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viernes, 29 de mayo de 2009

Pentecostés

2009-05-31
La Voz del Pastor
Pentecostés

La Iglesia nos invita a vivir este tiempo de fin de Pascua en perspectiva paulina, ya que hemos dedicado este año a reflexionar y vivir momentos especiales en torno a la figura de San Pablo. Pienso que es bueno tratar de descubrir el elenco paulino de la acción del Espíritu Santo y todo lo que esta tercera Persona de la Santísima Trinidad hizo en la persona de San Pablo.

Podemos descubrir en la Carta a los Gálatas en dos ocasiones, cómo Pablo emplea el término “judaísmo”, para referirse a todo aquel sistema de vida moral, religiosa y civil que le había fascinado y cautivado anteriormente. En el judaísmo, Pablo encontró una primera realización de su espiritualidad. En ese contexto Pablo se presenta como un encarnizado perseguidor de la Iglesia naciente. Él había intuido que, aquel grupo socialmente irrelevante de personas que hablaban de Cristo muerto y resucitado, venía a presentarse como una seria amenaza para la religiosidad y espiritualidad judaica. El había tomado las medidas necesarias para combatir aquella amenaza que, para combatirla, era necesaria una decisión rápida de medidas que impidieran el crecimiento de ese grupo.

El problema iba más lejos de lo intuido desde el judaísmo, ya que los cristianos en lugar de construir su propia justicia, su propia identidad, como había hecho Pablo, ponían sorprendentemente su confianza en un personaje del que aseguraban que había muerto y resucitado, y al que fiaban toda iniciativa o, más aún, la administración de sus propias vidas. Se sentían urgidos a estar con Cristo Jesús, a moverse, a vivir, a desarrollarse en el contexto de Cristo, en contacto con él, perteneciendo a él; todo lo demás se volvía, para ellos, desconcertadamente secundario.

De ahí que podamos decir que la oposición era de tipo espiritual. Los cristianos oponían una espiritualidad cristocéntrica, cimentada en Cristo como absoluto, a la espiritualidad antropocéntrica de Pablo, construida echando mano de la Ley.

El tránsito de Pablo de la condición de judío a la de cristiano estuvo determinado por el descubrimiento de Cristo. Una vez que se hubo encontrado con Cristo muerto y resucitado, Pablo se ha visto apresado, asido por él, y ahora se da cuenta de que su vida ha cambiado: los núcleos de su personalidad se han puesto en movimiento y está siendo objeto de reajuste.

Ahora bien, esta decisión es interior, que se produce en lo más hondo. Se trata de una concepción antropológica distinta, incluso, como si se le hubiera dado la vuelta. El elemento más típico de este cambio radical reside en que, mientras que antes se sentía el responsable, el gestor activo, el protagonista determinante de su vida, ahora, sorprendentemente, se pone en las manos de otro. Se confía a Dios y reconoce que ha sido precisamente Dios quien lo eligió desde el vientre de su madre, para darle a conocer a su Hijo (Gal. 1,15-16).

Toda esta experiencia nos ayuda a comprender y nos da luces para responder a la llamada de Dios, quien nos elige y nos pone en camino, desde nuestra posición de cristianos para responder con fidelidad a las mociones del Espíritu que van forjando nuestras vidas desde una perspectiva dinámica para que Cristo sea amado, conocido y servido por todos.

Debemos recordar que es difícil expresar lo que cada uno siente cuando es desenraizado de su realidad para iniciar un nuevo caminar, todo esto se lo debemos a la acción del Espíritu del Señor que viene a arrebatarnos de nuestra comodidad para lanzarnos a una aventura interesante que debe tener una buena dosis de generosidad y docilidad para ir allá donde el Espíritu quiera llevarnos y hacer nuestra la obra de Dios en la recreación de la humanidad.

Vivimos tiempos muy especiales donde la temporalidad es lo que cuenta, por eso es necesario dejarse llevar por las mociones del Espíritu. Claro que somos personas de costumbres y con facilidad nos vamos acostumbrando a lo rápido, a salir del paso, a saber que todo lo que hacemos hoy puede darse o no y no pasa nada a la hora de vivir el compromiso; pero no podemos seguir en esa tónica, debemos despertar a la realidad que nos impulsa al compromiso y a la permanencia constante, si lo vivimos de esa manera superaremos las mediocridades de nuestros personajes actuales, ya que ellos, con facilidad rompen sus compromisos, pues no dejan actuar al Espíritu en sus vidas; confían demasiado en sus propias fuerzas y terminan por claudicar ante cualquier amenaza, por muy pequeña que sea. Es necesario saber descubrir la fuerzas especiales que el Espíritu va inspirando en nuestro tiempo para no dejarla pasar y responder con serenidad y fidelidad a todo lo que el Señor espera de nosotros.

Invoquemos a María, nuestra Madre, para que nos acompañe en nuestro caminar, como lo hizo con los apóstoles, es esa espera consciente y temerosa hasta que el Espíritu les dio la fuerza necesaria y la valentía para hacer frente a las realidades del momento.

Que el Dios de la Vida siga enviando su Espíritu a nuestros pueblos para cambiar el rumbo de nuestra historia y hacer más impactante y deseosa de vivirla a plenitud desde las mociones del Espíritu Santo.

Mons. Pedro Hernández Cantarero
Obispo del Vicariato Apostólico de Darién

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miércoles, 8 de abril de 2009

La Pascua

2009-04-12
La Voz del Pastor
La Pascua

Panorama Católico me ha solicitado la colaboración sobre la Pascua. Tratando de hacer algo a la vez comprensible y técnico, he acomodado unas anotaciones del liturgista y pastoralista Casiano Floristán que creo pueden servirles para entender mejor la que León I llamaba la fiesta de las fiestas (festum festorum).

a) La Pascua judía: Las fiestas principales judías eran Pascua, Pentecostés y Tabernáculos, cuya celebración se basaba en acontecimientos anualmente esperados por agricultores y ganaderos, relacionados desde siempre con Dios y, más tarde, con algunos hechos salvíficos históricos. De estas tres fiestas, la de Pascua era la más antigua e importante. Recordemos que la palabra griega pascha (en castellano pascua) es traducción del arameo phasha y del hebreo pesah, que significan «paso» o «tránsito». Así se emplea en el evangelio de San Juan (13,1): «Habiendo llegado la hora de pasar de este mundo al Padre...». Naturalmente, no se trata de un «paso» entendido simplemente como cambio de lugar, sino, más bien, como transformación de la existencia, es decir, existir de un modo nuevo.

En Pascua florecían las primeras espigas, con cuya harina se obtenían los panes ázimos, es decir, los panes sin la levadura vieja perteneciente a la cosecha anterior. La noche pascual tuvo su origen en la luna llena de primavera, momento en que los pastores se despedían con una comida (cordero, hierbas amargas, pan ázimo), dispuestos a cambiar de lugar de pastos (vestido ceñido, sandalias y bastón). Precisamente cuando los judíos preparaban sus panes ázimos para ofrecerlos a Yahvé, tuvo lugar el paso del ángel del Señor para salvar a su pueblo de la esclavitud de Egipto, aproximadamente en el año 1250 antes de Cristo.

El acontecimiento del éxodo de Israel y su salida de Egipto hacia la tierra prometida se conmemoró mediante la institución pascual o el memorial de liberación: salida hacia la libertad, final de la antigua existencia y donación de nueva vida. Celebrada por las tribus en su lugar de asentamiento, la Pascua se restringió más tarde a Jerusalén y al Templo, convertidos en lugares de peregrinación. En tiempos de Jesús, la Pascua era la fiesta más importante de los judíos. Según Ex 12 y Dt 16, la Pascua es el «paso de Dios» para salvar a su pueblo de la esclavitud y llevarlo a la libertad. Según una tradición judía, la Pascua era asimismo aniversario de la creación.

El rito fundamental de la Pascua era la cena en familia o en fraternidad, a base de cordero (signo de la compasión de Dios), pan ázimo (miseria sufrida), hierbas amargas (esclavitud) y salsa roja (trabajos forzados en Egipto). Se conmemoraba la liberación de la servidumbre de Egipto, la alegría por la libertad adquirida y la espera de la venida salvadora del Mesías. Las muchedumbres se agolpaban en Jerusalén. Los padres de familia iban oportunamente al templo con su correspondiente cordero para ser degollado en la parasceve (preparación) por un sacerdote.

b) La Pascua de Cristo: El evangelio de Juan alude a tres pascuas que vivió Cristo: la que coincide con la expulsión de los mercaderes (Jn 2,12-22), la que pone de relieve el tema del pan (Jn 6) y la de la acogida triunfal de Jesús, coincidiendo con el día en que se escogían los corderos pascuales (Jn 12ss), para manifestar que Jesús es el verdadero «cordero de Dios que quita el pecado del mundo». La palabra «pascua», en el NT, equivale a la fiesta de la Pascua o de los Ázimos, a la cena pascual y al cordero pascual. La pasión de Jesús se desarrolla en un contexto pascual, ya que en ese tiempo tuvo lugar la última cena de Jesús, su prendimiento, su interrogatorio y su condena. Según los sinópticos, Jesús fue condenado en la noche de Pascua y crucificado al día siguiente. En cambio, según San Juan, todos estos acontecimientos tuvieron lugar veinticuatro horas antes (Jn 18,28; 19,14), ya que Jesús murió cuando se degollaban los corderos de Pascua, en la tarde del 14 de Nisán. Los sinópticos ponen de relieve que la última cena es la Pascua nueva y Juan acentúa que Jesús es el nuevo cordero.

Hoy se interpreta que la última cena de Jesús fue un banquete, con los gestos del ritual judío de la comida, es decir, «bendición» del pan y «acción de gracias» por el vino después de haber cenado. Los relatos de la eucaristía omiten la descripción del ritual judío y ponen el énfasis en esos dos gestos. Fue también cena de despedida de Jesús antes de la entrega. Los cuatro relatos de la institución son adaptaciones litúrgicas de las palabras y acciones de Jesús en la última cena. En realidad no cuentan lo que Jesús hizo, sino cómo celebraban los primeros cristianos y qué sentido tiene la eucaristía. Los cuatro relatos coinciden en señalar lo que Jesús hizo y difieren en precisar lo que dijo. Jesús se compara a sí mismo con el pan (cuerpo) y el vino (sangre). Según la antropología semita, el hombre es «carne»; la sangre era para los hebreos «sustancia de la vida». El término «cuerpo», en contraste con «espíritu», se emplea para referirse a toda la persona y está en conexión con el pan; la sangre apunta a la muerte violenta.

Los dos gestos judíos de Jesús en la última cena pascual manifiestan el relieve eucarístico de la Pascua cristiana. Hay una bendición sobre el pan y la copa; se ofrece el pan partido y la copa de vino, y se acompaña esta entrega con palabras significativas y eficaces. Uno de estos gestos, el de la fracción del pan, dará nombre a la eucaristía, denominada por Pablo «Cena del Señor».

c) La Pascua cristiana: El domingo, día del Señor, fue fiesta pascual semanal. Pero, aunque es posible que desde los primeros orígenes cristianos hubiese una celebración pascual cada año, no es fácil precisar cuándo se hizo el tránsito de la pascua semanal a la pascua anual. Algunos aseguran que, antes del año 50, se celebraba una vigilia pascual en las Iglesias de Roma, Corinto, Asia Menor y Jerusalén. Son meras hipótesis. Lo cierto es que, desde finales del siglo II, la Pascua anual es la fiesta más importante de la Iglesia. Hubo en ese siglo, con respecto a la celebración de la Pascua, dos corrientes que originaron una tensa controversia. La corriente oriental defendía que la Pascua debía celebrarse el Viernes Santo, al atardecer, con una eucaristía. La corriente occidental pensaba que había de festejarse en las primeras horas del domingo siguiente a ese viernes. A finales del mencionado siglo, por decisión del papa Víctor, se impuso la tradición romana, y empezó a celebrarse la Pascua el Domingo de Resurrección. El concilio de Nicea del año 325 determinó que se celebrara el domingo siguiente a la primera luna llena del equinocio de primavera en el hemisferio norte (entre el 22 de marzo y el 25 de abril).

La razón de la importancia cristiana de la Pascua es obvia: la fe cristiana es fe en la muerte y resurrección del Señor, o Pascua de Cristo; por consiguiente, el misterio pascual es el centro del cristianismo, de la Iglesia, de la acción pastoral y de la vida espiritual cristiana. Por estas razones decimos que el bautismo es sacramento de la fe o de la Pascua, y la eucaristía memorial pascual.

¡¡¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!!!

Mons. José Luis Lacunza M., o.a.r.
Obispo de la Diócesis de David

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Retrospectiva pascual

2009-04-12
A tiro de piedra
Retrospectiva pascual

A menudo me pongo a pensar cómo sería el tiempo en que vivió Jesús, en medio de la esperanza de Israel y el dominio romano. Muy dura ha debido ser la vida para el pueblo, entre la clase privilegiada de su nación y el aplastante poderío del invasor. Oprimido por propios y extraños, el habitante común de Judea y Galilea sufría los rigores de la presión de los poderosos.

Dentro de lo insoportable de la situación, aparece Jesús con el anuncio de la Buena Nueva para Israel: el Señor venía a liberarlos. El mensaje de Jesús, fundamentado en la fe y en la actitud de vida de quien elige hacer la voluntad de Dios, era interpretado de diversa manera por sus interlocutores. Los príncipes de los sacerdotes y los jefes de los partidos, fariseo y saduceo, esperaban la restauración del reino con la expulsión romana y el reconocimiento de sus méritos como cumplidores de la ley; en cambio, lo que recibieron fue la condena por parte de Cristo a causa de la explotación y el desprecio que hacían al pueblo desvalido. Para los pobres, la cuestión era distinta: el lenguaje de Jesús, duro para los poderosos, resultaba esperanzador para los desposeídos. Los gentiles, por su parte, se mofaban o creían, según la medida de su corazón.

Luego de tres años de revolucionar la mentalidad de los habitantes de la región, creyentes y paganos, y tras los milagros y los portentos que lo ubicaban como un profeta poderoso en obras, o como el Mesías, según la fe de quienes le conocían, Jesús llega a la Pascua del año de su crucifixión. La última cena pascual con sus discípulos, a escondidas de quienes lo buscaban para matarlo. Allí, en el cenáculo de aquella casa, instituye la eucaristía y es traicionado por el Iscariote, después de que el demonio entrara en éste.

Prendido en la noche, tras recibir el beso de Judas, es conducido a la casa de Caifás y, a la mañana siguiente, al Sanedrín. De allí, al tribunal de Pilato; y luego de vuelta a uno y al otro, hasta la sentencia de muerte definitiva. El viernes, la cruz y la sepultura, antes que caiga la noche. Sus discípulos refugiados; con miedo. Todo el sábado ocultos. En la mañana del domingo, las mujeres van a ungir el cadáver, pues no hubo tiempo para hacerlo por la prisa de su sepultura para que no les sorprendiera el Sábado.

El primer día de la semana, al amanecer, la sorpresa: no está el cuerpo. A pesar de la guardia a la entrada del sepulcro, no está el que creían muerto. La noticia llega a los discípulos, que corren a la tumba. Después se les aparece, tras hacerlo ante las mujeres. No lo pueden creer. El Maestro está vivo; ha resucitado. Quien no lo vio con sus propios ojos, no lo cree. Después lo haría avergonzado, cuando le hacen meter la mano en el costado abierto por la lanza y el dedo en la llaga de las manos que dejaron los clavos. No había ya dudas: Cristo está vivo y reina. Ahora vendría la persecución, pero de nada valió. Cárcel, ejecuciones, exilio, torturas y muerte por doquier y de múltiples formas, cada cual más dolorosa.

Dos mil años del reinado de Cristo. El mismo rechazo hoy de los que lo niegan; la misma persecución en contra de sus seguidores. Sólo cambian las circunstancias, porque el corazón del hombre sigue igual: Duro como un pedernal, o rendido ante aquel que sólo tiene palabras de vida eterna, sin prometer oro, dinero ni poderío terrenal.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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Resucitó, ¡aleluya!

2009-04-12
Editorial
Resucitó, ¡aleluya!

Hemos concluido un largo itinerario de ayuno y abstención, apoyándonos en la oración y en las obras de misericordia. Estamos a punto de comenzar el jubiloso período pascual. Al leer estas líneas, nos encontramos justo en el centro del memorial de la pasión, la muerte y la resurrección del Hijo de Dios.

¿Qué hemos hecho? Quizá todo lo que nos pidió la Iglesia en la Cuaresma; quizá una parte más grande o más pequeña; quizá nada. En lo mucho, lo poco, o lo ausente, Cristo está con nosotros. Ya dio su vida por nuestros pecados, y pagó el precio del rescate con su sangre. Si hemos fallado en lo litúrgico, aún podemos renovarnos en nuestras propias vidas. Tenemos la Pascua; vivámosla con gozo.

Cristo, hermanos, ha resucitado y nos llama a seguirle, tomando nuestra cruz y renaciendo en el espíritu. Todas las obras de misericordia y la oración, nos acompañan siempre, en la Pascua permanente que se manifiesta en la actitud de fe, y en el amor perenne a Dios y al prójimo. ¡Cristo es nuestra pascua; Cristo es nuestra paz! A quién iremos, si no es a Él.

Alegrémonos, hermanos, porque si somos capaces de amar a Dios y amarnos los unos a los otros, es porque Cristo resucitó y nos arrebató de las manos de la muerte. A Jesús Resucitado sea el honor, el poder y la gloria eternamente, ¡Aleluya, aleluya! ¡Feliz y santa Pascua!

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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La Santa Semana

2009-04-05
La Voz del Pastor
La Santa Semana

Con el Domingo de Ramos, la Iglesia católica inicia solemnemente la semana más sagrada de todo el año litúrgico, conocida también como la Semana Mayor o Semana Santa.

Así como para el antiguo pueblo de Israel la fiesta más importante fue la Pascua celebrada por mandato específico de Dios (Ex 12,14), el nuevo pueblo de Israel, es decir toda la humanidad redimida y creyente deberá cumplir hasta el final de los siglos la perpetuidad de este mandato, celebrando la realidad de lo que aquellos acontecimientos significaron.

Los corderos sacrificados con cuya sangre eran rociados los dinteles de las puertas y cuya carne era comida asada, prefiguraban al Hijo de Dios hecho hombre inmolado voluntariamente en la cruz para dar a todo el género humano la verdadera e íntegra liberación de la esclavitud a la que nos tenía sometido Satanás.

Nos recuerda la Carta a los Hebreos que “Cristo ha entrado en el Santuario ya no para ofrecer la sangre de chivos y becerros, sino su propia sangre…y ha obtenido para nosotros la liberación eterna” (Heb 9,12) e insiste la carta en que si la sangre de los corderos pudo purificar por fuera, cuanto más la Sangre de Cristo tendrá poder para purificar y consagrar a la humanidad. “Cristo se ofreció a sí mismo como sacrificio sin mancha y su sangre limpia” (Heb 9,14).

Cristo cumplió y perfeccionó todo lo que los hebreos celebraban. Recordemos que los corderos sacrificados y comidos permanecieron muertos, no resucitaron, mientras que Cristo, el verdadero Cordero de Dios, es inmolado libre y voluntariamente y con su propia muerte vence a la misma muerte con su resurrección y nos libra del morir eterno. “Cristo tiene que reinar hasta que todos sus enemigos estén puestos bajo sus pies y el último enemigo que será derrotado es la muerte” (I Cor. 15, 25 y 26).

La Semana Santa que inauguramos el Domingo de Ramos no sólo es un espacio para recordar el pasado como si se tratase de un acontecimiento que tuvo lugar en un momento dado y fue consumido definitivamente y por el tiempo y el espacio y del cual sólo nos queda un recuerdo escrito en la historia. La celebración del gran misterio pascual es un verdadero memorial, algo mucho más que el simple recuerdo, se trata de reactualizar y revivir en el aquí y el ahora de nuestra vida lo que Cristo hizo y sigue haciendo por nosotros. He aquí el valor de una verdadera celebración litúrgica.

El Domingo de Ramos proclamamos, con el entusiasmo de los discípulos de Jesús y del pueblo fiel, que Jesús es el verdadero y único Rey, “unos tendían sus capas por el camino y otros tendían ramas que cortaban de los árboles y tanto los que iban delante como los que iban detrás gritaban Hosanna al Hijo de David, bendito el que viene en el nombre del Señor (Mateo 21, 8-9).

Las palmas, ramos y flores que se bendicen, se distribuyen y se agitan durante la procesión nos están recordando que el triunfo de Cristo sobre el mal no lo obtuvo con la fuerza o la violencia, mucho menos con la injusticia y la opresión, sino por el amor que lo llevó a la muerte voluntaria sobre el altar de la cruz. Allí derramó toda su sangre, venció al demonio y al infierno y con la victoria de la resurrección fue constituido Señor de la humanidad, de la historia y de toda la creación. Cristo es nuestro verdadero Rey y Señor.

Durante toda esta Semana, si participamos con fe en las celebraciones litúrgicas tendremos la ocasión de revivir esos grandes misterios de la pasión, muerte y resurrección de nuestro Salvador, y hacer nuestros esos hechos salvíficos que con tanto amor, por su eterno Padre y por nosotros, él quiso realizar en su vida mortal. De esa manera la Semana Mayor será una semana verdaderamente santa porque nos ayudará a vivir –siempre unidos a Cristo muriendo todos los días al pecado y viviendo un vida nueva según el Espíritu.

Mons. José Dimas Cedeño Delgado
Arzobispo de Panamá

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viernes, 11 de abril de 2008

La iglesia, testigo del misterio pascual del Señor

2008-04-13
La Voz de Pastor
La iglesia, testigo del misterio pascual del Señor

La fe de la Iglesia proclama el misterio pascual de Jesucristo, es decir, la encarnación del Verbo de Dios anunciado por los profetas, su pasión y muerte salvíficas, su resurrección gloriosa y la efusión de su Espíritu. Anuncia también que, en su nombre, se predicará la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. La Iglesia es testigo elocuente de estas cosas con su enseñanza, en la liturgia y toda su actividad pastoral (cf Lc 24:46-48; Hch 1:8; 2:32-36;3:12-26;5:29-32;10:34-43). En su predicación, destaca la obra de Dios, Padre de Jesucristo, que, en vida, lo acredita con milagros y finalmente lo resucita de entre los muertos. Afirma, por ello, que él es el justo perseguido y salvado por Dios, mencionado en el salmo 118, también la piedra desechada por los constructores, convertida en piedra angular (V22).

Vale la pena destacar este papel de la Iglesia en la difusión del mensaje pascual de Jesucristo, realidad de fe, que no descansa en indicios científicos positivos, como la eventual aparición de una tumba vacía, sino en el testimonio de la Iglesia, que no ha dejado de proclamar este acontecimiento, celebrarlo en su liturgia y rubricarlo con el testimonio de incontables confesores, misioneros, mártires, vírgenes y viudas. Los efectos abonan el hecho de base.

En la liturgia de la cincuentena pascual, la Iglesia, Madre y Maestra, subraya esta función evangelizadora de las comunidades evangelizadas. Así en el Segundo Domingo de Pascua, llamado, con razón, de la divina misericordia, implora de Dios la gracia de comprender el valor inestimable de la sangre que nos ha redimido, la grandeza del bautismo que nos ha purificado y la majestad del Espíritu que nos ha hecho nacer de nuevo.

Luego afirma su fe pascual de manera plástica y audiovisual mostrando la forma en que se vivía este misterio de muerte y resurrección en las comunidades primitivas, donde los creyentes vivían todos unidos y lo poseían todo en común (Hch 2:42-47), y la fe en el misterio pascual y nuestra participación en él, por los sacramentos de iniciación cristiana, comunicaba la certeza de haber nacido de nuevo para una esperanza viva, una herencia incorruptible, pura e imperecedera (cf 1 Pedro 1:3-9).

El evangelio, por su parte, nos mostraba una Iglesia replegada en sí misma y paralizada por el miedo (Jn 20:19-31), que es visitada por el Señor de la Pascua, que la hace partícipe de su Espíritu, y la envía a la misión de invitar a las personas a compartir la fe pascual de la Iglesia.

Ausente el apóstol Tomás de esta reunión, exige un encuentro personal con el Resucitado. Ocho dias después, se le da lo que pidió, pero en el corazón de la Iglesia, y se ratifica el papel de ésta como testigo del misterio pascual de Jesucristo: "Dichosos los que crean sin haber visto" ( 20:29), es decir, los que den crédito a la palabra de la Iglesia.

La función testimonial de la Iglesia también es acentuada en los textos del Domingo Tercero. El santo evangelio nos recuerda que la Iglesia es una comunidad de discípulos que recorren un camino en el que los ha precedido su Señor y Maestro, Jesucristo, llegado ya a la gloria ( Lc 24:13-35). El humilde rebaño del Señor debe alcanzar esta misma meta.

La condición de discípulo no se improvisa. Requiere la instrucción de un maestro y seguir un itinerario de formación, que parte de la iniciación cristiana sacramental, y exige un proceso permanente de conversión e instrucción catequética en el misterio de Cristo, guiado por el Espíritu Santo, para forjar al discípulo, y conducirlo a la comunión creciente con el Padre, por el Hijo, en el Espíritu y a la misión de integrar a otras personas en la Iglesia, misterio de comunión y misión. No sin razón los primeros cristianos eran llamados "los del camino".

El evangelio del día es paradigmático. Muestra el camino emprendido por dos discípulos inmaduros del Señor, pues no seguían al Señor de la pascua, muerto y resucitado, sino a un caudillo, un profeta rico en palabras y obras, que prometía una gloria efímera. Los sucesos del Viernes Santo destruyeron esta ilusión. Por eso, son presa del desánimo y la frustración.

Pero el Señor, Emmanuel y compañero de camino de su Iglesia durante la misión, los evangeliza, mostrándoles la presencia de su misterio pascual en las Escrituras, en la cruz, vehículo de su gloria, y en la eucaristía, memorial de su pasión y muerte salvíficas y su resurrección gloriosa.

Este encuentro con Jesucristo vivo determina un proceso de conversión en estos discípulos, que pasan de inmaduros a maduros, capaces de reconocer al Señor con los ojos de la fe en las Escrituras, en la cruz y en la fracción del pan. Evangelizados por el Señor de la pascua, están listos para evangelizar a sus contemporáneos. De Jerusalén a Emaús, han recorrido un camino que los ha llevado al encuentro con Jesucristo vivo, la conversión, el discipulado y la comunión. De Emaús a Jerusalén, vuelven ahora como hombres nuevos, evangelizados y evangelizadores, auténticos discípulos y misioneros del Cristo total, muerto y resucitado, Camino, Verdad y Vida. Por eso, son fuente de vida para su comunidad.

Mons. Oscar Mario Brown J.
Obispo de la Diócesis de Santiago

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lunes, 7 de abril de 2008

Homilía de Benedicto XVI en el tercer aniversario del fallecimiento de Juan Pablo II

2008-04-06
La Voz del Pastor
Homilía de Benedicto XVI en el tercer aniversario del fallecimiento de Juan Pablo II

CIUDAD DEL VATICANO, (ZENIT.org).- Publicamos la homilía que pronunció Benedicto XVI este miércoles 2 de marzo al presidir la celebración eucarística en el tercer aniversario del fallecimiento de Juan Pablo II.

Queridos hermanos y hermanas:

La fecha del 2 de abril ha quedado grabada en la memoria de la Iglesia como el día del adiós a este mundo del siervo de Dios el Papa Juan Pablo II. Revivamos con emoción las horas de aquel sábado por la tarde, cuando la noticia del fallecimiento fue acogida por una gran muchedumbre en oración que llenaba la Plaza de San Pedro. Durante varios días, la Basílica Vaticana y esta Plaza se convirtieron verdaderamente en el corazón del mundo. Un río ininterrumpido de peregrinos rindió homenaje a los restos del venerado Pontífice y sus funerales supusieron un ulterior testimonio de la estima y del afecto que se había conquistado en el espíritu de tantos creyentes y personas de todos los rincones de la tierra.Al igual que hace tres años, tampoco hoy ha pasado mucho tiempo tras la Pascua. El corazón de la Iglesia se encuentra todavía sumergido en el misterio de la Resurrección del Señor. En verdad, podemos leer toda la vida de mi querido predecesor, en particular su ministerio petrino, según el signo de Cristo Resucitado. Él sentía una fe extraordinaria en Él, y con Él mantenía una conversación íntima, singular, ininterrumpida. Entre sus muchas cualidades humanas y sobrenaturales, tenía una excepcional sensibilidad espiritual y mística.

Bastaba observarle mientras rezaba: se sumergía literalmente en Dios y parecía que todo lo demás en aquellos momentos fuera ajeno. En las celebraciones litúrgicas estaba atento al misterio en acto, con una aguda capacidad para percibir la elocuencia de la Palabra de Dios en el devenir de la historia, penetrando en el nivel profundo del designio de Dios. La santa misa, como repitió con frecuencia, era para él el centro de cada día y de toda la existencia. La realidad «viva y santa» de la Eucaristía que le daba energía espiritual para guiar al Pueblo de Dios en el camino de la historia.

Juan Pablo II expiró en la vigilia del segundo domingo de Pascua, «el día que hizo el Señor». Toda su agonía tuvo lugar en ese «día», en un espacio-tiempo nuevo, que es el «octavo día», querido por la Santísima Trinidad a través de la obra del Verbo encarnado, muerto y resucitado. El Papa Juan Pablo II demostró en varias ocasiones que ya antes, durante su vida, y especialmente en el cumplimiento de la misión de Sumo Pontífice, se encontraba de alguna manera sumergido en esta dimensión espiritual.

Su pontificado, en su conjunto y en muchos momentos específicos, se nos presenta como un signo y un testimonio de la Resurrección de Cristo. El dinamismo pascual, que ha hecho de la existencia de Juan Pablo II una respuesta total a la llamada del Señor, no podía expresarse sin participar en los sufrimientos y en la muerte del divino Maestro y Redentor. «Es cierta esta afirmación --afirma el apóstol Pablo--: Si hemos muerto con él, también viviremos con él; si nos mantenemos firmes, también reinaremos con él» (2 Timoteo 2, 11-12).

Desde niño, Karol Wojtyla había experimentado la verdad de estas palabras, al encontrar en su camino la cruz, en su familia y en su pueblo. Muy pronto decidió llevarla junto a Jesús, siguiendo sus huellas. Quiso ser un servidor fiel suyo hasta acoger la llamada al sacerdocio como don y compromiso de toda la vida. Con Él vivió y con Él quiso morir. Y todo esto a través de la singular mediación de María santísima, madre de la Iglesia, madre del Redentor íntima y realmente asociada a su misterio salvífico de muerte y de resurrección.

En esta reflexión evocativa nos guían las lecturas bíblicas que se acaban de proclamar: «¡No tengáis miedo!» (Mateo 28, 5). Las palabras del ángel de la resurrección, dirigidas a las mujeres ante el sepulcro vacío, que acabamos de escuchar, se han convertido en una especie de lema en los labios del Papa Juan Pablo II, desde el solemne inicio de su ministerio petrino. Las repitió en varias ocasiones a la Iglesia y a la humanidad en el camino hacia el año 2000, y después al atravesar aquella histórica etapa, así como después, en la aurora del tercer milenio. Las pronunció siempre con inflexible firmeza, primero enarbolando el báculo pastoral coronado por la Cruz y, después, cuando las energías físicas se iban debilitando, casi agarrándose a él, hasta aquel último Viernes Santo, en el que participó en el Vía Crucis desde su capilla privada, apretando entre sus brazos la Cruz. No podemos olvidar aquel último y silencioso testimonio de amor a Jesús. Aquella elocuente escena de sufrimiento humano y de fe, en aquel último Viernes Santo, también indicaba a los creyentes y al mundo el secreto de toda la vida cristiana. Aquel «No tengáis miedo» no se basaba en las fuerzas humanas, ni en los éxitos logrados, sino únicamente en la Palabra de Dios, en la Cruz y en la Resurrección de Cristo. En la medida en la que iba desnudándose de todo, al final, incluso de la misma palabra, esta entrega total a Cristo se manifestó con creciente claridad. Como le sucedió a Jesús, también en el caso de Juan Pablo II las palabras dejaron lugar al final al último sacrificio, la entrega de sí. Y la muerte fue el sello de una existencia totalmente entregada a Cristo, conformada con Él incluso físicamente con los rasgos del sufrimiento y del abandono confiado en los brazos del Padre celestial. «Dejad que vaya al Padre», estas palabras --testimonia quien estuvo a su lado-- fueron sus últimas palabras, cumplimiento de una vida totalmente orientada a conocer y contemplar el rostro del Señor.

Venerados y queridos hermanos: os doy las gracias a todos por haberos unidos a mí en esta misa de sufragio por el amado Juan Pablo II. Dirijo un pensamiento particular a los participantes en el primer congreso mundial sobre la Divina Misericordia, que comienza precisamente hoy, y que quiere profundizar en su rico magisterio sobre este tema. La misericordia de Dios, lo dijo él mismo, es una clave de lectura privilegiada de su pontificado. Él quería que el mensaje del amor misericordioso de Dios alcanzara a todos los hombres y exhortaba a los fieles a ser sus testigos (Cf. Homilía en Cracovia-Lagiewniki, 17 de agosto de 2002).

Por este motivo, quiso elevar al honor de los altares a sor Faustina Kowalska, humilde religiosa convertida por un misterioso designio divino en la mensajera profética de la Divina Misericordia. El siervo de Dios Juan Pablo II había conocido y vivido personalmente las terribles tragedias del siglo XX, y se preguntó durante mucho tiempo qué podría detener al avance del mal. La respuesta sólo podía encontrarse en el amor de Dios. Sólo la Divina Misericordia, de hecho, es capaz de poner límites al mal; sólo el amor omnipotente de Dios puede derrotar la prepotencia de los malvados y el poder destructor del egoísmo y del odio. Por este motivo, durante su última visita a Polonia, al regresar a su tierra natal, dijo: «Fuera de la misericordia de Dios, no existe otra fuente de esperanza para el hombre» (ibídem).a

Demos gracias al Señor porque ha entregado a la Iglesia este servidor suyo fiel y valiente. Alabemos y bendigamos a la Virgen María por haber velado incesantemente sobre su persona y su ministerio para beneficio del pueblo cristiano y de toda la humanidad. Y mientras ofrecemos por su alma elegida el Sacrificio redentor, le pedimos que siga intercediendo desde el Cielo por cada uno de nosotros, por mí de manera especial, a quien la Providencia ha llamado a recoger su inestimable herencia espiritual. Que la Iglesia, siguiendo sus enseñanzas y ejemplos, pueda continuar fielmente sin compromisos su misión evangelizadora, difundiendo sin cansarse el amor misericordioso de Cristo, manantial de verdadera paz para el mundo entero.

[Traducción realizada por Jesús Colina]

Santo Padre Benedicto XVI
Obispo de Roma

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lunes, 31 de marzo de 2008

Mensaje de Benedicto XVI: Pascua 2008

2008-03-30
La Voz del Pastor
Mensaje de Benedicto XVI: Pascua 2008

Mensaje de Pascua que pronunció Benedicto XVI a mediodía del domingo de Resurrección, 23 de Marzo de 2008, en la plaza de San Pedro
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«He resucitado, estoy siempre contigo».


Resurrexi, et adhuc tecum sum. Alleluia! He resucitado, estoy siempre contigo. ¡Aleluya! Queridos hermanos y hermanas, Jesús, crucificado y resucitado, nos repite hoy este anuncio gozoso: es el anuncio pascual. Acojámoslo con íntimo asombro y gratitud.

"Resurrexi et adhuc tecum sum". "He resucitado y aún y siempre estoy contigo". Estas palabras, entresacadas de una antigua versión del Salmo 138 (v.18b), resuenan al comienzo de la Santa Misa de hoy. En ellas, al surgir el sol de la Pascua, la Iglesia reconoce la voz misma de Jesús que, resucitando de la muerte, colmado de felicidad y amor, se dirige al Padre y exclama: Padre mío, ¡heme aquí! He resucitado, todavía estoy contigo y lo estaré siempre; tu Espíritu no me ha abandonado nunca. Así también podemos comprender de modo nuevo otras expresiones del Salmo: "Si escalo al cielo, allí estás tú, si me acuesto en el abismo, allí te encuentro... Porque ni la tiniebla es oscura para ti, la noche es clara como el día; para ti las tinieblas son como luz" (Sal 138, 8.12). Es verdad: en la solemne vigilia de Pascua las tinieblas se convierten en luz, la noche cede el paso al día que no conoce ocaso. La muerte y resurrección del Verbo de Dios encarnado es un acontecimiento de amor insuperable, es la victoria del Amor que nos ha liberado de la esclavitud del pecado y de la muerte. Ha cambiado el curso de la historia, infundiendo un indeleble y renovado sentido y valor a la vida del hombre.

"He resucitado y estoy aún y siempre contigo". Estas palabras nos invitan a contemplar a Cristo resucitado, haciendo resonar en nuestro corazón su voz. Con su sacrificio redentor Jesús de Nazaret nos ha hecho hijos adoptivos de Dios, de modo que ahora podemos introducirnos también nosotros en el diálogo misterioso entre Él y el Padre. Viene a la mente lo que un día dijo a sus oyentes: "Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar" (Mt 11,27). En esta perspectiva, advertimos que la afirmación dirigida hoy por Jesús resucitado al Padre, - "Estoy aún y siempre contigo" - nos concierne también a nosotros, que somos hijos de Dios y coherederos con Cristo, si realmente participamos en sus sufrimientos para participar en su gloria (cf. Rm 8,17). Gracias a la muerte y resurrección de Cristo, también nosotros resucitamos hoy a la vida nueva, y uniendo nuestra voz a la suya proclamamos nuestro deseo de permanecer para siempre con Dios, nuestro Padre infinitamente bueno y misericordioso.

Entramos así en la profundidad del misterio pascual. El acontecimiento sorprendente de la resurrección de Jesús es esencialmente un acontecimiento de amor: amor del Padre que entrega al Hijo para la salvación del mundo; amor del Hijo que se abandona en la voluntad del Padre por todos nosotros; amor del Espíritu que resucita a Jesús de entre los muertos con su cuerpo transfigurado. Y todavía más: amor del Padre que "vuelve a abrazar" al Hijo envolviéndolo en su gloria; amor del Hijo que con la fuerza del Espíritu vuelve al Padre revestido de nuestra humanidad transfigurada. Esta solemnidad, que nos hace revivir la experiencia absoluta y única de la resurrección de Jesús, es un llamamiento a convertirnos al Amor; una invitación a vivir rechazando el odio y el egoísmo y a seguir dócilmente las huellas del Cordero inmolado por nuestra salvación, a imitar al Redentor "manso y humilde de corazón", que es descanso para nuestras almas (cf. Mt 11,29).

Hermanas y hermanos cristianos de todos los rincones del mundo, hombres y mujeres de espíritu sinceramente abierto a la verdad: que nadie cierre el corazón a la omnipotencia de este amor redentor. Jesucristo ha muerto y resucitado por todos: ¡Él es nuestra esperanza! Esperanza verdadera para cada ser humano. Hoy, como hizo en Galilea con sus discípulos antes de volver al Padre, Jesús resucitado nos envía también a todas partes como testigos de su esperanza y nos garantiza: Yo estoy siempre con vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo (cf. Mt 28,20). Fijando la mirada del alma en las llagas gloriosas de su cuerpo transfigurado, podemos entender el sentido y el valor del sufrimiento, podemos aliviar las múltiples heridas que siguen ensangrentando a la humanidad, también en nuestros días. En sus llagas gloriosas reconocemos los signos indelebles de la misericordia infinita del Dios del que habla al profeta: Él es quien cura las heridas de los corazones desgarrados, quien defiende a los débiles y proclama la libertad a los esclavos, quien consuela a todos los afligidos y ofrece su aceite de alegría en lugar del vestido de luto, un canto de alabanza en lugar de un corazón triste (cf. Is 61,1.2.3). Si nos acercamos a Él con humilde confianza, encontraremos en su mirada la respuesta al anhelo más profundo de nuestro corazón: conocer a Dios y entablar con Él una relación vital en una auténtica comunión de amor, que colme de su mismo amor nuestra existencia y nuestras relaciones interpersonales y sociales. Para esto la humanidad necesita a Cristo: en Él, nuestra esperanza, "fuimos salvados" (cf. Rm 8,24).

Cuántas veces las relaciones entre personas, grupos y pueblos, están marcadas por el egoísmo, la injusticia, el odio, la violencia, en vez de estarlo por el amor. Son las llagas de la humanidad, abiertas y dolientes en todos los rincones del planeta, aunque a veces ignoradas e intencionadamente escondidas; llagas que desgarran el alma y el cuerpo de innumerables hermanos y hermanas nuestros. Éstas esperan obtener alivio y ser curadas por las llagas gloriosas del Señor resucitado (cf. 1 P 2, 24-25) y por la solidaridad de cuantos, siguiendo sus huellas y en su nombre, realizan gestos de amor, se comprometen activamente en favor de la justicia y difunden en su alrededor signos luminosos de esperanza en los lugares ensangrentados por los conflictos y dondequiera que la dignidad de la persona humana continúe siendo denigrada y vulnerada. El anhelo es que precisamente allí se multipliquen los testimonios de benignidad y de perdón.

Queridos hermanos y hermanas, dejémonos iluminar por la luz deslumbrante de este Día solemne; abrámonos con sincera confianza a Cristo resucitado, para que la fuerza renovadora del Misterio pascual se manifieste en cada uno de nosotros, en nuestras familias y nuestros Países. Se manifieste en todas las partes del mundo. No podemos dejar de pensar en este momento, de modo particular, en algunas regiones africanas, como Dafur y Somalia, en el martirizado Oriente Medio, especialmente en Tierra Santa, en Irak, en Líbano y, finalmente, en Tibet, regiones para las cuales aliento la búsqueda de soluciones que salvaguarden el bien y la paz. Invoquemos la plenitud de los dones pascuales por intercesión de María que, tras haber compartido los sufrimientos de la Pasión y crucifixión de su Hijo inocente, ha experimentado también la alegría inefable de su resurrección. Que, al estar asociada a la gloria de Cristo, sea Ella quien nos proteja y nos guíe por el camino de la solidaridad fraterna y de la paz. Éstos son mis anhelos pascuales, que transmito a los que estáis aquí presentes y a los hombres y mujeres de cada nación y continente unidos con nosotros a través de la radio y de la televisión.

¡Feliz Pascua!

Santo Padre Benedicto XVI
Obispo de Roma

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El Gozo Pascual

2008-03-30
El Ojo del Profeta
El Gozo Pascual

Transcurrida una semana de la celebración de la Vigilia Pascual, muchos son los que han vuelto a su rutina. Para ellos, todo ha terminado, porque, como los peregrinos de Emaús, esperan por algo más que el testimonio de aquellos que se han encontrado al Señor.

Hoy recibimos el anuncio de la Resurrección de Jesucristo, que nos viene desde los discípulos que vieron al Señor Resucitado en el camino, al partir el pan; al atravesar las puertas de la casa en la que estaban escondidos; y a la orilla del lago de Galilea.

Dependemos de aquel testimonio y del de aquellos que han sentido a Cristo actuar en sus vidas. Dichosos los que han creído sin haber visto y que no pretenden, como Tomás, meter el dedo en las llagas o la mano en el costado, para tener fe. La Pascua apenas empieza y de nuestra creencia depende si continuamos experimentando el gozo pascual de la Resurrección.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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miércoles, 26 de marzo de 2008

Lo más importante

2008-03-23
A tiro de piedra
Lo más importante

La religiosidad y la devoción de nuestro pueblo cristiano aún es notoria, cuando de las celebraciones religiosas se trata. Jueves y Viernes Santo convocan a miles de personas a los templos, para rendir tributo y ofrecer alguna manda por los favores recibidos por Dios o para obtener alguna gracia divina.

Mucho se critica de esa actitud popular, porque se considera una fe inmadura o vacía de formación y práctica cristiana más comprometida. Sin embargo, cuando veo la multitud que se acerca con devoción a los altares, pienso en el funcionario de la reina Candace de Etiopía, que recitaba las escrituras sin entenderlas, hasta que Felipe se le acercó y se las explicó. Así me lucen estos hermanos y hermanas que suben a los templos y que parecen como ovejas sin pastor. Más que criticarlos, deberíamos esforzarnos por evangelizarlos más profundamente.

Es fundamental que les hagamos saber lo más importante en la celebración de los días santos, como anticipo de la fiesta pascual. Cristo Resucitado es el centro y el motivo de toda esta alegría y conmemoración. Nuestra misión ante aquel gentío es proclamar la Resurrección de Jesucristo como Buena Nueva. ¡Ay de nosotros! si no evangelizamos y si los dejamos marchar con el incienso o el artículo que compran a los mercaderes que están a las puertas de nuestros templos, quienes, por cierto, también necesitan del anuncio de la Buena Noticia.

Cada parroquia puede aprovechar la ocasión para instruir a sus colaboradores más cercanos en el oficio de recibir y guiar a los visitantes, explicándoles cómo orar, qué hacer ante el Santísimo cuando está expuesto, el sentido de la Hora Santa o la liturgia que se esté celebrando, el porqué de la Vigilia Pascual y la importancia de asistir a la Misa de Resurrección el domingo.

Otro tiempo que podemos aprovechar es el de los domingos de Pascua, con reuniones de catequesis y cursos bíblicos que abarquen ese tiempo y que estén dirigidos a quienes tengan esa experiencia por primera vez. Hasta podría dictarse un tema por cada domingo agrupando a niños, jóvenes, hombres, mujeres, ancianos y matrimonios; de esta manera sería una sola jornada de sábado en la mañana o la tarde, según convenga, y se culminaría con la Eucaristía dominical y un ágape al final de la misa. Todas son ideas que alguna persona osada puede realizar en su parroquia.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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¡Resucitó!

2008-03-23
Editorial
¡Resucitó!

Cristo ha resucitado y con él también hemos resucitado nosotros para la Vida Eterna. En su Pasión, Muerte y Resurrección gloriosa nos ha redimido y nos ha dado la salvación. Cristo ha pagado, con su sacrificio y con su sangre, el precio de nuestra liberación.

La memoria que hacemos en estos días de su entrega en la cruz, no significa que Cristo vuelve a morir; Cristo ya no muere más, porque resucitó definitivamente. Lo que hacemos es recordar todos esos acontecimientos, como parte de nuestra profesión de fe y como mandamiento de celebrar estos misterios hasta su segunda venida en la gloria de Dios Padre.

Nuestra celebración en estos días es el anticipo para la Pascua de Resurrección, que festejamos con regocijo este domingo. Más que tristeza, la Pasión y Muerte de Jesucristo la vivimos en la meditación, la oración profunda y en las obras de misericordia que se incrementan en esta época. La austeridad, la abstinencia y el ayuno de alimento y de goce terrenal nos ayudan en nuestra purificación, nuestra conversión y en hacernos uno con el prójimo necesitado.

¡Resucitó! Es la única verdad que debe acompañarnos hoy. Jesucristo nos libró de la muerte; la venció y aniquiló al amo de este mundo. Con Cristo y en Cristo vencemos y con él renacemos y nos dejamos transformar día a día por las manos amorosas del Padre en la imagen de su Hijo amado.

¡Feliz Pascua!

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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