2008-11-30
Editorial
Solidaridad fraterna
Los desastres naturales ocurridos en las provincias de Bocas del Toro y Chiriquí conmueven por la cantidad de personas pobres que han perdido sus posesiones, y que quedan en la más absoluta ruina. Para ellos, en este momento, el socorro de sus compatriotas es la única forma de mitigar la pérdida sufrida.
Duele, aún más, la muerte de aquellos que las corrientes y las ríadas arrancaron del lado de sus familiares. Su sitio quedará vacío, sin que pueda ser llenado por alguien más. Un bien perdido se repone; una vida, no. Por eso es importante, también, la asistencia a los que han quedado desprovistos del familiar que era responsable por su sustento; y esto va más allá de la asistencia momentánea que sucede a toda tragedia.
Como cristianos, igualmente, debemos ver toda esta situación desde la perspectiva del amor. Nuestra solidaridad, más que un gesto humanitario, debe surgir de la fraternidad; es decir: mirar al prójimo como a un hermano; un hermano en la fe y un hermano en la humanidad que compartimos, en la patria que nos acoge, y en la sociedad que nos encultura.
Que esta conmovedora actualidad nos mueva, también, a ser solidarios en otros aspectos como deponer la violencia, el gesto amenazante, el individualismo, y todo aquello que nos lleva a alejarnos del otro, a odiarlo, o a desearle el mal. Nos hace falta el amor que nos hermane, para construir un mundo más humano; y sólo con la conversión personal podremos lograr el cambio hacia una sociedad más justa y fraterna.
Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
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2008-11-30
El Ojo del Profeta
Agua y lodo
Las inundaciones y deslaves que han golpeado a los pobladores de Bocas del Toro y Chiriquí pone en evidencia cuán vulnerable son esas áreas; algunas sólo en lo geográfico, otras en lo social y económico. Los más afectados, más allá del daño material inmediato, son los pobres que no tienen los medios para resarcirse prontamente de las consecuencias de la tragedia.
A lo largo de nuestra historia republicana hemos visto situaciones parecidas, sin que hasta el momento tengamos un plan eficaz para estos eventos. Nuestro actuar depende más de la reacción, que de la previsión; más de la solidaridad popular, que de la planificación estatal.
Con las consecuencias del cambio climático, estos fenómenos naturales se hacen más frecuentes y perjudiciales, porque es nuestro descuido el que trastoca la naturaleza de una manera agresiva. Que la actual situación nos mueva, de manera decidida, a enmendar lo que hacemos mal y a dispensar el cuidado de prevención y socorro que tanta falta nos hace en esta hora.
Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
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2008-11-23
La Voz del Pastor
Mi reino no es de este mundo
La solemnidad litúrgica de Jesucristo Rey del Universo pone punto final al ciclo litúrgico y, a la vez, nos permite asomarnos llenos de fe y esperanza a aquel Día que no conoce el ocaso, “cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal: reino de verdad y de vida; reino de santidad y gracia; reino de justicia, de amor y de paz” (Gaudium et Spes, 39).
A nosotros, los creyentes, nos resulta en ocasiones difícil dar razón de nuestra fe, porque la misma ha sido transmitida en conceptos cargados de historia, de controversias entre hermanos y de esfuerzos por entablar un diálogo con quienes hacen de la razón y la evidencia el criterio último de la verdad. A veces, son conceptos acuñados en épocas pasadas y con reminiscencias a etapas del progreso humano ya superadas. Podríamos decir que el título de REY atribuido a Jesucristo constituye un buen ejemplo de lo anteriormente expresado, a pesar de que en el antiguo Israel la experiencia fracasada de la monarquía y la espera de un Mesías Rey en los últimos tiempos pueda ayudar a su comprensión (cfr. Isaías 11)
¿Luego, tú eres Rey?
En el proceso que se le sigue a Jesús ante el procurador romano Poncio Pilato sale a relucir como centro del debate el tema central de la predicación de Jesús: el Reino de Dios (cfr .Mc 1,14-15). Ya sus enemigos habían insinuado maliciosamente que ese Reino entraba en competencia con la autoridad del César. Pero Jesús declara con firmeza: “Mi reino no es de este mundo” (Jn 18,36). No obstante, el procurador quiere escuchar de labios del acusado las pruebas de descargo a fin de determinar si es reo o no de lo que se le acusa. Poncio Pilato no conforme con la respuesta de Jesús, insiste: “Luego, tú eres rey” (Jn 18, 37). Al Señor Jesús no le queda otra que declarar su realeza: “Soy Rey, como tú dices” . No cabía otra respuesta, por honor a la verdad, a sabiendas del riesgo que corría ser malentendido y condenado por pretender sustraerse a la soberanía del César.
Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra
Al final del Evangelio de San Mateo (cfr. Mt 28,18), antes de subir a los Cielos, el Resucitado instruye a sus discípulos y reivindica para sí el auténtico poder, porque no se basa en el dominio que oprime, sino en la salvación que redime. Efectivamente, el Resucitado tiene el poder de Dios, porque antes, en cuanto Hijo, se ha sometido a la obediencia hasta la muerte, y muerte de Cruz (cfr. Flp. 2, 8-10).
En el tema que nos ocupa no solamente debemos aclarar la naturaleza del Reino, sino también explicar en qué sentido Jesucristo puede ser proclamado verdaderamente Rey del universo. Para eso resulta de gran ayuda, por su capacidad de síntesis y precisión, el libro que el Papa Benedicto XVI (Joseph Ratzinger), en su condición de teólogo, ha escrito y que lleva por título Jesús de Nazaret. En el capítulo II de su obra, dedicado a las tentaciones de Jesús (pp. 49-71) llega a establecer la tesis de que es precisamente la tercera y última de las tentaciones (cfr. Mt 4,8, Lc 4, 5-8) la tentación fundamental, ya que enfrenta a Jesús ante la propuesta de Satanás de realizar su misión mesiánica por la vía de la exaltación del poder y la gloria propios de los reinos terrenales.
Fe y poder político
Hemos de reconocer que en su dilatada historia los hijos de la Iglesia no siempre han entendido este mensaje singular y peculiar de la realeza de Jesús y del Reino por El predicado. Como Simón Pedro, quisiéramos quitar de en medio el escándalo de la Cruz y lo que ella representa, y optar por el camino más fácil de acomodarnos a los mecanismos propios de los reinos de este mundo (cfr. Mt 16,22).
Durante la era inaugurada por el emperador Constantino (s.IV) y que puso fin a las persecuciones contra la Iglesia, se sucumbió a la seducción de la protección del Estado Romano que veía en la fe cristiana un factor de unificación imperial. El precio a pagar fue muy alto en términos de libertad para anunciar sin trabas, ni componendas con los poderosos, el Evangelio de Jesucristo. “En efecto, la fusión entre fe y poder político siempre tiene un precio: la fe se pone al servicio del poder y debe doblegarse a sus criterios” (J.Ratzinger. Jesús de Nazaret. p.65).
Cristo reina desde la Cruz
¿Cómo reina Cristo?. San Juan lo expresa admirablemente en su Evangelio en el capítulo 17 cuando habla de la glorificación de Jesús cuando llegue su hora, que no es otra que la de su pasión y muerte en la Cruz. Jesús es un Mesías que salva por el camino de la obediencia, del servicio y la humillación de la Cruz en la línea del siervo sufriente (cfr. Is 50,4-6).
En Jesús, mensajero del Reino, el Reino de Dios se hace presente (cfr. Mt 11,2-6) y en cierto modo, su persona, Él mismo es el Reino. Y a partir de la resurrección, cuando la predicación apostólica se centra en Cristo muerto y resucitado, la manifestación del reino acontece en aquellos que se convierten, y por la fe y el bautismo, pasan a ser morada de Dios. En este último sentido solamente se destacaría la dimensión espiritual, personal, mística, interior, del Reino de Dios en cada hombre creyente.
Por extensión de la interpretación anterior tenemos también la dimensión eclesiástica, según la cual el Reino de Dios se concreta o materializa en este mundo en la Iglesia. Y aquí para no incurrir en identificaciones absolutas entre el Reino de Dios y la Iglesia nada mejor que la doctrina conciliar (cfr. Lumen Gentium y Gaudium et Spes). Por último, podríamos añadir una dimensión escatológica del Reino de Dios, más allá del accionar y la presencia visible de la Iglesia. El Concilio lo expresa admirablemente en los siguientes términos cuando afirma que “los bienes de la dignidad humana, la unión fraterna, y la libertad; en una palabra todos los frutos excelentes de la naturaleza y de nuestro esfuerzo, después de haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y de acuerdo con su mandato, volveremos a encontrarlos, limpios y transfigurados, cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal…El Reino está ya misteriosamente presente en nuestra tierra; cuando venga el Señor, se consumará su perfección” (GS, 39).
Monseñor Aníbal Saldaña Santamaría
Obispo Prelado de Bocas del Toro
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2008-11-23
A tiro de piedra
Carlos Iván Zúñiga
Una de las figuras políticas de los últimos 50 años de la república es el doctor Carlos Iván Zúñiga, recientemente fallecido. Pertenece a un conglomerado de hombres públicos que, poco a poco, ha ido dejando la escena pública, llevándose con ellos el ejercicio de un liderazgo que muy poco se ve en la actualidad.
Lo conocí más por su trayectoria pública que por amistad. En muy pocas ocasiones crucé palabras con él, al coincidir en algún acto público o social. Como personaje político lo observé y escuché, pero fue como rector de la Universidad de Panamá que tuve una experiencia directa con él.
A finales de los años de 1970 y de la década de 1980 supe de su andar en la política nacional. Era yo un muchacho que apenas dejaba la adolescencia, y que me dedicaba a combatir la dictadura militar de entonces. Recuerdo que el doctor Zúñiga tenía contacto con el Movimiento Independiente Democrático, que se agitaba en el país por aquellos días. Tenían sus miembros un discurso que llamaba mi atención, pero no me decidí a entrar en sus filas. Después se creó el Partido Acción Popular (PAPO), del que Carlos Iván Zúñiga era su líder, aunque funcionaba sin reconocimiento del Tribunal Electoral. Se definía como social demócrata y me atraía su visión nacional, aunque yo no me sentía seguidor de esa ideología. Sin embargo, el doctor Carlos Iván Zúñiga se ganó mi respeto y admiración.
Pero, como dije, mi experiencia más cercana con él fue durante su gestión como rector de la Universidad. Había comprado yo un libro en la librería universitaria, y pedí que me dieran el cambio de cinco balboas en billetes de a uno; el empleado de la queja me lo negó, bajo el argumento que el director de la librería le tenía prohibido dar el cambio de esa manera. Le pregunté al empleado si estaba seguro de tal situación, y me dijo que sí. Me retiré del local y decidí enviarle una carta al rector.
Tras escribir mi nota la llevé a la rectoría y la entregué en el despacho del doctor Carlos Iván Zúñiga. Pocos días después recibí, por escrito, su respuesta: una disculpa en nombre de la Universidad de Panamá y la novedad que había ordenado el traslado del empleado de la librería a otra dependencia universitaria. No me parecía verdad tanta belleza, y decidí corroborar el hecho, con una comprobación positiva.
Ciertamente habrá quien tenga experiencias mucho más profundas que la mía; pero si en una nimiedad como una queja por el trato recibido en la librería de la universidad, el doctor Carlos Iván Zúñiga se dignó en contestarme, cuánto más lo haría en cuestiones trascendentales y decisivas.
El país necesita de personas probas, honestas y concientes de su deber individual y público. Las diferencias de partido, ideología y de otra índole no deben ser obstáculo para reconocer lo bueno y admirable que hay en los demás. Cada día quedan menos personajes públicos a quienes admirar, y el reto para los jóvenes, y adultos que aún están a tiempo, es recuperar las virtudes y el civismo que son dignos de admirar en cada hombre y mujer que procura vivir y actuar con integridad y honorabilidad.
Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
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2008-11-23
Editorial
Quejas contra jueces
Las más de cuatro mil quejas contra jueces y magistrados que ha recibido el presidente de la Corte Suprema, a lo largo de este año, es un indicio del descontento que siente la sociedad con los funcionarios judiciales de jerarquía. Es un secreto a voces que en muchos despachos de justicia se produce mora intencionada, se hace cabildeo y, en algunos casos, se paga a los funcionarios por interpuestas personas para agilizar los procesos.
El actual presidente del Órgano Judicial ha puesto su empeño en enderezar cosas torcidas y enmendar entuertos, más allá de su propio despacho, con cierto éxito hasta ahora. De ser imitado por otros magistrados y jueces superiores, la justicia panameña podría mejorar y recobrar la confianza y la credibilidad ciudadana.
Un instrumento eficaz para el desempeño de la labor de adecentar y agilizar la justicia es la fiscalización permanente, que se apoya en la auditoría de la gestión de negocios judiciales y en la sanción ejemplar de jueces y funcionarios que incurren en faltas o delitos. También, como forma de control social, debe hacerse público, y de manera oficial, el resultado de cada auditoría y el nombre y dictamen final de los sancionados.
Toda democracia tiene entre sus pilares a la administración de justicia, ejercitada con honradez y probidad, con estricto apego al derecho, y sin la dilación premeditada e innecesaria que abunda en muchos despachos en la actualidad.
Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
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2008-11-23
El Ojo del Profeta
Que sea para bien
Continúa el proceso de ampliación del Canal de Panamá, que la mayoría del pueblo panameño aprobó mediante referéndum, y a causa de la cual, suponemos, el canal será más competitivo y producirá ingresos que contribuirán al desarrollo del país. Esos ingresos, bien utilizados, sin duda podrían traer bienestar y progreso a lo largo del tiempo. Sólo es cuestión de saber cómo y en qué invertirlos, y desterrar todo vestigio de politiquería en su manejo y administración.
A pesar de que la ampliación del Canal de Panamá es un riesgo financiero, los cálculos están hechos para que salgamos airosos de tan importante empresa. Mientras haya ganancias, toda gestión en el uso de sus ingresos debe llevarse sabiamente y procurando establecer reservas para los tiempos malos que, como ley natural, algún día tocarán a nuestras puertas.
Deseamos que esta nueva etapa de la ampliación sea aprovechada, para bien del país y sus gentes. Que Dios nos ilumine para saber poner, primero, nuestra confianza en Él, y para hacer la tarea humana que nos corresponde, con inteligencia y discernimiento, de manera tal que podamos, en los años venideros, recordar este momento de nuestra historia con gratitud y ver hacia el futuro con esperanza.
Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
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2008-11-16
La Voz del Pastor
Finanzas y doctrina social de la Iglesia
La actual crisis financiera pareciera haber tomado por sorpresa a algunos. Otros, sin embargo, la venían anunciando desde hace buen tiempo. No pocos, además del anuncio, proponían reorientaciones de las finanzas y de la economía, y pedían intervenciones porque espontáneamente no se daría la corrección. Lo peor de las sorderas es que quienes siempre pagan más los platos rotos son los pobres y los programas de inversiones en mejora de sus condiciones de vida, que ofrezcan oportunidades de salir de la pobreza.
Adam Smith, referente imprescindible del liberalismo económico, también escribió la Teoría de los sentimientos morales y Max Weber estable-ció una relación entre los valores morales del trabajo y el avance del capitalismo. Un capitalismo respetuoso de la dignidad humana, del que habla Amartya Sen, requiere una intervención pública eficaz. La búsqueda del beneficio es clave en la economía de mercado, pero donde todo es mercantilizado, la cohesión social queda duramente golpea-da, la justicia social postergada y con ella la democracia integral detenida.
Las discusiones entre keynesianos y los seguidores de Friedrich von Hayek vuelven a la actualidad y el reciente Premio Nobel de economía alimenta las luces avanzando. No se discute sobre volver a un estatismo probadamente ineficiente, sino sobre tipos de economía liberal y grados de participación estatal. En cualquier caso, es imprescindible que salgamos de la danza de los millones de los especuladores financieros, aclaremos la vista y la conciencia y nos acordemos que lo que genera riqueza es el trabajo humano y que si éste es digno (usando expresión de la OIT), además de justo, como debe ser, las posibilidades de crecimiento y competitividad son mucho mejores y son salud para la democracia.
Indigna que el planeta entero esté sumido en una crisis provocada por el afán de lucro fácil de algunos y por la inadecuada regulación de los mercados de las economías más influyentes. Indigna la falta de conciencia sobre los costos que han sufrido los países con notable índice de pobreza, debidos al modelo económico y ecológico llevado adelante todos estos años, por parte de los países considerados más poderosos.
De la crisis se saldrá (ojalá para bien de la justicia y de la paz) porque los estudiosos en la materia y los que tienen en sus manos los poderes para las grandes decisiones en estos campos, se aplicarán en ello (ojalá tengan sentido de culpabilidad por no haber aplicado la misma energía para, al menos, alcanzar los “objetivos del milenio”). Sin embargo, como toda crisis es posibilidad de crecimiento, aprovechémosla para preguntarnos, como ya también el mismo papa Benedicto XVI, ha indicado, si no se está construyendo la “casa” sobre arena; qué humanidad estamos impulsando.
El siervo de Dios, Juan Pablo II, decía en una homilía el 1 de mayo de 2000: “Las nuevas realidades que se manifiestan con fuerza en el proceso productivo, como la globalización de las finanzas, de la economía, del comercio y del trabajo, jamás deben violar la dignidad de la centralidad de la persona humana, ni la libertad y la democracia de los pueblos. La solidaridad, la participación y la posibilidad de gestionar estos cambios radicales constituyen, sino la solución, ciertamente la necesaria garantía ética para que las personas y los pueblos no se conviertan en instrumentos, sino en protagonistas de su futuro. Todo esto puede realizarse y, dado que es posible, constituye un deber”.
Monseñor Pablo Varela Server
Obispo Auxiliar
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