lunes, 31 de marzo de 2008

Mensaje de Benedicto XVI: Pascua 2008

2008-03-30
La Voz del Pastor
Mensaje de Benedicto XVI: Pascua 2008

Mensaje de Pascua que pronunció Benedicto XVI a mediodía del domingo de Resurrección, 23 de Marzo de 2008, en la plaza de San Pedro
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«He resucitado, estoy siempre contigo».


Resurrexi, et adhuc tecum sum. Alleluia! He resucitado, estoy siempre contigo. ¡Aleluya! Queridos hermanos y hermanas, Jesús, crucificado y resucitado, nos repite hoy este anuncio gozoso: es el anuncio pascual. Acojámoslo con íntimo asombro y gratitud.

"Resurrexi et adhuc tecum sum". "He resucitado y aún y siempre estoy contigo". Estas palabras, entresacadas de una antigua versión del Salmo 138 (v.18b), resuenan al comienzo de la Santa Misa de hoy. En ellas, al surgir el sol de la Pascua, la Iglesia reconoce la voz misma de Jesús que, resucitando de la muerte, colmado de felicidad y amor, se dirige al Padre y exclama: Padre mío, ¡heme aquí! He resucitado, todavía estoy contigo y lo estaré siempre; tu Espíritu no me ha abandonado nunca. Así también podemos comprender de modo nuevo otras expresiones del Salmo: "Si escalo al cielo, allí estás tú, si me acuesto en el abismo, allí te encuentro... Porque ni la tiniebla es oscura para ti, la noche es clara como el día; para ti las tinieblas son como luz" (Sal 138, 8.12). Es verdad: en la solemne vigilia de Pascua las tinieblas se convierten en luz, la noche cede el paso al día que no conoce ocaso. La muerte y resurrección del Verbo de Dios encarnado es un acontecimiento de amor insuperable, es la victoria del Amor que nos ha liberado de la esclavitud del pecado y de la muerte. Ha cambiado el curso de la historia, infundiendo un indeleble y renovado sentido y valor a la vida del hombre.

"He resucitado y estoy aún y siempre contigo". Estas palabras nos invitan a contemplar a Cristo resucitado, haciendo resonar en nuestro corazón su voz. Con su sacrificio redentor Jesús de Nazaret nos ha hecho hijos adoptivos de Dios, de modo que ahora podemos introducirnos también nosotros en el diálogo misterioso entre Él y el Padre. Viene a la mente lo que un día dijo a sus oyentes: "Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar" (Mt 11,27). En esta perspectiva, advertimos que la afirmación dirigida hoy por Jesús resucitado al Padre, - "Estoy aún y siempre contigo" - nos concierne también a nosotros, que somos hijos de Dios y coherederos con Cristo, si realmente participamos en sus sufrimientos para participar en su gloria (cf. Rm 8,17). Gracias a la muerte y resurrección de Cristo, también nosotros resucitamos hoy a la vida nueva, y uniendo nuestra voz a la suya proclamamos nuestro deseo de permanecer para siempre con Dios, nuestro Padre infinitamente bueno y misericordioso.

Entramos así en la profundidad del misterio pascual. El acontecimiento sorprendente de la resurrección de Jesús es esencialmente un acontecimiento de amor: amor del Padre que entrega al Hijo para la salvación del mundo; amor del Hijo que se abandona en la voluntad del Padre por todos nosotros; amor del Espíritu que resucita a Jesús de entre los muertos con su cuerpo transfigurado. Y todavía más: amor del Padre que "vuelve a abrazar" al Hijo envolviéndolo en su gloria; amor del Hijo que con la fuerza del Espíritu vuelve al Padre revestido de nuestra humanidad transfigurada. Esta solemnidad, que nos hace revivir la experiencia absoluta y única de la resurrección de Jesús, es un llamamiento a convertirnos al Amor; una invitación a vivir rechazando el odio y el egoísmo y a seguir dócilmente las huellas del Cordero inmolado por nuestra salvación, a imitar al Redentor "manso y humilde de corazón", que es descanso para nuestras almas (cf. Mt 11,29).

Hermanas y hermanos cristianos de todos los rincones del mundo, hombres y mujeres de espíritu sinceramente abierto a la verdad: que nadie cierre el corazón a la omnipotencia de este amor redentor. Jesucristo ha muerto y resucitado por todos: ¡Él es nuestra esperanza! Esperanza verdadera para cada ser humano. Hoy, como hizo en Galilea con sus discípulos antes de volver al Padre, Jesús resucitado nos envía también a todas partes como testigos de su esperanza y nos garantiza: Yo estoy siempre con vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo (cf. Mt 28,20). Fijando la mirada del alma en las llagas gloriosas de su cuerpo transfigurado, podemos entender el sentido y el valor del sufrimiento, podemos aliviar las múltiples heridas que siguen ensangrentando a la humanidad, también en nuestros días. En sus llagas gloriosas reconocemos los signos indelebles de la misericordia infinita del Dios del que habla al profeta: Él es quien cura las heridas de los corazones desgarrados, quien defiende a los débiles y proclama la libertad a los esclavos, quien consuela a todos los afligidos y ofrece su aceite de alegría en lugar del vestido de luto, un canto de alabanza en lugar de un corazón triste (cf. Is 61,1.2.3). Si nos acercamos a Él con humilde confianza, encontraremos en su mirada la respuesta al anhelo más profundo de nuestro corazón: conocer a Dios y entablar con Él una relación vital en una auténtica comunión de amor, que colme de su mismo amor nuestra existencia y nuestras relaciones interpersonales y sociales. Para esto la humanidad necesita a Cristo: en Él, nuestra esperanza, "fuimos salvados" (cf. Rm 8,24).

Cuántas veces las relaciones entre personas, grupos y pueblos, están marcadas por el egoísmo, la injusticia, el odio, la violencia, en vez de estarlo por el amor. Son las llagas de la humanidad, abiertas y dolientes en todos los rincones del planeta, aunque a veces ignoradas e intencionadamente escondidas; llagas que desgarran el alma y el cuerpo de innumerables hermanos y hermanas nuestros. Éstas esperan obtener alivio y ser curadas por las llagas gloriosas del Señor resucitado (cf. 1 P 2, 24-25) y por la solidaridad de cuantos, siguiendo sus huellas y en su nombre, realizan gestos de amor, se comprometen activamente en favor de la justicia y difunden en su alrededor signos luminosos de esperanza en los lugares ensangrentados por los conflictos y dondequiera que la dignidad de la persona humana continúe siendo denigrada y vulnerada. El anhelo es que precisamente allí se multipliquen los testimonios de benignidad y de perdón.

Queridos hermanos y hermanas, dejémonos iluminar por la luz deslumbrante de este Día solemne; abrámonos con sincera confianza a Cristo resucitado, para que la fuerza renovadora del Misterio pascual se manifieste en cada uno de nosotros, en nuestras familias y nuestros Países. Se manifieste en todas las partes del mundo. No podemos dejar de pensar en este momento, de modo particular, en algunas regiones africanas, como Dafur y Somalia, en el martirizado Oriente Medio, especialmente en Tierra Santa, en Irak, en Líbano y, finalmente, en Tibet, regiones para las cuales aliento la búsqueda de soluciones que salvaguarden el bien y la paz. Invoquemos la plenitud de los dones pascuales por intercesión de María que, tras haber compartido los sufrimientos de la Pasión y crucifixión de su Hijo inocente, ha experimentado también la alegría inefable de su resurrección. Que, al estar asociada a la gloria de Cristo, sea Ella quien nos proteja y nos guíe por el camino de la solidaridad fraterna y de la paz. Éstos son mis anhelos pascuales, que transmito a los que estáis aquí presentes y a los hombres y mujeres de cada nación y continente unidos con nosotros a través de la radio y de la televisión.

¡Feliz Pascua!

Santo Padre Benedicto XVI
Obispo de Roma

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No por mucho hablar se dice más

2008-03-30
A tiro de piedra
No por mucho hablar se dice más

Hay por ahí un infectólogo metido a juzgador del catolicismo que, en ese afán, a menudo yerra y mete la pata cuando pretende sentar cátedra sobre cuestiones religiosas. Más que a la falta de dominio del tema, sus equivocaciones se deben a que no tiene ni la intención ni la voluntad de criticar el cristianismo estudiando la religión misma, sino basándose en otros que denigran la fe y la creencia en Dios.

Recuerdo que en la escuela nos decían que el método científico tenía, al menos, que cumplir con los pasos siguientes: observación, análisis, hipótesis, experimentación y conclusión o resultado final. Si al menos utilizara este método en su crítica, podríamos apreciar sus puntos de vista.

Vuelvo al infectólogo, que suele hablar mucho y decir poco. Vende la imagen de científico, con la que pretende dictar cátedra en otros campos; sin embargo, sus escritos sobre fe y religión no llegan siquiera al nivel de un análisis objetivo que busca la verdad. Sus planteamientos y argumentos denotan, tanto implícita como explícitamente, su animadversión hacia la religión y su desprecio hacia los creyentes y practicantes de alguna fe. Su rechazo hacia la religión y la fe es tan grande, que ubica como estúpidos e ignorantes a los creyentes. ¡Qué dichoso este hombre! De los mil millones de católicos en el mundo, de un número similar de musulmanes y de otros millones de cristianos ortodoxos y protestantes y profesantes de otros credos, no existe entre ellos un individuo más inteligente que él. Al menos eso es lo que deja ver en sus acostumbrados artículos.

Que no le guste la religión, eso lo entiendo; que pretenda estar por encima en inteligencia y entendimiento de miles de millones de personas creyentes en el mundo, eso no. Ojalá y nos explicara, científicamente, cómo es que él ha llegado a la conclusión de que es un ser superior. Hasta sus admiradores apreciarían esa explicación.

Preguntarse sobre la existencia de Dios es normal. Sentir duda en algún momento de la vida, también. Pero obsesionarse con demostrar que no existe, con base en palabrería hueca, no lo es. Si alguna vez el infectólogo de marras quisiera tener la experiencia de discutir sobre ciencia y fe con otros científicos, puede contactar a la Pontificia Academia de Ciencias de la Santa Sede, de la que forman parte hombres de ciencia creyentes y no creyentes, pero con el propósito común de encontrar la verdad. Allí, en un ambiente eminentemente científico, podrá demostrar su conocimiento del tema o, quizá, aprender algo útil sobre ciencia y fe.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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El hombre y el pecado

2008-03-30
Editorial
El hombre y el pecado

Hace poco las agencias de noticias difundieron las declaraciones de un obispo católico europeo, que se interpretaron de manera errónea y le atribuyeron una lista de supuestos "nuevos pecados" que conmocionaron a muchas sociedades en el planeta.

Ya se aclaró que no existen tales "nuevos pecados", sino que son la expresión contemporánea de los pecados que desde antiguo corrompen al hombre; los mismos pecados por los que Cristo murió para redimirnos y liberarnos de la esclavitud que le imponen al ser humano.

El hombre y el pecado coexisten en el mundo, y en esa coexistencia se plantea una lucha que tiene como escenario la conciencia del hombre. El mundo busca atraer al hombre por medio de sus debilidades; el hombre busca zafarse a través de la moral y, en el caso de los creyentes, por la práctica de la fe y la enseñanza religiosa.

Los pecados que dañan al hombre son los mismos ayer y hoy, pero no lo serán mañana si hacemos la voluntad de Dios, que es amarlo a él, creer en su Enviado y amar al prójimo como a nosotros mismos. Todo lo que atenta contra esto es pecado, y el pecado nos lleva a la muerte y a la perdición, tanto en la vida terrena como más allá de ella.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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El Gozo Pascual

2008-03-30
El Ojo del Profeta
El Gozo Pascual

Transcurrida una semana de la celebración de la Vigilia Pascual, muchos son los que han vuelto a su rutina. Para ellos, todo ha terminado, porque, como los peregrinos de Emaús, esperan por algo más que el testimonio de aquellos que se han encontrado al Señor.

Hoy recibimos el anuncio de la Resurrección de Jesucristo, que nos viene desde los discípulos que vieron al Señor Resucitado en el camino, al partir el pan; al atravesar las puertas de la casa en la que estaban escondidos; y a la orilla del lago de Galilea.

Dependemos de aquel testimonio y del de aquellos que han sentido a Cristo actuar en sus vidas. Dichosos los que han creído sin haber visto y que no pretenden, como Tomás, meter el dedo en las llagas o la mano en el costado, para tener fe. La Pascua apenas empieza y de nuestra creencia depende si continuamos experimentando el gozo pascual de la Resurrección.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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miércoles, 26 de marzo de 2008

La "Resurrección" de Cristo es nuestra victoria

2008-03-23
La Voz del Pastor
La "Resurrección" de Cristo es nuestra victoria

En la medida en que nos hemos compenetrado con los sufrimientos, la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo durante la celebración de esta Semana Mayor, podremos comprender mejor en la fe el valor y el significado de este acontecimiento único e inédito hasta ese día primero de la semana, la Resurrección de Jesús.

Con el salmo 117 debemos decir o mejor dicho gritar “éste es el día que ha hecho el Señor”... La obra creadora que salió del corazón amoroso de Dios y de su infinita sabiduría y que fue estropeada por la soberbia del maligno inoculada en el ser humano, ha sido ya restaurada. El hombre creado a imagen y semejanza de Dios, en justicia y santidad, pero que fue engañado y convertido en esclavo por la desobediencia, ha sido liberado por la obediencia, los sufrimientos y la muerte de Jesucristo. Con la resurrección nuestro Salvador ha hecho añicos las cadenas con que Satanás nos tenía atados y destinados al fuego eterno.

La misma creación que gime con dolores de parto porque fue herida por la desobediencia de aquel a quien Dios encomendó su dominio, también ha sido dignificada. Los derechos del Dios santo y eterno que fueron pisoteados por el pecado han sido reivindicados. El hijo de Dios que tomó nuestra carne ha hecho justicia. El ha pagado por nuestros pecados. El fruto de nuestra desobediencia, es decir la muerte, ha sido vencida, la herencia perdida, es decir la vida ha sido restaurada, con Jesucristo que sufre y muere por amor ha triunfado la vida. “Donde está muerte tu aguijón? Donde está muerte tu victoria?”.

La resurrección de Cristo es el punto culminante de la historia de nuestra salvación. Con este acontecimiento adquieren su sentido genuino todas las profecías del Antiguo Testamento.

Toda la historia llena de gloria y de dolor a la vez del antiguo pueblo de Israel tiene su feliz desenlace con el triunfo de Jesús. Con sus dolores vence al maligno, vence el pecado, vence la muerte y vence el infierno. Tenemos que dar infinitas gracias a Dios porque este acontecimiento, el más importante y glorioso de todos los siglos, es el triunfo de la humanidad. Ya no seremos más esclavos sino hijos y hemos sido sentados con Jesucristo a la derecha del Padre.

Todos nuestros temores, sobre todo al que consideramos el máximo de los males, la muerte, tienen que desaparecer. La existencia humana, aunque ésta se desarrolle en el marco de nuestras miseria y tentaciones, aun siendo peregrinos, adquiere una nueva dimensión, es decir, la vida, la nueva vida que nos da Cristo para disfrutarla por toda la eternidad. Para eso hemos sido creados, para la vida y para la felicidad en el sentido más pleno de la palabra.

Al celebrar este acontecimiento renovemos nuestro bautismo, nuestra fe en el Cristo vivo y victorioso a tenor de la enseñanza del Apóstol Pablo en su carta a los Romanos: “por el bautismo fuimos sepultados con Cristo y morimos para ser resucitados y vivir una vida nueva, así como Cristo fue resucitado por el glorioso poder del Padre “(Rom. 6, 4). “Si nos hemos unido a Cristo en una muerte como la suya, también nos uniremos a él en su resurrección (Rom. 6,5).

Mons. José Dimas Cedeño Delgado
Arzobispo Metropolitano de Panamá

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Lo más importante

2008-03-23
A tiro de piedra
Lo más importante

La religiosidad y la devoción de nuestro pueblo cristiano aún es notoria, cuando de las celebraciones religiosas se trata. Jueves y Viernes Santo convocan a miles de personas a los templos, para rendir tributo y ofrecer alguna manda por los favores recibidos por Dios o para obtener alguna gracia divina.

Mucho se critica de esa actitud popular, porque se considera una fe inmadura o vacía de formación y práctica cristiana más comprometida. Sin embargo, cuando veo la multitud que se acerca con devoción a los altares, pienso en el funcionario de la reina Candace de Etiopía, que recitaba las escrituras sin entenderlas, hasta que Felipe se le acercó y se las explicó. Así me lucen estos hermanos y hermanas que suben a los templos y que parecen como ovejas sin pastor. Más que criticarlos, deberíamos esforzarnos por evangelizarlos más profundamente.

Es fundamental que les hagamos saber lo más importante en la celebración de los días santos, como anticipo de la fiesta pascual. Cristo Resucitado es el centro y el motivo de toda esta alegría y conmemoración. Nuestra misión ante aquel gentío es proclamar la Resurrección de Jesucristo como Buena Nueva. ¡Ay de nosotros! si no evangelizamos y si los dejamos marchar con el incienso o el artículo que compran a los mercaderes que están a las puertas de nuestros templos, quienes, por cierto, también necesitan del anuncio de la Buena Noticia.

Cada parroquia puede aprovechar la ocasión para instruir a sus colaboradores más cercanos en el oficio de recibir y guiar a los visitantes, explicándoles cómo orar, qué hacer ante el Santísimo cuando está expuesto, el sentido de la Hora Santa o la liturgia que se esté celebrando, el porqué de la Vigilia Pascual y la importancia de asistir a la Misa de Resurrección el domingo.

Otro tiempo que podemos aprovechar es el de los domingos de Pascua, con reuniones de catequesis y cursos bíblicos que abarquen ese tiempo y que estén dirigidos a quienes tengan esa experiencia por primera vez. Hasta podría dictarse un tema por cada domingo agrupando a niños, jóvenes, hombres, mujeres, ancianos y matrimonios; de esta manera sería una sola jornada de sábado en la mañana o la tarde, según convenga, y se culminaría con la Eucaristía dominical y un ágape al final de la misa. Todas son ideas que alguna persona osada puede realizar en su parroquia.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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¡Resucitó!

2008-03-23
Editorial
¡Resucitó!

Cristo ha resucitado y con él también hemos resucitado nosotros para la Vida Eterna. En su Pasión, Muerte y Resurrección gloriosa nos ha redimido y nos ha dado la salvación. Cristo ha pagado, con su sacrificio y con su sangre, el precio de nuestra liberación.

La memoria que hacemos en estos días de su entrega en la cruz, no significa que Cristo vuelve a morir; Cristo ya no muere más, porque resucitó definitivamente. Lo que hacemos es recordar todos esos acontecimientos, como parte de nuestra profesión de fe y como mandamiento de celebrar estos misterios hasta su segunda venida en la gloria de Dios Padre.

Nuestra celebración en estos días es el anticipo para la Pascua de Resurrección, que festejamos con regocijo este domingo. Más que tristeza, la Pasión y Muerte de Jesucristo la vivimos en la meditación, la oración profunda y en las obras de misericordia que se incrementan en esta época. La austeridad, la abstinencia y el ayuno de alimento y de goce terrenal nos ayudan en nuestra purificación, nuestra conversión y en hacernos uno con el prójimo necesitado.

¡Resucitó! Es la única verdad que debe acompañarnos hoy. Jesucristo nos libró de la muerte; la venció y aniquiló al amo de este mundo. Con Cristo y en Cristo vencemos y con él renacemos y nos dejamos transformar día a día por las manos amorosas del Padre en la imagen de su Hijo amado.

¡Feliz Pascua!

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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