2009-09-27
El Ojo del Profeta
¿Necesitas divorciarte?
La palabra divorcio significa, fundamentalmente, separación o disolución jurídica, pero aplicable, por regla general, al matrimonio. Las secuelas que deja el rompimiento del vínculo matrimonial son profundas, no sólo entre los cónyuges que se separan, sino también en los menores de edad, que resultan ser los más afectados.
Por eso extraña que en una gigantesca valla publicitaria, se anuncie el servicio jurídico de ese acto que, legalmente, es un hecho común en la sociedad, pero que poco beneficio produce, a no ser el económico. Peor aún es que, contrariando las normas éticas del ejercicio de la profesión, un buró de abogados se anuncie con un servicio tal. Quizá, en el fondo, lo que necesitamos es divorciarnos de ciertas prácticas malsanas, que poco aprovechan para la edificación de las almas.
Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org
2009-09-20
Ventana Pontificia
La Ley no es un “cumplimiento” sino libertad
Ofrecemos a continuación parte de la homilía que pronunció el Papa Benedicto XVI, durante la Eucaristía celebrada el pasado 30 de agosto con sus ex alumnos.
Queridos hermanos y hermanas:
En el Evangelio nos sale al encuentro uno de los temas fundamentales de la historia religiosa de la humanidad: la cuestión de la pureza del hombre ante Dios. Volviendo su mirada hacia Dios, el hombre reconoce estar "contaminado" y encontrarse en una condición en la cual no puede acceder al Santo. Surge así la pregunta sobre cómo puede llegar a ser puro, liberarse de la "suciedad" que le separa de Dios. De esta forma han nacido, en las diversas religiones, ritos purificatorios, caminos de purificación interior y exterior. En el Evangelio de hoy encontramos ritos de purificación, que se arraigan en la tradición del Antiguo Testamento, pero que son, con todo, gestionados de una forma muy unilateral. En consecuencia, ya no sirven para una apertura del hombre a Dios, ya no son caminos de purificación y de salvación, sino que se convierten en elementos de un sistema autónomo de cumplimientos que, para ser cumplido verdaderamente en plenitud, exige incluso especialistas. El corazón del hombre ya no es alcanzado. El hombre, que se mueve dentro de este sistema, o se siente esclavizado o cae en la soberbia de poderse justificar a sí mismo.
La exégesis liberal dice que en este Evangelio se revelaría el hecho de que Jesús habría sustituido el culto con la moral. Habría dejado aparte el culto con todas sus prácticas inútiles. La relación entre el hombre y Dios se basaría ahora únicamente en la moral. Si eso fuese verdad, significaría que el cristianismo, en su esencia, es moralidad, es decir, que nosotros mismos nos hacemos puros y buenos mediante nuestra actuación moral. Si reflexionamos profundamente sobre esta opinión, resulta obvio que ésta no puede ser la respuesta completa de Jesús a la cuestión sobre la pureza. Si queremos oír y comprender plenamente el mensaje del Señor, entonces debemos escuchar también plenamente, no podemos contentarnos con un detalle, sino que debemos prestar atención a su mensaje entero. En otras palabras, debemos leer enteramente los Evangelios, todo el Nuevo Testamento y el Antiguo junto con él.
La primera lectura de hoy, sacada del Libro del Deuteronomio, nos ofrece un aspecto importante de una respuesta y nos hace dar un paso adelante. Aquí escuchamos una cosa quizás sorprendente para nosotros, es decir que Israel mismo es invitado por Dios a serle agradecido y a sentir un humilde orgullo por el hecho de conocer la voluntad de Dios y así de ser sabio. Precisamente en aquel periodo la humanidad, tanto en el ambiente griego como en el semítico, buscaba la sabiduría: buscaba comprender lo que cuenta. La ciencia nos dice muchas cosas y nos es útil en muchos aspectos, pero la sabiduría es el conocimiento de lo esencial - conocimiento del fin de nuestra existencia y de cómo tenemos que vivir para que la vida sea del modo justo. La lectura tomada del Deuteronomio señala el hecho de que la sabiduría, en último término, es idéntica a la Torá - a la Palabra de Dios que nos revela lo que es esencial, para cuyo fin y en cuya forma tenemos que vivir. Así la Ley no se muestra como una esclavitud, sino que es - a semejanza de lo que dice el gran Salmo 119 - causa de una gran alegría: no andamos a tientas en la oscuridad, no vamos vagando en vano en busca de lo que pudiera ser recto, no somos como ovejas sin pastor, que no saben donde está el camino correcto. Dios se ha manifestado. Él mismo nos indica el camino. Conocemos su voluntad y con ello la verdad que cuenta en nuestra vida.
Son dos las cosas que se nos dicen de parte de Dios: por un lado, que Él se ha manifestado y nos indica el camino justo; por otro, que Dios es un Dios que escucha, que está cerca de nosotros, nos responde y nos guía. Con ello se toca también el tema de la pureza: su voluntad nos purifica, su cercanía nos guía.
S. S. Benedicto XVI
Obispo de Roma
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2009-09-20
A tiro de piedra
El avión del Papa
Los jefes de estado suelen viajar a menudo, especialmente en la actualidad, cuando se multiplican las reuniones y los encuentros entre gobernantes. El Papa, a quien se le reconoce el estatus de jefe de estado, también suele viajar, aunque no tiene avión particular, ni El Vaticano tiene fuerza aérea.
Juan Pablo II, a quien se le conoció como el Papa viajero, acumuló más horas de vuelo de la que puede soñar un jefe de estado. Viajaba, como los otros pontífices, en un vuelo fletado de Alitalia. Dos cosas distinguen a cada Santo Padre cuando viaja: no usa avión propio, y lo acompañan periodistas que dan fe de la transparencia de su viaje. Periodistas que son de diferente creencia y, en más de un caso, ateos o no creyentes.
Contrario a los políticos, que exigen viajar en avión particular, los papas prescinden de esta vanalidad. Lo mismo pudieran hacer los gobernantes del mundo o, al menos, los de las naciones pobres. A excepción de la reina de Inglaterra, que tampoco viaja en jet privado, no conozco de ningún caso representativo de un jefe de estado de alto perfil que lo haga. El Papa y la Reina inglesa comparten esta actitud. ¿Habrá entre nuestras pequeñas naciones centroamericanas algún gobernante con tanta prominencia como el Santo Padre y la reina Isabel II? Si estas dos figuras mundiales, que acaparan la atención adonde van, viajan en avión de aerolínea, ¿por qué no pueden hacerlo nuestros políticos?
El costo de mantener un avión ejecutivo, para gobernantes y altos funcionarios, es grande. Tanto en tierra como en vuelo, cuesta mucho dinero. El mantenimiento, la tripulación, el combustible, el peaje en los aeropuertos, las reparaciones, la custodia, sin olvidar el precio de compra, comprometen cuantiosos recursos fiscales. Sería más agradable ver a los presidentes aterrizar en las aeronaves de su línea aérea nacional como, por ejemplo: Taca, Lacsa, Avianca, o Copa, que en los millonarios “learjet” que solemos ver en las noticias, cuando asisten a las cumbres presidenciales, aunque alguno que otro llega en el avión de su fuerza aérea, emulando al “Air Force One” del presidente de los Estados Unidos.
Gastarse decenas de millones en un jet ejecutivo, ya sea usado o nuevo, es un acto innecesario. Ningún país centroamericano puede justificar un desembolso de esa índole, este o no en el Parlacen, o quiera salirse. Las distancias internas no son muy largas, ni las grandes distancias son cubiertas por la autonomía de vuelo de todos los jet ejecutivos. Basta, en lo nacional, con un helicóptero o un bimotor, que son más económicos que un jet. Si es por el interés nacional, los aviones ejecutivos presidenciales en los países de la región carecen de justificación legítima.
Queda al criterio de cada gobernante el gastarse la plata de los contribuyentes en esos juguetes caros; y, aunque utilicen el suyo propio, siempre quedará el sabor amargo de ver a un mandatario que no diferencia entre lo que es de él y lo que pertenece al estado, ya sea a través de un hecho material o uno intangible.
Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org
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2009-09-20
Editorial
Día del recluso
El día 24 de septiembre está dedicado a los privados de libertad, con el fin de reflexionar sobre el tratamiento que reciben por parte de la sociedad. Es, también, la fiesta de Nuestra Señora de La Merced, a quien la Iglesia tiene por patrona de los reclusos, como invitándonos a ver con caridad y misericordia al detenido, sin detenernos a juzgar sobre su maldad o su delito, sino en su condición de persona humana.
Tratar con humanidad al privado de libertad no significa, en manera alguna, eximirlo de su culpa o justificar su delito, ni mucho menos callar ante la tortura o el trato cruel e inhumano. Si alguno, que lo hay, comete un delito atroz, no es devolviendo mal por mal que se hace justicia, porque nos pondríamos en el mismo lugar del criminal.
Por eso, nuestras cárceles deben ser centros donde el cumplimiento de la pena o la prisión preventiva, sean lugares que muestren el lado humano de la sociedad. Los reclusos deben ser clasificados por categoría, según edad y falta cometida, alojados en celdas salubres, y sometidos a un régimen de trabajo, descanso, entretenimiento y educación que les permita reencontrarse con su humanidad.
Y en esa tarea de humanización de las cárceles, no olvidar el derecho de los privados de libertad a practicar su fe, derecho que se ve conculcado con mucha frecuencia, al ponerse una y mil trabas para su asistencia espiritual; situación ésta que ha empeorado en los últimos años. Pero confianza tenemos en que, por humanidad y amor al prójimo, las condiciones mejoren y los centros penitenciarios dejen de ser el sitio infernal que hasta ahora hemos conocido.
Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org
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2009-09-20
El Ojo del Profeta
La pandemia de la droga
El flagelo de la drogadicción azota a la humanidad con fuerza, especialmente a la juventud. Son pocos los países que se libran de los estragos que ocasiona el abuso de las drogas, cuya variedad abarca desde el alcohol y el cigarrillo hasta la cocaína y los estupefacientes. Millones de vidas se pierden anualmente por esa causa, tanto en la violencia y la sobredosis como en la merma de la capacidad emocional y productiva de los que son víctima de esa pandemia.
Quizá por la idea errada de la libertad, o por la permisividad social, el uso desmedido de las drogas es justificado por ciertos sectores, que superan en acceso a la influencia en la opinión, a la mayoría. El consumo y el tráfico de drogas es dañino para la humanidad, y cada día aumenta el peligro. Es preciso el rechazo de la sociedad, en todas las manifestaciones del producto, y el encauzamiento moral que fortalezca el control social en su contra. Tenemos que aprender a ser verdaderamente libres, si queremos vencer en esta batalla.
Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org
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2009-09-13
La Voz del Pastor
Día del Migrante
Cada año la Iglesia universal dedica un día especial a la reflexión sobre el fenómeno migratorio en el mundo, a fin de promover la sensibilización y la concientización entre la población, sobre los derechos humanos de las personas que por diversas circunstancias se ven obligadas a dejar su tierra y su familia, en busca de un futuro menos incierto.
La historia de esta iniciativa se remonta a la época de Pío X cuando la entonces Congregación Consistorial, hoy llamada Congregación de los Obispos, pidió a los obispos italianos establecer en 1914, un domingo dedicado a la oración, la reflexión y la recaudación de fondos para el servicio pastoral en ésta área. En 1952 el Papa Pío XII emitió la Constitución Apostólica “Exul Familia” sobre la Pastoral de las Migraciones y la extensión de este servicio a toda la Iglesia Universal.
La Instrucción De Pastorali Migratorum Cura, de 1969, reelabora la materia de las migraciones a la luz del Concilio Vaticano II y señala a las Conferencias episcopales de cada país, el deber de establecer la celebración correspondiente según el periodo y lo que las circunstancias locales sugieran. Y desde 1974, el Santo Padre comenzó a enviar un mensaje para la celebración de la Jornada del Migrante y en 1985, esta reflexión fue firmada expresamente por el Sumo Pontífice lo que significó una señal de la importancia que la Iglesia atribuye a las migraciones.
En América Latina la mayor parte de los países han elegido el mes de Septiembre para celebrar este día, porque se asocia al Mes de la Biblia, puesto que el Pueblo de Israel fue peregrino y vivió la experiencia de ser extranjero.
Así el Día del Migrante viene a resaltar la urgencia de considerar a las personas que emigran, quienes, desde la iluminación bíblica, son las más necesitadas: los pobres, las viudas y los extranjeros. Todo hombre, en tanto ciudadano responsable, justo y solidario y, más aún todo cristiano tiene el deber de prestar atención a todos los hombres y mujeres de esta tierra.
Por eso, es importante conocer las distintas problemáticas que se juegan en nuestro mundo complejo y en nuestra sociedad contemporánea, como ésta de la migración que se siente, cada vez más al inicio de este nuevo siglo, en la economía de mercado laboral, en la apertura de las fronteras, en la economía nacional e internacional, etc.
Consagrar un día para los migrantes es tomar conciencia del sufrimiento de cada uno de ellos, es tomar el tiempo para la escucha del que es tal vez más pobre, en cualquier caso, o más escaso que nosotros, en un momento dado.
El Día del Migrante, es propicio para enterarnos de que hoy día cada vez más, aumenta el número de mujeres que abandonan a sus hijos y su vida familiar para buscar los medios de poder proporcionar los recursos que necesitan para vivir más dignamente; es ver el sacrificio de tantos estudiantes que se exilian para asegurar, no sólo su futuro personal, sino también un trabajo de calidad para el futuro de su familia, de su terruño.
Por eso hoy no se puede ignorar los desplazamientos humanos, porque, la realidad migratoria en nuestro país, como en el mundo es fomentada por la brecha cada vez mayor entre países ricos y pobres. Así quien, asume la condición de migrante no solo cruza el espacio físico del campo a la ciudad, entre ciudades, o de una frontera entre países. Sino que cruza la frontera de su propia dignidad, buscando con esperanza de mejorar su nivel de vida, así como el de su familia.
Esta dolorosa realidad que vemos en el desarraigo, la soledad, y en muchos casos la desintegración de la familia, así como la indiferencia que viven muchos migrantes. Nos deberían motivar a desarrollar actitudes promigrantes donde haya: dolor – consuelo; desarraigo – integración; soledad – amistad; indiferencia - actitud solidaria; explotación - ejercicio de sus derechos.
Como cristianos debemos dar una respuesta creativa y dinámica ya que el fenómeno de la movilidad humana nunca es el mismo. Por eso somos todos llamados a ser discípulos y misioneros, ayudando por ejemplo, a conocer los instrumentos legales que un migrante tiene como sujeto de derechos y deberes, visualizando sus problemáticas, sin ser objeto por esto: de mal trato, discriminación, racismo o xenofobia.
De esta forma, todos dentro del Reino de Dios somos ciudadanos constructores de unidad. Nuestras diferencias deben crear unidad en la diversidad, ellas deben ser fortaleza de nuestra riqueza como manifestación de la presencia de Dios en el mundo, “a imagen y semejanza suya”.
Y qué decir de los migrantes internos que en silencio se van moviendo del campo a la ciudad o entre ciudades porque son expulsados de sus lugares de origen, por no conseguir alcanzar la satisfacción de las necesidades básicas y de la escasa o nula proyección de un futuro para ellos y sus hijos.
Mons. José Domingo Ulloa
Obispo Auxiliar
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2009-09-13
A tiro de piedra
Nivel académico
Cada año nos conmueve la noticia que miles de aspirantes a la universidad fracasan en la prueba de admisión. Decenas de miles de jóvenes, mayormente egresados de las escuelas públicas, tendrán que quedarse sin educación universitaria. Es una desgracia nacional, que costará mucho remediar.
Las causas de tal situación son variadas, aunque desemboca en un solo lugar: la acción de la autoridad. Sin embargo, el asunto es mucho más complejo. La enfermedad tiene un cúmulo de cosas que la provocan. Lo primero, para mí, es la actitud de los docentes. No digo que son los culpables, pero sí que son parte del problema, así como de la solución. Deben, además de las autoridades, exigirse ellos mismos en cuanto a competencia, conocimiento, metodología, y respeto por la profesión. Un primer paso en este sentido, marcaría la diferencia.
Otros factores que inciden en el bajo nivel académico son: la falta de atención temprana a los que demuestran más habilidad, dedicación al estudio, y cuociente intelectual. La ausencia de un régimen de competitividad docente, para potenciar el recurso humano de los educadores, a través de concurso por los distintos niveles de las plazas, aunque se trate de la misma asignatura. El ambiente inadecuado para la instrucción y el estudio, a causa de planteles plagados de ambiente ruidoso, calor, y otros elementos que distraen al estudiante del aprovechamiento, tales como: el hacinamiento, interrupción del año lectivo por paros y huelgas, poco acceso a la bibliografía y la tecnología, horas de clase reducidas, y la jornada vespertina.
Es necesario tener aulas o escuelas especiales para los alumnos aventajados, porque en el sistema público este enfoque está ausente. Por querer asegurar la igualdad, lo que se ha hecho es igualar, de manera forzosa, al menos aplicado con el más desaplicado. Soy partidario de las escuelas de excelencia académica, porque motivan a otros alumnos a alcanzar ese premio. A pesar que las mencioné, las aulas dentro de la misma escuela no me parecen conveniente, porque allí sí podría darse cierta práctica discriminatoria entre “inteligentes” y “brutos”.
Por parte de los docentes es necesario reconocer que unos tienen más capacidad que otros, para la investigación y el estudio constante. Hay que crear los mecanismos para que desarrollen sus habilidades, y puedan ganarse un puesto en la escuela para la que resulten competentes. Se debe invertir en edificios escolares que sean aptos para el aprovechamiento, con ventilación e iluminación adecuadas, laboratorios, bibliotecas, equipos, y ambiente sano. Calidad de planes de estudio y ambiente para el aprendizaje, van de la mano.
Tanto docentes como estudiantes, pasando por la autoridad, deben convencerse que cada puesto ha de ganarse. La escuela no es sólo el edificio, sino sus maestros y sus alumnos; y estos dos últimos componentes son los que cuentan. El mejoramiento de la educación comienza, pues, con los docentes y los educandos. Los demás pasan rápido, apenas unos cinco años, pero aquellos están en el sistema educativo nueve, doce, dieciséis, o veinticinco años, según el caso, y son los que pueden lograr el cambio más profundo.
Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org
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