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jueves, 1 de octubre de 2009

“Porque yo recibí del Señor lo que les transmití”

2009-09-27
La Voz del Pastor
“Porque yo recibí del Señor lo que les transmití”
(1Cor. 11,23)

La Biblia es el libro fundamental de los cristianos. Porque en él se contiene la palabra de Dios, es decir, lo que Dios ha querido comunicar a los hombres. De ahí que, para el creyente, la Biblia es el libro más importante de todos los que se han escrito o se pueden escribir.

Lo primero que hay que tener en cuenta, al leer la Biblia, es que se trata de un libro religioso. Por lo tanto, ni es un libro de historia simplemente ni es un libro científico. En consecuencia, la Biblia debe leerse buscando en ella el mensaje de salvación que nos quiere transmitir. Fuera de ese punto de vista, la Biblia pierde su significación verdadera. Más concretamente, la Biblia debe leerse buscando en ella a Cristo y su mensaje para nosotros; propiciarnos el encuentro con El.

Por otra parte, los católicos estamos persuadidos de que "el oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios escrita o trasmitida ha sido confiado únicamente al Magisterio vivo de la Iglesia, cuya autoridad se ejerce en nombre de Jesucristo" (Dei Verbum 10,2). Esto quiere decir que la interpretación oficial y auténtica de la Biblia no queda al arbitrio o al gusto de cada cual. En la Iglesia hay una autoridad constituida, que tiene esa función. "Este Magisterio, evidentemente, no está sobre la palabra de Dios, sino que la sirve, enseñando solamente lo que le ha sido confiado, por mandato divino..." (DV 10,2). "Todo lo que concierne a la manera de interpretar la Escritura, está sometido en último término al juicio de la Iglesia, que tiene el mandato y el ministerio divino de guardar y de interpretar la Palabra de Dios" (DV 12).

Es imperativo, por tanto, que los fieles tengan amplio acceso a la Palabra de Dios adquiriendo, ante todo, el libro de la Biblia y contando con subsidios que les permitan iniciarse en su lectura, para que alcancen la experiencia del encuentro personal con Jesucristo, Palabra encarnada del Padre, centro de toda la Escritura (cf. Jn 5,39). "El Santo Concilio recomienda insistentemente a todos los fieles, la lectura asidua de la Escritura, para que adquieran el conocimiento supremo de Jesucristo, pues desconocer la Escritura es desconocer a Cristo. Acudan de buena gana al texto mismo, por la santa liturgia, por la lectura piadosa o por cursos" (DV 25). El pasado Sínodo de Obispos, dedicado precisamente a la Biblia, nos vuelve a insistir en ello.

Es importante, a la hora de comprar un ejemplar de la Biblia fijarse si esa edición cuenta con el “imprimatur” de algún obispo de la Iglesia Católica. Esto es para tener garantías de que la traducción es fiel. El dato generalmente se encuentra en la segunda página del texto comprado. Pero el fijarse en si hay aprobación de la Iglesia Católica, que es la que ha sido custodio de la Biblia desde la antigüedad, no es sólo por la calidad de la traducción sino también porque hay ediciones no católicas que no incluyen todos los libros.

Para los católicos la Biblia Antiguo y Nuevo Testamento está formada por 73 libros: 46 del Antiguo Testamento y 27 del Nuevo Testamento. Los ortodoxos aceptan la misma lista de libros bíblicos que los católicos. Los protestantes de las principales denominaciones sólo aceptan una lista bíblica de 66 libros: 39 del Antiguo Testamento y 27 del Nuevo. Aunque en los últimos años encontramos ediciones que los contienen como un “anexo”.

La Iglesia Católica admitió como inspirados los libros que llamamos deuterocanónicos, es decir los que procedían del llamado “canon alejandrino” y no sólo los que procedían del llamado “canon palestinense”. Los protestantes, en cambio y a partir de la Reforma luterana, siguieron el “canon palestinense solamente.

Las razones de la Iglesia católica han sido las siguientes:

-Jesús, de las 37 veces que cita la Escritura, 33 lo hace usando la versión del canon alejandrino. Además, en el Nuevo Testamento hay un total de 350 citas del Antiguo Testamento; de éstas, 300 corresponden al canon alejandrino.
-Los apóstoles nombran a menudo los libros deuterocanónicos, como Sabiduría, Judith, etc.
-La traducción conocida como de los LXX fue con base en el canon alejandrino.
-Los primeros Padres de la Iglesia usaron el canon alejandrino.
“Hagamos ahora silencio para escuchar con eficacia la Palabra del Señor y mantengamos el silencio luego de la escucha porque seguirá habitando, viviendo en nosotros y hablándonos. Hagámosla resonar al principio de nuestro día, para que Dios tenga la primera palabra y dejémosla que resuene dentro de nosotros por la noche, para que la última palabra sea de Dios.” (Mensaje final, Sínodo de los Obispos sobre la Palabra de Dios.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

martes, 22 de septiembre de 2009

La Ley no es un “cumplimiento” sino libertad

2009-09-20
Ventana Pontificia
La Ley no es un “cumplimiento” sino libertad

Ofrecemos a continuación parte de la homilía que pronunció el Papa Benedicto XVI, durante la Eucaristía celebrada el pasado 30 de agosto con sus ex alumnos.

Queridos hermanos y hermanas:

En el Evangelio nos sale al encuentro uno de los temas fundamentales de la historia religiosa de la humanidad: la cuestión de la pureza del hombre ante Dios. Volviendo su mirada hacia Dios, el hombre reconoce estar "contaminado" y encontrarse en una condición en la cual no puede acceder al Santo. Surge así la pregunta sobre cómo puede llegar a ser puro, liberarse de la "suciedad" que le separa de Dios. De esta forma han nacido, en las diversas religiones, ritos purificatorios, caminos de purificación interior y exterior. En el Evangelio de hoy encontramos ritos de purificación, que se arraigan en la tradición del Antiguo Testamento, pero que son, con todo, gestionados de una forma muy unilateral. En consecuencia, ya no sirven para una apertura del hombre a Dios, ya no son caminos de purificación y de salvación, sino que se convierten en elementos de un sistema autónomo de cumplimientos que, para ser cumplido verdaderamente en plenitud, exige incluso especialistas. El corazón del hombre ya no es alcanzado. El hombre, que se mueve dentro de este sistema, o se siente esclavizado o cae en la soberbia de poderse justificar a sí mismo.

La exégesis liberal dice que en este Evangelio se revelaría el hecho de que Jesús habría sustituido el culto con la moral. Habría dejado aparte el culto con todas sus prácticas inútiles. La relación entre el hombre y Dios se basaría ahora únicamente en la moral. Si eso fuese verdad, significaría que el cristianismo, en su esencia, es moralidad, es decir, que nosotros mismos nos hacemos puros y buenos mediante nuestra actuación moral. Si reflexionamos profundamente sobre esta opinión, resulta obvio que ésta no puede ser la respuesta completa de Jesús a la cuestión sobre la pureza. Si queremos oír y comprender plenamente el mensaje del Señor, entonces debemos escuchar también plenamente, no podemos contentarnos con un detalle, sino que debemos prestar atención a su mensaje entero. En otras palabras, debemos leer enteramente los Evangelios, todo el Nuevo Testamento y el Antiguo junto con él.

La primera lectura de hoy, sacada del Libro del Deuteronomio, nos ofrece un aspecto importante de una respuesta y nos hace dar un paso adelante. Aquí escuchamos una cosa quizás sorprendente para nosotros, es decir que Israel mismo es invitado por Dios a serle agradecido y a sentir un humilde orgullo por el hecho de conocer la voluntad de Dios y así de ser sabio. Precisamente en aquel periodo la humanidad, tanto en el ambiente griego como en el semítico, buscaba la sabiduría: buscaba comprender lo que cuenta. La ciencia nos dice muchas cosas y nos es útil en muchos aspectos, pero la sabiduría es el conocimiento de lo esencial - conocimiento del fin de nuestra existencia y de cómo tenemos que vivir para que la vida sea del modo justo. La lectura tomada del Deuteronomio señala el hecho de que la sabiduría, en último término, es idéntica a la Torá - a la Palabra de Dios que nos revela lo que es esencial, para cuyo fin y en cuya forma tenemos que vivir. Así la Ley no se muestra como una esclavitud, sino que es - a semejanza de lo que dice el gran Salmo 119 - causa de una gran alegría: no andamos a tientas en la oscuridad, no vamos vagando en vano en busca de lo que pudiera ser recto, no somos como ovejas sin pastor, que no saben donde está el camino correcto. Dios se ha manifestado. Él mismo nos indica el camino. Conocemos su voluntad y con ello la verdad que cuenta en nuestra vida.

Son dos las cosas que se nos dicen de parte de Dios: por un lado, que Él se ha manifestado y nos indica el camino justo; por otro, que Dios es un Dios que escucha, que está cerca de nosotros, nos responde y nos guía. Con ello se toca también el tema de la pureza: su voluntad nos purifica, su cercanía nos guía.

S. S. Benedicto XVI
Obispo de Roma


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martes, 16 de octubre de 2007

Nuestra vocación misionera

2007-10-14
La Voz del Pastor
Nuestra vocación misionera

Debemos partir de una gran verdad, “la Iglesia peregrinante es misionera por naturaleza, porque toma su origen en la misión del Hijo y del Espíritu Santo, según el designio del Padre” (DA 347). Esto quiere decir que nuestro impulso misionero es fruto de la acción trinitaria que comunica a los discípulos para que sean portadores de la Buena Nueva de la Salvación en medio de las gentes.

Nuestra vocación misionera hunde sus raíces en el anuncio de “la gran novedad que la Iglesia manifiesta al mundo sobre la persona de Jesús, el hijo de Dios hecho hombre, la Palabra y la Vida, que vino al mundo a hacernos partícipes de la naturaleza divina”(DA 348). Esto quiere decir que la preocupación fundamental de Jesús es llevarnos al Padre y que reconozcamos que somos hijos de ese Dios, que es Amor y que quiere que todos los hombres lleguen a la salvación eterna. A través de la muerte y resurrección de Cristo nosotros tenemos que ser anunciadores y oyentes de esa palabra que nos da la vida en abundancia.

Nuestra vocación misionera pide de nosotros una actitud de escucha muy fuerte, de manera que nuestro deber fundamental es ser oyentes de esa Palabra que da vida, dejándonos invadir por ella y permitiendo que se haga realidad y nos dejemos poseer por ella para tener vida eterna en Cristo Jesús.

Reconozcamos que, desde nuestro bautismo, hemos sido llamados a dar testimonio de la verdad ante los hombres y mujeres de este mundo desde una actitud de conversión. Es lamentable que, en muchas ocasiones, debido al ejercicio de nuestra libertad, nosotros rechazamos esa vida nueva o desviamos nuestro caminar optando por un camino de muerte. Por eso cuando Cristo es anunciado siempre hay una invitación a la conversión, lo cual nos permite participar de la acción del Resucitado. Y nos alienta en un camino de transformación.

Ahora bien, todo cristiano identificado con una vocación misionera debe darle a su vida una orientación positiva, que le induzca a una conversión personal y pastoral, la cual implica un rompimiento de estructuras del pasado y un abrirse a la novedad del Evangelio. Esto implica romper con todo tipo de ataduras, sobre todo, de aquellas que nos impiden vivir la creatividad del momento y luchar por construir en nuestras vidas un espíritu nuevo que nos impulse a dar respuestas afirmativas y siempre actuales, bien situadas en este mundo globalizado.

En toda vida misionera existe el peligro de estancarse y quedarnos acomodados donde estamos o en lo que ya conocemos. Los Obispos en Aparecida nos dicen que la misión es un sustantivo y no un accidente; es decir, que forma parte de la identidad del cristiano, por eso no podemos vivir el sentido y valor de la misión con descuido ni desinterés, sino como parte de nuestro ser que nos impulsa a buscar siempre realidades que estén al día en las respuestas que el mundo nos pide, sin ir a la retaguardia de los acontecimientos, sino adelantarnos a ellos, dando respuestas concretas que iluminen y orienten el caminar de los más débiles y desamparados.

“La vida nueva de Jesucristo toca al ser humano entero y desarrolla en plenitud la existencia humana en su dimensión personal, familiar, social y cultural. Para ello, hace falta entrar en un proceso de cambio que transfigure los variados aspectos de la propia vida. Sólo así se podrá percibir que Jesucristo es nuestro salvador en todos los sentidos de la palabra. Sólo así, manifestaremos que la vida en Cristo sana, fortalece y humaniza. Porque el es el Viviente, que camina a nuestro lado, descubriéndonos el sentido de los acontecimientos, del dolor y de la muerte, de la alegría y de la fiesta. La vida en Cristo incluye la alegría de comer juntos, el entusiasmo por progresar, el gusto de trabajar y de aprender, el gozo de servir a quien nos necesite, el contacto con la naturaleza, el entusiasmo de los proyectos comunitarios, el placer de una sexualidad vivida según el Evangelio, y todas las cosas que el Padre nos regala como signos de su amor sincero.” (DA 356)

Lo importante es descubrir que Cristo nos da la posibilidad de trabajar misioneramente para que todos lleguemos a una vida plena, donde exista la solidaridad, en encuentro, la sensibilidad de unos por otros y el trabajar desde las riquezas que Dios nos ha dado para ponerlas al servicio de los demás.

Nuestros pueblos latinoamericanos tienen muchas riquezas que no hemos sabido explotar y debemos partir del principio de solidaridad y subsidiariedad para que lleguemos a compartir nuestros bienes y todo esté al servicio de la comunión y de la fraternidad entre nosotros.

Que María, nuestra Madre, como primera discípula misionera nos inspire y acompañe en nuestro caminar para que todos trabajemos coherentemente por nuestra conversión integral y lleguemos a ser testigos de la verdad en el mundo.

Mons. Pedro Hernández Cantarero
Obispo del Vicariato Apostólico de Darién


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lunes, 16 de julio de 2007

Jóvenes en preparación de la Jornada Mundial de la Juventud de Sydney 2008

2007-07-15
La Voz del Pastor
Jóvenes en preparación de la Jornada Mundial de la Juventud de Sydney 2008

(ZENIT.org).- Publicamos las palabras que dirigió en inglés S.S. Benedicto XVI al final de la audiencia general del miércoles 4 de julio cuando falta un año para la Jornada Mundial de la Juventud de Sydney (Australia).

Queridos jóvenes:

¡Dentro de un año nos encontraremos con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud en Sydney! Quiero alentaros a prepararos bien para esta maravillosa celebración de fe, que tendrá lugar en compañía de vuestros obispos, sacerdotes, religiosos, líderes juveniles, y de todos vosotros. ¡Entrad de lleno en la vida de vuestras parroquias y participad con entusiasmo en vuestros eventos diocesanos! De esta manera os prepararéis espiritualmente para experimentar nuevas profundidades de comprensión de todo aquello en lo que creemos, cuando nos reunamos en Sydney en julio próximo.

«Recibiréis fuerza del Espíritu Santo, que descenderá sobre vosotros, y seréis mis testigos hasta los confines de la tierra» (Hechos 1, 8). Como sabéis, estas palabras de Jesús constituyen el tema de la Jornada Mundial de la Juventud 2008. Sólo podemos imaginar cómo se sintieron los apóstoles cuando escucharon estas palabras, pero su confusión fue suavizada por un sentimiento de sobrecogimiento y de impaciente espera en la venida del Espíritu. Unidos en oración con María y con los demás reunidos en el Cenáculo (Cf. Hechos 1, 14), experimentaron el auténtico poder del Espíritu, cuya presencia transforma la incertidumbre, el miedo y la división en propósito, esperanza y comunión.

El sentido de sobrecogimiento e impaciente espera describe también la manera en que nos sentimos al preparar el encuentro en Sydney. Para muchos de nosotros, será un largo viaje. Australia y su pueblo evocan imágenes de cálida bienvenida y de belleza maravillosa, de una historia antigua aborigen y de una multitud de vibrantes ciudades y comunidades. Sé que tanto las autoridades eclesiales como las gubernamentales, junto a numerosos jóvenes australianos, están trabajando mucho para que todos vivamos una experiencia excepcional. Les doy las gracias de todo corazón.

La Jornada Mundial es mucho más que un evento. Es un momento de profunda renovación espiritual, cuyos frutos benefician a toda la sociedad. Los jóvenes peregrinos quieren rezar, alimentarse con la Palabra y el Sacramento, ser transformados por el Espíritu Santo, que ilumina el esplendor del espíritu humano y muestra el camino para ser «expresión e instrumento del amor que proviene de Cristo» («Deus Caritas Est», 33).

Este amor, el amor de Cristo, es lo que el mundo anhela. Por este motivo, estáis llamados a «ser sus testigos». Algunos de vosotros tenéis amigos con pocos objetivos reales en su vida, quizá atrapados en una búsqueda vana de experiencias nuevas sin fin. ¡Traedles también a la Jornada Mundial de la Juventud! De hecho, he visto que contra la corriente del secularismo, muchos jóvenes están volviendo a descubrir la satisfactoria búsqueda de la auténtica belleza, bondad y verdad. Con vuestro testimonio, les ayudaréis en la búsqueda del Espíritu de Dios. ¡Sed valientes para dar este testimonio! Tratad de difundir la luz de Cristo, que guía y da sentido a la vida, haciendo que la alegría y la felicidad estén al alcance de todos.

Queridos jóvenes, hasta que no nos veamos en Sydney, que el Señor os proteja a todos. Encomendemos esta preparación a Nuestra Señora de la Cruz del Sur, Auxilio de los Cristianos. Con ella, recemos: «Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor».

S.S. Benedicto XVI
Vicario de Cristo

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