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lunes, 19 de enero de 2009

Cambiar de actitud

2009-01-18
Editorial
Cambiar de actitud

Una frase que de manera permanente resalta, con letras grandes, en la fachada posterior del templo de Atalaya, hacia el parque o plaza del pueblo, reza así: “Cambia de actitud y vivirás". Tras los acontecimientos de las últimas semanas, esas palabras interpelan a todos aquellos que de pensamiento, palabra, obra y omisión participaron de los hechos.

Nada tenemos que regatear a los moradores que, en su amor y celo lugareño, reclamaron la restitución de la imagen del Nazareno. Nada de reprobar al párroco del lugar que, en su amor y celo pastoral, procuró, por los medios que consideró convenientes, hacer reparar la imagen que, innegablemente, necesita ser restaurada para su debida conservación y digna veneración.

Reprochamos, eso sí, la actitud de algunos que amenazaron, injuriaron y hasta casi secuestraron al párroco del lugar y al obispo de la diócesis; incluso antes que se confirmara, por las autoridades eclesiásticas, el traslado de la imagen del Nazareno para su restauración. No hay justificación ni derecho para obrar así. Lo propio, para el cristiano auténtico, es hablar primero con el hermano si este yerra. Si no atiende, hacerse acompañar de otros dos o tres hermanos. Si no escucha, se debe llevar el caso ante la Iglesia. Nada de esto se hizo.

Hasta el sol de hoy, sólo el Señor Obispo de Santiago ha reconocido su error y disculpado públicamente. ¿Y el resto? ¿Quién cambiará de actitud para tener vida? El tiempo nos dirá si la frase escrita en las paredes del templo son solamente para los peregrinos, que por millares copan el pueblo el primer domingo de Cuaresma, o también se aplica a los lugareños que, en un estado de emoción colectiva, ultrajaron a su párroco y al Pastor de su iglesia local.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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jueves, 14 de febrero de 2008

Una visita a La Atalaya

2008-02-10
A tiro de piedra
Una visita a La Atalaya

Acabo de hacer un viaje a La Atalaya, como ya es costumbre aquí en el periódico. Es la visita previa a la gran romería que tiene su cenit el primer domingo de Cuaresma. Lo que pudiera parecer algo rutinario, no lo es. Atalaya, como se le llama comúnmente, siempre nos deja algo nuevo. Este año no es la excepción: conocimos al sacristán de monseñor Juan José Cánovas, gran impulsor de la famosa romería al Nazareno; y a una de las lugareñas de mayor edad, que a sus 102 años aún conserva toda su lucidez.

Desde muy pequeño he sido aficionado a hablar con los ancianos, por el conocimiento y la experiencia que le dan sabiduría. Allí, con don Ismael Valdés y doña Encarnación Marín, me sentía a gusto. El, bautizado y casado por monseñor Cánovas, contaba con fruición su experiencia con ese gran cura de almas. Lo que más recuerda de él es su caridad con los enfermos, y los largos viajes a caballo por los poblados lejanos de la circunscripción parroquial. Mamá-otra, o Chon, como llaman a doña Encarnación, habló muy poco. Su voz fuerte. Su mirada viva reflejada en sus ojos negros. Su hospitalidad. Toda su personalidad así reflejada, complementada con su hablar pausado, frases escuetas y directas, y su franqueza patente.

Atalaya, con su basílica menor, una de las dos existentes en el país (la segunda es la de Don Bosco, en la capital), ha visto llegar a los romeros desde la época colonial. Por mucho tiempo la romería se celebró sólo durante el Primer Domingo de Cuaresma. Con Cánovas y los padres Cruzados de San Juan, se extendió desde el Miércoles de Ceniza hasta el domingo primero de Cuaresma.

Frente al templo, que está orientado hacia el mar porque era el antiguo camino de entrada al pueblo, al que se llegaba por vía marítima, hay una pequeña construcción que aparenta venir desde la colonia. Es una casita que, según doña Chon, sirvió de escuela. De hecho, ella asistió a la primaria allí. También pudo haber sido cuartel militar o cárcel. Al comentárselo a don Ismael, me dijo que de niño había escuchado que sirvió de prisión. Hoy es un depósito municipal, en el que se guarda materiales y las figuras del Nacimiento que levanta el pueblo para Navidad. El repello y las reparaciones recientes, le ha dañado se estructura de ladrillos cocidos.

La Atalaya, población de la que hablaba mi abuela Clementina con veneración, cada vez que se acercaba la fecha de la romería y preparaba su viaje hacia allá, merece mayor atención. Ya sea por su historia, o por su cercanía a la zona turística de Mariato, ningún esfuerzo sería en vano por dotarla de la infraestructura y los servicios que la potencien como punto obligado de parada para propios y extraños.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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