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jueves, 12 de noviembre de 2009

¡Pueblo sacerdotal bendice a tu Señor!

2009-11-08
La Voz del Pastor
¡Pueblo sacerdotal bendice a tu Señor!

En una perspectiva de fe, el presente año tiene dos características relevantes: Es el año del lanzamiento de la misión Continental en América Latina y el Caribe, además, a partir del 19 de junio, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, es también el Año Sacerdotal.

El primer rasgo responde a uno de los objetivos señalados en Aparecida. Allí se nos recordó que la misión es característica esencial de la Iglesia. No es accesoria, accidental ni esporádica, sino un estado permanente, exigido por la vocación de la Iglesia. Ella, en efecto, está llamada a prolongar en el tiempo y el espacio la vocación de Cristo, el Hijo de Dios, enviado por el Padre, como revelador, redentor y salvador, para manifestar a los hombres que Dios es el Padre, fuente de toda vida, que vive en una comunidad de amor, unido íntimamente con su Hijo unigénito, por el Espíritu Santo, Señor y Dador de vida, y nos ofrece la posibilidad de integrarnos en esta comunión, a través del misterio pascual de su Hijo: su pasión muerte, resurrección.

Por este camino, alcanzamos el perdón de los pecados y la comunicación del Espíritu Santo, que nos incorpora en la vida de la Santísima Trinidad. Y es que la unidad de Dios no es indiferenciada, sino que en ella se viven tres relaciones estrechas y eternas: la paternidad, la filiación y el amor. En su seno, las personas se definen por esta relación, como lo muestra la historia de la salvación. Gracias a la acción unitiva del Espíritu Santo, el Amor que procede del Padre y el Hijo, somos incorporados en esta comunión, como hijos adoptivos de Dios, en el Hijo, por pura gracia.

La Iglesia es señal de esta comunión. Es el sacramento de la unidad, porque, en Cristo, es como un signo o instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano (cf LG 1). Por eso mismo es un sacramento de misión: El Señor la envía, con la fuerza del Espíritu, a proclamar esta Buena Nueva en el mundo entero, y llamar a los hombres y mujeres de toda condición a convertirse y creer en el Evangelio. La familia de Dios también se puede equiparar con un reino que tiene a Dios como Padre y Soberano de un pueblo y un territorio. La alianza sinaítica o mosaica es la objetivación de esta relación. Tributaria de los códigos hititas de soberanía entre un rey soberano y un rey vasallo, consigna inequívocamente que el Pueblo de Dios debe su existencia al rey soberano: el Señor. Esto lo compromete a la obediencia y a la fidelidad, si quiere alcanzar vida y bendición. De lo contrario, se condena a la maldición y la muerte (cf Dt 30:15-20). La fidelidad a los preceptos de esta alianza es precisamente lo que constituye al pueblo como un reino de sacerdotes, una nación santa, el pueblo de la propiedad personal del Señor (cf Ex 19:3-6)

La ley como norma de conducta debía ser también fuente de vida: Pero este propósito se frustró reiteradas veces, porque no basta conocer el precepto para cumplirlo. La voluntad humana, herida por el pecado, necesitaba para ello una ayuda especial. En este contexto, los profetas anuncian una nueva alianza, no escrita en tablas de piedra, sino en el corazón humano, una alianza en el Espíritu (cf Jer 31:31-34; Ez 36:24-28).

La humanidad recibe esta ayuda por el misterio pascual de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote y víctima o Cordero Pascual, que, con una sola oblación, realizada una vez por todas, nos alcanza lo que no alcanzaron las múltiples oblaciones de los sacerdotes levíticos: el perdón de los pecados y la comunidad de vida con Dios. Lo que Cristo ofrece no es la sangre de machos cabríos y becerros, sino su propia vida. Por eso, es sacerdote y víctima o cordero (cf Hb).

Hemos blanqueado nuestras túnicas en la sangre de este cordero, por los sacramentos de iniciación: el bautismo, la confirmación y la primera eucaristía. Nos hemos despojado del hombre viejo y revestido del hombre nuevo, recreado a imagen y semejanza de Cristo. En él, y como él, somos ungidos en el Espíritu. Otros cristos, somos copartícipes de su vocación y misión. Poseemos el sacerdocio común o bautismal Como él, somos luz de las naciones, sal de la tierra, levadura de la masa, misioneros enviados al mundo con la fuerza del Espíritu para salvarlo, proclamando el misterio pascual del Señor, celebrándolo y dando testimonio de él en todos los ambientes y circunstancias (cf Hch 1:8).

Para que este pueblo sacerdotal cumpla fielmente su misión, el Señor elige a algunos de sus miembros y los unge con el sacramento del orden para que presten a su pueblo el servicio de la autoridad, en nombre de Cristo Cabeza, instruyéndolo, santificándolo y gobernándolo en el amor.

Este sacerdocio jerárquico o ministrante se distingue esencialmente del sacerdocio común o bautismal, pero está referido a él, como acabamos de ver.

De todo esto, debemos concluir que si bien es verdad que el Año Sacerdotal quiere conmemorar el aniversario número 150 del nacimiento en la gloria de un sacerdote ministerial eximio, el santo cura de Ars, san Juan María Vianney, también repercute profundamente en el sacerdocio bautismal o común de todo el Pueblo de Dios. Los sacerdotes jerárquicos debemos imitar la fidelidad de Cristo, sacerdote misericordioso y fiel, capaz de compadecerse de nuestras flaquezas, probado en todo como nosotros, menos en el pecado (cf Hb 4:14-16). Para ello, debemos crecer continuamente hacia la madurez de Cristo, quien no vino para que le sirvieran, sino a servir y entregar su vida por la salvación de todos (cf Mc, 10:45) El servicio al sacerdocio común es lo que da sentido a nuestro ministerio.

La fidelidad de Cristo es lealtad a la vocación y misión recibidas del Padre al ungirlo con su Espíritu: Pasar por el mundo haciendo el bien, liberando a cautivos y oprimidos, evangelizando a los pobres, dando la vista a los ciegos, y anunciando a todos la remisión de los pecados, porque Dios estaba con él (cf Lc 4:14-16; Hch 10:34-43). Nada ni nadie logran desviarlo de esta misión: ni las tentaciones del Adversario, ni la insinuación de Pedro en Cesarea de Filipo, ni el hostigamiento de sacerdotes, malhechores y soldados, en la crucifixión. Por eso es el Siervo en quien el Padre se complace, y a quien da el título que supera todo otro: Señor y Mesías (cf Fil 2:6-11).

La fidelidad del sacerdote ministerial está al servicio de la fidelidad de todo el pueblo sacerdotal para que bendiga a su Señor, cumpliendo las exigencias de su unción bautismal: pasar por el mundo haciendo el bien, liberando a cautivos y oprimidos, como Cristo, porque Dios está con él (cf Hch 10:34-43.

Mons. Oscar M. Brown J.
Obispo de Santiago


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lunes, 27 de julio de 2009

El Año sacerdotal permitirá redescubrir la pastoral vocacional

2009-07-26
La Voz del Pastor
El Año sacerdotal permitirá redescubrir la pastoral vocacional

"Quien siembra en el corazón del hombre es siempre y sólo el Señor". Parte del discurso que dirigió Benedicto XVI a los participantes en el congreso europeo de pastoral vocacional el pasado 4 de julio en el Vaticano.

Queridos hermanos y hermanas:

Con verdadera alegría me encuentro con vosotros, pensando en el valioso servicio pastoral que realizáis en el ámbito de la promoción, animación y discernimiento de las vocaciones. Habéis venido a Roma para participar en un congreso de reflexión, confrontación e intercambio entre las Iglesias de Europa, que tiene por tema "Sembradores del Evangelio de la vocación: una Palabra que llama y envía" y cuya finalidad es dar nuevo impulso a vuestro compromiso en favor de las vocaciones.

Para cada diócesis, la atención a las vocaciones constituye una de las prioridades pastorales, que asume más valor aún en el contexto del Año sacerdotal recién iniciado. Por eso, saludo de corazón a los obispos delegados para la pastoral vocacional de las distintas Conferencias episcopales, así como a los directores de los centros vocacionales nacionales, a sus colaboradores y a todos los presentes.

En el centro de vuestros trabajos habéis puesto la parábola evangélica del sembrador. El Señor arroja con abundancia y gratuidad la semilla de la Palabra de Dios, aun sabiendo que podrá encontrar una tierra inadecuada, que no le permitirá madurar a causa de la aridez, y que apagará su fuerza vital ahogándola entre zarzas. Con todo, el sembrador no se desalienta porque sabe que parte de esta semilla está destinada a caer en "tierra buena", es decir, en corazones ardientes y capaces de acoger la Palabra con disponibilidad, para hacerla madurar en la perseverancia, de modo que dé fruto con generosidad para bien de muchos.

La imagen de la tierra puede evocar la realidad más o menos buena de la familia; el ambiente con frecuencia árido y duro del trabajo; los días de sufrimiento y de lágrimas. La tierra es, sobre todo, el corazón de cada hombre, en particular de los jóvenes, a los que os dirigís en vuestro servicio de escucha y acompañamiento: un corazón a menudo confundido y desorientado, pero capaz de contener en sí energías inimaginables de entrega; dispuesto a abrirse en las yemas de una vida entregada por amor a Jesús, capaz de seguirlo con la totalidad y la certeza que brota de haber encontrado el mayor tesoro de la existencia. Quien siembra en el corazón del hombre es siempre y sólo el Señor. Únicamente después de la siembra abundante y generosa de la Palabra de Dios podemos adentrarnos en los senderos de acompañar y educar, de formar y discernir. Todo ello va unido a esa pequeña semilla, don misterioso de la Providencia celestial, que irradia una fuerza extraordinaria, pues la Palabra de Dios es la que realiza eficaz-mente por sí misma lo que dice y desea.

Hay otra palabra de Jesús que utiliza la imagen de la semilla, y que se puede relacionar con la parábola del sembrador: "Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto" (Jn 12, 24). Aquí el Señor insiste en la correlación entre la muerte de la semilla y el "mucho fruto" que dará. El grano de trigo es él, Jesús. El fruto es la "vida en abundancia" (Jn 10, 10), que nos ha adquirido mediante su cruz. Esta es también la lógica y la verdadera fecundidad de toda pastoral vocacional en la Iglesia: como Cristo, el sacerdote y el animador deben ser un "grano de trigo", que renuncia a sí mismo para hacer la voluntad del Padre; que sabe vivir oculto, alejado del clamor y del ruido; que renuncia a buscar la visibilidad y la grandeza de imagen que hoy a menudo se convierten en criterios e incluso en finalidades de la vida en buena parte de nuestra cultura y fascinan a muchos jóvenes.

Queridos amigos, sed sembradores de confianza y de esperanza, pues la juventud de hoy vive inmersa en un profundo sentido de extravío. Con frecuencia las palabras humanas carecen de futuro y de perspectiva; carecen incluso de sentido y de sabiduría. Se difunde una actitud de impaciencia frenética y una incapacidad de vivir el tiempo de la espera. Sin embargo, esta puede ser la hora de Dios: su llamada, mediante la fuerza y la eficacia de la Palabra, genera un camino de esperanza hacia la plenitud de la vida.

Su Santidad Benedicto XVI
Obispo de Roma

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