2009-05-24
Editorial
Prominencia noticiosa
El avance de la tecnología de las comunicaciones ha transformado la manera de informarnos y comunicarnos, a tal punto que, desde hace más de una década, el proceso de comunicación se ha impuesto sobre la información tradicional. Ahora, más que nunca, el público responde y participa casi a la par que recibe la difusión de los hechos.
La transformación es tan profunda, que el lenguaje de la comunicación impone, con mayor fuerza, ideas, modelos y formas de conducta. La responsabilidad ética de los medios, por tanto, constituye, hoy por hoy, uno de los elementos esenciales en el manejo de la información y la exposición de los acontecimientos. El medio, además del mensaje, pasa a ser la cultura misma.
Por todo eso, la prensa y los medios de comunicación deben replantearse el método, el contenido, y la forma de comunicar. Hace menos de una semana, por ejemplo, Panamá vivió dos acontecimientos prominentes: el encuentro de la selección nacional de fútbol con la de Argentina, y el aislamiento del virus de la influenza A (H1N1). Sin embargo, fue el deporte el que mereció la primera plana.
Al celebrar este domingo la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, bien vale reflexionar sobre las ideas que aquí planteamos. Cómo, cuándo y por qué decidir la prominencia de la noticia, de acuerdo a lo que edifica, instruye e influye en el público de manera permanente. Este es el desafío. ¿Sabremos afrontarlo?
Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.orgIr a Panorama Católico Edición Digital
2009-05-24
El Ojo del Profeta
Integración humana
Aunque en lo humano somos iguales en derechos y dignidad, las barreras culturales, sociales y físicas imponen diferencias, que crean un ambiente de diversidad entre la población del planeta. La forma en que se asuma esa diversidad, y se acorten las distancias impuestas por aquellos obstáculos, es determinante para la integración de todas las personas en el desenvolvimiento cotidiano de la sociedad.
El encuentro latinoamericano de indígenas con discapacidad visual es una muestra de ello. La población indígena, que sufre la marginación social y cultural, en carne viva, ya de por sí está en desventaja. Si a ello le sumamos la discapacidad física, como el caso de los no videntes, nos da el resultado de un empeoramiento grave. Sin embargo, el crecimiento espiritual y la solidaridad humana de las personas, pueden derribar esas barreras y construir una sociedad más integrada. Es en este campo que se ha de trabajar con tesón, aunque la corriente actual del mundo sea destruir la fe.
Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
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2009-05-17
Ventana Pontificia
Un reconocimiento de los sufrimientos de los cristianos de Tierra Santa
Publicamos la homilía que pronunció Benedicto XVI en la tarde del martes 12 de mayo, al celebrar la misa en el Valle de Josafat junto a unos seis mil fieles. Era la primera vez que un Papa celebraba la Eucaristía al aire libre en la Ciudad Santa.
Queridos hermanos y hermanas en el Señor:
"Cristo ha resucitado, aleluya". Con estas palabras os saludo con gran afecto. Doy las gracias al patriarca Fouad Twal por sus palabras de bienvenida en vuestro nombre, y ante todo, expreso también mi alegría al estar aquí para celebrar esta Eucaristía con vosotros, Iglesia en Jerusalén. Nos hemos reunido aquí bajo el Monte de los Olivos, donde nuestro Señor rezó y sufrió, donde lloró por amor a esta ciudad y a la que deseó que pudiera conocer "el camino de la paz" (Cf. Lucas 19, 42), y donde él regresó al Padre, dando su última bendición terrena a sus discípulos y a nosotros. Acojamos hoy esta bendición. Él os la imparte de manera especial a vosotros, queridos hermanos y hermanas, que estáis unidos en una ininterrumpida línea con los primeros discípulos que encontraron al Señor Resucitado al partir el pan, que experimentaron la efusión del Espíritu Santo en el Cenáculo, que fueron convertidos por la predicación de San Pedro y de los demás apóstoles. Saludo también a todos los presentes, y de manera especial a los fieles de la Tierra Santa que por varias razones no han podido estar aquí con nosotros.
Como sucesor de san Pedro, he recorrido sus pasos para proclamar al Señor resucitado entre vosotros, para confirmaros en la fe de vuestros padres e invocar sobre vosotros el consuelo que es el don del Paráclito. Al estar ante vosotros hoy, deseo reconocer las dificultades, la frustración, la pena y el sufrimiento que tantos de vosotros han soportado como consecuencia de los conflictos que han afligido a estas tierras, así como las amargas experiencias de desplazamientos que muchas de sus familias han conocido y --Dios no lo permita-- pueden aún conocer. Deseo que mi presencia aquí sea un signo de que no sois olvidados, de que vuestra perseverante presencia y testimonio son preciosos a los ojos de Dios y son un elemento de futuro para estas tierras. A causa de vuestras profundas raíces en estos lugares, de vuestra antigua y fuerte cultura cristiana y de vuestra perdurable confianza en las promesas de Dios, vosotros, cristianos de Tierra Santa, estáis llamados a ser no sólo un faro de fe para la iglesia universal, sino también levadura de armonía, sabiduría y equilibrio en la vida de una sociedad que tradicionalmente ha sido, y sigue siendo, pluralista, multiétnica y multirreligiosa.
Jerusalén en realidad ha sido siempre una ciudad en la cual resuenan lenguas diversas, cuyas piedras son pisadas por pueblos de toda raza y lengua, cuyos muros son símbolo del cuidado providente de Dios para toda la familia humana. Como un microcosmos de nuestro mundo globalizado, esta ciudad, debe vivir su vocación universal, debe ser un lugar que enseñe la universalidad, el respeto por los demás, el diálogo y la mutua comprensión; un lugar donde el prejuicio, la ignorancia y el miedo que la alimenta, sean superados por la honestidad, la integridad y la búsqueda de la paz. No debería haber lugar entre estos muros para la mezquindad, la discriminación, la violencia y la injusticia. Los creyentes en un Dios de misericordia --ya sea que se identifiquen como judíos, cristianos o musulmanes--, deben ser los primeros en promover esta cultura de la reconciliación y de la paz, por más lento que sea el proceso y más agobiante el peso de los recuerdos pasados.
Quisiera aquí referirme directamente a la trágica realidad --que no puede nunca dejar de ser fuente de preocupaciones para todos aquellos que aman esta ciudad y esta tierra-- de la partida en los tiempos recientes de numerosos miembros de la comunidad cristiana. Si bien hay razones comprensibles que llevan a muchos, especialmente jóvenes, a emigrar, esta decisión trae consigo como consecuencia un gran empobrecimiento cultural y espiritual de la ciudad. Deseo hoy repetir lo que he dicho en otras ocasiones: ¡en Tierra Santa hay lugar para todos! Mientras exhorto a las autoridades a respetar y apoyar aquí la presencia cristiana, deseo al mismo tiempo asegurarles la solidaridad, el amor y el apoyo de toda la Iglesia y de la Santa Sede.
En la iglesia del Santo Sepulcro, los peregrinos de cada siglo han venerado la piedra que, según la tradición, estaba ante la entrada de la tumba en la mañana de la resurrección de Cristo. Volvamos frecuentemente a esta tumba vacía. Reafirmemos allí nuestra fe en la victoria de la vida, y recemos para que toda "piedra pesada", colocada en la puerta de nuestros corazones bloqueando así nuestra completa sumisión al Señor en la fe, la esperanza y el amor, quede destrozada por la fuerza de la luz y de la vida, que resplandeció desde Jerusalén hasta todo el mundo en la mañana de Pascua. ¡Cristo ha resucitado, aleluya! ¡Verdaderamente ha resucitado! ¡Aleluya!
S. S. Benedicto XVI
Obispo de Roma
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2009-05-17
A tiro de piedra
El celibato sacerdotal
Una vez más el tema es traído al debate público, y atacado con fuerza por algunos que no comprenden el compromiso, el alcance y el sentido de este requisito de la Iglesia Católica para sus ministros. No es un asunto de sexualidad, sino de fe. Allí está el error de quienes lo atacan.
A lo largo de dos milenios la Iglesia ha sido atacada por quienes no comparten la fe cristiana. Reyes, emperadores, autoridades religiosas de otros credos, poderosos de todo tipo, personas particulares. De todas partes ha venido ese ataque, que persiste hasta hoy. El modo de vivir de los cristianos, aunque es abierto, produce en otros la animadversión y el odio, por el simple hecho de contrariar la mentalidad y la manera de vivir del mundo.
La Iglesia está a favor de la unión del hombre y la mujer, bajo la fidelidad y la castidad de la vida conyugal. Un hombre para una mujer; una sola mujer para un hombre. Ambos tienen la responsabilidad de amarse mutuamente, formar familia, y cuidar y educar responsablemente a los hijos que Dios les dé. Sin embargo, para el sacerdote, la renuncia a la unión conyugal y a los bienes del mundo, es un compromiso que nace de la libre elección que, por la vocación, le conduce a abandonar todo aquello, para vivir, plenamente, el amor a Dios y al prójimo, sin ataduras ni afectos que se lo impidan.
Por eso, la vida célibe del sacerdote es imposible de comprender si se piensa fuera de la donación amorosa del hombre que decide, a semejanza de Jesús, renunciar a todo lo que un varón ansía como parte de su naturaleza carnal. No es pues una cuestión biológica o emocional, sino espiritual. Es fe; no sexualidad.
Lejos está la Iglesia de negar la naturaleza del hombre, de actuar con incomprensión hacia él, y de imponer un voto de celibato a quien no lo quiera sinceramente. Largos años pasa el aspirante al sacerdocio, para discernir sobre ése y otros compromisos inherentes al ministerio sacerdotal. No es algo que se produce a la ligera, ni que encadena o subyuga en contra de la voluntad de quien elige el sacerdocio. Pero, eso sí, hay reglas y procedimientos para dispensar del celibato a quien, con válida razón, pruebe que le resulta imposible seguir guardándolo.
Muchos son los sacerdotes que han recibido la dispensa del celibato, sin renegar de la fe o declararse en rebeldía contra la Iglesia. Se han sometido a las leyes de la Iglesia, para tal efecto; han esperado el tiempo necesario para recibirla; y continúan siendo fieles a la Iglesia viviendo en comunión con ella. Por el contrario, quienes optan por el camino fácil o rápido de irse al hecho, por el impulso y la emoción, sufren las consecuencias de tan insensato y apresurado acto. Es un camino ancho, comparado con el otro, que lleva a la perdición y al innecesario sufrimiento que bien puede evitarse, si el afectado se somete a lo que manda la Santa Madre Iglesia que, en su magisterio, sólo busca el bien de sus hijos.
Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
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2009-05-17
Editorial
Reciclaje
El uso racional de los recursos del planeta implica un cambio de conducta por parte de los seres humanos. Desde las instituciones sociales, tales como: gobiernos, escuelas, gremios y asociaciones, hasta los propios individuos, existe responsabilidad en hacer uso racional de los recursos, sin desperdiciar ni acaparar, intencionadamente, lo que por derecho natural le pertenece a todo el conglomerado humano.
La reutilización de materiales y productos forma parte de una cultura nueva, que cada día cobra mayor vigencia. Aunque antiguo, el reciclaje constituye, en la actualidad, un acto sublime que se convierte en expresión de la búsqueda del ser humano de un mundo más comprometido y respetuoso con el ambiente y la ecología.
Toneladas de basura y desperdicios se producen en el orbe a diario, ensuciando y contaminando los ríos, la tierra, la atmósfera y los océanos. Es un mal que atenta contra la vida del planeta, incluyendo a nuestra especie, provocando daños que en no pocas ocasiones son irreparables. Tanta destrucción y flagelación resultan impropias del ser, que a semejanza de Dios, fue creado para dominar y amar la creación.
Al celebrar este domingo el Día Internacional del Reciclaje, queremos exhortar a todas las personas de buena voluntad, a despertar sus conciencias frente a este tema, para que, desde el cambio de conducta personal, coadyuvemos en la transformación de la mentalidad dispendiosa e indolente que prima en la actualidad al respecto.
Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
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2009-05-17
El Ojo del Profeta
Responsabilidad de todos
Desde antiguo las plagas han golpeado a la humanidad, al extremo que algunas de ellas resultan en acontecimientos graves para poblaciones enteras. Pandemias como la viruela, el cólera y la influenza se cuentan, a lo largo de la historia, entre las más letales por su rápida propagación. Con la influenza porcina, que nos azota en la actualidad, se ponen a prueba el civismo y la solidaridad humana de cada uno de los panameños.
Es altamente necesario seguir las instrucciones de las autoridades de salud, incrementar las medidas de higiene en nuestro entorno cercano, y evitar el contagio, principalmente de la persona enferma a la sana. Esa es nuestra responsabilidad como hombres y mujeres responsables. Sería una falta grave si por desidia, o por indolencia, dejáramos de hacer lo que está a nuestro alcance, para evitar una mayor propagación de la influenza porcina que nos afecta.
Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
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2009-05-10
La Voz del Pastor
Hacia una sociedad reconciliada en la justicia y el amor
Hemos vivido, a lo largo de casi dos años, momentos de entusiasmo, emociones, diferencias y choques políticos que han deteriorado el tejido social de nuestro pueblo ante el afán de conquistar el poder.
Hemos marginado el profundo sentido de pueblo y comunidad que nos une a todos los panameños, para entrar en el terreno quebradizo de peleas partidistas que han roto muchas alianzas de amistad, de compromisos sociales y laborales e incluso de relaciones y nexos familiares.
Y lo más funesto de esta lucha política en la promoción de los candidatos de los respectivos partidos, ha sido el triste resultado de conocer a esos candidatos no precisamente por sus virtudes sino por sus defectos, fruto de la propaganda negativa e insistente de que han sido víctimas de sus mutuos adversarios.
Hoy, concluidas las elecciones, están a nuestro servicio las principales autoridades que van a regir los destinos de la Patria durante los próximos cinco años. Por lo mismo urge, ante todo, una profunda y sincera reconciliación de todos los panameños en la justicia y el amor a fin de restaurar las relaciones de convivencia y armonía profundamente deterioradas durante esa larga campaña electoral.
Ahora bien, una sociedad bien ordenada y fecunda requiere gobernantes investidos de legítima autoridad, que defiendan las instituciones y consagren, en la medida suficiente, su actividad y sus desvelos al provecho común del país.
Por su parte, toda comunidad necesita una autoridad que la rija. Esta tiene su fundamento en la naturaleza humana. Es necesaria para la unidad de la sociedad. Su misión consiste en asegurar en cuanto sea posible el bien común de la sociedad.
Finalmente, el deber de obediencia impone a todos la obligación de dar a la autoridad los honores que le son debidos y rodear de respeto y, según su mérito, de gratitud y benevolencia a las personas que la ejercen.
Y a esas autoridades recién elegidas nos es grato dedicarles la más antigua oración de la Iglesia por la autoridad política que tiene como autor a S. Clemente Romano, tercer Papa:
“Concédeles, Señor, la salud, la paz, la concordia, la estabilidad, para que ejerzan sin tropiezo la soberanía que tú les has entregado. Eres tú, Señor, rey celestial de los siglos, quien da a los hijos de los hombres gloria, honor y poder sobre las cosas de la tierra. Dirige, Señor, su consejo según lo que es bueno, según lo que es agradable a tus ojos, para que ejerciendo con piedad, en la paz y la mansedumbre el poder que les has dado, te encuentren propicio”.
Amén.
Monseñor Carlos María Ariz, C.M.F.
Obispo Emérito de Colón – Kuna Yala
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