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martes, 22 de septiembre de 2009

Día del recluso

2009-09-20
Editorial
Día del recluso

El día 24 de septiembre está dedicado a los privados de libertad, con el fin de reflexionar sobre el tratamiento que reciben por parte de la sociedad. Es, también, la fiesta de Nuestra Señora de La Merced, a quien la Iglesia tiene por patrona de los reclusos, como invitándonos a ver con caridad y misericordia al detenido, sin detenernos a juzgar sobre su maldad o su delito, sino en su condición de persona humana.

Tratar con humanidad al privado de libertad no significa, en manera alguna, eximirlo de su culpa o justificar su delito, ni mucho menos callar ante la tortura o el trato cruel e inhumano. Si alguno, que lo hay, comete un delito atroz, no es devolviendo mal por mal que se hace justicia, porque nos pondríamos en el mismo lugar del criminal.

Por eso, nuestras cárceles deben ser centros donde el cumplimiento de la pena o la prisión preventiva, sean lugares que muestren el lado humano de la sociedad. Los reclusos deben ser clasificados por categoría, según edad y falta cometida, alojados en celdas salubres, y sometidos a un régimen de trabajo, descanso, entretenimiento y educación que les permita reencontrarse con su humanidad.

Y en esa tarea de humanización de las cárceles, no olvidar el derecho de los privados de libertad a practicar su fe, derecho que se ve conculcado con mucha frecuencia, al ponerse una y mil trabas para su asistencia espiritual; situación ésta que ha empeorado en los últimos años. Pero confianza tenemos en que, por humanidad y amor al prójimo, las condiciones mejoren y los centros penitenciarios dejen de ser el sitio infernal que hasta ahora hemos conocido.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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viernes, 28 de septiembre de 2007

La Pastoral Penitenciaria

2007-09-23
La Voz del Pastor
La Pastoral Penitenciaria

En la festividad de la Virgen de La Merced, nuestra atención se vuelca a las cárceles, donde muchos hermanos y hermanas están sufriendo por una condena, o incluso sin ella, esperando lograr pronto su libertad.

Ante esta situación es bueno que reflexionemos sobre la importancia de la pastoral de la Iglesia Católica en las cárceles. En primer lugar tenemos que cumplir con la invitación del Señor a descubrirle presente en el rostro del que sufre, especialmente Él se identifica con el privado de libertad donde nos dice: "estuve en la cárcel y me visitaste" (Mt 25, 36). De igual manera la revelación de Dios nos enseña que todo ser humano por el hecho de ser la obra perfecta de la creación y por ser objeto de la salvación tiene una dignidad que todos tenemos que respetar y valorar.

La dignidad del ser humano muchas veces es ultrajada y como consecuencia es objeto de injusticia, de allí que no todos los que están en las cárceles son delincuentes, hay muchos que fruto de la mezquindad, de la mentira, de la calumnia llegan a este lugar de sufrimiento y dolor.

Todo hombre puede alcanzar la salvación que ofrece Jesucristo, es por esto que la pastoral carcelaria, no va a hacer proselitismo religioso a las cárceles, sino que queremos llevar esperanza, y la fuerza del amor a estos hermanos que sufren por la ausencia de libertad.

Son muchos los que en estas festividades de la Virgen de La Merced, se acuerdan de ofrecer a estos hombres y mujeres que están en las diversos centros penitenciarios útiles de aseo, libros o cualquier otro objeto con el que se cree que se cumple con los presidiarios, pero tenemos que tener presente que no solamente una vez al año tenemos que acordarnos de estos humanos privados de libertad. Tenemos que sentir que los que están en las cárceles son hermanos nuestros que necesitan no de nuestra compasión y lástima sino de nuestro tiempo y dedicación.

Es por esto que queremos invitar a que muchos se agreguen a este grupo de hermanos y hermanas que han sentido como un compromiso personal el trabajo en las cárceles. El acompañar a estos hermanos que sufren, independiente de su culpabilidad o no, para nosotros es importante poder ver en ello el rostro del Cristo que sufre y poder compartir la alegría de nuestra fe. La fe cristiana tiene que ser transmitida con alegría y quien descubre a Jesucristo tiene el deber de compartirlo con aquel que no lo ha conocido, y esto no es solamente una doctrina o un conocimiento intelectual, sino que tiene que ser una vivencia profunda del amor cristiano.

Muchas veces podemos olvidarnos de las víctimas: hay hombres, mujeres, niños e incluso familias enteras que sufren como consecuencia de actos delictivos, sin embargo como cristianos hay que tener la disponibilidad del perdón, ya que solo perdonando se pueden sanar las heridas que se ha causado en un momento dado.

La cárcel no es un lugar cómodo para nadie, es un lugar de sufrimiento. Tenemos que educar a los niños y jóvenes en los valores: el respeto, la responsabilidad y la honestidad, solo así podemos tener una sociedad sana y evitaríamos el grave problema que tenemos en las cárceles. El evangelio tiene que ayudarnos a construir una sociedad nueva donde reine la paz y el amor.

Que nuestra Señora de La Marced proteja a todos los que viven, trabajan y comprometen su tiempo en la pastoral carcelaria.

Mons. Audilio Aguilar
Obispo de Colón - Kuna Yala

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Cárceles

2007-09-23
Editorial
Cárceles

La cárcel es un sitio donde se purga condena o se encierra al detenido que, por el delito imputado, necesita estar recluido en prisión. Es un lugar privado de la comodidad y la libertad de las que se goza en la vida cotidiana.

El hecho de estar encarcelado quita a la persona su libertad, no su humanidad; le priva del ejercicio de sus derechos ciudadanos, pero no le disminuye en su dignidad. Por tanto, el recinto carcelario debe garantizar, además del encierro para cumplir la condena o evitar la fuga, el trato digno al privado de libertad, tanto en las condiciones físicas e higiénicas del lugar de reclusión, como en la atención espiritual, mental y corporal del recluso.

Nuestro sistema penitenciario, según la Constitución y las Leyes de la República, está dirigido a la rehabilitación del reo y a su reinserción en la sociedad. Mantener condiciones y permitir situaciones que atentan contra esos principios es desdecirnos como estado y sociedad, y, en el caso los funcionarios y de las autoridades penitenciarias, es faltar a su misión y su deber como servidores públicos.

Panamá necesita humanizar sus cárceles, para hacer valer su condición de país civilizado. Debe preocuparse por hacer de los centros penitenciarios un sitio de alojamiento digno para el detenido y el reo, sin que ello implique exagerar en el concepto de habitabilidad y facilidad de servicios, ni para el regenta ni para quien crítica. Basta con hacerlo de una manera que respete la dignidad humana. Ni más, ni menos.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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