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martes, 5 de enero de 2010

La Epifanía del Señor

2010-01-03
Editorial
La Epifanía del Señor

Celebramos este domingo la manifestación de Jesús a los Magos, en el humilde portal de Belén. Allí, en lecho de paja y envuelto en pañales, el Rey de reyes, en la fragilidad de un niño recién nacido, es adorado por quienes supieron acoger el anuncio del Mesías que llega de parte de Dios.

Los Magos, interpretando los astros, descubren este acontecimiento. Sin ser creyentes, como el pueblo de Israel, saben discernir entre lo importante y lo pasajero. Abandonan su comodidad cortesana, atraviesan páramos y desiertos, y se arriesgan ante los peligros de los salteadores de camino y el poder monárquico de Herodes. Y lo más asombroso aún, no se decepcionan de encontrar al rey que buscaban, en la pobreza y el ambiente de un establo que se debatía entre la improvisada cuna del Salvador del Mundo y el muladar propio del lugar.

Estos personajes de la Navidad cristiana nos interpelan hoy. ¿Cuántos de nosotros estaríamos dispuestos a dejar nuestra comodidad para ir en pos de Cristo? ¿Quiénes nos arriesgaríamos a hacer camino, entre el peligro y el miedo de perder los bienes y la vida por Jesús? ¿Cómo actuaríamos frente al hecho de esperar un portento por parte de Dios, y encontrarnos con lo humilde y lo aparentemente frágil de su respuesta?

A semejanza de los Magos, aprendamos a reconocer el anuncio del Redentor que viene a nuestras vidas, a pesar de nuestra falta de compromiso o conocimiento profundo de la fe. A ejemplo de Jesús Niño, confiémonos en la fuerza protectora del Padre Dios, que se manifiesta en su Iglesia y en sus Santos. Vivamos, hermanos, en la humildad y la sencillez de aquel pesebre que el Señor quiere poner en nuestro corazón, para ser acogido y descansar en él como un día lo hizo en Belén de Judá.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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lunes, 19 de enero de 2009

Combatir la pobreza, construir la paz

2009-01-18
La Voz del Pastor
Combatir la pobreza, construir la paz

Pasada ya la Navidad, celebrada la Epifanía, saliendo con el Señor a continuar la Misión de su Reino, es conveniente que prestemos atención a cuatro rasgos del Dios manifestado en Cristo Jesús.

Es un Dios que confía en nosotros y en particular en nuestras capacidades racionales. Es un Dios donación, se da y nos da, la Creación es don de Dios, nuestra vida tiene en su origen una donación; no es un Dios de la coerción, sino un Dios que llama, que invita. Es Dios de amor con un designio de comunión universal (cf. I Cor 15,18). Este proyecto de Dios no es algo ya diseñado con todos los detalles; la imprevisibilidad del futuro es la posibilidad de una transformación real de las cosas; Dios conduce la historia, pero nosotros la vamos haciendo.

En la dinámica de la fe en este Dios y en el cumplimiento de la misión que El le ha encomendado, el Papa Benedicto XVI ha enviado a todos el mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de este año: “Combatir la pobreza, construir la paz”. A escala global, se trata de una contribución más de la Iglesia católica para la promoción de un nuevo orden mundial digno del ser humano. Por esto el Papa no se limita a ponernos a los pobres en plena visibilidad, sino que nos hace memoria de que para que así sea hay que trabajarlo en la economía, en la política y en “una una correcta lógica participativa capaz de valorizar la sociedad civil local e internacional”. Poner a los pobres en primer lugar requiere solidaridad y tener el criterio del bien común por encima de otros intereses.

Hay costumbre en nuestro pueblo y en otros, de hacer grandes resoluciones en tiempos de Navidad y Año Nuevo. Y está bien. Pero miradas desde cerca, son resoluciones sobre valores objetivos, muchas veces sin incorporar los valores instrumentales. De ahí los fracasos, las decepciones, “el papel mojado”. Si hacemos propósitos, también tenemos que decidir sobre los medios que lleven a su realización. Si queremos, por ejemplo, que en Panamá se erradique la pobreza, hay que tomar caminos que lo faciliten y no lo contrario. Si un candidato político nos ofrece nobles objetivos, hay que saber también cómo va a guiar para lograrlos, y ya veremos luego si va siendo fiel a lo prometido.

La Biblia, Cristo Jesús, san Pablo y todos los discípulos, no quedan en bellas palabras o grandes objetivos; Jesús es Camino, y camino de Verdad y Vida. Naturalmente, todavía tenemos que poner nuestra parte como lo es, por ejemplo, el uso de los saberes científicos y técnicos, la gestión y administración de calidad, para la buena construcción de la vida personal, familiar, social; para con diálogo eficaz, vivir en justicia y paz. Y, sobre todo, los que lo hemos recibido y lo seguimos como discípulos, poner el mismo Amor con el que El nos ama.

La tarea ecuménica también encierra la búsqueda de un mundo, una sociedad, más cercana al Reino de Dios. El pobre, el desvalido, el marginado, las injusticias, son igualmente ocasión de encuentro y de colaboración entre católicos y miembros de las iglesias y denominaciones que están abiertas al espíritu ecuménico. Precisamente el lema de este año para el Octavario de Oración por la Unión de los Cristianos es “Estarán unidas en tu mano (Ez 37, 17)”, porque no queremos pueblos divididos ni por injusticias económicas, sociales y políticas, ni por odios de ningún tipo. Reconocemos nuestra debilidad y confiamos en la fuerza del Señor.

En Panamá, como una señal de este Espíritu, el P. Néstor Jaén, que en paz descanse, propuso hacer un albergue para acoger familiares de pacientes de nuestro interior, que vienen al Hospital Santo Tomás a recibir tratamiento. Acompañar a un familiar enfermo por unos días, viniendo del interior, tiene sus costos que resultan muy altos para las familias pobres: al menos así se les ayuda con un lugar donde pernoctar. El Comité Ecuménico acogió la idea y con paciencia, buscando donaciones y la cooperación imprescindible del Hospital, se está ya a las puertas de poderlo inaugurar.

Combatir la pobreza, construir la paz, tarea insoslayable de los discípulos del Señor.

Mons. Pablo Varela Server
Obispo Auxiliar

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viernes, 9 de enero de 2009

Dios conquista "con la desarmante mansedumbre del amor"

2009-01-11
La Voz del Pastor
Dios conquista "con la desarmante mansedumbre del amor"
La lección de la Epifanía, la manifestación de Jesús a los Magos de Oriente

Publicamos la intervención que pronunció Benedicto XVI a mediodía de este martes 6 de enero, solemnidad de la Epifanía del Señor, con motivo de la oración mariana del Ángelus.

Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos hoy la solemnidad de la Epifanía, la "manifestación" del Señor. El Evangelio cuenta cómo Jesús vino al mundo con gran humildad y escondimiento. San Mateo, sin embargo, refiere el episodio de los Magos, que llegaron de oriente, guiados por una estrella, para rendir homenaje al recién nacido rey de los judíos. Cada vez que escuchamos esta narración, nos impresiona el claro contraste que se da entre la actitud de los Magos, por una parte, y la de Herodes y los judíos, por otra.

El Evangelio dice que, al escuchar las palabras de los Magos, "el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén" (Mateo 2, 3). Una reacción que se puede comprender de diferentes maneras: Herodes se alarma porque ve en aquél a quien buscan los Magos a un competidor para él y para sus hijos.

Los jefes y los habitantes de Jerusalén, por el contrario, parecen quedarse más bien atónitos, como si se despertaran de una cierto sopor y necesitaran reflexionar. Isaías, en realidad, había anunciado: "Una criatura nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Estará el señorío sobre su hombro, y se llamará su nombre 'Maravilla de Consejero', 'Dios Fuerte', 'Siempre Padre', 'Príncipe de Paz'" (Isaías 9,5).

¿Por qué se sobresalta entonces Jerusalén? Parece que el Evangelista quiere como anticipar la posición que después tomarán los sumos sacerdotes y el Sanedrín, así como parte del pueblo, ante Jesús durante su vida pública. Ciertamente, destaca el hecho de que el conocimiento de las Escrituras y de las profecías mesiánicas no lleva a todos a abrirse a Él y a su palabra. Esto recuerda que, antes de la pasión, Jesús lloró sobre Jerusalén, pues no había reconocido la hora en que había sido visitada (Cf. Lucas 19, 44).

Tocamos aquí uno de los puntos cruciales de la teología de la historia: el drama del amor fiel de Dios en la persona de Jesús, que "vino a su casa, y los suyos no la recibieron" (Juan 1,11).

A la luz de toda la Biblia, esta actitud de hostilidad o ambigüedad, o superficialidad representa la de todo hombre y la del "mundo" --en sentido espiritual--, cuando se cierra al misterio del verdadero Dios, que nos sale al encuentro con la desarmante mansedumbre del amor. Jesús, el "rey de los judíos"(Cf. Juan 18,37), es el Dios de la misericordia y de la fidelidad; quiere reinar con el amor y la verdad y nos pide que nos convirtamos, que abandonemos las obras malas y que recorramos con decisión el camino del bien.

"Jerusalén", por tanto, en este sentido, somos todos nosotros. Que la Virgen María, que acogió con fe a Jesús, nos ayude a no cerrar nuestro corazón a su Evangelio de salvación. Dejémonos más bien conquistar y transformar por él, el "Emmanuel", Dios venido entre nosotros para darnos su paz y su amor.

Después de rezar el Ángelus, el Papa añadió:

Dirijo mis sentidas felicitaciones a los hermanos y hermanas de las Iglesias Orientales, que siguiendo el calendario juliano celebrarán mañana la santa Navidad. Que la memoria del nacimiento del Salvador encienda cada vez más en sus corazones la alegría de ser amados por Dios. El recuerdo de estos hermanos nuestros en la fe me lleva espiritualmente a Tierra Santa y Oriente Medio. Sigo con profunda preocupación los violentos enfrentamientos armados que tienen lugar en la Franja de Gaza. Mientras confirmo que el odio y el rechazo del diálogo no traen más que guerra, quisiera hoy alentar las iniciativas y los esfuerzos de quienes, amando la paz, están tratan-do de ayudar a israelíes y palestinos a sentarse alrededor de una mesa y hablar. ¡Que Dios apoye el compromiso de estos "constructores de paz"!

La fiesta de la Epifanía, en muchos países, es también la fiesta de los niños. Pienso especialmente en todos los niños, que son la riqueza y la bendición del mundo, y sobre todo en aquellos a los que se les niega una infancia serena. Deseo llamar la atención, en particular, sobre la situación de decenas de niños y muchachos que, en estos últimos meses, incluido el período navideño, en la provincia oriental de la República Democrática del Congo, han sido secuestrados por bandas armadas que han atacado las aldeas y causado numerosas víctimas y heridos. Hago un llamamiento a los autores de estas brutalidades inhumanas para que devuelvan estos muchachos a sus familias y a su futuro de seguridad y desarrollo al que tienen derecho, junto a esas queridas poblaciones. Manifiesto al mismo tiempo, mi cercanía espiritual a las Iglesias locales, también golpeadas tanto en sus hijos como en sus obras, mientras exhorto a los pastores y fieles a permanecer fuertes y firmes en la esperanza.

Los episodios de violencia contra los muchachos, que por desgracia se registran también en otras partes de la tierra, son todavía más deplorables si se considera que en 2009 se celebra el vigésimo aniversario de la Convención de los Derechos del Niño: un compromiso que la comunidad internacional está llamada a renovar para defender y promover a la infancia de todo el mundo. Que el Señor ayude a quienes trabajan diariamente al servicio de las nuevas generaciones --¡y son innumerables!--, ayudándoles a ser protagonistas de su futuro. Además, la Jornada de la Infancia Misionera, que se celebra en la fiesta de la Epifanía, es una ocasión oportuna para subrayar que los niños y los muchachos pueden desempeñar un papel importante en la difusión del Evangelio y en las obras de solidaridad con los de su misma edad más necesitados. ¡Que el Señor se lo recompense!

S. S. Benedicto XVI
Obispo de Roma

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jueves, 11 de diciembre de 2008

Signos navideños

2008-12-07
A tiro de piedra
Signos navideños

La Iglesia nos ofrece una serie de signos para cada tiempo litúrgico, con el fin de ayudarnos a vivir de manera activa nuestra manifestación de la fe y para que, también, sirvan a otros en la comprensión de la enseñanza religiosa. Es una rica tradición que, a través de los siglos, se ha visto enriquecida con el aporte de las diversas culturas que componen el mundo cristiano.

El tiempo litúrgico de la Navidad, precedido por el de Adviento, presenta una simbología que es preciso distinguir de aquella del mundo. Entre los signos navideños que acepta el cristianismo está, en primer lugar, el Pesebre de Belén con la familia de Nazaret, iluminado por la estrella y acompañado por los ángeles, la mula y el buey; es decir, el niño Jesús nacido pobre acompañado de María y José. Esta es la más sublime y profunda representación de la Navidad: Dios que viene al mundo en su Hijo hecho hombre verdadero y engendrado en el vientre de María, por obra y gracia del Espíritu Santo.

Antes de continuar es preciso aclarar que estos signos nos recuerdan los acontecimientos de la historia de la Salvación. La importancia está en esa historia, y no en las imágenes o representaciones, que sólo nos sirven de ayuda material para recordar, comprender y testimoniar la Buena Nueva que constituye la natividad de Cristo Jesús al hacerse humano como nosotros.

Otro signo es la figura de los Magos, o Reyes Magos, como los conocemos popularmente, que emprendieron un largo camino tras la estrella que los condujo al portal de Belén, en donde encontraron al Mesías Redentor envuelto en pañales. Es una representación que ha sido relegada, porque la actividad mercantilista cierra su “estación navideña” el 25 de diciembre. Con la caja llena, ya para los comerciantes “pasó la Navidad” cuando, en realidad, el tiempo litúrgico de la Navidad empieza con la Nochebuena y concluye con la Solemnidad del Bautismo de Jesús, aunque algunos suelen quitar los signos tras la celebración de la Epifanía o manifestación a los Magos.

Fuera de los signos mencionados, que son tomados directamente del relato evangélico, tenemos otros aceptados o tolerados por la Iglesia. La Corona de Adviento, por ejemplo, conlleva una celebración familiar que hace más activa la “espera” por el nacimiento de Jesús. Aunque su nacimiento es un hecho ya verificado, conmemoramos este acontecimiento de manera espiritual porque, según san Bernardo Abad, está esa tercera venida intermedia, entre la primera y la que se verificará al final de los tiempos, y que se produce cuando, por la fe, el Padre y el Hijo hacen morada en nosotros; en nuestros corazones.

Un signo popular es el árbol de Navidad, que la Iglesia no rechaza, pero que forma parte del aporte cultural del mundo cristiano. Hay otro semejante, que gana terreno en los últimos años: el tronco de Jesé, con un sentido más bíblico. También están los pastorcitos y pastorcitas, las posadas o pastorelas, y la recreación del humilde pueblo de Belén. Las comidas navideñas dependen de cada región, por lo que no existe uniformidad en este sentido. Pero lo más importante como signo es el amor y la paz que, en nombre de Cristo Redentor, damos a los demás. Navidad, pues, es una fiesta eminentemente cristiana, que se ha extendido al resto de la humanidad y cuyos signos y tradiciones auténticamente navideños merecen ser conservados y respetados por creyentes y no creyentes.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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viernes, 25 de enero de 2008

“Hemos visto su estrella”

2008-01-13
La Voz del Pastor
“Hemos visto su estrella”
La alegría de la noche de Navidad se revive hoy entre nosotros.

El Señor el día de Su Natividad manifestó Su gloria a un núcleo reducido de personas: la Virgen, José, los pastores... Ahora brilla la magnificencia de Su poder ante el mundo, ante los hombres de “toda raza, lengua, pueblo y nación”. Los Magos son nuestros predecesores en la fe. Ellos representan una humanidad ante la cual Cristo aparece “lleno de Gracia y de Verdad (Juan 1,14).

Los Magos, primeros adoradores, por la fe se unen a Cristo. Nace la Iglesia. Irá creciendo cuando los gentiles, nosotros, nos incorporemos por la fe a ese Dios Niño. Aquí salta la alegría desbordante de Epifanía. La incesante vida de la Iglesia brota de la fuerza divina que dimana de la Epifanía.

"En los Magos que adoran a Cristo nos dice San León Magno , hemos de reconocer el comienzo de nuestra vocación para salvarnos... Hoy empezamos a entrar en la eterna herencia..."

Cuando estos misteriosos personajes entraron a Judea la gente debió detenerse extrañada. ¡Eran verdaderamente extranjeros!Por eso, ellos nos recuerdan una asombrosa verdad: somos nosotros los extranjeros...

Nosotros somos los hijos de aquellos innumerables pueblos a los cuales los judíos llamaban “gentiles”.

Con el nacimiento de Cristo se cumple una inmensa revolución religiosa.

Ahora cuando el Salvador prometido ha nacido en medio de un pueblo segregado y elegido entre todos los demás, la profecía hecha a Abraham se realiza: “Serán bendecidas en ti todas las familias de la tierra” Todos los pueblos están llamados a participar del Reino de Dios.

Con ocho siglos de anticipación el profeta Isaías entreveía ya el imponente cortejo de los nuevos peregrinos y sus ofrendas: “vendrán a tí los tesoros del mar, llegarán a ti las riquezas de los pueblos. Te inundarán muchedumbres de camellos, de dromedarios de Madián y de Efá. Llegarán de Sabá en tropel, trayendo oro e incienso y pregonando las glorias de Yahvé” (Isaías 60, 5-6)

Los Magos son los primeros.. Pero más allá de ellos también anuncia el profeta la inmensa asamblea de las naciones en la Iglesia: “vendré para reunir las naciones de toda lengua, que vendrán para ver su gloria” (Isaías 66,18)

Hemos de ver a los magos más allá de las bellas figuras de nuestros pesebres... son nuestros padres en la fe.

Con los Magos, acerquémonos con fe a adorar a Cristo en el Belén de la tierra, que nos conduce al Belén del cielo. Sigamos con fe y humildad la narración de San Lucas.

"Hemos visto su estrella en Oriente, y venimos a adorarle". Son las primeras palabras de los Magos al preguntar en Jerusalén por el Rey de los judíos.

La estrella fue para los Magos "inspiración florecida en el corazón" (Bossuet).

"Y habiendo entrado en la casa...encontraron al Niño con María Su Madre". La fe que hasta entonces los había conducido les lleva a la manifestación y la adoración del Hijo de Dios hecho hombre. "Y postrándose en tierra le adoraron".

Iban buscando al Rey de los judíos vaticinado por las Escrituras, y se encontraron con el mismo Dios. Así también nos sucede muchas veces en la vida.

"Y abriendo sus tesoros, le ofrecieron dones: oro, incienso, mirra".

Imitémoslos -como nos invita San Ambrosio- "Los que oímos la narración de la ofrenda de los Magos, elijamos entre nuestros tesoros y hagamos ofrendas parecidas".

El Oro ha de ser para nosotros símbolo del amor puro y fiel con que queremos servirle.

El Incienso ha de ser imagen de nuestras plegarias y oraciones.

La Mirra: ha de ser figura de nuestros sacrificios unidos a los Suyos...

Hagamos nuestra la actitud de los Magos: "encontraron al Niño con María Su Madre". "Y postrándose en tierra le adoraron".

Mons. Fernando Torres Durán
Obispo de la Diócesis de Chitré

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La Epifanía

2008-01-06
Editorial
La Epifanía

Celebramos este domingo la Solemnidad de la Epifanía, que entendemos como la manifestación de Jesús al resto de la humanidad que no formaba parte del pueblo de Israel. Esta primera Epifanía del Señor, que luego se unirá a sus Epifanías a Juan el Bautista, en el Jordán, y a la de sus discípulos en el milagro de Caná de Galilea, nos presenta a un Cristo que se hace uno en todos, para que todos sean uno en El.

Los Magos de Oriente, hombres sabios y miembros de una casta que participaba del poder terrenal, salen en pos del Mesías, siguiendo su estrella, y, al encontrarlo, se postran ante él para rendirle honor y gloria, ofreciéndole los regalos que resumían su condición de Dios, hombre y rey, en el incienso, la mirra, y el oro.

Nosotros, fieles todos, al igual que los Magos, nos presentamos ante nuestro Salvador, no con regalos materiales, sino con un corazón contrito y un propósito de enmienda firme, para vivir conforme a la voluntad del Padre y para reconocer, en cada instante de nuestra existencia, que Cristo es el verdadero Camino, la Verdad, y la Vida.

Que esta oportunidad de conmemorar su manifestación a los Magos sea, también, para nosotros, una Epifanía personal de Jesucristo en nuestra propia historia, y el cayado recio que ayude a afirmar nuestros pasos por este peregrinaje terreno hacia la patria definitiva que es la eternidad con Dios.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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Carta a los Reyes Magos

2007-12-30
A tiro de piedra
Carta a los Reyes Magos

Queridos Reyes Magos, les escribo esta carta para pedirles algunas cosas que quiero me traigan para la solemnidad de la Epifanía. Yo sé que, desde hace mucho, un montón de niños y niñas han sido arrastrados a dirigir sus cartitas al panzudo vestido de rojo, que nos ha inventado la publicidad y hollywood. No tengo nada en contra de él, porque es sólo un invento, y ante lo irreal no es necesario someterse, sino discernir, para elegir la Verdad sobre la mentira; la realidad sobre la fantasía.

A ustedes, que fueron a adorar al Niño Jesús siguiendo su estrella, les pido que me traigan, para mí y mis compatriotas, parte de esa paz infinita que recibieron a llegar al Pesebre. Tráiganme, también, la sabiduría de poder distinguir entre los Herodes de hoy, que quieren matar al Niño Dios robándonos la Navidad, y los pastores y pastorcillas que viven en los hombres y mujeres de buena voluntad de nuestro tiempo.

Me gustaría mucho que los cristianos los tuviéramos más presentes, para contarle a los niños su historia, y para que vuelvan a poner los zapatitos en las ventanas, esperando su visita alegre con caballos y camellos cargados de los regalos que todos los fieles debemos ofrecer a Jesús el Señor. Vengan repartiendo esos buenos sentimientos que nos llevan a amar a los demás como hermanos y como a nosotros mismos, y contágiennos de su amor y su entusiasmo para poner en los zapatitos de cada niño y niña un dulce, un juguetito, y un papelito en donde le digamos lo mucho que los queremos.

No se olviden de mandarle a los gobernantes el ánimo de trabajar y servir al pueblo con rectitud. Tampoco olviden a los conductores que atropellan tanta gente y cuanta criatura le queda enfrente de sus autos. Pongan especial atención a los buseros, para que entren en cordura, y quítenle las ganas de ser diputados. A los que cierran calles y hacen la huelga, concédanles que puedan decir su verdad de una manera serena y clara, sin afectar a los más indefensos y necesitados.

Gaspar, Melchor y Baltasar, transmítannos su entusiasmo y perseverancia para andar nuestro camino con esperanza, y sin amilanarnos ante las ideas y las distracciones del mundo. Ustedes hicieron un largo viaje lleno de peligros, cruzando valles, colinas, desiertos, y abrumados por el candente sol y el frío de la noche. Saben lo que es un andar esforzado, en busca del Salvador. Ayúdennos a distinguir la luz de Cristo, para que podamos guiarnos en nuestra marcha.

Por último, les agradezco si pueden traerme un crío de camello. Por acá el agua escasea en algunas partes, y la gasolina aumenta de precio a cada rato. El camello anda largas jornadas y bebe poco, por lo que sería un medio de transporte muy útil por estos lares. Y no está de más que a algunos compatriotas me le den esa particularidad del camello, y no me refiero a la joroba, sino al beber poco, a ver si así tenemos una sociedad mejor. Ah, se me olvidaba: que sancionen la ley antitabaco, para poder convivir en ambientes libres de humo.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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