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martes, 14 de julio de 2009

Realidad nacional

2009-07-12
Editorial
Realidad nacional

La reunión plenaria de medio año de la Conferencia Episcopal Panameña nos permite actualizarnos, como Iglesia y como pueblo, del pensamiento de la jerarquía eclesiástica, con relación a la realidad del caminar de la propia Iglesia y de la realidad nacional. Es una palabra iluminadora, que nos ayuda a discernir acerca de los acontecimientos y los problemas que se suscitan en nuestra vida como pueblo de Dios y nación.

El acostumbrado mensaje de nuestros Pastores debe comprenderse desde el punto de vista de la fe, del magisterio de la Iglesia, y de la palabra esperanzadora que se dirige, en primer lugar a todos los creyentes, y al resto de la población. Si bien se promulga sustentado en la doctrina católica, el mensaje, también, conlleva la enseñanza ética y moral que, en sus raíces cristianas, busca el bien y la felicidad de todos los hombres.

Dentro de ese marco, el comunicado episcopal requiere, de quien lo lea, una interpretación libre de prejuicios y pensamiento sectario. Buscar en su contenido aristas políticas partidistas, o sacar de contexto sus ideas, sería una acción injusta e impropia de una persona que, en el ejercicio su simpatía, su actitud crítica, o su disidencia, le sea infiel a la práctica de libre albedrío, dentro del discernimiento y de responsabilidad que Dios nos da.

Invitamos a todo el pueblo de Dios, y a los hombres y mujeres de buena voluntad, a leer concienzudamente el mensaje de los Señores Obispos, reunidos en Conferencia Episcopal, para que encuentre eco en la realidad de vida personal y comunitaria.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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lunes, 5 de enero de 2009

"Busquemos a Jesús, dejémonos atraer por su luz que disipa la tristeza y el miedo"

2009-01-04
La Voz del Pastor
"Busquemos a Jesús, dejémonos atraer por su luz que disipa la tristeza y el miedo"

Publicamos parte el mensaje de Navidad que pronunció Benedicto XVI al mediodía del 25 de diciembre, desde el balcón de la fachada de la basílica vaticana, ante los miles de peregrinos congregados en la plaza de San Pedro

«Apparuit gratia Dei Salvatoris nostri omnibus hominibus" (Tt 2,11).

Queridos hermanos y hermanas, renuevo el alegre anuncio de la Natividad de Cristo con las palabras del apóstol San Pablo: Sí, hoy «ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres».

Ha aparecido. Esto es lo que la Iglesia celebra hoy. La gracia de Dios, rica en bondad y en ternura, ya no está escondida, sino que «ha aparecido», se ha manifestado en la carne, ha mostrado su rostro. ¿Dónde? En Belén. ¿Cuándo? durante el primer censo bajo César Augusto, al que se refiere también el evangelista San Lucas. Y ¿quién la revela? Un recién nacido, el Hijo de la Virgen María. En Él ha aparecido la gracia de Dios, nuestro Salvador. Por eso ese Niño se llama Jehoshua, Jesús, que significa «Dios salva».

La gracia de Dios ha aparecido. Por eso la Navidad es fiesta de luz. No una luz total, como la que inunda todo en pleno día, sino una claridad que se hace en la noche y se difunde desde un punto preciso del universo: desde la gruta de Belén, donde el Niño divino ha «venido como la luz». En realidad, es Él la luz misma que se propaga, como representan bien tantos cuadros de la Natividad. Él es la luz que, apareciendo, disipa la bruma, desplaza las tinieblas y nos permite entender el sentido y el valor de nuestra existencia y de la historia. Cada belén es una invitación simple y elocuente a abrir el corazón y la mente al misterio de la vida. Es un encuentro con la Vida inmortal, que se ha hecho mortal en la escena mística de la Navidad; una escena que podemos admirar también aquí, en esta plaza, así como en innumerables iglesias y capillas de todo el mundo, y en cada casa donde el nombre de Jesús es adorado.

La gracia de Dios ha aparecido a todos los hombres. Sí, Jesús, el rostro de Dios que salva, no se ha manifestado sólo a unos pocos, a algunos, sino a todos. Es cierto que pocas personas lo han encontrado en la humilde y destartalada demora de Belén, pero Él ha venido para todos: judíos y paganos, ricos y pobres, cercanos y lejanos, creyentes y no creyentes..., todos. La gracia sobrenatural, por voluntad de Dios, está destinada a toda criatura. Pero hace falta que el ser humano la acoja, que diga su «sí» como María, para que el corazón sea iluminado por un rayo de esa luz divina. Aquella noche eran María y José los que recibían al Verbo encarnado para acogerlo con amor, y los pastores, que velaban junto a los rebaños (cf. Lc 2,1-20). Una pequeña comunidad, pues, que acudió a adorar al Niño Jesús; una pequeña comunidad que representa a la Iglesia y a todos los hombres de buena voluntad. También hoy, quienes en su vida lo esperan y lo buscan, encuentran al Dios que se ha hecho nuestro hermano por amor; todos los que en su corazón tienden hacia Dios desean conocer su rostro y contribuir a la llegada de su Reino. Jesús mismo lo dice en su predicación: éstos son los pobres de espíritu, los afligidos, los humildes, los hambrientos de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz, los perseguidos por la causa de la justicia (cf. Mt 5,3-10). Éstos son los que reconocen en Jesús el rostro de Dios y se ponen en camino, como los pastores de Belén, renovados en su corazón por la alegría de su amor.

Hermanos y hermanas que me escucháis, el anuncio de esperanza que constituye el corazón del mensaje de la Navidad está destinado a todos los hombres. Jesús ha nacido para todos y, como María lo ofreció en Belén a los pastores, en este día la Iglesia lo presenta a toda la humanidad, para que en cada persona y situación se sienta el poder de la gracia salvadora de Dios, la única que puede transformar el mal en bien, y cambiar el corazón del hombre y hacerlo un «oasis» de paz.

Que sientan el poder de la gracia salvadora de Dios tantas poblaciones que todavía viven en tinieblas y en sombras de muerte (cf. Lc 1,79). Que la luz divina de Belén se difunda en Tierra Santa, donde el horizonte parece volverse a oscurecer para israelíes y palestinos; que se propague en Líbano, en Irak y en todo el Medio Oriente. Que haga fructificar los esfuerzos de quienes no se resignan a la lógica perversa del enfrentamiento y la violencia, y prefieren en cambio el camino del diálogo y la negociación para resolver las tensiones internas de cada país y encontrar soluciones justas y duraderas a los conflictos que afectan a la región. A esta Luz que transforma y renueva anhelan los habitantes de Zimbabue, en África, atrapado durante demasiado tiempo por la tenaza de una crisis política y social, que desgraciadamente sigue agravándose, así como los hombres y mujeres de la República Democrática del Congo, especialmente en la atormentada región de Kivu; de Darfur, en Sudán; y de Somalia, cuyas interminables tribulaciones son una trágica consecuencia de la falta de estabilidad y de paz. Esta Luz la esperan, sobre todo, los niños de estos y de todos los países en dificultad, para que se devuelva la esperanza a su porvenir.

Donde se atropella la dignidad y los derechos de la persona humana; donde los egoísmos personales o de grupo prevalecen sobre el bien común; donde se corre el riesgo de habituarse al odio fratricida y a la explotación del hombre por el hombre; donde las luchas intestinas dividen grupos y etnias y laceran la convivencia; donde el terrorismo sigue golpeando; donde falta lo necesario para vivir; donde se mira con desconfianza un futuro que se está haciendo cada vez más incierto, incluso en las naciones del bienestar: que en todos estos casos brille la Luz de la Navidad y anime a todos a hacer su propia parte, con espíritu de auténtica solidaridad. Si cada uno piensa sólo en sus propios intereses, el mundo se encamina a la ruina.

Queridos hermanos y hermanas, hoy «ha aparecido la gracia de Dios, el Salvador» (cf. Tt 2,11) en este mundo nuestro, con sus capacidades y sus debilidades, sus progresos y sus crisis, con sus esperanzas y sus angustias. Hoy resplandece la luz de Jesucristo, Hijo del Altísimo e hijo de la Virgen María, «Dios de Dios, Luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero... que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo». Lo adoramos hoy en todos los rincones de la tierra, envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Lo adoramos en silencio mientras Él, todavía niño, parece decirnos para nuestro consuelo: No temáis, «no hay otro Dios fuera de mí» (Is 45,22). Venid a mí, hombres y mujeres, pueblos y naciones; venid a mí, no temáis. He venido al mundo para traeros el amor del Padre, para mostraros la vía de la paz.

S. S. Benedicto XVI
Obispo de Roma

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miércoles, 23 de julio de 2008

Mensaje del Primer Obispo José María Carrizo el 21 de julio de 1988

2008-07-20
La Voz del Pastor
Mensaje del Primer Obispo José María Carrizo el 21 de julio de 1988

Al conmemorarse el XLVI aniversario de la erección de nuestra diócesis, referimos como historia de nuestro caminar diocesano el mensaje que diera nuestro predecesor, y primer Obispo de Chitré, Monseñor José María Carrizo Villarreal, el julio 21 de 1988, en las Bodas de Plata de la Diócesis:

“Con sentida satisfacción y un gran gozo espiritual me dirijo a todos los fieles diocesanos en este año especial para nuestra querida Diócesis de Chitré cuando celebramos el XXV aniversario de su creación canónica por el Papa Juan XXIII siendo Nuncio Apostólico Monseñor Antonino Pinci. Muchas cosas han sucedido durante este cuarto de siglo en las Provincias de Herrera y Los Santos, extensión geográfica de la Diócesis. Como su primer Obispo sentí que una pesada cruz caía sobre mis hombros al aceptar por voluntad del Señor, el régimen y administración de esta Iglesia.

No es tarea fácil organizar una Diócesis recién creada, pequeña y sin personal; buscar alojamiento para el Obispo y sus oficinas. Gracias al Señor y ala ayuda de laicos comprometidos fuimos superando las dificultades y solucionando los problemas. Al poco tiempo pudimos duplicar el personal, al lograr la venida de los Padres Agustinos, que trabajan en la la Parroquia de San Juan Bautista de Chitré y de los Padres Redentoristas en la Parroquia de Santa Librada en Las Tablas. Igualmente reforzaron nuestro equipo de trabajo las Hermanas Oblatas al Divino Amor, que trabajaron en la Parroquia de San Miguel de Monagrillo; las Hermanas Fran­ciscanas que trabajan en la Parroquia eje Pocrí y las Hermanas Betlemitas en la Parroquia de Tonosí. Con la cooperación de todos hemos podido ordenar de sacerdotes a ocho jóvenes azuerenses.

Vinimos a un pueblo con historia, tradición, fe y sentido comunitario. L a gente azuerense profesa una fe de la cual se siente orgullosa y cada día quiere hacerse más ilustrada y dinámica. Paralela a su creencia católica caminan la igualdad y la fraternidad de sus habitantes. No se dan diferencias sociales llamativas y en el trato entre sus moradores prevalece la cordialidad. Todos trabajan con tesón y honestidad, tanto en las faenas de la campiña como en las actividades laborales y profesionales. Reconociendo tan ricos tesoros humanos y cristianos, hay que seguir avanzando al ritmo de los tiempos. La Iglesia tiene que ir renovándose periódicamente. Por eso apoyamos y bendecimos la Nueva Misión 1988 realizada, principalmente, por laicos comprometidos con la nueva Evangelización de la Iglesia Panameña. ‘Evangelización nueva en su ardor, nueva en sus métodos nueva en su expresión’ (S.S. Juan Pablo 11 el 12 de octubre de 1984, en Santo Domingo).

Todos somos misioneros, evangelicemos siempre; todos estamos llamados a ser servidores y constructores de la Iglesia de Cristo. Trabajemos todos unidos y con dedicación como buenos católicos en bien de la Diócesis. Finalmente, quiero aprovechar esta feliz oportunidad para exhortarles a todos mis diocesanos a seguir adelante con ilusión y fe. ‘En el Señor confío’, Lema que he tenido presente en mi ministerio episcopal. Nuestra fuerza pues está en Cristo y en la poderosa intercesión de la Virgen María”.

Mons. Fernando Torres Durán
Obispo de Chitré

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