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viernes, 22 de mayo de 2009

Fiesta de la Ascensión: ¡Comienza nuestra tarea!

2009-05-24
La Voz del Pastor
Fiesta de la Ascensión: ¡Comienza nuestra tarea!

La cincuentena pascual nos ofrece la oportunidad de adentrarnos en el misterio de Jesucristo, Señor y Mesías.

En la celebración litúrgica de hoy podemos asomarnos a otra faceta de lo ocurrido en la Pascua: su gloriosa Ascensión.

Disponemos de tres relatos en el Nuevo Testamento que expresan cómo la generación apostólica vincula su misión con el triunfo de Jesús Resucitado.

Estos relatos son:
• Lucas 24, 44-53
• Hechos 1,3-12
• Marcos 16, 9-20

Los primeros dos relatos tienen el mismo origen, por tener a Lucas como su autor, pero tienen diferencias que reflejan distintos intereses teológicos.

En el texto evangélico (Lc.24, 44-53) el propósito es vencer las dudas, el miedo y la incredulidad que todavía paralizan el corazón acobardado de los discípulos. Ellos tienen una misión por delante, que no podrán realizar hasta tanto no reciban “la fuerza de lo alto”. Deben aguardar con paciencia el cumplimiento de la promesa. Entonces, y sólo entonces, podrán ser testigos hasta los últimos rincones de la tierra. La Ascensión completa el ciclo de las apariciones del Resucitado e inicia el tiempo de la Iglesia, que por medio de la acción del Espíritu Santo deberá dar testimonio valiente y gozoso de Jesús.

El texto de los Hechos (Hechos 1,3-12), obra que completa según la indicación lucana el relato evangélico del mismo autor, refleja también una situación nueva: es necesario salir al paso de “doctrinas secretas” que se remiten a informaciones verbales del Resucitado a otros distintos de aquellos que han sido constituidos sus testigos (Hch. 1,8). Por eso es necesario emplazar el tiempo exacto (40 días) de las apariciones con carácter oficial. Nos encontramos, pues, ante el esfuerzo de la generación apostólica por mantener intacto el testimonio de “los testigos”, lejos de las especulaciones gnósticas cuya pro-ducción literaria alimentada por la fantasía ponía en riesgo la pureza de la fe.

En el texto de Marcos (Mc 16. 9-20) la Ascensión del Señor pone de relieve una nueva forma de presencia más allá de las apariciones que hasta ahora han tenido lugar. Esta modalidad que inaugura con su Ascensión se expresa en la palabra de la predicación apostólica, en el Espíritu que anima y fortalece a los testigos, en las acciones de poder frente a las fuerzas del mal y, sobre todo, en la certeza de que no estaban solos, porque el Señor “colaboraba con ellos”.

La tarea iniciada hace más de dos mil años no ha concluido, ni en extensión geográfica ni en la calidad de vida cristiana de quienes confesamos a Jesús Mesías como nuestro Salvador. La tarea inconclusa reclama hoy a todos los cristianos un nuevo impulso misionero capaz de abrazar a todos: los cercanos y los alejados; los que buscan a Dios, y los que viven sin Dios; los que comparten nuestra fe y los que siguen otros credos.

Con el gozo pascual, todavía a flor de piel, dispongámonos como los primeros discípulos a proponer con renovado fervor a Aquel cuyo nombre es sinónimo de paz y reconciliación. “Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos” (Hechos 4,12).

Mons. Aníbal Saldaña Santamaría
Obispo Prelado de Bocas del Toro

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lunes, 31 de marzo de 2008

Mensaje de Benedicto XVI: Pascua 2008

2008-03-30
La Voz del Pastor
Mensaje de Benedicto XVI: Pascua 2008

Mensaje de Pascua que pronunció Benedicto XVI a mediodía del domingo de Resurrección, 23 de Marzo de 2008, en la plaza de San Pedro
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«He resucitado, estoy siempre contigo».


Resurrexi, et adhuc tecum sum. Alleluia! He resucitado, estoy siempre contigo. ¡Aleluya! Queridos hermanos y hermanas, Jesús, crucificado y resucitado, nos repite hoy este anuncio gozoso: es el anuncio pascual. Acojámoslo con íntimo asombro y gratitud.

"Resurrexi et adhuc tecum sum". "He resucitado y aún y siempre estoy contigo". Estas palabras, entresacadas de una antigua versión del Salmo 138 (v.18b), resuenan al comienzo de la Santa Misa de hoy. En ellas, al surgir el sol de la Pascua, la Iglesia reconoce la voz misma de Jesús que, resucitando de la muerte, colmado de felicidad y amor, se dirige al Padre y exclama: Padre mío, ¡heme aquí! He resucitado, todavía estoy contigo y lo estaré siempre; tu Espíritu no me ha abandonado nunca. Así también podemos comprender de modo nuevo otras expresiones del Salmo: "Si escalo al cielo, allí estás tú, si me acuesto en el abismo, allí te encuentro... Porque ni la tiniebla es oscura para ti, la noche es clara como el día; para ti las tinieblas son como luz" (Sal 138, 8.12). Es verdad: en la solemne vigilia de Pascua las tinieblas se convierten en luz, la noche cede el paso al día que no conoce ocaso. La muerte y resurrección del Verbo de Dios encarnado es un acontecimiento de amor insuperable, es la victoria del Amor que nos ha liberado de la esclavitud del pecado y de la muerte. Ha cambiado el curso de la historia, infundiendo un indeleble y renovado sentido y valor a la vida del hombre.

"He resucitado y estoy aún y siempre contigo". Estas palabras nos invitan a contemplar a Cristo resucitado, haciendo resonar en nuestro corazón su voz. Con su sacrificio redentor Jesús de Nazaret nos ha hecho hijos adoptivos de Dios, de modo que ahora podemos introducirnos también nosotros en el diálogo misterioso entre Él y el Padre. Viene a la mente lo que un día dijo a sus oyentes: "Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar" (Mt 11,27). En esta perspectiva, advertimos que la afirmación dirigida hoy por Jesús resucitado al Padre, - "Estoy aún y siempre contigo" - nos concierne también a nosotros, que somos hijos de Dios y coherederos con Cristo, si realmente participamos en sus sufrimientos para participar en su gloria (cf. Rm 8,17). Gracias a la muerte y resurrección de Cristo, también nosotros resucitamos hoy a la vida nueva, y uniendo nuestra voz a la suya proclamamos nuestro deseo de permanecer para siempre con Dios, nuestro Padre infinitamente bueno y misericordioso.

Entramos así en la profundidad del misterio pascual. El acontecimiento sorprendente de la resurrección de Jesús es esencialmente un acontecimiento de amor: amor del Padre que entrega al Hijo para la salvación del mundo; amor del Hijo que se abandona en la voluntad del Padre por todos nosotros; amor del Espíritu que resucita a Jesús de entre los muertos con su cuerpo transfigurado. Y todavía más: amor del Padre que "vuelve a abrazar" al Hijo envolviéndolo en su gloria; amor del Hijo que con la fuerza del Espíritu vuelve al Padre revestido de nuestra humanidad transfigurada. Esta solemnidad, que nos hace revivir la experiencia absoluta y única de la resurrección de Jesús, es un llamamiento a convertirnos al Amor; una invitación a vivir rechazando el odio y el egoísmo y a seguir dócilmente las huellas del Cordero inmolado por nuestra salvación, a imitar al Redentor "manso y humilde de corazón", que es descanso para nuestras almas (cf. Mt 11,29).

Hermanas y hermanos cristianos de todos los rincones del mundo, hombres y mujeres de espíritu sinceramente abierto a la verdad: que nadie cierre el corazón a la omnipotencia de este amor redentor. Jesucristo ha muerto y resucitado por todos: ¡Él es nuestra esperanza! Esperanza verdadera para cada ser humano. Hoy, como hizo en Galilea con sus discípulos antes de volver al Padre, Jesús resucitado nos envía también a todas partes como testigos de su esperanza y nos garantiza: Yo estoy siempre con vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo (cf. Mt 28,20). Fijando la mirada del alma en las llagas gloriosas de su cuerpo transfigurado, podemos entender el sentido y el valor del sufrimiento, podemos aliviar las múltiples heridas que siguen ensangrentando a la humanidad, también en nuestros días. En sus llagas gloriosas reconocemos los signos indelebles de la misericordia infinita del Dios del que habla al profeta: Él es quien cura las heridas de los corazones desgarrados, quien defiende a los débiles y proclama la libertad a los esclavos, quien consuela a todos los afligidos y ofrece su aceite de alegría en lugar del vestido de luto, un canto de alabanza en lugar de un corazón triste (cf. Is 61,1.2.3). Si nos acercamos a Él con humilde confianza, encontraremos en su mirada la respuesta al anhelo más profundo de nuestro corazón: conocer a Dios y entablar con Él una relación vital en una auténtica comunión de amor, que colme de su mismo amor nuestra existencia y nuestras relaciones interpersonales y sociales. Para esto la humanidad necesita a Cristo: en Él, nuestra esperanza, "fuimos salvados" (cf. Rm 8,24).

Cuántas veces las relaciones entre personas, grupos y pueblos, están marcadas por el egoísmo, la injusticia, el odio, la violencia, en vez de estarlo por el amor. Son las llagas de la humanidad, abiertas y dolientes en todos los rincones del planeta, aunque a veces ignoradas e intencionadamente escondidas; llagas que desgarran el alma y el cuerpo de innumerables hermanos y hermanas nuestros. Éstas esperan obtener alivio y ser curadas por las llagas gloriosas del Señor resucitado (cf. 1 P 2, 24-25) y por la solidaridad de cuantos, siguiendo sus huellas y en su nombre, realizan gestos de amor, se comprometen activamente en favor de la justicia y difunden en su alrededor signos luminosos de esperanza en los lugares ensangrentados por los conflictos y dondequiera que la dignidad de la persona humana continúe siendo denigrada y vulnerada. El anhelo es que precisamente allí se multipliquen los testimonios de benignidad y de perdón.

Queridos hermanos y hermanas, dejémonos iluminar por la luz deslumbrante de este Día solemne; abrámonos con sincera confianza a Cristo resucitado, para que la fuerza renovadora del Misterio pascual se manifieste en cada uno de nosotros, en nuestras familias y nuestros Países. Se manifieste en todas las partes del mundo. No podemos dejar de pensar en este momento, de modo particular, en algunas regiones africanas, como Dafur y Somalia, en el martirizado Oriente Medio, especialmente en Tierra Santa, en Irak, en Líbano y, finalmente, en Tibet, regiones para las cuales aliento la búsqueda de soluciones que salvaguarden el bien y la paz. Invoquemos la plenitud de los dones pascuales por intercesión de María que, tras haber compartido los sufrimientos de la Pasión y crucifixión de su Hijo inocente, ha experimentado también la alegría inefable de su resurrección. Que, al estar asociada a la gloria de Cristo, sea Ella quien nos proteja y nos guíe por el camino de la solidaridad fraterna y de la paz. Éstos son mis anhelos pascuales, que transmito a los que estáis aquí presentes y a los hombres y mujeres de cada nación y continente unidos con nosotros a través de la radio y de la televisión.

¡Feliz Pascua!

Santo Padre Benedicto XVI
Obispo de Roma

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El Gozo Pascual

2008-03-30
El Ojo del Profeta
El Gozo Pascual

Transcurrida una semana de la celebración de la Vigilia Pascual, muchos son los que han vuelto a su rutina. Para ellos, todo ha terminado, porque, como los peregrinos de Emaús, esperan por algo más que el testimonio de aquellos que se han encontrado al Señor.

Hoy recibimos el anuncio de la Resurrección de Jesucristo, que nos viene desde los discípulos que vieron al Señor Resucitado en el camino, al partir el pan; al atravesar las puertas de la casa en la que estaban escondidos; y a la orilla del lago de Galilea.

Dependemos de aquel testimonio y del de aquellos que han sentido a Cristo actuar en sus vidas. Dichosos los que han creído sin haber visto y que no pretenden, como Tomás, meter el dedo en las llagas o la mano en el costado, para tener fe. La Pascua apenas empieza y de nuestra creencia depende si continuamos experimentando el gozo pascual de la Resurrección.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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