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martes, 24 de junio de 2008

Ser padre

2008-06-15
Editorial
Ser padre

La paternidad en nuestro país se caracteriza por la ausencia del padre en la mayoría de los hogares, lo que convierte en afortunados a quienes cuentan con la figura paterna en su vida familiar, y en desheredados de su amor y protección a los que carecen de ella.

Un hogar sin padre es un hogar disfuncional, como lo llaman ahora, y un espacio familiar en el que los niños y niñas pierden la oportunidad de crecer y desarrollarse bajo el amparo y la formación del cuidado paterno y materno, porque ambas figuras son irreemplazables en su función y su misión dentro del núcleo familiar.

Para nosotros los cristianos es vital formar una familia a la manera de Dios, para vivir a plenitud nuestra humanidad. Ser padre, en este sentido, significa amar a la esposa y a los hijos como Cristo ama a su Iglesia y como el Padre nos ha amado, al darnos a su Hijo Único nacido en el seno de la familia de Nazaret conformada con José y María que recibieron con amor a Jesús Emmanuel.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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martes, 22 de abril de 2008

La Tierra, Nuestro Hogar

2008-04-20
El Ojo del Profeta
La Tierra, Nuestro Hogar

El planeta se debate entre la contaminación y la conservación, la explotación irracional de sus recursos y el desarrollo sostenible. Todo los habitantes de la Tierra libramos una lucha de uno u otro bando, en la tarea de conquistar lo que universalmente es nuestro hogar.

Mucho daño se ha hecho a través de los siglos; daño del que en una época no se tenía plena conciencia de sus consecuencias. Actualmente sabemos el peligro que representa la contaminación y la destrucción del planeta que habitamos, por lo que difícilmente podemos excusarnos o justificarnos frente al mal causado.

A pesar de lo dañoso y destructivo, aún estamos a tiempo de detener las prácticas malsanas y reconciliarnos con la naturaleza, regalo de Dios Creador. La labor debe ser más intensa y más ardorosa, para salvar el ambiente sano, y la vida del planeta que es nuestra casa y hogar.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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viernes, 28 de septiembre de 2007

Escuela para vivir en paz

2007-09-09
El ojo del profeta
Escuela para vivir en paz

Cada padre y madre debe enseñar a sus hijos el valor de la educación, para abrirle horizontes que les permitan ser excelentes hombres y mujeres en el resto de sus vidas. La educación es, pues, para alcanzar aquellas metas que propongan y aquellas que, en el fondo, cada progenitor desea ver realizada en sus hijos e hijas, y que ellos no tuvieron oportunidad de obtener.

Pero la educación debe fomentar la cultura de paz, y no sólo procurarle al estudiante los conocimientos científicos y tecnológicos que le capacitarán como profesionales. Esa otra parte, que le ayudará a vivir en paz consigo mismo y con los demás, es una responsabilidad compartida entre el hogar y la escuela. Por tanto, su instrucción debe fundamentarse en la acción participativa de unos y otros actores.

Y nada mejor que el ejemplo para enseñarle a los niños pequeños. Que vean en sus padres el amor de uno hacia el otro, el cuidado de sus hijos, y el respeto hacia quienes le rodean. Que vean en sus maestros la responsabilidad de cumplir cabalmente con sus deberes, de resolver los conflictos con el diálogo, y de cultivar las buenas costumbres. Y a los cristianos, en particular, nos corresponde hacer todo esto e impartirle las enseñanzas de Dios, para que a su vez ellos lo hagan con sus hijos, y con los hijos de sus hijos.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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viernes, 24 de agosto de 2007

La otra educación sexual

2007-08-12
A tiro de piedra
La otra educación sexual

El tema de actualidad en diversos círculos sociales es la educación sexual, especialmente la que se desea impartir en la escuela. Personalmente estoy de acuerdo con su inclusión dentro del programa escolar, aunque difiero con algunos contenidos. Pero en esta ocasión no me referiré a la instrucción formal en el sistema educativo, sino a la otra educación sexual; la que se aprende y se enseña en los sectores populares y el campo; la educación que heredamos de las abuelas y los mayores.

Nuestros barrios y barriadas populares tienen un rasgo común: la promiscuidad en el hogar y en la vecindad. Los cuartos en donde cohabitan revueltos adultos e infantes; hombres y mujeres. Casas de vecindad en donde los baños y los sanitarios son de uso comunal; donde falta privacidad. Lugares en los que el vecino sabe qué comemos, qué hablamos, y cuándo entramos y salimos. Sitios en los que la querida y el querido, las andanzas del muchacho y la muchacha, y la escasez o abundancia de dinero y bienes son “vox populi”.

Allá, en esos lugares, la malicia impera; malicia que lleva a la lujuria, al destape de la curiosidad, y que obliga a la estricta supervisión de los hijos. Hay oportunidad para todo, pero no es para todos que hay oportunidad. Allá, en esos sitios, el que quiere criar bien a sus chiquillos debe luchar contra el acoso de los pervertidos, que están al acecho para ser los primeros en tener sexo con las niñas, o para atraer a su círculo de drogadictos y maleantes a los niños. También están la mujeres, veinte o treintañeras, que se desviven por sentir el placer sexual con los muchachos adolescentes, y que poseen un gran repertorio de artimañas para conquistar a unos jóvenes cuyas neuronas y hormonas andan locas y a velocidades que superan las de un cohete espacial.

Nuestros campos tampoco escapan a esta realidad. Camino de la quebrada o del río; detrás de las grandes rocas o bajo un árbol frondoso, también se tejen historias similares. Sólo cambia el escenario, y la condición de hacinamiento vecinal, aunque sí persiste la promiscuidad hogareña.

Dentro de un ambiente como aquellos, ¿quién puede esperar a la enseñanza de la escuela? ¿quién puede confiar en otra persona que no sea uno mismo? ¿quién puede exigirle a las madres y a las abuelas que no le enseñen a sus hijos y nietos que dejarse tocar los genitales es malo? Sé el valor de la educación, de su ciencia y de su tecnología; pero también sé que la otra educación sexual, la del pueblo, es válida y útil en un entorno plagado de riesgos. No traigamos a menos ni condenemos esos valores populares. Bastante desgracia hay ya, en esos sitios, para despojarlos de una fórmula que ha pasado de generación en generación, y que ha salvado a muchos de la criminalidad, la droga, la prostitución, y todas aquellas consecuencias que se derivan de los placeres y los goces del sexo y el vicio.

La educación formal debe complementarse con la formación real de la sociedad. Si no en todo, al menos hagámoslo en el campo de la sexualidad.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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lunes, 16 de julio de 2007

La niñez, esperanza del país

2007-07-15
El Ojo del Profeta
La niñez, esperanza del país

Nos dice el Evangelio que para entrar en el Reino de los Cielos tenemos que hacernos como niños, imitando su humildad, su capacidad de amar, de confiar, de olvidar la ofensa y el daño, y de agacharse para entrar por la puerta estrecha.

La niñez del país sufre la falta de amor, de realización dentro de un hogar completo, de estímulo para asumir los valores y principios morales, éticos y cívicos que le permita alcanzar la meta espiritual y ciudadana en concordancia con la fe y la razón, además del conocimiento de Dios y de la ciencia y la tecnología que le ayuden a edificar la sociedad y transformar el mundo.

En términos de consecuencias, es carencia individual y colectiva, se traduce en pobreza, desnutrición, hogar disfuncional, ambiente de vivienda insano, pobre educación, y empleo malamente remunerado o inalcanzable.

Si queremos que la niñez realmente sea nuestra esperanza como país, aboquémonos a darle lo que necesita para su realización integral como persona humana, libre de las mezquindades ideológicas y sectarias que afloran en algunos sectores que intentan arrogarse el derecho de imponer lo suyo sobre el resto de sus compatriotas.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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viernes, 15 de junio de 2007

La figura paterna

2007-06-17
Editorial
La figura paterna

El núcleo familiar como célula básica de la sociedad requiere de la figura paterna, para que sea completo, junto a la madre y los hijos. Esa constitución familiar, según nuestra doctrina y la ciencia social, es la ideal para que las personas se desarrollen y se realicen libre de situaciones que, en la adultez, las hagan vulnerables a los problemas sicológicos y afectivos que dan al traste con su autoestima y su identidad propia.

Nuestro país padece el mal social del hogar incompleto, en donde normalmente la ausencia de la figura paterna perjudica el normal desarrollo de los niños y niñas panameños. Las uniones de hecho, el incremento de los divorcios, y la procreación sin que medie el estado conyugal, y mucho menos el matrimonial, es un hecho sobre el que se habla mucho y se hace menos.

Al celebrar otro día del padre, y otra semana de la familia, urge reflexionar sobre la situación que vive la mayoría de nuestra población. Dios quiere que el hombre nazca, crezca y viva dentro de una familia. Así lo quiso para su Hijo Único, nuestro salvador Jesucristo, junto a José y María, y con eso nos dio el ejemplo que hemos de seguir los que en El creemos.

Defender la familia, promoverla, y protegerla, es nuestra tarea fundamental como creyentes y ciudadanos. Desde nuestra fe, porque es la Iglesia Doméstica y Santuario de la Vida; desde la ciudadanía, porque el estado panameño lo tiene como uno de sus fundamentos. Asumamos, pues, esta doble responsabilidad, para nuestro bien, el de la Iglesia, y el de la Nación.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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