2008-01-27
La Voz del Pastor
Crecimiento económico y poder real de compra de los panameños
“Los bienes terrenales fueron creados por Dios para todos los hombres, y no sólo para quienes estuvieran empleados o tuvieran posibilidades de serlo”. (LXVIII Congreso Internacional San Miguel, 25 de agosto al 4 de septiembre de 2007).
Podemos constatar que el trabajo asalariado ya no es una garantía de integración social y económica para los trabajadores pobres y mucho menos para el hombre del campo.
A los pobres los bienes y servicios no les llega, no tienen acceso y por ende no pueden satisfacer sus necesidades, lo que los excluye de este derecho que tienen todos los ciudadanos.
El poder adquisitivo, es decir el poder real de comprar, ha ido disminuyéndose cada día más, pues los precios suben y los sueldos y salarios de los consumidores no les alcanza para comprar los bienes y servicios básicos para una vida digna.
Se constata un recorte económico del poder de compra, situación demostrada por el Ingeniero escocés Clifford Hugn Douglas.
Es que el sistema imperante contiene en su estructura las razones que mantienen este déficit entre los precios y el poder de compra. Esto engendra en sí un conflicto. Se puede percibir también la relación existente entre el pago de los préstamos a corto plazo, y los sistemas fiscales que hacen mayor la brecha entre los precios y el poder de compra.
Es curioso ver cómo el sistema se mantiene. Por un lado, debería haber una acumulación de bienes producidos sin poder ser vendidos. Pero lo que constatamos es todo lo contrario; estos bienes son vendidos produciendo una montada de deudas por los nuevos créditos adquiridos.
Por esos sólo hay que ver el balance comercial desfavorable de nuestros países.
Hoy cada día más la máquina reemplaza al hombre en su trabajo, pues el progreso reemplaza la fuerza humana. No hay que olvidar que en el sistema presente de producción el poder de compra sólo llega a cubrir a quienes están asalariados.
El crecimiento económico que goza nuestro país no puede ser guardado por el sistema financiero en vista de la producción sino debe tener en cuenta la forma con que se deben distribuir los beneficios.
Es propicio recordar lo señalado por el Papa Pío XII, el 1 de junio de 1941, Fiesta de Pentecostés: "Los bienes materiales han sido creados por Dios para cubrir las necesidades de todos los hombres y deben estar a la disposición de todos ellos, como lo requiere la justicia y la caridad".
También recordó en esa oportunidad el Papa Pío XII que depende de las propias personas, a través de sus leyes y regulaciones, el escoger los métodos capaces de permitirle a cada hombre ejercer su derecho a una porción en los bienes terrenales. El dividendo del Crédito Social a todos lograría esto. Ningún otro sistema propuesto ha sido, hasta el momento, tan eficaz, no incluso nuestras leyes presentes del seguro social.
Que bien y claramente lo señala nuestro himno nacional, al recordar que el progresa ha de acariciar los lares de todos los panameños.
Mons. Uriah Ashley
Obispo de la Diócesis de Penonomé
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2007-01-27
A tiro de piedra
Reglas de urbanidad al usar el celular
El avance tecnológico nos ha impuesto un modo de vida particular, que afecta las relaciones interpersonales y sociales, e incide, también, en la actitud y el comportamiento del ser humano y su personalidad. Uno de esos adelantos, el teléfono celular, ha cambiado la manera de comunicarnos y ha creado patrones de conducta que resultan favorables o no, según la situación en que se suceden.
Al superar el fenómeno de la novedad y hacerlo cosa común en la sociedad, el teléfono celular de llamar la atención y, en algunos casos, comenzó a ser una molestia para las demás personas. El entusiasmo de los primeros días por contestar una llamada, ya no es tal. El sonido que hacía mover la cabeza al que estaba alrededor, para descubrir quién era el afortunado de poseer uno de esos aparatos, ya crispa los nervios; aunque todavía se voltea el cuello para detectar al impertinente y lanzarle una mirada de desaprobación. Más que orgullo, ahora da vergüenza que lo pesquen a uno con el celular sonando, cuando debería estar silenciado o apagado.
Decía Herbert Marshall McLuhan (1911 - 1981) que “el medio es el mensaje”, al referirse al contenido de las informaciones transmitidas por los medios de comunicación social, y a que la conducta del individuo era modelada por el medio mismo. Este sociólogo canadiense, católico, y gran comunicador, tenía como preocupación entender los medios, su estética y tecnología, y el que las personas aprendieran a entenderlo y a ser críticos ante el mensaje que difunden y el medio mismo. En lo referente al celular, el vaticinio de McLuhan de la aldea global y el acortamiento de la distancia sin espacio, se ha verificado en las comunicaciones telefónicas y la Internet.
Frente al uso extendido del teléfono celular, vale practicar algunas reglas en su uso. El aparato debe apagarse cuando estamos en alguna reunión o acto que involucre otras personas a quien pueda incomodarle el uso del celular. No se trata solamente de evitar que suene, sino toda acción que interrumpa nuestra conversación con otras personas, o distraiga su atención y la nuestra del propósito para el cual estamos reunidos. En reuniones de trabajo, conferencias, cines, entrevistas, o al atender a otra persona, es obligatorio apagar el teléfono celular.
Otra regla de urbanidad es evitar el abuso con las “llamadas perdidas”. Salvo que usted convenga de antemano con la persona, evita hacerlo. Una llamada de ese tipo a otro es un acto de grosería y mala educación, porque el mensaje que usted le pasa es: gasta tu plata o tus minutos, que yo no quiero gastar lo mío. Al llamar a otra persona, deje un breve mensaje si no le contesta; de esa manera le podrán responder su llamada o atenderle con prontitud. Si solo llama y cierra, la otra persona quizá no le conteste, porque desconoce el número o, simplemente, considera que es un asunto que puede esperar.
Hacer uso del teléfono celular implica brevedad. Las conferencias telefónicas se reservan para otro asunto que en realidad lo amerite, y no para saludos largos o charlas de café. No cometa el desatino de solicitarle a alguien su aparato, para hacer llamadas que no sean de urgencia. Los demás le apreciarán verdaderamente, si usted evita convertirse en el gorrón de turno que se aprovecha de otros porque nunca “tiene minutos”.
Muchas otras cosas podríamos decir como reglas de urbanidad en el uso del celular, pero menciono las que considero más urgentes. Usted elija las suyas, y comuníquelo a quienes le rodean o tratan con usted, para que sepan con claridad si usted no contesta llamadas perdidas, que sólo presta su celular para asuntos de urgencia, y que devuelve unicamente las llamadas que han dejado un recado. El medio es el mensaje, pero también podemos modificarlo si somos críticos del medio.
Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
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2008-01-27
Editorial
Centenario salesiano
La Iglesia panameña se regocija con el centenario de la obra salesiana en Panamá, cuyo aporte, durante estos 100 años, ha sido loable y se refleja en los miles de personas, de ambos sexos, que han forjado su vida personal, su oficio, o profesión, bajo la guía de la comunidad fundada por san Juan Bosco, para servir a los más necesitados.
Ha sido un siglo de intenso trabajo y entrega, en la persona de decenas de sacerdotes y religiosas, cuya huella está indeleblemente plasmada en la memoria y el corazón de todos aquellos que les han conocido. No en vano la figura de Don Bosco en Panamá es considerada como una de las devociones más apreciadas; práctica que le ha permitido a la Iglesia panameña ser una de las dos que posee una Basílica en honor a san Juan Bosco, fuera de Turín.
Por los recintos salesianos del país ha transitado un sinnúmero de hombres, principalmente, que desde el Oratorio Festivo hasta la formación como artesanos y técnicos en los talleres de las escuelas regentadas por esos religiosos, ha descubierto su vocación y ha enderezado su vida como gente de bien.
Para nosotros es un gran honor, y motivo de regocijo, contar con la presencia de los padres salesianos en Panamá; y le auguramos que cumplan muchos siglos más entre nuestra gente, para gloria de Dios Padre y de felicidad en el cielo de san Juan Bosco.
Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
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2008-01-27
El Ojo del Profeta
Aprovechamiento de Recurso
La responsabilidad en el uso de los recursos y de disponer de los desperdicios que generamos es, hoy por hoy, una obligación que se nos impone moralmente para conservar el ambiente sano y aprovechar aquello que, hasta hace poco, considerábamos como basura.
Sabido es que los recursos del planeta no son ilimitados. Algunos son renovables; otros, no. Dependiendo de la actitud que asumamos como comunidad planetaria, esos recursos serán conservados y bien aprovechados por la humanidad entera. Desperdiciarlos, por acción u omisión, es un pecado grave y un paso hacia la destrucción de la vida en el planeta.
Dios creó al hombre para dominar la tierra, para cuidarla, y para que fuera su morada temporal antes de marchar a la patria definitiva. Tenemos la misión de cuidar la Creación, amarla, y heredarla a los que vienen detrás hasta el fin de los tiempos. Que no dejemos, pues, tanta hermosura en tanta destrucción.
Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
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2008-01-20
La Voz del Pastor
Los últimos días de San Agustín de Hipona
Publicamos la intervención de Benedicto XVI en la audiencia general del miércoles, 16 enero 2008, en la que revivió los últimos días de san Agustín de Hipona, continuando con la meditación comenzada la semana anterior.
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy, al igual que el miércoles pasado, quisiera hablar del gran obispo de Hipona, san Agustín. Cuatro años antes de morir, quiso nombrar a su sucesor. Por este motivo, el 26 de septiembre del año 426 reunió al pueblo en la Basílica de la Paz, en Hipona, para presentar a los fieles a quien había designado para esta tarea. Dijo: «En esta vida, todos somos mortales, pero el último día de esta vida es siempre incierto para cada individuo. De todos modos, en la infancia se espera llegar a la adolescencia; en la adolescencia a la juventud; en la juventud a la edad adulta; en la edad adulta a la edad madura; en la edad madura a la vejez. Uno no está seguro de que llegará, pero lo espera. La vejez, por el contrario, no tiene ante sí otro período en el que poder esperar; su misma duración es incierta... Yo por voluntad de Dios llegué a esta ciudad en el vigor de mi vida; pero ahora ha pasado mi juventud y ya soy viejo» (Carta 213, 1).
En ese momento, Agustín pronunció el nombre de su sucesor designado, el sacerdote Heraclio. La asamblea estalló en un aplauso de aprobación repitiendo 23 veces: «¡Gracias sean dadas a Dios!». Con otras aclamaciones, los fieles aprobaron, además, lo que después dijo Agustín sobre los propósitos para su futuro: quería dedicar los años que le quedaban a un estudio más intenso de las Sagradas Escrituras (Cf. Carta 213, 6).
De hecho, siguieron cuatro años de extraordinaria actividad intelectual: concluyó obras importantes, emprendió otras no menos comprometedoras, mantuvo debates públicos con los herejes --siempre buscaba el diálogo-- promovió la paz en las provincias africanas insidiadas por las tribus bárbaras del sur.
En este sentido, escribió al conde Dario, venido a África para superar las diferencias entre el conde Bonifacio y la corte imperial, de las que se aprovechaban las tribus de los mauris para sus correrías: «Título de grande de gloria es precisamente el de aplastar la guerra con la palabra, en vez de matar a los hombres con la espada, y buscar o mantener la paz con la paz y no con la guerra. Ciertamente, incluso quienes combaten, si son buenos, buscan sin duda la paz, pero a costa de derramar sangre. Tú, por el contrario, has sido enviado precisamente para impedir que se derrame la sangre» (Carta 229, 2).
Por desgracia quedó decepcionada la esperanza de una pacificación de los territorios africanos: en mayo del año 429 los vándalos, enviados a África como desquite por el mismo Bonifacio, pasaron el estrecho de Gibraltar y penetraron en Mauritania. La invasión se extendió rápidamente por otras ricas provincias africanas. En mayo y en junio del año 430, «los destructores del imperio romano», como califica Posidio a esos bárbaros (Vida, 30,1), rodeaban Hipona, asediándola.
En la ciudad, también se había refugiado Bonifacio, quien, reconciliándose demasiado tarde con la corte, trataba en vano de bloquear el paso a los invasores. El biógrafo Posidio describe el dolor de Agustín: «Más que de costumbre, sus lágrimas eran su pan día y noche y, llegado ya al final de su vida, se arrastraba más que los demás en la amargura y en el luto su vejez» (Vida, 28,6). Y explica: «Ese hombre de Dios veía las matanzas y las destrucciones de las ciudades; las casas destruidas en los campos y a los habitantes asesinados por los enemigos o expulsados; las iglesias sin sacerdotes o ministros, las vírgenes consagradas y los religiosos dispersos por doquier; entre ellos, algunos habían desfallecido ante las torturas, otros habían sido asesinados con la espada, otros eran prisioneros, perdiendo la integridad del alma y del cuerpo e incluso la fe, obligados por los enemigos a una esclavitud dolorosa y larga» (ibídem, 28,8).
Si bien era anciano y estaba cansado, Agustín permaneció en primera línea, consolándose a sí mismo y a los demás con la oración y con la meditación de los misteriosos designios de la Providencia. Hablaba de la «vejez del mundo» --y era verdaderamente viejo este mundo romano--, hablaba de esta vejez como ya lo había hecho años antes para consolar a los refugiados procedentes de Italia, cuando en el año 410 los godos de Alarico invadieron la ciudad de Roma.
En la vejez, decía, abundan los achaques: tos, catarro, legañas, ansiedad, agotamiento. Pero si el mundo envejece, Cristo es siempre joven. Y lanzaba esta invitación: «no hay que negarse a rejuvenecer con Cristo, que te dice: "No temas, tu juventud se renovará como la del águila"» (Cf. Sermón 81,8). Por eso el cristiano no debe abatirse en las situaciones difíciles, sino tratar de ayudar al necesitado.
Es lo que el gran doctor sugiere respondiendo al obispo de Thiave, Honorato, quien le había pedido si, bajo la presión de las invasiones bárbaras, un obispo o un sacerdote o cualquier hombre de Iglesia podía huir para salvar la vida. «Cuando el peligro es común a todos, es decir, para obispos, clérigos y laicos, quienes tienen necesidad de los demás no deben ser abandonados por aquellos de quienes tienen necesidad. En este caso, todos deben refugiarse en lugares seguros; pero si algunos tienen necesidad de quedarse, que no sean abandonados por quienes tienen el deber de asistirles con el ministerio sagrado, de manera que o se salvan juntos o juntos soportan las calamidades que el Padre de familia quiera que sufran» (Carta 228, 2). Y concluía: «Esta es la prueba suprema de la caridad» (ibídem, 3). ¿Cómo no reconocer en estas palabras el heroico mensaje que tantos sacerdotes, a través de los siglos, han acogido y hecho propio?
Mientras tanto resistía la ciudad de Hipona. La casa-monasterio de Agustín había abierto sus puertas para acoger en el episcopado a las personas que pedían hospitalidad. Entre estos se encontraba también Posidio, que ya era discípulo suyo, quien pudo de este modo dejarnos el testimonio directo de aquellos últimos y dramáticos días.
«En el tercer mes de aquel asedio --narra-- se acostó con fiebre: era su última enfermedad» (Vida, 29,3). El santo anciano aprovechó aquel momento, finalmente libre, para dedicarse con más intensidad a la oración. Solía decir que nadie, obispo, religioso o laico, por más irreprensible que pueda parecer su conducta, puede afrontar la muerte sin una adecuada penitencia. Por este motivo, repetía continuamente entre lágrimas los salmos penitenciales, que tantas veces había recitado con el pueblo (Cf. ibídem, 31, 2).
Cuanto más se agravaba su situación, más necesidad sentía el obispo de soledad y de oración: «Para no ser disturbado por nadie en su recogimiento, unos diez días antes de abandonar el cuerpo nos pidió a los presentes que no dejáramos entrar a nadie en su habitación, a excepción de los momentos en los que los médicos venían a verle o cuando le llevaban la comida. Su voluntad fue cumplida fielmente y durante todo ese tiempo él aguardaba en oración» (ibídem,31, 3). Dejó de vivir el 28 de agosto del año 430: su gran corazón finalmente descansó en Dios.
«Con motivo de la inhumación de su cuerpo --informa Posidio-- se ofreció a Dios el sacrificio, al que asistimos, y después fue sepultado» (Vida, 31,5). Su cuerpo, en fecha incierta, fue trasladado a Cerdeña y, hacia el año 725, a Pavía, a la basílica de San Pedro en el Cielo de Oro, donde descansa hoy. Su primer biógrafo da este juicio conclusivo: «Dejó a la Iglesia un clero muy numeroso, así como monasterios de hombres y de mujeres llenos de personas dedicadas a la continencia y a la obediencia de sus superiores, junto con las bibliotecas que contenían los libros y discursos de él y de otros santos, por los que se conoce cuál ha sido por gracia de Dios su mérito y su grandeza en la Iglesia, y en los cuales los fieles siempre le encuentran vivo» (Posidio, Vida, 31, 8).
Es un juicio al que podemos asociarnos: en sus escritos también nosotros le «encontramos vivo». Cuando leo los escritos de san Agustín no tengo la impresión de que sea un hombre muerto hace más o menos mil seiscientos años, sino que lo siento como un hombre de hoy: un amigo, un contemporáneo que me habla, que nos habla con su fe fresca y actual.
En san Agustín que nos habla --me habla a mí en sus escritos--, vemos la actualidad permanente de su fe, de la fe que viene de Cristo, del Verbo Eterno Encarnado, Hijo de Dios e Hijo del hombre. Y podemos ver que esta fe no es de ayer, aunque haya sido predicada ayer; es siempre actual, porque realmente Cristo es ayer, hoy y para siempre. Él es el Camino, la Verdad y la Vida. De este modo, san Agustín nos anima a confiar en este Cristo siempre vivo y a encontrar así el camino de la vida.
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2008-01-20
A tiro de piedra
Un santo para los periodistas
El día 24 de enero es la fiesta patronal de los periodistas y escritores católicos, bajo el patronazgo de san Francisco de Sales. Desde hace años se hacen esfuerzos para atraer a los periodistas y escritores , y, en esa fecha, el Santo Padre suele dar a conocer su mensaje para las Jornadas de las Comunicaciones Sociales.
Hace 18 años convoqué a un grupo de periodistas, para fundar la asociación de periodistas católicos, y el éxito fue tal que logramos incorporar a los comunicadores católicos de la radio, la televisión y el video. En casi toda la década de 1990 la Asociación Católica Nacional de Comunicadores (ACNAC) estuvo muy activa. Había entusiasmo, compromiso y militancia. Éramos noticia y, a menudo, nuestro parecer era consultado por personas y medios de comunicación en el campo que nos atañe.
Tras varios años, la presencia de los comunicadores católicos, especialmente los periodistas, es casi imperceptible y necesita una renovación. Mucho es lo que tenemos que decir en la actualidad, para orientar a la población en cuanto a la lectura y la crítica hacia los medios de comunicación. Se necesita una voz que, a partir de la reflexión, guíe y hable en nombre de aquellos que no tienen voz. Necesitamos periodistas católicos comprometidos con la fe y la tarea evangelizadora. Necesitamos recuperar el entusiasmo. Necesitamos tomar el ejemplo de san Francisco de Sales, en su labor incansable de anunciar la Buena Noticia a todas las gentes.
Aquel grupo de hombres y mujeres, periodistas jóvenes en aquel tiempo, podría volver, desde la madurez, a levantar la bandera que inspire a los jóvenes periodistas y escritores católicos a continuar la tarea de crear espacios y hacer sentir la voz de los cristianos que nos desempeñamos en el ambiente de la comunicación social.
La vida inspiradora de san Francisco de Sales está allí, abierta para nosotros, en espera de que alguno de nosotros la desempolve y la muestre al resto. Lo que él anunciaba es noticia actual. Así como antes un número plural fue inspirado para congregarse como periodistas y comunicadores católicos, hoy es posible. Vi suscitarse matrimonios, bautizos, y carismas especiales entre los comunicadores que participaban entusiasmado de las celebraciones. El Adviento, la Navidad, la Cuaresma, la Pascua, eran ocasiones para reunirnos, conocer más sobre la fe, ponerla en práctica, y compartirla entre nosotros y con nuestros familiares y amigos cercanos. Todo eso produjo fruto. Hoy alguien debe salir a sembrar, para que la semilla caiga alguna a la orilla del camino, otra entre las piedras y los espinos, y otra más en tierra buena. Que san Francisco de Sales, el santo para los periodistas y escritores católicos, nos haga el milagro intercediendo por nosotros ante Cristo Jesús.
Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
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2008-01-20
Editorial
Crecimiento económico
Hace poco se anunció con gran optimismo que el país tendrá un crecimiento de 8% para este año 2008. Crecimiento que, en teoría, debe mejorar la vida de la población y estrechar la brecha entre ricos y pobres. En la realidad, tal crecimiento se queda en algunos sectores, pero poco o nada alcanza a casi dos quintas partes de nuestros habitantes.
Como sociedad tenemos el gran reto de revisar las estructuras del sistema social, para garantizar que el crecimiento económico beneficie a más de las tres cuartas partes de la población, y reducir, así, el nivel de pobreza extrema en el país. No es tarea fácil, lo sabemos; pero en la dificultad está, precisamente, el desafío de lograr la justicia social y la equidad que tanto anhelamos.
El mecanismo de distribución del ingreso y la riqueza tiene, en los salarios y la actividad emprendedora, dos pilares que, cuando son fuertes, son capaces de soportar el peso del aumento del costo de vida y la carencia de necesidades básicas que nos golpea. Hacia esa meta debemos dirigirnos.
Necesitamos que los planes nacionales de desarrollo, tanto del sector público como del sector privado, funcionen y sean acogidos como verdadero compromiso de ambos. El tiempo transcurre, y quizá el optimismo por el crecimiento económico se desvanezca antes que logremos acortar la distancia entre los que mucho tienen y los que muy poco o nada poseen.
Actuemos sin dilación, que para luego es tarde.
Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
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