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lunes, 7 de diciembre de 2009

Los derechos humanos son para todos

2009-12-06
A tiro de piedra
Los derechos humanos son para todos

El mundo actual se desgañita clamando por los derechos humanos de las naciones y las minorías, hasta extiende derechos a las plantas y los animales, pero permanece impávido ante la persecución y el asesinato de los cristianos.

Casi sin darnos cuenta guardamos silencio ante la masacre que se cobra la vida de miles de cristianos anualmente, en los países donde son perseguidos y asesinados. Sudán, Irak, Yemén, India, Somalia, Argelia, y otros, son parte de esa orgía de sangre que se ensaña contra los cristianos. En algunos casos el genocidio es comparable al ocurrido en los tiempos de Hitler contra los judíos y que, aún 70 años después nos asombra.

Dar muerte a una persona por el solo hecho de ser cristiano, ya es cosa común en algunos de esos países. En la mayoría se les restringe el derecho al trabajo, se les despoja de sus viviendas, se les humilla y maltrata públicamente, a causa de su fe. A esta oleada se suma la cristianofobia en Europa, que busca arrancar todo signo y vínculo histórico que represente al cristianismo, con el apoyo de gobiernos y autoridades que complacen a los seguidores de esa corriente, por acomodo político.

A pocos días de conmemorarse el día de los derechos humanos, yo me pregunto si hay total motivo para celebrarlo. Gobiernos y grupos de individuos que enarbolan la bandera de los derechos humanos son, al mismo tiempo, conculcadores o cómplices de la cristianofobia que se ha desatado en nuestro tiempo. ¿Que la religión es un asunto de recámara? ¡Mentira! El artículo 18 de la Declaración Universal de Derechos Humanos dice claramente: “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de con-ciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia”.

Si lo anterior es realmente así, ¿de dónde habrán sacado que una alumna no puede llevar un crucifijo o un turbante a su escuela? ¿Cómo pueden permanecer los líderes mundiales indiferentes ante la persecución y el asesinato de miles de cristianos cada año? ¿Por qué callan los medios de comunicación tal atrocidad?

Los derechos humanos son para todos los habitantes del mundo, no para unos cuantos bellacos que controlan el poder, especialmente el de la libertad de información y de expresión. Hay un despertar a través de los nuevos medios, y la verdad se conoce cada día más. Después de la persecución y la tribulación viene la redención, lo que sabemos muy bien los cristianos. No necesitamos el poder económico, ni tampoco el poder de una bomba en manos de un suicida; nos basta con nuestra esperanza y nuestra fe. Al final, sin dinero y sin terror, triunfaremos y extenderemos las manos y los brazos a los que hoy nos persiguen, porque nuestra meta es aquella por la que vino Cristo: la reconciliación entre todos los hombres y mujeres y del mundo con Dios.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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Personas con discapacidad

2009-11-29
Editorial
Personas con discapacidad

Dios nos ha creado iguales en dignidad y la ley de los hombres declara que todo ser humano tiene igualdad en derecho, ninguno, pues, es más ni menos que su semejante, ante Dios y ante los hombres. Ninguna persona, por tanto, debe ser traída a menos o ser privilegiada, por condición de sexo, raza, religión, cultura, recurso económico, o posición ideológica o política.

Las personas con discapacidad, sin embargo, luchan denodadamente por el reconocimiento de su dignidad y sus derechos. A pesar que han ganado algunos espacios, todavía queda mucho por hacer, especialmente en el campo de la formación cívica del resto de la sociedad. Más que la actitud de humanidad frente a ellas, se trata de la propia conciencia, que nos mueve a tratar al semejante como nos gustaría que nos trataran a nosotros mismos.

Por eso conmueve tanta indolencia, cuando nuestras vías públicas, instalaciones de centros comerciales, edificios y lugares públicos carecen de los medios adecuados para el desplazamiento y uso de las personas con discapacidad. Duele aún más, cuando algunos, saludables y en pleno goce de su capacidad física, se apropian de los estacionamientos, sanitarios, y otros sitios reservados para las personas con discapacidad.

Al dedicarse el día 3 de diciembre próximo a las personas con discapacidad, urgimos a la sociedad entera a reflexionar acerca de lo que el resto de la población hace con respecto a aquellas. Más que a las personas discapacitadas, es a nosotros mismos a quienes nos servirá interiorizar esta situación, para procurar construir un ambiente solidario y más humano.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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viernes, 6 de febrero de 2009

El daño al inocente

2009-02-08
El Ojo del Profeta
El daño al inocente

El reconocimiento de los derechos humanos es un gran avance para la humanidad, tras siglos de lucha y denuncia en su favor. Lo que proclamaba la enseñanza judeo cristiana desde sus inicios, la cultura política del hombre lo reconoció plenamente después de 20 siglos, con la declaración de las Naciones Unidas.

Sin embargo, en los albores de este siglo XXI, algunas expresiones de reclamo de esos derechos, se olvidan de los derechos ajenos. Tal es el caso de la actual protesta salarial de un grupo de empleados públicos, que conculca el derecho a la salud, y, por ende, a la vida, de decenas de miles de personas que esperan tratamiento y alivio de sus enfermedades.

Ningún reclamo de un derecho puede ser lícito, al menos moralmente, si las acciones para conseguirlo dañan al inocente. Es tiempo de buscar formas novedosas de protestar y reclamar el propio derecho sin conculcar y desconocer el derecho de los demás.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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miércoles, 12 de marzo de 2008

Ética y política

2008-03-09
La Voz del Pastor
Ética y política

Las ciencias sociales suelen considerar que el punto de partida más adecuado para acercarse a lo que es la política es el hecho de que la sociedad no es homogénea. Su heterogeneidad se manifiesta a muchos niveles: existen diferencias raciales y culturales; otras tienen su origen en factores socioeconómicos, y son también dignas de mención las diferencias de mentalidad o ideológicas que expresan en formas distintas de entender el mundo o indiferentes sistemas de valores que pueden tener una connotación religiosa o carecer de ella.

Pues bien, la política consiste en el esfuerzo por encauzar la solución de todos esos conflictos. Más en concreto, lo que se pretende es evitar que los mismos se resuelvan por la fuerza y la violencia: es decir, que en esas luchas sociales, que son inevitables, no termine imponiéndose la ley del más fuerte. La política no aspira, por consiguiente, a negar el conflicto, sino a encauzarlo. A conducirlo a una salida donde impere alguna forma de racionalidad para que no tenga que imponerse simplemente la fuerza.

En concreto, la política podría definirse come el conjunto de actividades encaminada a la creación, modificación o mantenimiento de un orden global de convivencia mediante el uso o la conquista del poder.

La necesidad del poder político ha sido reconocida desde antiguo, porque el ser humano ha vivido bajo la amenaza de sus semejantes. La autoridad del gobernante se convertía en la garantía de paz y seguridad, por eso, la ética política se construía esencialmente en torno a las relaciones de la autoridad y el deber de obediencia hacia ella. Era frecuentemente incluso que se equiparara al gobernante con el padre de familia y se tomara a la familia como modelo de la sociedad.

Pero hoy el tema del poder se enfoca de forma diferente, y este enfoque nuevo es una consecuencia de esa experiencia frecuente en la historia: la facilidad con que el poder político pierde el sentido de su función y se convierte en un poder despótico que abusa de los ciudadanos. De ahí que se plantee la necesidad que tiene el ciudadano de defenderse del poder, defensa que únicamente puede proporcionarla por medio de una efectiva ética política.

Toda institución política tiene una fundamentación ética en la medida en que pretende salvaguardar el valor de garantizar un orden global de convivencia y permita, al mismo tiempo, que el sujeto humano viva en libertad.

Pero también podemos hablar de una ética civil, una ética que es perfectamente coherente con la sociedad democrática, si entendemos ésta no sólo como una forma de organización social. sino como el modelo que mejor responde a las condiciones del pluralismo moderno y a las aspiraciones del hombre de nuestro tiempo. Por eso algunos la consideran como el compendio de las reglas de juego que necesita la sociedad democrática para hacer viable la convivencia y la participación. Dichas reglas pretenden, en primer término, sacar al sujeto de su egoísmo consumista y de su desinterés por lo que afecta a la sociedad como un todo y, en una palabra, hacerlo auténtico ciudadano. Suelen citarse como virtudes características de la ética civil así concebida, la tolerancia. la responsabilidad, los buenos modales, la profesionalidad.

Sin duda, la más acabada formulación de la ética civil es la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Su alcance es verdaderamente universal. Desborda, por tanto, las fronteras nacionales y raciales, y aspira a convertirse en espíritu común de todos los pueblos de la tierra.

Por lo que se refiere a la Iglesia, ¿qué aporta la fe a esta tarea, en qué sentido puede contribuir a enriquecer esta ética sin pretender restringirla de forma exclusiva a nuestros planteamientos de fe? En realidad, esta contribución no ha estado nunca ausente del discurso moral de la Iglesia. En concreto, el magisterio eclesial siempre ha querido que su doctrina moral tuviera una racionalidad que la hiciera aceptable a todo entendimiento humano. Y esto no es más que una exigencia de nuestra fe que no renuncia a ser razonable y por eso quiere mantenerse en diálogo constante con la razón humana. Esto pertenece a lo más íntimo de la tradición teológica cristiana.

Toda la doctrina social de la Iglesia, sin ir más lejos, ha tenido desde el principio una preocupación evidente por fundamentar sus grandes afirmaciones, no precisamente a partir de principios cristianos, sino de la ley natural. Pensemos, por ejemplo, en la doctrina de la propiedad privada, una caso paradigmático por la importancia que tiene, sobre todo en toda la primera etapa de la Doctrina Social: es llamativo el esfuerzo que hace León XIII en la carta encíclica Rerum Novarum (1891) por mostrar cómo el derecho a la propiedad privada deriva de la naturaleza especifica del hombre.

En definitiva, "La Iglesia cumple su misión de anunciar el Evangelio, enseña al hombre, en nombre de Cristo, su dignidad propia y su vocación a la comunión de las personas, y le descubre las exigencias de la justicia y de la paz, conformes a la sabiduría divina".

Mons. Carlos María Ariz
Obisp Emérito de la Diócesis de Colón -- Kuna Yala

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lunes, 3 de diciembre de 2007

Diciembre

2007-12-02
Editorial
Diciembre

Empieza el mes de diciembre, último del año, en el que importantes fiestas o celebraciones nos enmarcan en la dimensión de nuestra humanidad. Es el calendario en que la Iglesia celebra la natividad de Cristo Jesús y la Inmaculada Concepción de la Virgen María; es el mes en que el país rinde tributo a la figura de la madre, y el mundo hace memoria de la Declaración de los Derechos Humanos.

Dentro de esa dimensión humana, en donde criatura y Creador se encuentran, y en donde lo individual se junta con lo familiar y la universalidad del ser humano, nos vemos compelidos a reflexionar sobre nuestra existencia. Nuestra existencia como seres dotados de cuerpo y espíritu; como seres que tenemos alma y conciencia; y como individuos y miembros de una sociedad comunitaria, nacional y planetaria.

Si diciembre con sus fiestas y memorias nos mueve a estar más abiertos hacia el prójimo, a expresar el amor que sentimos por los demás, y a deponer actitudes de gesto amenazante y violencia, ¿por qué no han de movernos perennemente nuestro espíritu y nuestra conciencia? ¿por qué no hemos de procurar practicar la conversión de día a día? Ese porqué es el que debemos respondernos en nuestra vida individual y nuestra vida colectiva, para construir un mundo mejor.

Dios está presente en medio de nosotros. Dios vino a visitar a su pueblo en el Verbo Encarnado, Cristo Jesús. Dios está allí, esperando que, en nuestro libre albedrío, demos el paso hacia él para que nos ayude a amar al prójimo como a nosotros mismos, a vivir en paz, pero, sobre todo, a hacer su voluntad que es amarlo a El y creer en Aquel que nos ha enviado: su hijo amado, Cristo Enmanuel.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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viernes, 28 de septiembre de 2007

Cárceles

2007-09-23
Editorial
Cárceles

La cárcel es un sitio donde se purga condena o se encierra al detenido que, por el delito imputado, necesita estar recluido en prisión. Es un lugar privado de la comodidad y la libertad de las que se goza en la vida cotidiana.

El hecho de estar encarcelado quita a la persona su libertad, no su humanidad; le priva del ejercicio de sus derechos ciudadanos, pero no le disminuye en su dignidad. Por tanto, el recinto carcelario debe garantizar, además del encierro para cumplir la condena o evitar la fuga, el trato digno al privado de libertad, tanto en las condiciones físicas e higiénicas del lugar de reclusión, como en la atención espiritual, mental y corporal del recluso.

Nuestro sistema penitenciario, según la Constitución y las Leyes de la República, está dirigido a la rehabilitación del reo y a su reinserción en la sociedad. Mantener condiciones y permitir situaciones que atentan contra esos principios es desdecirnos como estado y sociedad, y, en el caso los funcionarios y de las autoridades penitenciarias, es faltar a su misión y su deber como servidores públicos.

Panamá necesita humanizar sus cárceles, para hacer valer su condición de país civilizado. Debe preocuparse por hacer de los centros penitenciarios un sitio de alojamiento digno para el detenido y el reo, sin que ello implique exagerar en el concepto de habitabilidad y facilidad de servicios, ni para el regenta ni para quien crítica. Basta con hacerlo de una manera que respete la dignidad humana. Ni más, ni menos.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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