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viernes, 24 de abril de 2009

Hombre y naturaleza

2009-04-26
El Ojo del Profeta
Hombre y naturaleza

Uno de los problemas contemporáneos del planeta es la contaminación ambiental, que afecta con más rigor a los países pobres. El factor humano en este flagelo es el principal escollo, porque implica cambio de hábitos y esfuerzos educativos tendientes a modificar la actitud y la conducta de los seres humanos con relación al daño ambiental que inflige a la naturaleza.

El hombre fue creado por Dios para dominar la tierra, pero, al mismo tiempo, para cuidarla y hacer de ella su hogar terrenal. Es su obligación, pues, amar y velar por el equilibrio de la creación. No le es lícito, desde esa perspectiva, destruir y acabar con aquello que Dios le dio para su supervivencia, sustento y felicidad. Hombre y criaturas de la tierra deben coexistir en armonía, para mantener el perfecto equilibrio de la vida. Por eso, cada persona y cada nación o pueblo deben contribuir, largamente, con la preservación de la naturaleza y el mantenimiento de un ambiente sano, donde se garantice la primacía de la vida sobre cualquier otro interés mundano

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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martes, 22 de abril de 2008

Nuestro ambiente

2008-04-20
A tiro de piedra
Nuestro ambiente

A la mayoría de las personas nos gusta vivir en un ambiente sano, limpio y agradable. Es algo innato que nos hace aspirar a establecernos en lugares bellos y adornados con la belleza de la madre naturaleza; no en vano las playas, los ríos, los lagos y las montañas son sitios altamente cotizados. Los panameños somos fanáticos de esta forma de vida, y basta observar el comportamiento de muchos de nuestros compatriotas, para comprobarlo.

Empecemos con la limpieza y el aseo. Observe detenidamente al automovilista que va delante suyo por las calles y la carretera; no pasa gran rato cuando nos cruzamos con uno de esos extremadamente pulcros: No quiere basura dentro de su auto; por eso la lanza a la vía. Papeles, cartuchos, bolsitas de golosinas y comida chatarra, latas de soda y de cerveza, hasta pañales desechables salen volando a través de la ventanilla. Si conduce por las calles de la ciudad, podrá pasarle por encima sin problema; si maneja por la carretera, a 80 ó 100 quilómetros por hora, entonces prepárese para apañar con el parabrisas de su vehículo lo que lanza el de adelante.

Otra prueba de nuestros hábitos higiénicos y de pulcritud se ve a la orilla de los caminos o las aceras. Muebles y trastos viejos, basura orgánica mezclada con otras materias, madera, arena y otros desperdicios se acumulan sin empacho. Allí, en medio de ese lenguaje mudo, podemos comprobar nuestra cultura de reciclaje: las bolsas plásticas de las compras se reutilizan para echar la basura. Vemos, también, la cortesía y la urbanidad que se refleja en la disposición de la basura, cuando escogemos caminos solitarios o rincones poco transitados para botarla. De que somos considerados con los demás, lo somos.

Múltiples artículos y productos son lanzados a los ríos y quebradas, para aprovechar la fuerza del agua y evitar los gases que emanarían hacia la atmósfera, si usáramos nuestros vehículos, o contratáramos alguno, para disponer de lo inservible en el vertedero. De que somos ingeniosos, es cosa innegable.

¿Qué decir de nuestro constante monitoreo de las corrientes marinas? Al lanzar al mar recipientes plásticos y otros objetos flotantes, verificamos permanentemente el movimiento de esas corrientes y los lugares a los que llegan. Quizá algún día la información nos sirva para trazar las líneas marítimas que nos ahorren tiempo y recurso para la navegación y la pesca. Ni hablar de nuestra mayor contribución al abono natural del suelo y el control de plagas a la orilla de los caminos, con el creciente número de individuos a en tono de La Mayor y La Menor, alivian el colon y la vejiga sin pudor ni recato.

Somos como somos, y por eso somos lo que somos. ¡Feliz Día de la Tierra!

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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