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martes, 5 de enero de 2010

La Epifanía del Señor

2010-01-03
Editorial
La Epifanía del Señor

Celebramos este domingo la manifestación de Jesús a los Magos, en el humilde portal de Belén. Allí, en lecho de paja y envuelto en pañales, el Rey de reyes, en la fragilidad de un niño recién nacido, es adorado por quienes supieron acoger el anuncio del Mesías que llega de parte de Dios.

Los Magos, interpretando los astros, descubren este acontecimiento. Sin ser creyentes, como el pueblo de Israel, saben discernir entre lo importante y lo pasajero. Abandonan su comodidad cortesana, atraviesan páramos y desiertos, y se arriesgan ante los peligros de los salteadores de camino y el poder monárquico de Herodes. Y lo más asombroso aún, no se decepcionan de encontrar al rey que buscaban, en la pobreza y el ambiente de un establo que se debatía entre la improvisada cuna del Salvador del Mundo y el muladar propio del lugar.

Estos personajes de la Navidad cristiana nos interpelan hoy. ¿Cuántos de nosotros estaríamos dispuestos a dejar nuestra comodidad para ir en pos de Cristo? ¿Quiénes nos arriesgaríamos a hacer camino, entre el peligro y el miedo de perder los bienes y la vida por Jesús? ¿Cómo actuaríamos frente al hecho de esperar un portento por parte de Dios, y encontrarnos con lo humilde y lo aparentemente frágil de su respuesta?

A semejanza de los Magos, aprendamos a reconocer el anuncio del Redentor que viene a nuestras vidas, a pesar de nuestra falta de compromiso o conocimiento profundo de la fe. A ejemplo de Jesús Niño, confiémonos en la fuerza protectora del Padre Dios, que se manifiesta en su Iglesia y en sus Santos. Vivamos, hermanos, en la humildad y la sencillez de aquel pesebre que el Señor quiere poner en nuestro corazón, para ser acogido y descansar en él como un día lo hizo en Belén de Judá.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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miércoles, 8 de abril de 2009

La Cruz Gloriosa

2009-04-12
El Ojo del Profeta
La Cruz Gloriosa

Nuestra fe proclama la venida de Jesús al mundo, su vida, pasión, muerte y resurrección, como el eje central de nuestra salvación. Cristo, con su muerte en la cruz y, más aún, con su resurrección gloriosa, nos redimió de todos nuestros pecados y nos arrebató de la muerte. El misterio de la Cruz Gloriosa va más allá del martirio, porque nos ganó la Vida Eterna y nos liberó de las ataduras del demonio.

Cristo Jesús, al ser colgado del madero, lo convirtió en el árbol de la salvación. Árbol cuyo profundo sentido está en la víctima inmolada, que con su sangre derramada selló la alianza nueva y eterna que ha hecho el Padre con todos los hombres. La cruz que levantamos hoy, nos recuerda íntegro el misterio de nuestra fe. Y más que el signo exterior, nuestra cruz verdadera está en aquella que llevamos cada día, aceptada con amor, para ir en pos de Cristo, nuestro Señor y Redentor. Él, a semejanza de la que llevó a cuestas, también glorifica nuestra cruz, en las promesas de salvación y en la eternidad que con él compartiremos al final de los tiempos.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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martes, 23 de diciembre de 2008

Dios con nosotros

2008-12-21
Editorial
Dios con nosotros

El inmenso amor de Dios manifestado en su Hijo Unigénito, cuando lo envió a la tierra y lo entregó para ser crucificado y salvar, así, a la humanidad entera, es la más grande prueba de lo tanto que amó Dios al mundo. Y Jesús, desde sus primeros años, se hizo amigo de los hombres, hasta dar la vida por ellos.

Dentro de pocos días conmemoraremos su primera venida, con el pensamiento puesto en aquel pesebre pobre de Belén, en donde nació el Mesías Redentor. Un pequeño establo al que acudieron, en primer lugar, los pastores del campo cercano, después de escuchar el anuncio del ángel. Ellos lo acogieron con sencillez, porque, también, estaban a la intemperie y vivían libre del lujo y la ostentación que obnubila a quien se deja llevar por sus tentaciones.

Hoy como ayer, los que acogen a Jesús son los humildes y los que deponen todo orgullo y toda soberbia, para enternecerse con el anuncio de la Buena Noticia que les recuerda que Dios está con nosotros, habita entre nosotros, y se muestra en el rostro de los sufridos, los marginados y los perseguidos. Él está en el pobre, el hambriento, el enfermo, el encarcelado, el forastero. Lo que hagamos por cada uno de ellos, lo hacemos por Cristo mismo.

Fijémonos, pues, en la semejanza del ayer y del hoy. Discernamos sobre cómo recibimos al Niño Jesús esta Navidad, y cómo lo reciben aquellos que, a similitud de los pastores, están sin hogar o fuera de los suyos. Que el festejo mundano no nos impida ver el centro y el motivo de esta celebración: Dios hecho hombre y niño, en su Hijo, que viene a hacer morada entre nosotros.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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jueves, 11 de diciembre de 2008

Signos navideños

2008-12-07
A tiro de piedra
Signos navideños

La Iglesia nos ofrece una serie de signos para cada tiempo litúrgico, con el fin de ayudarnos a vivir de manera activa nuestra manifestación de la fe y para que, también, sirvan a otros en la comprensión de la enseñanza religiosa. Es una rica tradición que, a través de los siglos, se ha visto enriquecida con el aporte de las diversas culturas que componen el mundo cristiano.

El tiempo litúrgico de la Navidad, precedido por el de Adviento, presenta una simbología que es preciso distinguir de aquella del mundo. Entre los signos navideños que acepta el cristianismo está, en primer lugar, el Pesebre de Belén con la familia de Nazaret, iluminado por la estrella y acompañado por los ángeles, la mula y el buey; es decir, el niño Jesús nacido pobre acompañado de María y José. Esta es la más sublime y profunda representación de la Navidad: Dios que viene al mundo en su Hijo hecho hombre verdadero y engendrado en el vientre de María, por obra y gracia del Espíritu Santo.

Antes de continuar es preciso aclarar que estos signos nos recuerdan los acontecimientos de la historia de la Salvación. La importancia está en esa historia, y no en las imágenes o representaciones, que sólo nos sirven de ayuda material para recordar, comprender y testimoniar la Buena Nueva que constituye la natividad de Cristo Jesús al hacerse humano como nosotros.

Otro signo es la figura de los Magos, o Reyes Magos, como los conocemos popularmente, que emprendieron un largo camino tras la estrella que los condujo al portal de Belén, en donde encontraron al Mesías Redentor envuelto en pañales. Es una representación que ha sido relegada, porque la actividad mercantilista cierra su “estación navideña” el 25 de diciembre. Con la caja llena, ya para los comerciantes “pasó la Navidad” cuando, en realidad, el tiempo litúrgico de la Navidad empieza con la Nochebuena y concluye con la Solemnidad del Bautismo de Jesús, aunque algunos suelen quitar los signos tras la celebración de la Epifanía o manifestación a los Magos.

Fuera de los signos mencionados, que son tomados directamente del relato evangélico, tenemos otros aceptados o tolerados por la Iglesia. La Corona de Adviento, por ejemplo, conlleva una celebración familiar que hace más activa la “espera” por el nacimiento de Jesús. Aunque su nacimiento es un hecho ya verificado, conmemoramos este acontecimiento de manera espiritual porque, según san Bernardo Abad, está esa tercera venida intermedia, entre la primera y la que se verificará al final de los tiempos, y que se produce cuando, por la fe, el Padre y el Hijo hacen morada en nosotros; en nuestros corazones.

Un signo popular es el árbol de Navidad, que la Iglesia no rechaza, pero que forma parte del aporte cultural del mundo cristiano. Hay otro semejante, que gana terreno en los últimos años: el tronco de Jesé, con un sentido más bíblico. También están los pastorcitos y pastorcitas, las posadas o pastorelas, y la recreación del humilde pueblo de Belén. Las comidas navideñas dependen de cada región, por lo que no existe uniformidad en este sentido. Pero lo más importante como signo es el amor y la paz que, en nombre de Cristo Redentor, damos a los demás. Navidad, pues, es una fiesta eminentemente cristiana, que se ha extendido al resto de la humanidad y cuyos signos y tradiciones auténticamente navideños merecen ser conservados y respetados por creyentes y no creyentes.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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viernes, 25 de enero de 2008

Cristo es para todos

2007-12-23
Editorial
Cristo es para todos

En unas horas conmemoraremos el nacimiento del Hijo de Dios, que se hizo carne y habitó entre nosotros para redimirnos y salvarnos. Es Dios mismo, en la fragilidad del Niño Jesús, que viene a visitarnos y traer la paz, la liberación a los cautivos, quitar el yugo a los oprimidos, hacer justicia y anunciar la salvación.

Cristo, Salvador y Redentor, es para todos, sin acepción de personas. No importa qué y quienes somos, desde la perspectiva y el orden del mundo; lo importante es creer en Dios Padre y su enviado, Jesús el Señor, y la fe que mostremos en sus promesas. Inútil es, por tanto, que nos pongamos a hacer distinción entre judío y griego; entre el creyente de mi culto, y el otro o los demás.

La vida del cristiano, y de todos los hombres de buena voluntad, se enmarca en el amor. Un amor que parte de Dios mismo y que irradia hacia el resto de la humanidad. En la medida en que amemos, ganaremos el cielo. Hacer al otro lo que me gustaría que me hicieran; amar al otro como a mí mismo; y ser misericordioso y caritativo con los más pequeños que están hambrientos, enfermos, en la cárcel, o siendo forastero a mi alrededor, es lo que nos acerca a Dios y nos hace más humanos.

Que nuestra Navidad sea, este año y los sucesivos, un momento de vida a la manera de Cristo, que se hace todo en todos. Que sea un tiempo en que podamos deponer la envidia, el egoísmo, la murmuración, la avaricia, y la soberbia. Es la hora favorable para hacernos humildes, como el frágil Niño de Belén, que abre sus brazos y su corazón a sus semejantes. Pidamos a Dios que este sea nuestro mejor regalo, y el mejor que podamos dar a nuestro prójimo.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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