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viernes, 5 de junio de 2009

La fidelidad de Dios, nuestra fuerza

2009-06-07
La Voz del Pastor
La fidelidad de Dios, nuestra fuerza

La fidelidad de Dios es constante. Dios cumple siempre la palabra empeñada. Allí está el testimonio de las alianzas : Dios se compromete con Noé a no volver a destruir su creación, y guarda su palabra. A Abraham le promete tierra y descendencia abundante como las arenas del mar y las constelaciones del cielo, y no deja de cumplir, aunque dentro de sus propios plazos y circunstancias, para educar al hombre en la fe como confianza. Abraham llega a pensar que lo va a heredar su siervo Eliécer. Luego nace Ismael, el hijo de Agar, la esclava. Finalmente, nace Isaac, el hijo de Sara, la libre. En él empieza a cumplirse la promesa. Pero Dios no tarda en pedirle la entrega de Isaac, y Abraham se crece, otra vez, en la expresión de su confianza absoluta en Dios.

Con Moisés, Dios pacta una alianza bilateral, de tipo jurídico. Su modelo son los pactos hititas de soberanía entre un rey soberano y un rey vasallo que debe su existencia al primero. Debe ser amigo de sus amigos y enemigo de sus enemigos. La historia de la alianza sinaítica es un compendio de la infidelidad del rey vasallo, Israel. En ese contexto, los profetas anuncian una nueva alianza, no escrita en tablas de piedra, sino en el corazón del hombre, que aprenderá a conducirse como miembro fiel del pueblo de Dios, gracias a la pedagogía del Espíritu (cf Jer 31;31-34; Ez 36:24-28).

En la alianza con la casa de David, Dios toma la iniciativa de comprometerse a construirle a David una dinastía perpetua (cf 2 Sam 7). Esta promesa se cumplirá plenamente en Jesús, Rey de reyes, pero sufre altibajos en la historia. Uno de los mayores fue la crisis del exilio en Babilonia. Huérfanos de reyes y sacerdotes, privados del templo y la ciudad Santa, Jerusalén, cuestionan la fidelidad de Dios a sus promesas. Y Dios les responde, por medio del Segundo Isaías, que sus caminos, planes y pensamientos son distintos a los nuestros, y que la palabra que brota de sus labios no vuelve a él, sin haber cumplido su propósito (Is. 55: 1-11).

La historia de la salvación acredita, pues, que Dios es fiel a sus promesas. Esta fidelidad se parece al pedernal, por su firmeza y solidez. Se suele describir con dos sustantivos unidos por una conjunción: Jésed ve émet (cf Ex.34:6).

Jésed significa amor, bondad, benevolencia, buena voluntad, favor, beneficio, misericordia, gracia, piedad y belleza.

Émet significa firmeza, duración, certeza, seguridad, fidelidad, fe, verdad y probidad.

El combinar los dos sustantivos es un recurso literario que ayuda a suplir la función del adjetivo en una lengua pobre de adjetivos. En este caso, uno de los sustantivos se adjetiva y califica al otro. Hablaremos, entonces, de un amor fiel o de una fidelidad amorosa. Así es el amor de Dios y la fidelidad de Dios.

El evangelio de Juan recoge la expresión, cuando nos describe la encarnación del Verbo de Dios. Nos dice que la Palabra de Dios puso su tienda entre nosotros (la humanidad de Jesús), y que, en ella hemos contemplado la gloria de Dios, es decir, el ser de Dios, en cuanto brilla hacia el exterior. Esta gloria rebosa de gracia (Járis) y aletheia (verdad) ( Jn 1:14).

Remitiéndonos al origen de la expresión en el A.T., podemos describir a Cristo como la imagen de Dios invisible, primogénito de toda creación, (cf Col 1:15) plenitud del amor fiel, firme y verdadero o bien de la fidelidad, firmeza, seguridad y verdad amorosas de Dios. Así es el rostro humano de Dios (Jn 1:14).

Por la fe en el misterio pascual de Jesús, Mesías e Hijo de Dios, que la Iglesia predica, celebra y testimonia, participamos de esta realidad a través de los sacramentos de iniciación cristiana. Si Dios, en Jesús, es un amor fiel o una fidelidad amorosa, en quien todas las promesas de Dios encuentran su cumplimiento, apoyándonos en él, también nosotros podemos ser fieles a nuestros compromisos bautismales, matrimoniales, civiles y sacerdotales. Nuestra palabra empeñada con Jesús de apacentar su rebaño, por un amor que trasciende todo otro amor (Cf Jn 21;15-17), avalada por el sacramento del orden, o con una mujer, de amarla hasta la separación de la muerte, avalada por el sacramento del matrimonio, se mantendrá firme, en medio de todas las vicisitudes. No dejaremos que la rutina, el cansancio, la desidia, la tentación o la pereza reduzcan a quimera la palabra que hemos empeñado delante de Dios y de los hombres, apoyándonos en Jesús, plenitud del amor fiel o de la fidelidad amorosa de Dios.

Mons. Oscar Mario Brown J.
Obispo de Santiago

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Celibato

2009-06-07
Editorial
Celibato

El celibato sacerdotal es una institución eclesiástica que tiene su fundamento en la vocación de quien lo profesa, y que a su vez se sostiene en la fe. Buscarle otra connotación es necedad. Tratar de atacarlo desde el enfoque sexual, explícitamente en lo atinente al coito, es un error conceptual y un dardo que apunta a la difamación y no a la edificación del clero y de la Iglesia.

Profundo es el ejercicio de discernimiento, para quienes quieren acceder al sacerdocio. Durante largos años, el candidato interioriza el compromiso y el alcance que tendrá el celibato en su vida sacerdotal y personal. En ese periodo está en la libertad de asumir o no esa promesa. Aún después, si por causa grave y sincera, siente que no puede continuar guardando el celibato, expone su causa a la Iglesia y tiene la opción de obtener una dispensa de dicho voto.

La Iglesia, Madre y Maestra, busca el bien de sus hijos. Nada es por capricho; nada a la carrera; nada movido por cualquier viento de doctrina o corriente de moda. Nuestra Santa Madre Iglesia, portadora del mensaje divino, respeta el libre albedrío que Dios le ha dado al hombre, pero guía e instruye a sus hijos para que hagan buen uso de la libertad que el Creador les da.

Quien decide ser sacerdote, sabe a qué atenerse con respecto al celibato. Y sabe, aún más, que el sacerdocio es una gracia que se recibe por el llamado divino. No es una profesión cualquiera, que se decide estudiar, aunque no se tenga la vocación para ella. Sin vocación ni llamado, no hay verdadero sacerdocio; y, sin ambos, difícilmente se podrá guardar el celibato sacerdotal, cuya fuerza para vivirlo está en la elección que el mismo Altísimo hizo del sacerdote, desde el seno de su propia madre.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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