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miércoles, 21 de mayo de 2008

Universidad

2008-05-18
El Ojo del Profeta
Universidad

La Universidad de Panamá ha hecho grandes aportes a la patria desde su creación en 1935. Los ideales que la inspiraron son nobles en su esencia, y altruistas en su concepción del desarrollo humanista, científico y social de la nación panameña. Vivirla como Alma Mater, y aprender a vivir con lo aprendido en ella son, al menos, dos razones que deben motivar la conciencia de todo estudiante o egresado de ella, sin soslayar a sus autoridades y académicos.

Por eso, cuando alguno la denigra o la trae a menos, duele en lo más profundo del ser nacional. Sabemos que no es perfecta, pero siempre tenemos la esperanza de que perennemente va en pos de la perfección. El dolor es aún más grande, cuando sus propios estudiantes se olvidan del estudio y la lucha civilizada y cambian estos postulados por la actitud irracional y el lenguaje de las piedras y las bombas incendiarias.

Nuestra juventud universitaria tiene el derecho inalienable de expresarse, de transmitir el pensamiento universitario en libertad, y de que ese derecho no sea ni conculcado ni reprimido. Y lo que anhelamos, en suma, es que el respeto a la universidad parta desde ella misma, particularmente de sus estudiantes, y se borre esa imagen del enmascarado y cuasi vándalo que atenta contra el verdadero ser universitario: que recurre a la razón y no a la fuerza; y que con el pensamiento, el estudio, el trabajo y la palabra, coadyuva a transformar las estructuras de la sociedad.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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viernes, 15 de febrero de 2008

Los frutos de la violencia

2008-02-17
Editorial
Los frutos de la violencia

Los recientes disturbios ocurridos en la capital y varias ciudades del país, cuyos principales protagonistas han sido los obreros del sindicato de trabajadores de la construcción y la policía nacional, ponen de manifiesto que el diálogo y la negociación son superados, en este caso, por lo que se considera el derecho de protestar cerrando calles e impidiendo el paso, y por lo que se entiende como legitimidad del uso de la fuerza.

Ambas actitudes desembocan en violencia, independientemente del concepto o la justificación que se argumente. Y esa violencia no soluciona ni aprovecha; más bien divide y alimenta rencores. Esa violencia se salda, como en este caso, con la sangre de los muertos y heridos que ha dejado. Sangre que es del mismo color para uno y otro bando, derramada por la convicción de defender un derecho y por la obligación de preservar el orden público.

El conjunto de palos, bloques, llantas incendiadas, trozos de muro, perdigones, gases lacrimógenos, balazos, y varillas utilizados como arma, ¿de qué han servido? Esos instrumentos en manos de sus usuarios ¿qué fruto han dado? Ni unos ni otros son culpables, desde el punto de vista de su razón. Pero tampoco son del todo inocentes. Ya sea por defender un derecho, o por preservar el orden público, ningún acto de violencia está plenamente justificado.

Hacemos, desde aquí, un llamado a la cordura y a la concordia. Que hagamos del diálogo y la negociación, la vía usual de resolver las diferencias y todo conflicto. Al final eso es lo único que quedará por hacer, y es mejor abocarse a ello primero, que hacerlo después con la carga de los frutos que produce la violencia.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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