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viernes, 12 de junio de 2009

El Cuerpo de Cristo

2009-06-14
Editorial
El Cuerpo de Cristo

La Iglesia es Sacramento y Cuerpo de Cristo, en donde la asamblea de fieles y los ministros se hacen uno solo con Cristo Eucaristía. Misterio grande es éste, que resulta incomprensible para aquellos que carecen de la fe y de la iluminación del Espíritu Santo.

Cuando hacemos el memorial de la entrega del Hijo del Hombre, por la salvación del mundo, ofrecemos en el altar el verdadero cuerpo y la verdadera sangre de Jesucristo, Cordero de Dios; carne y sangre que, en espíritu y en verdad, comemos y bebemos por nuestra salud y para la redención de nuestros pecados.

Al celebrar en todas las iglesias domésticas del orbe, la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, reafirmamos ante el mundo nuestra fe, y hacemos realidad el anuncio mesiánico: “tomad y comed todos de él, porque esto es mi cuerpo, que será entregado por ustedes. Tomad y bebed todos de él, porque esta es mi sangre que será derramada por ustedes. Haced esto en conmemoración mía”. Este sacramento de nuestra fe es el que, precisamente, anunciamos al mundo este domingo del Corpus Christi.

Nuestra profesión de fe, por tanto, se basa en la encarnación del Verbo de Dios; en su vida, pasión y muerte; y en su gloriosa resurrección. Enseñanza que nos ha sido transmitida por la Santa Madre Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, por medio de las Escrituras y de la sucesión apostólica. Eso nos basta para creer que Cristo, verdaderamente, está presente en la Eucaristía. Y si alguno ha flaqueado en la fe, y ha pedido a Dios, sinceramente, que se la renueve, ese misterio le ha sido confirmado en los diversos milagros eucarísticos que se han manifestado, para ayudar a los incrédulos en su poca fe.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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martes, 24 de junio de 2008

“No todo el que me dice “Señor, Señor…”

2008-06-15
La Voz del Pastor
“No todo el que me dice “Señor, Señor…”

El evangelista Mateo nos presenta a Jesús como el nuevo Moisés, legislador y conductor del Pueblo de Dios. Su evangelio está estructurado en cinco grandes discursos que recuerdan la disposición del Pentateuco.

Otro detalle significativo de su evangelio son las citas de reflexión, que quieren mostrar que el misterio de Cristo está latente en el Antiguo Testamento (A.T.), y se hace patente en el Nuevo: Jesucristo es el Mesías anunciado y esperado en el A.T. Todo ello obedece a que los destinatarios de su anuncio son cristianos procedentes del judaísmo.

Así como Moisés, legislador y liberador de Israel, recibió las tablas de la ley en el monte Sinaí, Jesús, en el monte de las bienaventuranzas, promulga la nueva ley, la del Reino de los cielos y su justicia, ley interior, ley del Espíritu. La artificialidad del dato salta a la vista en el hecho de que Lucas ubica en una llanura su versión de las bienaventuranzas.

El primer discurso de Jesús, nuevo Moisés, se conoce como Sermón del Monte. Está dirigido a sus discípulos, es decir a los que lo aceptan como maestro.

El título de rabí o maestro estaba reservado para los que eran capaces de instruir al pueblo acerca de la ley. Y ésta era tenida por norma de conducta y fuente de vida. Así lo transparenta el Deuteronomio cuando coloca al discípulo ante dos caminos para que elija la bendición y la vida o la maldición y la muerte (cf Dt 11:26-28; 30:15-20).

Se entiende que nadie en su sano juicio va a elegir conscientemente la maldición y la muerte. Pero es que el pecado se presenta siempre con rostro atractivo, pero seductor, es decir, engañador. La parábola de la caída de los primeros padres muestra la transgresión propuesta como un fruto grato a los ojos y sabroso al paladar, que, sobre todo cautiva la razón, porque promete hacernos semejantes a Dios. He ahí la seducción.

Para vencerla es necesario contar con una luz que haga patente el engaño del seductor. Éste es el papel de la ley, como instrucción o revelación de Dios, que muestra cómo conducirse como miembro fiel de su pueblo. En definitiva, una norma de conducta que se convierte en fuente de vida. Por eso el Deuteronomio insiste en la importancia de conocer, recordar y observar la ley, valiéndose de todos los recursos: filacterias en brazos y frente, su fijación en las jambas de las puertas, su evocación en el descanso o el movimiento y su transmisión a la prole. Jesús, tentado por el adversario para que se desvíe del camino de la vida, lo rechaza enérgicamente apoyándose en la ley.

Pero para que la ley se convierta en fuente de vida es necesario cumplirla íntegramente, como observa, con razón, san Pablo. No basta con conocer sus preceptos. Hace falta fuerza para cumplirlos. Aquí se ubica la novedad que aporta el nuevo Moisés, que no ha venido a abolir la ley, sino a perfeccionarla con el don del Espíritu, Maestro interior, Defensor en la misión y Señor y Dador de vida (cf Mt 5: 17-19).

El don del Espíritu, anunciado por Jeremías (31:31-34) y Ezequiel (36:24-28), entre otros, es el que garantiza, en definitiva la posibilidad de conducirnos como miembros del Pueblo de Dios, sus hijos y hermanos de Jesucristo. El sermón del Monte desafía a los discípulos a cultivar una relación con Dios que supere la de escribas y fariseos y, en consecuencia, los haga aptos para “entrar en el Reino de los cielos” (cf Mt 5:20). Esto exige superar la ley mosaica, que promete vida, a partir de la observancia de una norma externa, con la nueva ley del Espíritu, Amor fiel que nos hace hijos de Dios, capaces de producir “el fruto del Espíritu: amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza, mansedumbre y temperancia” (Gal 5:22).

Al final del Sermón del Monte reaparece el tema de los dos caminos en la parábola del constructor prudente y del insensato. No basta con invocar al Señor y recordar las obras extraordinarias que hayamos podido realizar en su nombre. Lo que importa es que por la fe y la obediencia a la nueva ley, la del Espíritu, transmitida por Jesús, “entremos en el Reino de los cielos”, participemos aquí y ahora de la vida del mismo Dios, a quien reconocemos como Padre y Soberano, Dios con nosotros, por medio de Jesús, el Emmanuel.

Mons. Oscar Mario Brown J.
Obispo de la Diócesis de Santiago

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viernes, 6 de junio de 2008

El Sagrado Corazón de Jesús

2008-06-01
La Voz del Pastor
El Sagrado Corazón de Jesús

La devoción al Sagrado Corazón expresa el latido vital del Espíritu Santo como alma de la Iglesia. Al tener presente que Jesucristo tiene corazón sitúa de hecho la humanidad del Señor como un contexto necesario y determinante.

En el Corazón de Jesús se resume la personalidad entera del Señor: no sólo los sentimientos, sino toda una riqueza que abarca mucho más. Esta devoción nos ayuda a percibir la humanidad de Jesucristo, nos habla de una humanidad vigoroso y unitaria.

Los sentimientos que forman parte de nuestra humanidad muchas veces son manipulados por la sociedad de consumo; así por ejemplo, para un trabajo publicitario se toma en cuenta estudios sobre los sentimientos. Incluso en este tiempo de política se toma en cuenta los sentimientos para vender a un candidato.

No cabe duda de que también los sentimientos suscitado por la experiencia religiosa pueden convertirse en atractivo alimento de sensibilidad, y por tanto, reducible a deseables reiteraciones o a convenientes fórmulas de escapismos. Tal es así que es fácil vivir de experiencias religiosas sin compromisos personales ni sociales. Por lo tanto es necesario formar al ser humano sobre el valor de los sentimientos para evitar su manipulación.

No es de extrañar que en algunas corrientes de la espiritualidad cristiana, la devoción al Sagrado Corazón de Jesús haya derivado a veces hacia el fenómeno de la emoción religiosa. El Sagrado Corazón de Jesús se representa con una llama que arde en su cúspide y una corona de espinas que lo ciñe. No podía quizás expresarse con simbolismo más claro que el amor de Jesucristo por nosotros reviste la dimensión de un sacrificio sangrante y doloroso.

El amor, en efecto, a mucha distancia de las ternuras cerradas en sí mismo, se sustenta en el sacrificio por el que es posible salir de sí mismo y entregarse. Amar implica, antes que nada, el compromiso de entregarse a fondo por el bien del otro, de la persona amada. Esa es la estructura básica también del amor cristiano.

Entonces hay que volver a Jesucristo, hombre verdadero y perfecto, como a la fuente para la comprensión del hombre. El Corazón de Jesús da la medida del corazón humano auténtico. El Corazón de Jesús ama con generosidad torrencial, comprensión inagotable, abnegación plena. Lo que hay en el Corazón de Jesús, como fundamento de su amor, es mansedumbre y humildad, como manifestación de su capacidad de entrega.

De hecho, de esta festividad del Sagrado Corazón de Jesús, deberíamos aprender la necesidad de practicar la virtud de la mansedumbre, ya que es una virtud desconocida. Muchas veces es tomada como equivalente a falta de personalidad, pequeñez y timidez de ánimo. La mansedumbre implica una serena madurez de ánimo, no es debilidad sino entereza. Comprende y tolera ampliamente las actitudes, dichos y hechos de los demás. No se amarga por eso, no cierra el corazón a nadie. Que esta festividad nos ayude a crecer en la fidelidad, la humildad y la mansedumbre.

Mons. Audilio Aguilar Aguilar
Obispo de la Diócesis de Colón - Kuna Yala


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miércoles, 14 de mayo de 2008

Pentecostés

2008-05-11
Editorial
Pentecostés

Concluimos el periodo pascual con la Solemnidad de Pentecostés, rememorando y haciendo vida, al mismo tiempo, la venida del Paráclito intercesor que nos prometió nuestro Señor Jesucristo. El Espíritu Santo de Dios, que descendió sobre los apóstoles, el mismo que recibimos en el bautismo, es el guía de todo cristiano y todo creyente en Cristo Jesús nuestro Señor.

Durante 50 días hemos tenido la oportunidad de vivir el gozo de la Resurrección de Cristo de manera especial, y que hemos de mantener en nuestras vidas renovándonos con la oración diaria y la práctica de fe como personas y como comunidad. Esa oración y esa práctica tienen un nervio motor, que la hace funcionar: el Espíritu Santo, tercera persona de la Trinidad, que con el Padre y el Hijo hacen uno.

Nuestro Pentecostés diario es encontrarnos con el Señor, y pidiéndole en toda ocasión que nos envíe el Espíritu Intercesor prometido. Cada acto de nuestra vida debe ser iluminado por la acción del Espíritu Santo, porque no vivimos de casualidades ni de la suerte, sino de la Providencia Divina y de acción salvífica del sacrificio de Cristo, que resucitó para darnos la vida y en abundancia.

Que al concluir este tiempo litúrgico pascual no nos vayamos a nuestro Emaús, pensando que todo ha terminado. Si así fuere el caso, que no vacilemos en volver al encontrar al Señor en el camino, y reconocerlo al partirse el pan en cada Eucaristía y en el ardor de nuestros corazones al escuchar su Palabra.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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lunes, 31 de marzo de 2008

Mensaje de Benedicto XVI: Pascua 2008

2008-03-30
La Voz del Pastor
Mensaje de Benedicto XVI: Pascua 2008

Mensaje de Pascua que pronunció Benedicto XVI a mediodía del domingo de Resurrección, 23 de Marzo de 2008, en la plaza de San Pedro
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«He resucitado, estoy siempre contigo».


Resurrexi, et adhuc tecum sum. Alleluia! He resucitado, estoy siempre contigo. ¡Aleluya! Queridos hermanos y hermanas, Jesús, crucificado y resucitado, nos repite hoy este anuncio gozoso: es el anuncio pascual. Acojámoslo con íntimo asombro y gratitud.

"Resurrexi et adhuc tecum sum". "He resucitado y aún y siempre estoy contigo". Estas palabras, entresacadas de una antigua versión del Salmo 138 (v.18b), resuenan al comienzo de la Santa Misa de hoy. En ellas, al surgir el sol de la Pascua, la Iglesia reconoce la voz misma de Jesús que, resucitando de la muerte, colmado de felicidad y amor, se dirige al Padre y exclama: Padre mío, ¡heme aquí! He resucitado, todavía estoy contigo y lo estaré siempre; tu Espíritu no me ha abandonado nunca. Así también podemos comprender de modo nuevo otras expresiones del Salmo: "Si escalo al cielo, allí estás tú, si me acuesto en el abismo, allí te encuentro... Porque ni la tiniebla es oscura para ti, la noche es clara como el día; para ti las tinieblas son como luz" (Sal 138, 8.12). Es verdad: en la solemne vigilia de Pascua las tinieblas se convierten en luz, la noche cede el paso al día que no conoce ocaso. La muerte y resurrección del Verbo de Dios encarnado es un acontecimiento de amor insuperable, es la victoria del Amor que nos ha liberado de la esclavitud del pecado y de la muerte. Ha cambiado el curso de la historia, infundiendo un indeleble y renovado sentido y valor a la vida del hombre.

"He resucitado y estoy aún y siempre contigo". Estas palabras nos invitan a contemplar a Cristo resucitado, haciendo resonar en nuestro corazón su voz. Con su sacrificio redentor Jesús de Nazaret nos ha hecho hijos adoptivos de Dios, de modo que ahora podemos introducirnos también nosotros en el diálogo misterioso entre Él y el Padre. Viene a la mente lo que un día dijo a sus oyentes: "Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar" (Mt 11,27). En esta perspectiva, advertimos que la afirmación dirigida hoy por Jesús resucitado al Padre, - "Estoy aún y siempre contigo" - nos concierne también a nosotros, que somos hijos de Dios y coherederos con Cristo, si realmente participamos en sus sufrimientos para participar en su gloria (cf. Rm 8,17). Gracias a la muerte y resurrección de Cristo, también nosotros resucitamos hoy a la vida nueva, y uniendo nuestra voz a la suya proclamamos nuestro deseo de permanecer para siempre con Dios, nuestro Padre infinitamente bueno y misericordioso.

Entramos así en la profundidad del misterio pascual. El acontecimiento sorprendente de la resurrección de Jesús es esencialmente un acontecimiento de amor: amor del Padre que entrega al Hijo para la salvación del mundo; amor del Hijo que se abandona en la voluntad del Padre por todos nosotros; amor del Espíritu que resucita a Jesús de entre los muertos con su cuerpo transfigurado. Y todavía más: amor del Padre que "vuelve a abrazar" al Hijo envolviéndolo en su gloria; amor del Hijo que con la fuerza del Espíritu vuelve al Padre revestido de nuestra humanidad transfigurada. Esta solemnidad, que nos hace revivir la experiencia absoluta y única de la resurrección de Jesús, es un llamamiento a convertirnos al Amor; una invitación a vivir rechazando el odio y el egoísmo y a seguir dócilmente las huellas del Cordero inmolado por nuestra salvación, a imitar al Redentor "manso y humilde de corazón", que es descanso para nuestras almas (cf. Mt 11,29).

Hermanas y hermanos cristianos de todos los rincones del mundo, hombres y mujeres de espíritu sinceramente abierto a la verdad: que nadie cierre el corazón a la omnipotencia de este amor redentor. Jesucristo ha muerto y resucitado por todos: ¡Él es nuestra esperanza! Esperanza verdadera para cada ser humano. Hoy, como hizo en Galilea con sus discípulos antes de volver al Padre, Jesús resucitado nos envía también a todas partes como testigos de su esperanza y nos garantiza: Yo estoy siempre con vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo (cf. Mt 28,20). Fijando la mirada del alma en las llagas gloriosas de su cuerpo transfigurado, podemos entender el sentido y el valor del sufrimiento, podemos aliviar las múltiples heridas que siguen ensangrentando a la humanidad, también en nuestros días. En sus llagas gloriosas reconocemos los signos indelebles de la misericordia infinita del Dios del que habla al profeta: Él es quien cura las heridas de los corazones desgarrados, quien defiende a los débiles y proclama la libertad a los esclavos, quien consuela a todos los afligidos y ofrece su aceite de alegría en lugar del vestido de luto, un canto de alabanza en lugar de un corazón triste (cf. Is 61,1.2.3). Si nos acercamos a Él con humilde confianza, encontraremos en su mirada la respuesta al anhelo más profundo de nuestro corazón: conocer a Dios y entablar con Él una relación vital en una auténtica comunión de amor, que colme de su mismo amor nuestra existencia y nuestras relaciones interpersonales y sociales. Para esto la humanidad necesita a Cristo: en Él, nuestra esperanza, "fuimos salvados" (cf. Rm 8,24).

Cuántas veces las relaciones entre personas, grupos y pueblos, están marcadas por el egoísmo, la injusticia, el odio, la violencia, en vez de estarlo por el amor. Son las llagas de la humanidad, abiertas y dolientes en todos los rincones del planeta, aunque a veces ignoradas e intencionadamente escondidas; llagas que desgarran el alma y el cuerpo de innumerables hermanos y hermanas nuestros. Éstas esperan obtener alivio y ser curadas por las llagas gloriosas del Señor resucitado (cf. 1 P 2, 24-25) y por la solidaridad de cuantos, siguiendo sus huellas y en su nombre, realizan gestos de amor, se comprometen activamente en favor de la justicia y difunden en su alrededor signos luminosos de esperanza en los lugares ensangrentados por los conflictos y dondequiera que la dignidad de la persona humana continúe siendo denigrada y vulnerada. El anhelo es que precisamente allí se multipliquen los testimonios de benignidad y de perdón.

Queridos hermanos y hermanas, dejémonos iluminar por la luz deslumbrante de este Día solemne; abrámonos con sincera confianza a Cristo resucitado, para que la fuerza renovadora del Misterio pascual se manifieste en cada uno de nosotros, en nuestras familias y nuestros Países. Se manifieste en todas las partes del mundo. No podemos dejar de pensar en este momento, de modo particular, en algunas regiones africanas, como Dafur y Somalia, en el martirizado Oriente Medio, especialmente en Tierra Santa, en Irak, en Líbano y, finalmente, en Tibet, regiones para las cuales aliento la búsqueda de soluciones que salvaguarden el bien y la paz. Invoquemos la plenitud de los dones pascuales por intercesión de María que, tras haber compartido los sufrimientos de la Pasión y crucifixión de su Hijo inocente, ha experimentado también la alegría inefable de su resurrección. Que, al estar asociada a la gloria de Cristo, sea Ella quien nos proteja y nos guíe por el camino de la solidaridad fraterna y de la paz. Éstos son mis anhelos pascuales, que transmito a los que estáis aquí presentes y a los hombres y mujeres de cada nación y continente unidos con nosotros a través de la radio y de la televisión.

¡Feliz Pascua!

Santo Padre Benedicto XVI
Obispo de Roma

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viernes, 25 de enero de 2008

La Epifanía

2008-01-06
Editorial
La Epifanía

Celebramos este domingo la Solemnidad de la Epifanía, que entendemos como la manifestación de Jesús al resto de la humanidad que no formaba parte del pueblo de Israel. Esta primera Epifanía del Señor, que luego se unirá a sus Epifanías a Juan el Bautista, en el Jordán, y a la de sus discípulos en el milagro de Caná de Galilea, nos presenta a un Cristo que se hace uno en todos, para que todos sean uno en El.

Los Magos de Oriente, hombres sabios y miembros de una casta que participaba del poder terrenal, salen en pos del Mesías, siguiendo su estrella, y, al encontrarlo, se postran ante él para rendirle honor y gloria, ofreciéndole los regalos que resumían su condición de Dios, hombre y rey, en el incienso, la mirra, y el oro.

Nosotros, fieles todos, al igual que los Magos, nos presentamos ante nuestro Salvador, no con regalos materiales, sino con un corazón contrito y un propósito de enmienda firme, para vivir conforme a la voluntad del Padre y para reconocer, en cada instante de nuestra existencia, que Cristo es el verdadero Camino, la Verdad, y la Vida.

Que esta oportunidad de conmemorar su manifestación a los Magos sea, también, para nosotros, una Epifanía personal de Jesucristo en nuestra propia historia, y el cayado recio que ayude a afirmar nuestros pasos por este peregrinaje terreno hacia la patria definitiva que es la eternidad con Dios.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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martes, 20 de noviembre de 2007

El sentido de la pertenencia a la Iglesia

2007-11-18
La Voz del Pastor
El sentido de la pertenencia a la Iglesia

Una de nuestras riquezas es sentirnos miembros de la Iglesia. Sin embargo, son muchos los que desconocen esta grandeza. Es frecuente escuchar la expresión “en todas las Iglesias nos hablan de Dios” por lo tanto, todas son iguales.

Es triste ver como por desconocimiento de las verdades de fe y por no vivir una fe que impregne la vida de los católicos fácilmente se van tras quien con mentiras y medias verdades les engañan.

Jesucristo funda la Iglesia con el anuncio de la Buena Nueva, reuniendo entre sus discípulos, gente sencilla del pueblo de Israel, pero que aceptaron el mensaje de salvación sin dificultad. Pero la Iglesia ha nacido principalmente del don de Cristo en la Cruz.

Sólo a través de una fe madura, se puede conocer y amar a la Iglesia. El sentido de pertenencia es una gracia. No podemos ser ajenos a la Iglesia y a sus necesidades. Es necesario vivir conscientes de que formamos parte de este nuevo pueblo de Dios y que Dios es quien guía a la Iglesia.

Cristo es la cabeza de la Iglesia, la adquirió con su muerte en la cruz. Su ley es el mandamiento del amor, su misión es ser sal y luz del mundo. Su identidad, la dignidad y libertad de los hijos de Dios. Su destino el Reino de Dios. Se llega a ser miembro de este pueblo no por nacimiento sino por el bautismo del agua y del espíritu.

La Iglesia pueblo de Dios participa de la triple función de Cristo que es “sacerdote, profeta y rey”. La Iglesia es así un pueblo sacerdotal, consagrado a Dios por el bautismo. Es el pueblo de profetas que se adhiere a la fe y se convierte en sentido, en testigos de Cristo en el mundo, y es un pueblo de reyes que ejerce la realeza a imagen de Cristo que se ha hecho servidor de todos.

Una de nuestras obligaciones está en conocer nuestras doctrinas cristianas. Mientras no conozcamos las enseñanzas de la Iglesia fácilmente somos presa de aquellos que critican y confunden. Son muchos los que atacan a la Iglesia y muchos los que se dejan confundir.

Esta experiencia de Iglesia es necesaria vivirla en nuestra comunidad cristiana, la misma se vive en la parroquia, en pequeñas comunidades o grupos eclesiales. De allí entonces la importancia de los movimientos dentro de la Iglesia que no tienen otra misión que ayudar a vivir la vida de Dios en nosotros.

Nosotros debemos comprometernos a amar a la Iglesia. A través de la historia de la Iglesia los hombres y mujeres fieles a ella la han amado con pasión y hoy somos nosotros los llamados a amar, defender y vivir en plenitud la vida de la Iglesia. “Ha llegado la hora de amar a la Iglesia con un corazón fuerte y nuevo… He aquí el deber de la hora presente. Amarla significa estimarla y ser fieles de pertenecer a ella; ser valientemente fieles; significa obedecerla y servirla, ayudarla con sacrificio y gozo en su ardua misión” (Pablo VI).

Mons Audilio Aguilar Aguilar
Obispo de Colón - Kuna Yala

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