o de que mejor de lo que tenemos no se puede, o de cualquiera otra manifestación que nos encerrara en el círculo sin horizonte. Amor y Verdad se besan y engendran Justicia.

La encíclica manifiesta una honda confianza en la razón humana, de que tenemos la misión y los medios para lograr que todos y no sólo algunos, estén invitados y efectivamente se logre, de participar solidariamente en la gran mesa de la Creación. Podemos transformar este mundo, ayudados por ciencia y tecnología para ser señores y no esclavos de los acontecimientos, proyecto que necesita ser animado por la justicia y el amor porque éstas no se limitan a las relaciones interpersonales, sino también en el campo socioeconómico-financiero. Ninguna crisis puede descalificar o poner entre paréntesis esta misión.

“El sábado se hizo para el hombre, no el hombre para el sábado. De manera que el Hijo del Hombre es Señor también del sábado” (Marcos 2,27). Esta convicción y que es de toda la Tradición de la Iglesia, su clave antropológica, nos la comparte el Papa como fundamental para realizar una labor constructiva, aún con crisis, porque el olvido o descuido de ella están a la raíz de nuestra situación actual. También la globalización es para el hombre y no el hombre para la globalización. No más pirámides de sacrificios.

El ser humano biológicamente lo podemos relacionar en altísimo porcentaje con los que llamamos “animales”, pero el ser humano, de toda evidencia, tiene una dimensión particular que le permite no quedar sujeto al reino de la necesidad y acceder al reino de la libertad, el sursum, el “arriba los corazones” de la libertad; también en los fenómenos económicos y sociales. Aquí el abrirse a la Trascendencia, a una relación con el Absoluto, en el reconocimiento de que a los orígenes del cosmos y de su ser humano hay una donación, no un contrato, no una compra, no un accidente, una equivocación, en vez de limitarle le abre a mayores alcances en el horizonte de la Verdad. ¿Y si no se es creyente? Todo ser humano, el ejercicio de la razón nos lo descubre, tiene una corresponsabilidad, una obligación, con sus semejantes y, en relación con ellos, con la Tierra. No hay escape a la responsabilidad de tomar posición en un juicio moral que trasciende los intereses particulares, sean individuales o de grupo. Es cuestión de conciencia.

Caritas in Veritate no encierra un catálogo de soluciones. No es esta la tarea del pensamiento social de la Iglesia y de su magisterio, pero sí nos llama a la misión transformadora de este mundo, en justicia y paz, en esperanza democrática. Nos anima a no decaer en el empeño de concertación nacional, con objetivos de cohesión social a través del fortalecimiento del tejido social. Crecimiento y competitividad indisolublemente unidos a equidad y bienestar para todos. La encíclica nos pide ejercer el juicio moral y poner en acción los criterios de ese juicio. Amor y verdad deben interactuar porque cada uno depende del otro para el logro de su fin: ni amor sin verdad ni verdad sin amor o quedaríamos en un sentimentalismo o paternalismo inoperante, o en una verdad que, aunque apareciera como eficaz, resultaría descarnada, inhumana.

Nuestra tarea misionera como Iglesia panameña, en el espíritu de Aparecida, tiene que incluir lo que en esta encíclica nos dice el Papa. Para empezar, leerla y meditarla.

Mons. Pablo Varela Server
Obispo Auxiliar

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martes, 14 de julio de 2009

La encíclica "Caritas in veritate"

2009-07-12
La Voz del Pastor
La encíclica "Caritas in veritate"

Ofrecemos a continuación un extracto de la intervención de Benedicto XVI durante la audiencia general de este miércoles, 8 de julio celebrada en el Aula Pablo VI, con peregrinos procedentes de todo el mundo, dedicada a presentar la encíclica que publicó este martes, "Caritas in veritate".

Queridos hermanos y hermanas:

Mi nueva encíclica "Caritas in veritate", que ayer se presentó oficialmente, se inspira en su visión fundamental en un pasaje de la carta de san Pablo a los Efesios, en el que el apóstol habla del actuar según la verdad en la caridad: "Actuando --lo acabamos de escuchar-- según la verdad en la caridad, crecemos en todo hasta aquel que es la cabeza, Cristo" (4, 15). La caridad en la verdad es, por tanto, la principal fuerza propulsora para el verdadero desarrollo de cada persona y de toda la humanidad. Por esto, en torno al principio "caritas in veritate", gira toda la doctrina social de la Iglesia. Sólo con la caridad, iluminada por la razón y por la fe, es posible conseguir objetivos de desarrollo con un valor humano y humanizador. La caridad en la verdad "es el principio sobre el que gira la doctrina social de la Iglesia, un principio que adquiere forma operativa en criterios orientadores de la acción moral" (n. 6). La encíclica alude en seguida en la introducción a dos criterios fundamentales: la justicia y el bien común. La justicia es parte integrante de ese amor "con los hechos y en la verdad" (1 Juan 3,18), a la que exhorta el apóstol Juan (Cf. n. 6). Y "amar a alguien es querer su bien y obrar eficazmente por él. Junto al bien individual, hay un bien ligado a la vida social de las personas... Se ama al prójimo tanto más eficazmente, cuanto más se trabaja" por el bien común. Por tanto, dos son los criterios operativos, la justicia y el bien común; gracias a éste último, la caridad adquiere una dimensión social. Todo cristiano --dice la encíclica-- está llamado a esta caridad, y añade: "Ésta es la vía institucional... de la caridad" (cfr n. 7).

Como otros documentos del Magisterio, también esta encíclica retoma, continúa y profundiza el análisis y la reflexión de la Iglesia sobre cuestiones sociales de vital interés para la humanidad de nuestro tiempo. De modo especial, enlaza con cuanto escribió Pablo VI, hace ahora más de cuarenta años, en la "Populorum progressio", piedra angular de la enseñanza social de la Iglesia, en la que el gran pontífice traza algunas líneas decisivas, y siempre actuales, para el desarrollo integral del hombre y del mundo moderno. La situación mundial, como ampliamente demuestra la crónica de los últimos meses, sigue presentando no pocos problemas y el "escándalo" de desigualdades clamorosas, que permanecen a pesar de los compromisos adoptados en el pasado. Por una parte, se registran signos de graves desequilibrios sociales y económicos; por la otra, se invocan desde muchas partes reformas que no pueden demorarse por más tiempo para superar la brecha en el desarrollo de los pueblos. El fenómeno de la globalización puede, en este sentido, constituir una oportunidad real, pero por esto es importante que se acometa una profunda renovación moral y cultural y un discernimiento responsable sobre las elecciones que hay que realizar para el bien común. Un futuro mejor para todos es posible, si se funda en el descubrimiento de los valores éticos fundamentales. Es necesaria por tanto una nueva proyección económica que vuelva a diseñar el desarrollo de forma global, basándose en el fundamento ético de la responsabilidad ante Dios y ante el ser humano como criatura de Dios.

La encíclica ciertamente no mira a ofrecer soluciones técnicas a las grandes problemáticas sociales del mundo actual --no es la competencia del magisterio de la Iglesia (Cf. n. 9)--. Ésta recuerda, sin embargo, los grandes principios que se revelan indispensables para construir el desarrollo humano en los próximos años. Entre éstos, en primer lugar, la atención a la vida del hombre, considerada como centro de todo verdadero progreso; el respeto del derecho a la libertad religiosa, siempre unido íntimamente al desarrollo del hombre; el rechazo de una visión prometeica del ser humano, que lo considera artífice absoluto de su propio destino. Una ilimitada confianza en las potencialidades de la tecnología se revelaría finalmente ilusoria. Se necesitan hombres rectos tanto en la política cuanto en la economía, que estén sinceramente atentos al bien común. En particular, viendo las emergencias mundiales, es urgente llamar la atención de la opinión pública ante el drama del hambre y de la seguridad alimentaria, que afecta a una parte considerable de la humanidad. Un drama de tales dimensiones interpela a nuestra conciencia: es necesario afrontarlo con decisión, eliminando las causas estructurales que lo provocan y promoviendo el desarrollo agrícola de los países más pobres. Estoy seguro de que esta vía solidaria al desarrollo de los países más pobres ayudará ciertamente a elaborar un proyecto de solución de la crisis global actual. Indudablemente debe revalorarse atentamente el papel y el poder político de los Estados, en una época en la que existen de hecho limitaciones a su soberanía a causa del nuevo contexto económico-comercial y financiero internacional. Y por otro lado, no debe faltar la participación de los ciudadanos en la política nacional e internacional, gracias también a un compromiso renovado de las asociaciones de los trabajadores llamados a instaurar nuevas sinergias a nivel local e internacional. Un papel de primer nivel desempeñan, también en este campo, los medios de comunicación social para la potenciación del diálogo entre culturas y tradiciones diversas.

Queriendo por tanto programar un desarrollo no viciado por las disfunciones y distorsiones hoy ampliamente presentes, se impone por parte de todos una seria reflexión sobre el sentido mismo de la economía y sobre sus finalidades. Lo exige el estado de salud ecológica del planeta; lo pide la crisis cultural y moral del hombre que aparece con evidencia en cada lugar del globo. La economía tiene necesidad de la ética para su correcto funcionamiento; necesita recuperar la importante contribución del principio de gratuidad y de la "lógica del don" en la economía de mercado, en el que la regla no puede ser el provecho propio. Pero esto sólo es posible únicamente gracias al compromiso de todos, economistas y políticos, productores y consumidores, y presupone una formación de las conciencias que dé fuerza a los criterios morales en la elaboración de los proyectos políticos y económicos. Justamente, desde muchas partes se apela al hecho de que los derechos presuponen deberes correspondientes, sin los cuales los derechos corren el riesgo de transformarse en libre arbitrio. Es necesario, se repite cada vez más, un estilo diverso de vida por parte de toda la humanidad, en el que los deberes de cada uno hacia el ambiente se unan con los de la persona considerada en sí misma y en relación con los demás. La humanidad es una sola familia y el diálogo fecundo entre fe y razón no puede más que enriquecerla, haciendo más eficaz la obra de la caridad en lo social, constituyendo además el marco apropiado para incentivar la colaboración entre creyentes y no creyentes, en la perspectiva compartida de trabajar por la justicia y la paz en el mundo.

S.S. Benedicto XVI
Obispo de Roma

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