Mostrando entradas con la etiqueta juan pablo ii. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta juan pablo ii. Mostrar todas las entradas

lunes, 10 de agosto de 2009

Los megas del rencor

2009-08-09
A tiro de piedra
Los megas del rencor

A menudo puedo leer en la internet algunos escritos preñados de rencor y de odio hacia la Iglesia Católica. Hace unos días me encontré con uno de esos, que calumnia a la jerarquía local, y ofende la memoria del Papa Juan Pablo II. ¡Qué pena! En lo profundo de tanta ignominia, yace un alma sufrida y huérfana de amor.

Si pudiéramos medir el rencor en megabytes, escritos como el aludido se llevarían el primer premio. ¿Cómo ocurrírsele siquiera que el monumento a Juan Pablo II representa la bendición del mercantilismo del centro comercial de Albrook? Sólo con observar la colocación y la posición de la estatua, cualquiera puede percatarse que está paralela a los edificios del centro, y que se sitúa en el lugar en que se colocó la tarima desde la cual el Santo Padre dirigió su mensaje a las familias de Panamá y Centroamérica. Pero el necio, ya sabemos, tiene ojos y no ve, oídos y no oye. No quiere ver ni oír, solamente existe su verdad.

Juan Pablo II, con su prédica y su caridad, hizo mucho más que los escritores y personajes, la mayoría marxista comunista, que tanto admira el autor del escrito. Por más venas abiertas que se mencionen, o revoluciones que se alaben, no pueden alcanzar el sitial que el Papa Juan Pablo II se ganó entre tanta gente del mundo. A diferencia de los líderes “socialistas” que se mandan a hacer estatuas, Juan Pablo II, sin pedirlo, se las ha ganado, por el amor que profesó, aquí en Panamá y otros países de los 5 continentes.

Otro tema del rencoroso escrito alude a la vigilia de los nasos, en la Plaza de la Independencia, frente a la Catedral. Según el articulista, la Iglesia Católica no se ha ocupado de ellos. Falso. La ayuda y el acompañamiento han sido patentes, en lo espiritual y material. Que no se haya actuado como quisiera el escritor, no significa que lo hecho por los organismos de la Iglesia tenga poco o ningún valor o, que algún resentido pretenda traerlo a menos.

Las necesidades del pueblo naso, y de los demás marginados del país, no se satisfacen con música y cantitos, cuyos organizadores se marchan a dormir en sus mullidas camas, y algunos con aire acondicionado, dejando a la intemperie, con frío, calor, sed y hambre, a los que dicen defender y, en apariencia, darle una solidaridad revolucionaria y popular, que en el fondo pobremente aporta.

Fuera del ingenio literario empleado para denigrar y ofender, se palpa la confusión propia del que escribe mucho y dice poco. Hasta llama gazebo, que es la marca comercial, a la glorieta de la plaza. Si no se sabe distinguir entre gillette y hoja de afeitar, ¿cómo puede pretenderse entender la dinámica social, libre de prejuicios, y el papel que corresponde a la institución eclesial, con respecto a los problemas de la sociedad? Peras al olmo no se pueden pedir, por lo que no espero cambio alguno en esas mentalidades. Lo que resta es avanzar, y conocer a cada árbol por sus frutos.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

Ir a Panorama Católico Edición Digital

lunes, 7 de abril de 2008

Homilía de Benedicto XVI en el tercer aniversario del fallecimiento de Juan Pablo II

2008-04-06
La Voz del Pastor
Homilía de Benedicto XVI en el tercer aniversario del fallecimiento de Juan Pablo II

CIUDAD DEL VATICANO, (ZENIT.org).- Publicamos la homilía que pronunció Benedicto XVI este miércoles 2 de marzo al presidir la celebración eucarística en el tercer aniversario del fallecimiento de Juan Pablo II.

Queridos hermanos y hermanas:

La fecha del 2 de abril ha quedado grabada en la memoria de la Iglesia como el día del adiós a este mundo del siervo de Dios el Papa Juan Pablo II. Revivamos con emoción las horas de aquel sábado por la tarde, cuando la noticia del fallecimiento fue acogida por una gran muchedumbre en oración que llenaba la Plaza de San Pedro. Durante varios días, la Basílica Vaticana y esta Plaza se convirtieron verdaderamente en el corazón del mundo. Un río ininterrumpido de peregrinos rindió homenaje a los restos del venerado Pontífice y sus funerales supusieron un ulterior testimonio de la estima y del afecto que se había conquistado en el espíritu de tantos creyentes y personas de todos los rincones de la tierra.Al igual que hace tres años, tampoco hoy ha pasado mucho tiempo tras la Pascua. El corazón de la Iglesia se encuentra todavía sumergido en el misterio de la Resurrección del Señor. En verdad, podemos leer toda la vida de mi querido predecesor, en particular su ministerio petrino, según el signo de Cristo Resucitado. Él sentía una fe extraordinaria en Él, y con Él mantenía una conversación íntima, singular, ininterrumpida. Entre sus muchas cualidades humanas y sobrenaturales, tenía una excepcional sensibilidad espiritual y mística.

Bastaba observarle mientras rezaba: se sumergía literalmente en Dios y parecía que todo lo demás en aquellos momentos fuera ajeno. En las celebraciones litúrgicas estaba atento al misterio en acto, con una aguda capacidad para percibir la elocuencia de la Palabra de Dios en el devenir de la historia, penetrando en el nivel profundo del designio de Dios. La santa misa, como repitió con frecuencia, era para él el centro de cada día y de toda la existencia. La realidad «viva y santa» de la Eucaristía que le daba energía espiritual para guiar al Pueblo de Dios en el camino de la historia.

Juan Pablo II expiró en la vigilia del segundo domingo de Pascua, «el día que hizo el Señor». Toda su agonía tuvo lugar en ese «día», en un espacio-tiempo nuevo, que es el «octavo día», querido por la Santísima Trinidad a través de la obra del Verbo encarnado, muerto y resucitado. El Papa Juan Pablo II demostró en varias ocasiones que ya antes, durante su vida, y especialmente en el cumplimiento de la misión de Sumo Pontífice, se encontraba de alguna manera sumergido en esta dimensión espiritual.

Su pontificado, en su conjunto y en muchos momentos específicos, se nos presenta como un signo y un testimonio de la Resurrección de Cristo. El dinamismo pascual, que ha hecho de la existencia de Juan Pablo II una respuesta total a la llamada del Señor, no podía expresarse sin participar en los sufrimientos y en la muerte del divino Maestro y Redentor. «Es cierta esta afirmación --afirma el apóstol Pablo--: Si hemos muerto con él, también viviremos con él; si nos mantenemos firmes, también reinaremos con él» (2 Timoteo 2, 11-12).

Desde niño, Karol Wojtyla había experimentado la verdad de estas palabras, al encontrar en su camino la cruz, en su familia y en su pueblo. Muy pronto decidió llevarla junto a Jesús, siguiendo sus huellas. Quiso ser un servidor fiel suyo hasta acoger la llamada al sacerdocio como don y compromiso de toda la vida. Con Él vivió y con Él quiso morir. Y todo esto a través de la singular mediación de María santísima, madre de la Iglesia, madre del Redentor íntima y realmente asociada a su misterio salvífico de muerte y de resurrección.

En esta reflexión evocativa nos guían las lecturas bíblicas que se acaban de proclamar: «¡No tengáis miedo!» (Mateo 28, 5). Las palabras del ángel de la resurrección, dirigidas a las mujeres ante el sepulcro vacío, que acabamos de escuchar, se han convertido en una especie de lema en los labios del Papa Juan Pablo II, desde el solemne inicio de su ministerio petrino. Las repitió en varias ocasiones a la Iglesia y a la humanidad en el camino hacia el año 2000, y después al atravesar aquella histórica etapa, así como después, en la aurora del tercer milenio. Las pronunció siempre con inflexible firmeza, primero enarbolando el báculo pastoral coronado por la Cruz y, después, cuando las energías físicas se iban debilitando, casi agarrándose a él, hasta aquel último Viernes Santo, en el que participó en el Vía Crucis desde su capilla privada, apretando entre sus brazos la Cruz. No podemos olvidar aquel último y silencioso testimonio de amor a Jesús. Aquella elocuente escena de sufrimiento humano y de fe, en aquel último Viernes Santo, también indicaba a los creyentes y al mundo el secreto de toda la vida cristiana. Aquel «No tengáis miedo» no se basaba en las fuerzas humanas, ni en los éxitos logrados, sino únicamente en la Palabra de Dios, en la Cruz y en la Resurrección de Cristo. En la medida en la que iba desnudándose de todo, al final, incluso de la misma palabra, esta entrega total a Cristo se manifestó con creciente claridad. Como le sucedió a Jesús, también en el caso de Juan Pablo II las palabras dejaron lugar al final al último sacrificio, la entrega de sí. Y la muerte fue el sello de una existencia totalmente entregada a Cristo, conformada con Él incluso físicamente con los rasgos del sufrimiento y del abandono confiado en los brazos del Padre celestial. «Dejad que vaya al Padre», estas palabras --testimonia quien estuvo a su lado-- fueron sus últimas palabras, cumplimiento de una vida totalmente orientada a conocer y contemplar el rostro del Señor.

Venerados y queridos hermanos: os doy las gracias a todos por haberos unidos a mí en esta misa de sufragio por el amado Juan Pablo II. Dirijo un pensamiento particular a los participantes en el primer congreso mundial sobre la Divina Misericordia, que comienza precisamente hoy, y que quiere profundizar en su rico magisterio sobre este tema. La misericordia de Dios, lo dijo él mismo, es una clave de lectura privilegiada de su pontificado. Él quería que el mensaje del amor misericordioso de Dios alcanzara a todos los hombres y exhortaba a los fieles a ser sus testigos (Cf. Homilía en Cracovia-Lagiewniki, 17 de agosto de 2002).

Por este motivo, quiso elevar al honor de los altares a sor Faustina Kowalska, humilde religiosa convertida por un misterioso designio divino en la mensajera profética de la Divina Misericordia. El siervo de Dios Juan Pablo II había conocido y vivido personalmente las terribles tragedias del siglo XX, y se preguntó durante mucho tiempo qué podría detener al avance del mal. La respuesta sólo podía encontrarse en el amor de Dios. Sólo la Divina Misericordia, de hecho, es capaz de poner límites al mal; sólo el amor omnipotente de Dios puede derrotar la prepotencia de los malvados y el poder destructor del egoísmo y del odio. Por este motivo, durante su última visita a Polonia, al regresar a su tierra natal, dijo: «Fuera de la misericordia de Dios, no existe otra fuente de esperanza para el hombre» (ibídem).a

Demos gracias al Señor porque ha entregado a la Iglesia este servidor suyo fiel y valiente. Alabemos y bendigamos a la Virgen María por haber velado incesantemente sobre su persona y su ministerio para beneficio del pueblo cristiano y de toda la humanidad. Y mientras ofrecemos por su alma elegida el Sacrificio redentor, le pedimos que siga intercediendo desde el Cielo por cada uno de nosotros, por mí de manera especial, a quien la Providencia ha llamado a recoger su inestimable herencia espiritual. Que la Iglesia, siguiendo sus enseñanzas y ejemplos, pueda continuar fielmente sin compromisos su misión evangelizadora, difundiendo sin cansarse el amor misericordioso de Cristo, manantial de verdadera paz para el mundo entero.

[Traducción realizada por Jesús Colina]

Santo Padre Benedicto XVI
Obispo de Roma

Ir a
Panorama Católico Edición Digital