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miércoles, 18 de noviembre de 2009

Oración y valores éticos

2009-11-15
Editorial
Oración y valores éticos

Dos jornadas de trascendental importancia tendrán lugar durante esta semana en el país: la Oración por la Patria, y el Día Nacional de los Valores Éticos y Morales. La primera, que se realiza desde finales del siglo pasado, auspiciada por la Comisión Arquidiocesana de Oración, y el segundo, declarado así por Decreto Ejecutivo de 17 de noviembre de 2008, que promueve la Fundación Panameña de Ética y Civismo.

Quizá haya algunos que consideren poco importante orar, porque desconocen que la oración expresa lo que hay dentro del corazón de cada hombre, entendido como el ser humano creado a imagen y semejanza de Dios. Es en el corazón de la persona donde radica su capacidad de obrar bien o mal, porque de allí puede salir lo que le contamina, o el amor que le hace actuar y vivir a imagen de su Creador.

Igual ocurre con los valores éticos y morales que la persona humana asuma como tales. La persona obrará y conducirá su vida por los senderos que esos valores y principios le inspiren. Un ser humano temeroso de Dios, seguidor de sus enseñanzas, y convencido de los valores éticos y morales que edifican su humanidad, será mejor hombre o mujer, en todos los ambientes que desenvuelva, y en su dimensión dual, terrena y celeste, que lo hace sentirse hijo de Dios.

Aunque hablamos de cosas intangibles, fe, valores y ética, es innegable la consecuencia concreta que produce su práctica y aprecio, para unos, y su ignorancia y desprecio, para otros. Que estas dos jornadas, a las que aludimos, no pasen inadvertidas ni traídas a menos, por los hijos e hijas de esta tierra istmeña.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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miércoles, 8 de abril de 2009

Derroche y desperdicio

2009-04-05
Editorial
Derroche y desperdicio

La enseñanza del divino maestro Jesús nos dice que quien tenga dos mantos, debe regalar el segundo al que no tiene. Esto quiere decir que ni acumulemos ociosamente, acaparemos, ni dejemos pasar necesidad al débil que está a nuestro lado. Esta solidaridad, esencial para la convivencia humana, nos puede ayudar a construir un mundo mejor, o a convertirlo en un infierno.

Dos acontecimientos llaman nuestra atención, en estos días: los más de mil millones de balboas derrochados en juegos de azar, y los miles de litros de leche desperdiciados en una protesta callejera de los productores. Con tanta pobreza y desnutrición en el país, duele tanto derroche y desperdicio. Los apostadores, bajo el pretexto de la libertad de hacer con su dinero lo que quieren, y algunos productores, invocando su derecho de reclamar la compra de su producto, nos demuestran que el sistema de valores de la sociedad está trastocado.

En plena Cuaresma, cuando la Iglesia nos llama a la oración, al ayuno, a la penitencia, y a dar limosna, ese cuadro golpea hasta lo más recóndito de nuestras conciencias. No se trata de negar el derecho del que tiene sus bienes y su libertad de disponer de ellos; se trata, mas bien, de abrir los ojos al individualismo que nos corroe, y que adultera nuestra propia humanidad.

Quiera Dios que estos hechos, en alguna medida, toquen nuestra razón y nuestro corazón, y nos ayuden a reflexionar en qué tipo de sociedad tenemos, para que podamos construir la sociedad justa y fraterna que queremos.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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lunes, 9 de marzo de 2009

Cuaresma: tiempo para Dios

2009-03-01
La Voz del Pastor
Cuaresma: tiempo para Dios

Iniciamos el pasado veinticinco de febrero la Cuaresma. Para cualquier cristiano, tanto la palabra o el término Cuaresma, como los ejercicios propios de este tiempo, tienen un tono marcadamente penitencial que no se agota en sí mismo, sino que más bien nos prepara a celebrar “con sinceridad y verdad” la Pascua de Jesús.

En estos días que corren, donde el ser cristiano es visto más como fruto de una tradición religiosa que como una opción personal de fe en Jesucristo, se requiere un esfuerzo añadido para descubrir toda la riqueza espiritual que puede albergar la Cuaresma. Pero esta dificultad inicial puede ser superada si sabemos echar mano de los medios o recursos que la Cuaresma nos brinda para ahondar en la vivencia de nuestra fe.

Aún conservamos en la memoria el rito con el que se inicia todos los años la Cuaresma: la imposición de la ceniza y la llamada a la conversión, a volverse a Dios. Y de eso se trata. Debemos recuperar, no sin esfuerzo penitencial, el gusto de encontrarnos “cara a cara” con el Dios vivo, que nos ha revelado Jesucristo.

Para ayudarnos en este camino cuaresmal el Papa Benedicto XVI, nos ofrece este año unas reflexiones destinadas a recuperar la tradición bíblica cristiana del ayuno, la oración y la limosna. En su mensaje se centra en el valor y el sentido del ayuno, pero no está demás referirnos a las tres prácticas de piedad compartidas por el judaísmo y el cristianismo.

El Ayuno
El ayuno cristiano como práctica penitencial debe hacerse no tanto como práctica ascética de perfección o cumplimiento de una norma eclesiástica, cuanto ejercicio espiritual en el que nuestro corazón se dispone a recibir “el verdadero alimento” que “sale de la boca de Dios”. Por eso cobra sentido que al ayuno corporal añadamos la lectura de la Palabra de Dios (lectio divina) en tiempos señalados de nuestra jornada cuaresmal. Un recurso fácil puede ser el aprovechar alguna de las lecturas que nos ofrece la liturgia para cada día de la semana como “alimento” para el espíritu.

Podemos añadir como práctica necesaria unida al ayuno eclesiástico el es-fuerzo que hacemos por vencer, con el auxilio de la gracia divina, nuestras inclinaciones “egoístas” que nos llevan a buscar nuestro propio interés en detrimento de los demás. El ayunar de nuestras maldades es el ayuno que a Dios le agrada.

La oración
En el Evangelio de hoy leemos que a Jesús “el Espíritu le empuja al desierto” (Mc 1,12). El desierto en la espiritualidad bíblica tiene resonancias fuertes que evocan la experiencia del pueblo de Israel en su paso de la tierra de la esclavitud a la tierra prometida. El desierto es lugar del retiro, de la prueba (de la tentación); es el lugar donde se conoce a Dios y se pone a prueba nuestra fidelidad. Despojados de todo recurso humano, en el desierto, “a solas” con Dios, podemos experimentar su presencia salvadora. El profeta Oseas abunda en esta espiritualidad del desierto porque es allí donde Israel experimenta la cercanía de Dios (cfr. Os 2,16; 13,5). En otras palabras: el conocimiento íntimo, total, profundo, de amor y fidelidad absoluta de Dios tiene lugar en el desierto. Pero sabemos también que el desierto no es solamente el espacio físico, marcado por la deslación y la falta de apoyos materiales y humanos, sino también el espacio interior recreado por el hombre que “a solas” en la oración busca a Dios.

En Cuaresma debemos hacer un esfuerzo adicional para vivir esta experiencia de “desierto” a través de la práctica de la oración personal en sus diversas modalidades (la oración vocal, la lectura y meditación de la Palabra de Dios, la oración litúrgica, la oportunidad de un día de retiro, la piedad eucarística, la recitación y meditación de los misterios del Rosario, etc.).

La limosna
Hoy no resulta fácil hablar de la limosna. Somos herederos de una crítica social contra la labor asistencial y caritativa de la Iglesia que viene del lejano siglo XIX, pero sobre todo en el siglo XX con el pensamiento marxista para el que los pobres “no necesitan obras de caridad, sino de justicia” (Benedicto XVI, Deus caritas est, 26). Hoy sabemos, con el amargo sabor de la experiencia histórica, que ni el marxismo ni el capitalismo liberal, ya sea como ideologías o como sistemas económicos que se inspiran en ellos, han sido capaces de producir un orden social justo para todos. Y como dice el Papa Benedicto XVI: “No hay orden estatal, por justo que sea, que haga superfluo el servicio del amor… Siempre habrá sufrimiento que necesite consuelo y ayuda. Siempre habrá soledad. Siempre se darán también situaciones de necesidad material en las que es indispensable una ayuda que muestre un amor concreto al prójimo” (Deus caritas est, 28-b).

Tenemos, pues, recursos de los que echar mano en esta Cuaresma para vivirla de tal manera que el tiempo para Dios (cultivado en la oración y el ayuno) sea también tiempo para el hermano necesitado. En términos semejantes se expresa el Papa en su mensaje cuaresmal citando a San Pedro Crisólogo: “El ayuno es el alma de la oración, y la misericordia es la vida del ayuno. Por tanto, quien ora, que ayune, quien ayuna, que se compadezca… pues Dios presta su oído a quien no cierra los suyos al que le suplica”.

Mons. Aníbal Saldaña
Obispo Prelado de Bocas del Toro

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Tiempo de Conversión

2009-03-01
Editorial
Tiempo de Conversión

Iniciamos el itinerario cuaresmal como preparación para la fiesta pascual, en la que conmemoraremos la resurrección gloriosa de nuestro Señor Jesucristo. Es una preparación interior, que no exterior, en la que nuestro espíritu y nuestra alma se disponen a recibir al Señor, para hacernos uno con Cristo y Cristo uno con nosotros.

Durante este tiempo la Iglesia nos pide practicar la conversión, la oración, el ayuno, y la limosna. Estas actitudes deben ser constantes; cada día, sin desmayar, según la enseñanza de la Iglesia. Reconocer nuestras faltas y debilidades, reparar el daño causado, actuar con caridad hacia el hermano, privarnos del alimento o la comodidad, momentáneamente, para mortificar el cuerpo y hacernos solidarios con los desposeídos, son los sacrificios que pide el Señor. Es darnos nosotros, más que las ofrendas materiales.

Estamos en el tiempo propicio y debemos aprovecharlo. Tengamos fe y esperanza en las promesas del Señor, y encontraremos la paz y la felicidad; no como las promete el mundo, sino a la manera de Dios. Lo que es necedad para el mundo, es sabiduría para el Creador; lo que el mundo tiene por fuerte, es debilidad ante el poder del Altísimo.

Busquemos el reino de Dios primero, y todo lo demás se nos dará por añadidura. Estemos alerta en todo momento, para que no nos sorprenda el día del Señor dormidos o descuidados. Uno es el camino de salvación, Cristo Jesús, y para poder seguirlo es preciso tomar nuestra cruz de cada día. Si así actuamos, la corona de gloria nos será entregada al final de nuestros días.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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