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lunes, 10 de agosto de 2009

Dios nunca nos abandona

2009-08-02
Ventana Pontificia
Dios nunca nos abandona
Homilía de Benedicto XVI en Aosta

Queridos hermanos y hermanas:

En esta breve homilía, quisiera decir unas palabras sobre la oración, con la que se concluyen estas vísperas, del pasaje de la Carta a los Romanos que se acaba de leer, se interpreta y transforma en oración.

La oración se compone de dos partes: a quien está dirigida, por así decir, y después dos peticiones.

Comencemos viendo a quién está dirigida. Esta parte se divide en dos apartados: hay que concretar el "tú" al que nos dirigimos para poder tocar con mayor fuerza al corazón de Dios.

En el texto italiano leemos simplemente: "Padre misericordioso". El texto original latino es algo más amplio; dice "Dios omnipotente, misericordioso". Ciertamente la relación con Dios es algo profundamente personal y la persona es un ser en relación, y si la relación fundamental --la relación con Dios-- no es viva, no es vivida, las demás relaciones no pueden encontrar su forma adecuada. Pero esto es válido también para la sociedad para la humanidad como tal. También aquí, si no se tiene en cuenta a Dios, si se prescinde de Dios, si Dios está ausente, entonces falta la brújula para mostrar el conjunto de todas las relaciones para encontrar el camino, la orientación hacia la que se debe ir.

¡Dios! Tenemos que llevar de nuevo a nuestro mundo la realidad de Dios, darle a conocer y hacerle presente. Pero, ¿cómo conocer a Dios? En las visitas "ad limina" hablo siempre con los obispos, sobre todo con africanos, pero también con los de Asia, de América Latina, donde todavía están presentes las religiones tradicionales, precisamente de estas religiones. Hay muchos detalles, naturalmente bastante diversos, pero hay también elementos comunes. Todos saben que Dios existe, un solo Dios, que Dios es una palabra en singular, que los dioses no son Dios, que hay un Dios, el Dios. Pero, al mismo tiempo, este Dios parece ausente, muy alejado, no parece entrar en nuestra vida cotidiana, se esconde, no conocemos su rostro. De este modo, la religión en gran parte se ocupa de las cosas, de los poderes más cercanos, de los espíritus, los antepasados, etc., dado que Dios mismo está demasiado lejos y de este modo tiene que vérselas con estos poderes cercanos. La evangelización consiste precisamente en el hecho de que el Dios lejano se acerca, que Dios ya no está lejos, sino que está cerca, que este "conocido-desconocido" ahora se da a conocer realmente, muestra su rostro, se revela: el velo de su rostro desaparece y muestra realmente su rostro. Y por ello, dado que el mismo Dios ahora es cercano, le conocemos, nos muestra su rostro, entra en nuestro mundo. Ya no es necesario vérselas con estos otros poderes, pues Él es el poder verdadero, es el Omnipotente.

No sé por qué han omitido en el texto italiano la palabra "omnipotente", pero es verdad que nos sentimos casi como amenazados por la omnipotencia: parece que limita nuestra libertad, parece un peso demasiado pesado. Pero tenemos que aprender que la omnipotencia de Dios no es un poder arbitrario, pues Dios es el Bien, es la Verdad, y por este motivo Dios lo puede todo, pero no puede actuar contra el bien, no puede actuar contra la verdad, no puede actuar contra el amor y contra la libertad, porque Él mismo es el bien, es el amor, y la verdadera libertad.

Dios omnipotente y misericordioso. Una oración romana, ligada al resto del Libro de la Sabiduría, dice: "Dios, muestra tu omnipotencia en el perdón y en la misericordia". La cumbre de la potencia de Dios es la misericordia, es el perdón. En nuestro actual concepto mundial de poder, pensamos en uno que tiene grandes propiedades, que en economía tiene algo que decir, dispone de capitales para influir en el mundo del mercado. Pensamos en uno que tiene el poder militar, que puede amenazar. Pero la Revelación nos dice: "No es así"; el verdadero poder es el poder de gracia, y de misericordia. En la misericordia, Dios demuestra el verdadero poder.

Y de este modo la segunda parte de la imploración dice: "Has redimido al mundo, con la pasión, con el sufrir de tu Hijo". Dios ha sufrido y en el Hijo sufre con nosotros. Y ésta es la cumbre más alta de su poder, que es capaz de sufrir con nosotros. De este modo, demuestra el verdadero poder divino: quería sufrir con nosotros, y por nosotros. En nuestros sufrimientos nunca quedamos solos. Dios, en su Hijo, antes ha sufrido y está cerca de nosotros en nuestros sufrimientos.

Sin embargo, queda en pie la cuestión difícil que ahora no puedo responder ampliamente: ¿por qué era necesario sufrir para salvar al mundo? Era necesario, pues en el mundo existe un océano de mal, de injusticia, de odio, de violencia, y todas las víctimas del odio y de la injusticia tienen el derecho a que se haga justicia. Perdonar no es ignorar, sino transformar, es decir, Dios tiene que entrar en este mundo y oponer al océano de la injusticia un océano más grande del bien y del amor. Y éste es el acontecimiento de la Cruz: desde ese momento, contra el océano del mal, existe un río infinito y por tanto siempre más grande que todas las injusticias del mundo, un río de bondad, de verdad y de amor. De este modo, Dios perdona transformando el mundo y entrando en nuestro mundo para que se dé realmente una fuerza, un río de bien más grande que todo el mal que puede existir.

De este modo, el hecho de dirigirse a Dios se convierte en un llamamiento a nosotros: es decir, Dios nos invita a ponernos de su parte, a salir del océano del mal, del odio, de la violencia, del egoísmo, y a identificarnos, entrar en el río de su amor.

Precisamente éste es el contenido de la primera parte de la oración que sigue: "Haz que tu Iglesia se ofrezca a ti como sacrificio vivo y santo". Esta pregunta, dirigida a Dios, se dirige también a nosotros mismos. Constituye una referencia a dos textos de la Carta a los Romanos: en el primero, san Pablo dice que tenemos que convertirnos en un sacrificio vivo (Cf.12, 16). En el segundo, donde Pablo describe el apostolado como sacerdocio (Cf. 15, 16), la función del sacerdocio consiste en consagrar al mundo para que se convierta en hostia viva, para que el mundo se convierta en liturgia: que la liturgia no sea algo al margen de la realidad del mundo, sino que el mundo mismo se convierta en hostia viva, se convierta en liturgia. Y pedimos al Señor que nos ayude a ser sacerdotes en este sentido para ayudar en la transformación del mundo, en adoración de Dios, comenzando por nosotros mismos. Que nuestra vida hable de Dios, que nuestra vida sea realmente liturgia, anuncio de Dios, puerta en la que el Dios alejado se convierta en Dios cercano, y realmente don de nosotros mismos a Dios.

Después viene la segunda petición. Pedimos: "Haz que tu pueblo experimente siempre la plenitud de tu amor". En el texto latino se dice: "Sácianos con tu amor". De este modo el texto hace referencia al salmo que hemos cantado, donde se dice: "Abre tu mano y sacia el hambre de todo viviente". Cuánta hambre hay en la tierra, hambre de pan en tantas partes del mundo. Su excelencia ha hablado también los sufrimientos de las familias aquí: hambre de justicia, de amor. Y con esta oración rezamos a Dios: "Abre tu mano y sacia realmente el hambre de todo viviente. Sacia nuestra hambre de verdad, de tu amor". Así sea. Amén.

Su Santidad Benedicto XVI
Obispo de Roma

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viernes, 17 de abril de 2009

La misericordia entrañable, el corazón de Dios

2009-04-19
La Voz del Pastor
La misericordia entrañable, el corazón de Dios

Los hombres siempre hemos querido conocer el nombre de Dios. Y es que, para los antiguos, conocer el nombre de alguien era conocer su esencia, su realidad más íntima, en definitiva, poseerlo. En la relación con Dios, una de las principales preocupaciones ha sido conocer su nombre para poder manipularlo.

Recibida la misión de liberar a los israelitas de la opresión en Egipto, Moisés no quiere ponerse en camino si no se le revela el nombre de Dios. Se le responde escuetamente que debe decir a sus contemporáneos que “Yo Soy” es el que lo envía. Luego se precisa que se trata del Dios de los padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, es decir el Dios de la alianza con Abrahán. Éste es su nombre para siempre. Así deben recordarlo las generaciones sucesivas. En definitiva, para Dios revelar su nombre es describir su actuar en la historia (cf Ex 3:13-15).

Pero el empeño humano de asegurarse la presencia y el auxilio de Dios en medio de su peregrinación por el mundo es inclaudicable. Así vemos que Moisés vuelve sobre esta problemática después del episodio del becerro dorado, cuando Dios amenazó con destruir la nación. Ahora la aspiración se expresa, como el anhelo de ver la gloria de Dios. Dios sólo se compromete a mostrar su gloria a Moisés, y a pronunciar su nombre ante él. Llegado el momento, Dios colocará a Moisés en la hendidura de una roca, y le permitirá ver sus espaldas, no así su rostro. En efecto, Moisés invocó el nombre de Yahvé, y el Señor pasó delante de él, mientras exclamaba: “Yahvé, Yahvé, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad, que mantiene su amor por mil generaciones y perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado, pero no los deja impunes; que castiga la culpa de los padres en los hijos y en los nietos hasta la tercera y cuarta generación “ (Ex 34:5-7, cf 32-34). Otra vez, Dios manifiesta su nombre describiendo su actuar en la historia de la salvación.

Durante la monarquía, David expresa su incomodidad, porque él habita en casa de cedro y el arca de la alianza, en tiendas de campaña. Entonces se propone construirle al Señor una casa próxima a la suya, por razones políticas. Pero Dios toma la iniciativa de ser él quien le construya una casa o dinastía a David (cf 2 Sam 7). A Salomón le tocará el honor de construirle al Señor un templo de piedra. En él, no se mantiene al Señor en cautiverio. En él, sólo se podrá invocar el nombre del Señor, que conserva su libertad y soberanía, frente a cualquiera pretensión humana de manipularlo (I Re 8:10-61).

Con el tiempo, los israelitas cedieron a la tentación de convertir el templo y el culto en verdaderos fetiches, vehículos de una religión formalista, divorciada de la vida, que reclamaba el testimonio de una fe traducida en obras ( cf Jer 19, y 26).

Pero cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la condición de hijos adoptivos de Dios, gracias a la agencia del Espíritu de Dios (cf Gal 4:4-6).

La obra salvífica de Dios, tantas veces descrita en el Antiguo Testamento como una palabra salvífica que se proclama, se escucha, se celebra en el culto y se testimonia en la vida cotidiana (cf Dt 6:20-25;26:5.9), pone su tienda en medio de nosotros: la humanidad de Jesús. En ella contemplamos el Ser de Dios, la gloria- amor, que ama al mundo hasta el extremo de entregar al Hijo único por la salvación de los hombres (Jn 1:14;3:16).

Esta gloria – amor, descrita por su actuar en la historia de la salvación (cf salmo 136), es un amor fiel y constante o una fidelidad y constancia amorosa. Se anticipa a perdonar antes que el pecador se arrepienta (Rom 5:8). Junto con el perdón, también olvida la ofensa, como en el caso de la mujer de Oseas, prostituta y adúltera, a la que el esposo vuelve a enamorar en el desierto como si fuera una virgen. Esto es lo que conocemos como misericordia o amor misericordioso.

En Cristo, imagen visible de Dios, rostro humano de Dios y rostro divino del hombre, este amor se ha encarnado. El arcángel Gabriel nos ha revelado que su nombre es Jesús, porque por él Dios salva al pueblo de sus pecados. También se llama Emanuel, porque en él Dios está con nosotros para siempre. Él es el nuevo templo de Dios, la nueva tienda de reunión, donde Dios mismo se hace presente. También es el sumo Sacerdote consumado y el Cordero de Dios que con una sola oblación, la de su propia vida, nos alcanza el perdón del pecado y la comunión de vida con Dios.

Estos bienes nos llegan por el misterio pascual de Jesucristo, que la Iglesia nos proclama y nos comunica por los sacramentos de iniciación cristiana. Con razón el autor de la Epístola a los efesios nos anuncia la salvación como un hecho ya cumplido, pues “Dios rico en misericordia, - dice- por el grande amor, con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo... y con él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús, a fin de mostrar en los siglos venideros la sobreabundante riqueza de su gracia, por su bondad para con nosotros en Cristo Jesús” (Ef 2:44-7). Y la oración colecta del Domingo de la misericordia ruega que lleguemos a comprender la inestimable riqueza del bautismo que nos ha purificado, el Espíritu que nos ha dado una vida nueva y la sangre que nos ha redimido

Mons. Oscar Mario Brown J.
Obispo de Santiago

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miércoles, 8 de abril de 2009

Misericordia Señor

2009-04-05
El Ojo del Profeta
Misericordia Señor

Inauguramos la última etapa de este tiempo fuerte que es la Cuaresma, con la Semana Mayor. Hemos recorrido el itinerario espiritual acompañados de la oración, el ayuno, la penitencia y la limosna, en pos de nuestro encuentro con el Señor en el gozo de la Pascua de Resurrección. Cada acto de amor, cada obra de misericordia, cada Vía Crucis, y cada Eucaristía, nos ayudan en nuestra conversión y en nuestra marcha hacia la Vida Eterna.

En esta Semana Santa que comienza con el Domingo de Ramos, asumamos con fe nuestro compromiso cristiano. Aprovechemos el tiempo favorable, para recibir vida en abundancia. Confesemos nuestros pecados y dejemonos reconciliar con Dios, por medio de su Hijo Amado. Levantemos nuestras manos, e impetremos a El por la misericordia y la piedad para nosotros y quienes nos rodean. Dios salva en comunidad, porque se ha elegido un pueblo que habrá de aclamarlo en la asamblea de los santos. Demos, pues, razón de nuestra fe y razón de nuestros hermanos, porque para amar verdaderamente a Dios, también, debemos amar al prójimo como a nosotros mismos.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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