miércoles, 19 de diciembre de 2007

Navidad: Fiesta de la humanidad

2007-12-16
La Voz del Pastor
Navidad: Fiesta de la humanidad

A pesar de que llevamos dos mil años celebrando el nacimiento del Hijo de Dios en la carne, o quizá por eso, no acabamos de sacarle todo el jugo al acontecimiento. Puede ser que el consumismo dictado por las pautas comerciales, o la rutina de ver simples adornos más o menos espectaculares, o los intentos de secularizar y meter todo en el saco de lo cultural sin más, estén pesando más de la cuenta en una celebración que debería ocupar un sitial de honor en la vida de la humanidad.

Que el Hijo de Dios, o sea Dios mismo, se haya revestido de nuestra carne, haya compartido nuestra historia, haya pisado nuestra tierra, ya es, por sí solo, motivo de engrandecimiento, de orgullo, de valorizar lo que somos y lo que hacemos. A pesar de todos los males y horrores que nos aquejan y nos han aquejado, ser parte de eso que llamamos « género humano » no es tan horripilante: nada menos que Dios, en la persona de su Hijo, es parte de él y ese pedacito de carne que adoramos en Belén es ya parte de la historia gloriosa y triunfante que Dios tiene reservada a todos los que le aman.

Esto nos debería llevar a mirar nuestro ser y nuestra historia a través del prisma de Belén. En el Niño del pesebre no sólo se revela el inmenso amor de Dios, que apuesta a las claras por la humanidad, sino también la verdadera dignidad y grandeza del ser humano. El ser humano, cualquier ser humano, todo ser humano, vale tanto a los ojos de Dios, que Éste no duda en entregar a su propio Hijo a un proceso de encarnación-muerte-resurrección con tal de que aquél recupere su dignidad perdida por el pecado. Esta valoración y dignidad es la que nos debe servir para aceptar que la persona humana es el centro de la vida natural, social, cultural, económica, política y religiosa, porque, como dirá Jesús, «no está hecho el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre» (Mc 2, 27).

Y, a la luz de la Navidad, del Dios hecho hombre, entendemos lo que decía San Ireneo: «La gloria de Dios es que el hombre viva». Si es así, tendremos que preguntarnos: ¿Qué gloria damos a Dios cuando desfiguramos la vida del hombre? ¿Dónde queda la gloria de Dios cuando reducimos al hombre y la mujer a visones economicistas o consumistas o hedonistas? ¿Dónde queda la gloria de Dios cuando los planes de educación pretenden construir un niño o un joven sin Dios, suprimiendo la asignatura de Religión, so capa de aligerar la carga académica? ¿Dónde queda la gloria de Dios cuando los niños y jóvenes son expuestos a una sexualidad sin más límites que el «sexo seguro» y sin más control que el de su propio deseo? ¿Dónde queda la gloria de Dios cuando la economía se mueve al compás de los grandes intereses del lucro sin límites, creando legiones de excluidos, marginados y desechables? ¿Dónde queda la gloria de Dios cuando intereses gremiales y políticos no ceden en favor de los enfermos que se ven desatendidos por una huelga que sobrepasa el mes?

Navidad es la exaltación de la humanidad: Dios se hizo hombre, para que cada hombre y mujer pudiera ser y vivir con la dignidad de hijo e hija de Dios. ¿Qué Navidad celebraremos si sólo somos capaces de doblar nuestras rodillas ante el Niño de Belén y no nos arrodillamos ante cada hombre y cada mujer por los cuales Dios se hizo hombre? Cantemos villancicos, sí. Intercambiemos regalos, sí. Adornemos con guirnaldas y luces de colores, sí. Pero que nada ni nadie nos haga olvidar la verdadera Navidad: «Gloria a Dios en el cielo y, en la tierra, paz a los hombres que ama Dios».

Fr. José Luis Lacunza M., O.A.R.
Obispo de David

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Engendrado, no creado

2007-12-16
A tiro de piedra
Engendrado, no creado

Las últimas décadas han introducido en el mundo la degradación de los valores, creencias, costumbres y tradiciones de gran parte de la humanidad. Es un fenómeno generalizado, que desvirtúa con gran fuerza la identidad cultural y la idiosincrasia de los pueblos y naciones. Es un enfoque que falazmente pregona libertad y reclama cambios por obsolescencia para progresar, cuando en el fondo no existe tal cosa.

Esa corriente ladrona que, a falta de algo propio, busca adulterar lo ajeno, pretende, ahora, robarnos la Navidad a los cristianos. Desde hace mucho se ha aprovechado de figuras creadas por el hombre, para tomar el lugar del protagonista verdadero de la celebración navideña: Jesús Niño, Hijo de Dios. A fuerza de mercantilismo, intentan imponernos a Santa Claus, a los duendes, y a cuanto personaje puedan conjurar o utilizar para sus fines comerciales, de tal suerte que todos resultan víctimas de los que sólo ven lo lleno o vacío de su caja registradora.

Frente a esos vientos, los cristianos tenemos la obligación de estar atentos, y ser luz para quienes son cubiertos por esas tinieblas. La Navidad es la memoria del nacimiento de Jesucristo: no es una fiesta cualquiera, ni una celebración hueca o vacía. Tiene un sentido, y ese sentido es que Cristo vino a nosotros encarnado en María, para salvarnos y redimirnos de nuestros pecados. No hay Navidad sin Cristo; todo lo demás está supeditado a él.

Jesús Niño fue engendrado por obra y gracia del Espíritu Santo, desde Dios Padre. Esta es la primera diferencia con todos los demás personajes creados por el hombre. A Cristo fueron a verlo los pastores, gente de carne y hueso, y no figuras ficticias como los duendes. Nació y vivió entre los hombres cada día de su vida; no se apareció por unos cuantos días, y luego se fue al Polo Norte el resto del año. Estuvo entre los suyos, hasta su muerte; y está a cada momento con nosotros, a partir de su resurrección.

Si queremos preservar el auténtico sentido de la Navidad, enseñemos a los nuestros y a los que están alrededor lo que dice el Evangelio. Muchos, por ignorancia, son arrastrados por la corriente ladrona del mundo. Corrijámoslos con amor, enseñando y educando en la fe. El mejor regalo que podemos hacerle a una persona, en este tiempo, es anunciarle la buena nueva del nacimiento de Cristo. Sepamos defender nuestra fe con firmeza y caridad, para ganar almas para el Señor.

No importa lo que diga el mundo. No importa que intenten desvirtuar el sentido verdadero de la Navidad. Lo que importa, realmente, es nuestra actitud como cristianos. Y así como al mundo no se le ocurre cambiar la Pascua judía, o el Ramadán musulmán, para que los otros no se ofendan, tampoco tiene ningún derecho para quitarnos a Cristo de la Navidad. Al fin y al cabo, la Navidad es lo que es, porque significa la venida de Dios entre nosotros, en la fragilidad de un niño nacido en un pesebre y envuelto en pañales.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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Navidad con sentido

2007-12-16
Editorial
Navidad con sentido

En la bulliciosa confusión mercantilista de diciembre, el sentido navideño se interpreta según la condición íntima de la propia persona. Para unos es época de amor y paz, sin más; para algunos más, periodo de intercambio social y consumo desmesurado; y para otros, el sentimiento que nace desde la fe. No contamos, aunque sin pretender excluirlos, a los que simple y llanamente les resulta indiferente ésta y otras celebraciones.

Para el cristiano que toma en serio su fe, la Navidad tiene el sentido profundo de la venida de Cristo al mundo. La primera, y la segunda que esperamos en definitiva. Este tiempo es de renovación de nuestras vidas; de plugar a Dios para que nos dé su Espíritu Santo y vivamos mejor la relación con él y con el prójimo; y de poner suficiente aceite en nuestras lámparas en espera de su venida.

Nuestro actuar ha de asemejarse a aquella persona que pone su casa en orden, porque espera la llegada, de un momento a otro, de alguien que es lo más importante y especial para ella. Y porque se preocupa por su venida, no escatima en esfuerzo alguno para que, al llegar, encuentre todo en su puesto y constate que se le ama y se le considera en grado sumo.

Si no hemos abierto aún los ojos a esta realidad, hagámoslo; todavía estamos a tiempo. Que no quedemos como las jóvenes necias, que no les preocupó llevar suficiente aceite para sus lámparas. Vivir esta Navidad en espiritualidad, nos llenará de gozo y alegría. Vivirla en el frenesí y la vorágine del mundo mercantilista, nos dejará, al cabo de unos días, un inmenso vacío imposible de llenar con cosas terrenales.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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Prevenir es mejor

2007-12-16
El Ojo del Profeta
Prevenir es mejor

Reza un adagio que prevenir es mejor que lamentar, y las Escrituras nos alertan de saber construir nuestra casa sobre la roca firme y saber hacer bien nuestros cálculos en cada empresa. La sabiduría del mundo y la divina, coinciden en medir bien las consecuencias de nuestras acciones.

Con el reciente incendio en un centro comercial de la ciudad, se ha denunciado la ausencia de medidas de seguridad para el público frente a un evento o desastre fortuito. Ni es la primera vez, ni es el único lugar que se juega la integridad física de las personas, ya sea por desconocimiento o por desidia. Pareciera que no hemos tenido suficiente con el bus incendiado el año pasado, o el grave accidente de hace varios años con los fuegos artificiales en el estadio de béisbol.

Personas sensatas ayudan a construir comunidades sensatas, las que, a su vez, conformarán una sociedad sensata. Y la sensatez, por estos días, parece estar ausente en muchos campos de nuestra vida nacional. Quiera Dios y adquiramos un corazón sensato, para que podamos crecer en gracia y sabiduría.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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lunes, 10 de diciembre de 2007

Adviento, tiempo para redescubrir la esperanza

2007-12-09
La Voz del Pastor
Adviento, tiempo para redescubrir la esperanza

Publicamos las palabras que pronunció Benedicto XVI el domingo 2 de diciembre antes y después de rezar la oración mariana del «Ángelus».

Queridos hermanos y hermanas:

Con este primer domingo de Adviento comienza un nuevo año litúrgico: el Pueblo de Dios se vuelve a poner en camino para vivir el misterio de Cristo en la historia. Cristo es el mismo de ayer, de hoy de siempre (Cf. Hebreos 13, 8); la historia sin embargo cambia y necesita ser constantemente evangelizada; necesita ser renovada en su interior y la única verdadera novedad es Cristo: Él es su pleno cumplimiento, el futuro luminoso del hombre y del mundo. Resucitado de entre los muertos, Jesús es el Señor a quien Dios someterá todos los enemigos, incluida la misma muerte (Cf. 1 Corintios 15, 25-28). El Adviento es, por tanto, el tiempo propicio para despertar en nuestros corazones la espera de «Aquel que es, que era y que va a venir» (Apocalipsis 1, 8). El Hijo de Dios ya vino a Belén hace veinte siglos, viene en cada momento al alma y a la comunidad que están dispuestos a recibirlo, vendrá de nuevo al final de los tiempos para «juzgar a vivos y muertos». Por este motivo, el creyente siempre está vigilando, animado por la íntima esperanza de encontrar al Señor, como dice el Salmo: «Espero en el Señor, mi alma espera en su palabra; mi alma aguarda al Señor más que los centinelas la aurora» (Salmo 129 [130], 5-6).

Este domingo es, por tanto, un día sumamente indicado para ofrecer a toda la Iglesia y a todos los hombres de buena voluntad mi segunda encíclica, que he querido dedicar precisamente al tema de la esperanza cristiana. Se titula «Spe salvi», pues comienza con la expresión de san Pablo: «Spe salvi facti sumus - en esperanza fuimos salvados» (Romanos 8,24). En éste, al igual que en otros pasajes del Nuevo Testamento, la palabra «esperanza» está íntimamente unida a la palabra «fe». Es un don que cambia la vida de quien lo recibe, como demuestra la experiencia de muchos santos y santas. ¿En qué consiste esta esperanza tan grande y tan «confiable» que nos permite decir que en ella está nuestra «salvación»? En definitiva, consiste en el conocimiento de Dios, en el descubrimiento de su corazón de Padre bueno y misericordioso. Jesús, con su muerte en la cruz y con su resurrección, nos ha revelado su rostro, el rostro de un Dios tan grande en el amor que nos ha dado una esperanza inquebrantable, que ni siquiera la muerte puede resquebrajar, pues la vida de quien confía en este Padre se abre a la perspectiva de la felicidad eterna.

El desarrollo de la ciencia moderna ha confinado cada vez más la fe y la esperanza a la esfera privada e individual de manera que aparece de forma evidente y en ocasiones dramática, que el hombre y el mundo tienen necesidad de Dios --¡del verdadero Dios!--, pues de lo contrario quedarían privados de esperanza. La ciencia sin duda contribuye al bien de la humanidad, pero no es capaz de redimirla. El hombre es redimido por el amor, que hace que la vida personal y social se convierta en buena y hermosa. Por este motivo la gran esperanza, la que es plena y definitiva, está garantizada por Dios, que en Jesús nos ha visitado y nos ha donado la vida, y en Él volverá al final de los tiempos. Es en Cristo que esperamos, ¡es Él a quien esperamos!

Con María, su Madre, la Iglesia sale al encuentro del Esposo: lo hace con las obras de caridad, pues la esperanza, como la fe, se demuestra con el amor.

Buen Adviento a todos.

S. S. Benedicto XVI
Obispo de Roma

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Progreso

2007-12-09
A tiro de piedra
Progreso

En los últimos meses leo noticias que nos hablan del repunte económico de Panamá y de las grandes obras que se construyen o están próximas a construirse. Es evidente que la actividad económica se ha incrementado, que más personas tienen empleo, y que el país genera una riqueza mayor que en otros tiempos. Pero, también es cierto que un importante sector de la población está marginada del progreso que vive la república.

Nuestro desarrollo depende, además de los planes e inversiones públicas, de la participación del resto de la sociedad y sus diversos sectores. Necesitamos definir metas y planificar la forma en que las lograremos. La empresa privada debe diseñar su plan de desarrollo, involucrando a las distintas actividades empresariales que la conforman. Las universidades y las escuelas también deben tener su plan, para fijarse metas en cuanto a carreras, excelencia académica, y calidad de la instrucción. Los gremios profesionales y sindicales deben hacer otro tanto, para elevar la calidad de la mano de obra. Y, así, otras organizaciones y estamentos de la sociedad panameña deben hacer lo propio.

Para progresar como nación, necesitamos de un proyecto común, en donde cada sector social aporte y desarrolle la parte que le corresponde para alcanzar la meta común. Ya se han hecho varios ejercicios al respecto; entre ellos los foros de Bambito, Coronado, y la reciente Concertación. Sólo nos falta echar a andar la rueda, olvidando mezquindades y deponiendo actitudes que obstaculizan la realización de lo acordado.

Si queremos que la riqueza del país alcance a todos, tenemos que aunar esfuerzos y asumir con responsabilidad el papel que corresponde a cada uno. Que el gobierno utilice bien los recursos fiscales para crear las obras de infraestructura, hacer más eficiente la administración, y desmantelar el sistema de influencias y favoritismo que por décadas ha imperado en el sector gubernamental. Que la sociedad política busque realmente el bien común, y no los intereses sectarios. Que la sociedad civil ayude a la población a darse respuestas y a asumir sus deberes y no sólo reclamar sus derechos. Que el empresario cree puestos de trabajo justamente remunerados. Que el trabajador realice sus tareas a carta cabal. Que la educación esté dirigida a la plena realización de la persona humana, y no solamente a proveer de conocimientos técnicos o científicos que le asegurarán un "buen éxito profesional".

El progreso de Panamá depende de nuestro progreso como personas, como padres, como hermanos, como hijos, como políticos, como empresarios, como funcionarios, como trabajadores, como lo que nos ha tocado ser y vivir. Que cada uno haga lo suyo pensando en que lo hace también por su prójimo y por su nación. Ese es el secreto del progreso. No hay otro.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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Que no vuelva a ocurrir

2007-12-09
Editorial
Que no vuelva a ocurrir

El resultado de la huelga médica ha sido de miles de pacientes, incluidos niños, adultos y ancianos, perjudicados porque no han recibido la atención de salud cuando la necesitaban o cuando estuvo programada con cita previa. Ningún poder humano podrá resarcir el daño a satisfacción ni restituir la salud perdida o el padecimiento sufrido. ¡No hay manera!

Aún con todos los argumentos y justificaciones que quieran darnos las partes en conflicto, será imposible legitimar la privación del servicio de salud a quien resulta, al final, la única víctima de tanta desconsideración: la población indefensa frente al poder del que hacen gala las partes enfrentadas.

Como suele ocurrir, al final cada contendor obtiene lo que resulte de su acuerdo, sea esto mucho o poco; y el pueblo sencillo, víctima inocente, lo único que saca es el sufrimiento irredento y la vuelta a una normalidad que ya conoce muy bien por experimentarla en propia carne: madrugar para conseguir un cupo para dentro de varias semanas o meses, y la ausencia de algunas medicinas que necesita para sobrellevar su enfermedad.

Después de terminada la huelga médica, sólo nos resta esperar que no vuelva a ocurrir algo así. Los que la sufren más son, en su mayoría, gente sin largos años de estudio ni detentadores de poder político, pero que día a día construyen el país con su sudor y su esfuerzo, del que se deriva el pago de cuotas e impuestos que, al fin y al cabo, pagan el salario y el nivel de vida de quienes deben proveerle los servicios de salud y la obligada seguridad social.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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