miércoles, 19 de diciembre de 2007

Navidad: Fiesta de la humanidad

2007-12-16
La Voz del Pastor
Navidad: Fiesta de la humanidad

A pesar de que llevamos dos mil años celebrando el nacimiento del Hijo de Dios en la carne, o quizá por eso, no acabamos de sacarle todo el jugo al acontecimiento. Puede ser que el consumismo dictado por las pautas comerciales, o la rutina de ver simples adornos más o menos espectaculares, o los intentos de secularizar y meter todo en el saco de lo cultural sin más, estén pesando más de la cuenta en una celebración que debería ocupar un sitial de honor en la vida de la humanidad.

Que el Hijo de Dios, o sea Dios mismo, se haya revestido de nuestra carne, haya compartido nuestra historia, haya pisado nuestra tierra, ya es, por sí solo, motivo de engrandecimiento, de orgullo, de valorizar lo que somos y lo que hacemos. A pesar de todos los males y horrores que nos aquejan y nos han aquejado, ser parte de eso que llamamos « género humano » no es tan horripilante: nada menos que Dios, en la persona de su Hijo, es parte de él y ese pedacito de carne que adoramos en Belén es ya parte de la historia gloriosa y triunfante que Dios tiene reservada a todos los que le aman.

Esto nos debería llevar a mirar nuestro ser y nuestra historia a través del prisma de Belén. En el Niño del pesebre no sólo se revela el inmenso amor de Dios, que apuesta a las claras por la humanidad, sino también la verdadera dignidad y grandeza del ser humano. El ser humano, cualquier ser humano, todo ser humano, vale tanto a los ojos de Dios, que Éste no duda en entregar a su propio Hijo a un proceso de encarnación-muerte-resurrección con tal de que aquél recupere su dignidad perdida por el pecado. Esta valoración y dignidad es la que nos debe servir para aceptar que la persona humana es el centro de la vida natural, social, cultural, económica, política y religiosa, porque, como dirá Jesús, «no está hecho el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre» (Mc 2, 27).

Y, a la luz de la Navidad, del Dios hecho hombre, entendemos lo que decía San Ireneo: «La gloria de Dios es que el hombre viva». Si es así, tendremos que preguntarnos: ¿Qué gloria damos a Dios cuando desfiguramos la vida del hombre? ¿Dónde queda la gloria de Dios cuando reducimos al hombre y la mujer a visones economicistas o consumistas o hedonistas? ¿Dónde queda la gloria de Dios cuando los planes de educación pretenden construir un niño o un joven sin Dios, suprimiendo la asignatura de Religión, so capa de aligerar la carga académica? ¿Dónde queda la gloria de Dios cuando los niños y jóvenes son expuestos a una sexualidad sin más límites que el «sexo seguro» y sin más control que el de su propio deseo? ¿Dónde queda la gloria de Dios cuando la economía se mueve al compás de los grandes intereses del lucro sin límites, creando legiones de excluidos, marginados y desechables? ¿Dónde queda la gloria de Dios cuando intereses gremiales y políticos no ceden en favor de los enfermos que se ven desatendidos por una huelga que sobrepasa el mes?

Navidad es la exaltación de la humanidad: Dios se hizo hombre, para que cada hombre y mujer pudiera ser y vivir con la dignidad de hijo e hija de Dios. ¿Qué Navidad celebraremos si sólo somos capaces de doblar nuestras rodillas ante el Niño de Belén y no nos arrodillamos ante cada hombre y cada mujer por los cuales Dios se hizo hombre? Cantemos villancicos, sí. Intercambiemos regalos, sí. Adornemos con guirnaldas y luces de colores, sí. Pero que nada ni nadie nos haga olvidar la verdadera Navidad: «Gloria a Dios en el cielo y, en la tierra, paz a los hombres que ama Dios».

Fr. José Luis Lacunza M., O.A.R.
Obispo de David

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Engendrado, no creado

2007-12-16
A tiro de piedra
Engendrado, no creado

Las últimas décadas han introducido en el mundo la degradación de los valores, creencias, costumbres y tradiciones de gran parte de la humanidad. Es un fenómeno generalizado, que desvirtúa con gran fuerza la identidad cultural y la idiosincrasia de los pueblos y naciones. Es un enfoque que falazmente pregona libertad y reclama cambios por obsolescencia para progresar, cuando en el fondo no existe tal cosa.

Esa corriente ladrona que, a falta de algo propio, busca adulterar lo ajeno, pretende, ahora, robarnos la Navidad a los cristianos. Desde hace mucho se ha aprovechado de figuras creadas por el hombre, para tomar el lugar del protagonista verdadero de la celebración navideña: Jesús Niño, Hijo de Dios. A fuerza de mercantilismo, intentan imponernos a Santa Claus, a los duendes, y a cuanto personaje puedan conjurar o utilizar para sus fines comerciales, de tal suerte que todos resultan víctimas de los que sólo ven lo lleno o vacío de su caja registradora.

Frente a esos vientos, los cristianos tenemos la obligación de estar atentos, y ser luz para quienes son cubiertos por esas tinieblas. La Navidad es la memoria del nacimiento de Jesucristo: no es una fiesta cualquiera, ni una celebración hueca o vacía. Tiene un sentido, y ese sentido es que Cristo vino a nosotros encarnado en María, para salvarnos y redimirnos de nuestros pecados. No hay Navidad sin Cristo; todo lo demás está supeditado a él.

Jesús Niño fue engendrado por obra y gracia del Espíritu Santo, desde Dios Padre. Esta es la primera diferencia con todos los demás personajes creados por el hombre. A Cristo fueron a verlo los pastores, gente de carne y hueso, y no figuras ficticias como los duendes. Nació y vivió entre los hombres cada día de su vida; no se apareció por unos cuantos días, y luego se fue al Polo Norte el resto del año. Estuvo entre los suyos, hasta su muerte; y está a cada momento con nosotros, a partir de su resurrección.

Si queremos preservar el auténtico sentido de la Navidad, enseñemos a los nuestros y a los que están alrededor lo que dice el Evangelio. Muchos, por ignorancia, son arrastrados por la corriente ladrona del mundo. Corrijámoslos con amor, enseñando y educando en la fe. El mejor regalo que podemos hacerle a una persona, en este tiempo, es anunciarle la buena nueva del nacimiento de Cristo. Sepamos defender nuestra fe con firmeza y caridad, para ganar almas para el Señor.

No importa lo que diga el mundo. No importa que intenten desvirtuar el sentido verdadero de la Navidad. Lo que importa, realmente, es nuestra actitud como cristianos. Y así como al mundo no se le ocurre cambiar la Pascua judía, o el Ramadán musulmán, para que los otros no se ofendan, tampoco tiene ningún derecho para quitarnos a Cristo de la Navidad. Al fin y al cabo, la Navidad es lo que es, porque significa la venida de Dios entre nosotros, en la fragilidad de un niño nacido en un pesebre y envuelto en pañales.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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Navidad con sentido

2007-12-16
Editorial
Navidad con sentido

En la bulliciosa confusión mercantilista de diciembre, el sentido navideño se interpreta según la condición íntima de la propia persona. Para unos es época de amor y paz, sin más; para algunos más, periodo de intercambio social y consumo desmesurado; y para otros, el sentimiento que nace desde la fe. No contamos, aunque sin pretender excluirlos, a los que simple y llanamente les resulta indiferente ésta y otras celebraciones.

Para el cristiano que toma en serio su fe, la Navidad tiene el sentido profundo de la venida de Cristo al mundo. La primera, y la segunda que esperamos en definitiva. Este tiempo es de renovación de nuestras vidas; de plugar a Dios para que nos dé su Espíritu Santo y vivamos mejor la relación con él y con el prójimo; y de poner suficiente aceite en nuestras lámparas en espera de su venida.

Nuestro actuar ha de asemejarse a aquella persona que pone su casa en orden, porque espera la llegada, de un momento a otro, de alguien que es lo más importante y especial para ella. Y porque se preocupa por su venida, no escatima en esfuerzo alguno para que, al llegar, encuentre todo en su puesto y constate que se le ama y se le considera en grado sumo.

Si no hemos abierto aún los ojos a esta realidad, hagámoslo; todavía estamos a tiempo. Que no quedemos como las jóvenes necias, que no les preocupó llevar suficiente aceite para sus lámparas. Vivir esta Navidad en espiritualidad, nos llenará de gozo y alegría. Vivirla en el frenesí y la vorágine del mundo mercantilista, nos dejará, al cabo de unos días, un inmenso vacío imposible de llenar con cosas terrenales.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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Prevenir es mejor

2007-12-16
El Ojo del Profeta
Prevenir es mejor

Reza un adagio que prevenir es mejor que lamentar, y las Escrituras nos alertan de saber construir nuestra casa sobre la roca firme y saber hacer bien nuestros cálculos en cada empresa. La sabiduría del mundo y la divina, coinciden en medir bien las consecuencias de nuestras acciones.

Con el reciente incendio en un centro comercial de la ciudad, se ha denunciado la ausencia de medidas de seguridad para el público frente a un evento o desastre fortuito. Ni es la primera vez, ni es el único lugar que se juega la integridad física de las personas, ya sea por desconocimiento o por desidia. Pareciera que no hemos tenido suficiente con el bus incendiado el año pasado, o el grave accidente de hace varios años con los fuegos artificiales en el estadio de béisbol.

Personas sensatas ayudan a construir comunidades sensatas, las que, a su vez, conformarán una sociedad sensata. Y la sensatez, por estos días, parece estar ausente en muchos campos de nuestra vida nacional. Quiera Dios y adquiramos un corazón sensato, para que podamos crecer en gracia y sabiduría.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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lunes, 10 de diciembre de 2007

Adviento, tiempo para redescubrir la esperanza

2007-12-09
La Voz del Pastor
Adviento, tiempo para redescubrir la esperanza

Publicamos las palabras que pronunció Benedicto XVI el domingo 2 de diciembre antes y después de rezar la oración mariana del «Ángelus».

Queridos hermanos y hermanas:

Con este primer domingo de Adviento comienza un nuevo año litúrgico: el Pueblo de Dios se vuelve a poner en camino para vivir el misterio de Cristo en la historia. Cristo es el mismo de ayer, de hoy de siempre (Cf. Hebreos 13, 8); la historia sin embargo cambia y necesita ser constantemente evangelizada; necesita ser renovada en su interior y la única verdadera novedad es Cristo: Él es su pleno cumplimiento, el futuro luminoso del hombre y del mundo. Resucitado de entre los muertos, Jesús es el Señor a quien Dios someterá todos los enemigos, incluida la misma muerte (Cf. 1 Corintios 15, 25-28). El Adviento es, por tanto, el tiempo propicio para despertar en nuestros corazones la espera de «Aquel que es, que era y que va a venir» (Apocalipsis 1, 8). El Hijo de Dios ya vino a Belén hace veinte siglos, viene en cada momento al alma y a la comunidad que están dispuestos a recibirlo, vendrá de nuevo al final de los tiempos para «juzgar a vivos y muertos». Por este motivo, el creyente siempre está vigilando, animado por la íntima esperanza de encontrar al Señor, como dice el Salmo: «Espero en el Señor, mi alma espera en su palabra; mi alma aguarda al Señor más que los centinelas la aurora» (Salmo 129 [130], 5-6).

Este domingo es, por tanto, un día sumamente indicado para ofrecer a toda la Iglesia y a todos los hombres de buena voluntad mi segunda encíclica, que he querido dedicar precisamente al tema de la esperanza cristiana. Se titula «Spe salvi», pues comienza con la expresión de san Pablo: «Spe salvi facti sumus - en esperanza fuimos salvados» (Romanos 8,24). En éste, al igual que en otros pasajes del Nuevo Testamento, la palabra «esperanza» está íntimamente unida a la palabra «fe». Es un don que cambia la vida de quien lo recibe, como demuestra la experiencia de muchos santos y santas. ¿En qué consiste esta esperanza tan grande y tan «confiable» que nos permite decir que en ella está nuestra «salvación»? En definitiva, consiste en el conocimiento de Dios, en el descubrimiento de su corazón de Padre bueno y misericordioso. Jesús, con su muerte en la cruz y con su resurrección, nos ha revelado su rostro, el rostro de un Dios tan grande en el amor que nos ha dado una esperanza inquebrantable, que ni siquiera la muerte puede resquebrajar, pues la vida de quien confía en este Padre se abre a la perspectiva de la felicidad eterna.

El desarrollo de la ciencia moderna ha confinado cada vez más la fe y la esperanza a la esfera privada e individual de manera que aparece de forma evidente y en ocasiones dramática, que el hombre y el mundo tienen necesidad de Dios --¡del verdadero Dios!--, pues de lo contrario quedarían privados de esperanza. La ciencia sin duda contribuye al bien de la humanidad, pero no es capaz de redimirla. El hombre es redimido por el amor, que hace que la vida personal y social se convierta en buena y hermosa. Por este motivo la gran esperanza, la que es plena y definitiva, está garantizada por Dios, que en Jesús nos ha visitado y nos ha donado la vida, y en Él volverá al final de los tiempos. Es en Cristo que esperamos, ¡es Él a quien esperamos!

Con María, su Madre, la Iglesia sale al encuentro del Esposo: lo hace con las obras de caridad, pues la esperanza, como la fe, se demuestra con el amor.

Buen Adviento a todos.

S. S. Benedicto XVI
Obispo de Roma

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Progreso

2007-12-09
A tiro de piedra
Progreso

En los últimos meses leo noticias que nos hablan del repunte económico de Panamá y de las grandes obras que se construyen o están próximas a construirse. Es evidente que la actividad económica se ha incrementado, que más personas tienen empleo, y que el país genera una riqueza mayor que en otros tiempos. Pero, también es cierto que un importante sector de la población está marginada del progreso que vive la república.

Nuestro desarrollo depende, además de los planes e inversiones públicas, de la participación del resto de la sociedad y sus diversos sectores. Necesitamos definir metas y planificar la forma en que las lograremos. La empresa privada debe diseñar su plan de desarrollo, involucrando a las distintas actividades empresariales que la conforman. Las universidades y las escuelas también deben tener su plan, para fijarse metas en cuanto a carreras, excelencia académica, y calidad de la instrucción. Los gremios profesionales y sindicales deben hacer otro tanto, para elevar la calidad de la mano de obra. Y, así, otras organizaciones y estamentos de la sociedad panameña deben hacer lo propio.

Para progresar como nación, necesitamos de un proyecto común, en donde cada sector social aporte y desarrolle la parte que le corresponde para alcanzar la meta común. Ya se han hecho varios ejercicios al respecto; entre ellos los foros de Bambito, Coronado, y la reciente Concertación. Sólo nos falta echar a andar la rueda, olvidando mezquindades y deponiendo actitudes que obstaculizan la realización de lo acordado.

Si queremos que la riqueza del país alcance a todos, tenemos que aunar esfuerzos y asumir con responsabilidad el papel que corresponde a cada uno. Que el gobierno utilice bien los recursos fiscales para crear las obras de infraestructura, hacer más eficiente la administración, y desmantelar el sistema de influencias y favoritismo que por décadas ha imperado en el sector gubernamental. Que la sociedad política busque realmente el bien común, y no los intereses sectarios. Que la sociedad civil ayude a la población a darse respuestas y a asumir sus deberes y no sólo reclamar sus derechos. Que el empresario cree puestos de trabajo justamente remunerados. Que el trabajador realice sus tareas a carta cabal. Que la educación esté dirigida a la plena realización de la persona humana, y no solamente a proveer de conocimientos técnicos o científicos que le asegurarán un "buen éxito profesional".

El progreso de Panamá depende de nuestro progreso como personas, como padres, como hermanos, como hijos, como políticos, como empresarios, como funcionarios, como trabajadores, como lo que nos ha tocado ser y vivir. Que cada uno haga lo suyo pensando en que lo hace también por su prójimo y por su nación. Ese es el secreto del progreso. No hay otro.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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Que no vuelva a ocurrir

2007-12-09
Editorial
Que no vuelva a ocurrir

El resultado de la huelga médica ha sido de miles de pacientes, incluidos niños, adultos y ancianos, perjudicados porque no han recibido la atención de salud cuando la necesitaban o cuando estuvo programada con cita previa. Ningún poder humano podrá resarcir el daño a satisfacción ni restituir la salud perdida o el padecimiento sufrido. ¡No hay manera!

Aún con todos los argumentos y justificaciones que quieran darnos las partes en conflicto, será imposible legitimar la privación del servicio de salud a quien resulta, al final, la única víctima de tanta desconsideración: la población indefensa frente al poder del que hacen gala las partes enfrentadas.

Como suele ocurrir, al final cada contendor obtiene lo que resulte de su acuerdo, sea esto mucho o poco; y el pueblo sencillo, víctima inocente, lo único que saca es el sufrimiento irredento y la vuelta a una normalidad que ya conoce muy bien por experimentarla en propia carne: madrugar para conseguir un cupo para dentro de varias semanas o meses, y la ausencia de algunas medicinas que necesita para sobrellevar su enfermedad.

Después de terminada la huelga médica, sólo nos resta esperar que no vuelva a ocurrir algo así. Los que la sufren más son, en su mayoría, gente sin largos años de estudio ni detentadores de poder político, pero que día a día construyen el país con su sudor y su esfuerzo, del que se deriva el pago de cuotas e impuestos que, al fin y al cabo, pagan el salario y el nivel de vida de quienes deben proveerle los servicios de salud y la obligada seguridad social.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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Plan de Seguridad Pública

2007-12-09
El Ojo del Profeta
Plan de Seguridad Pública

El tema de la seguridad ciudadana provoca un debate permanente en todos los países, por que se trata, quizá, de lo que garantiza lo más preciado que tiene toda estado: la vida y bienes de los asociados. Por eso, un clima de inseguridad tiene consecuencias negativas para el conglomerado social y sus instituciones.

Recientemente, el ministro de gobierno ha presentado su Plan de Seguridad Pública, que pretende aumentar la eficacia de la policía en la vigilancia y represión del crimen, la gestión preventiva, y la cooperación ciudadana para crear un ambiente de mejor seguridad entre la población.

Dentro del plan propuesto resalta la persecución contra el narcotráfico, que constituye el delito con mayor porcentaje dentro de la estadística de la criminalidad. En este punto debemos involucrarnos todos, y no dejarlo solamente a la autoridad, para que no siga la droga destruyendo nuestra vida en común. De poner en marcha adecuadamente la parte preventiva del plan de seguridad pública, el resultado que obtendremos será beneficioso para el país entero. Ojalá así sea.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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lunes, 3 de diciembre de 2007

Adviento: Tiempo de gracia, de vigilancia en la oración y de júbilo en la alabanza

2007-12-02
La Voz del Pastor
Adviento:
Tiempo de gracia, de vigilancia en la oración y de júbilo en la alabanza

Reproducimos un extracto de la homilía que improvisó el Papa Benedicto XVI durante el rezo de las primeras vísperas del primer domingo de Adviento, sábado 26 de noviembre de 2005, en la Basílica de San Pedro del Vaticano.

Con la celebración de las primeras Vísperas del primer domingo de Adviento iniciamos un nuevo Año litúrgico. Cantando juntos los salmos, hemos elevado nuestro corazón a Dios, poniéndonos en la actitud espiritual que caracteriza este tiempo de gracia: «vigilancia en la oración» y «júbilo en la alabanza» (cf. Misal romano, Prefacio II de Adviento). Siguiendo el ejemplo de María santísima, que nos enseña a vivir escuchando devotamente la palabra de Dios, meditemos sobre la breve lectura bíblica que se acaba de proclamar. Se trata de dos versículos que se encuentran al final de la primera carta de san Pablo a los Tesalonicenses (1 Ts 5, 23-24). El primero expresa el deseo del Apóstol para la comunidad; el segundo ofrece, por decirlo así, la garantía de su cumplimiento. El deseo es que cada uno sea santificado por Dios y se conserve irreprensible en toda su persona -«espíritu, alma y cuerpo»- hasta la venida final del Señor Jesús; la garantía de que esto va a suceder la ofrece la fidelidad de Dios mismo, que consumará la obra iniciada en los creyentes.

Esta primera carta a los Tesalonicenses es la primera de todas las cartas de san Pablo, escrita probablemente en el año 51. En ella, aún más que en las otras, se siente latir el corazón ardiente del Apóstol, su amor paterno, es más, podríamos decir materno, por esta nueva comunidad; y también su gran preocupación de que no se apague la fe de esta Iglesia nueva, rodeada por un contexto cultural contrario a la fe en muchos aspectos. Así, san Pablo concluye su carta con un deseo, podríamos incluso decir, con una oración. El contenido de la oración, como hemos escuchado, es que sean santos e irreprensibles en el momento de la venida del Señor. La palabra central de esta oración es venida. Debemos preguntarnos qué significa venida del Señor. En griego es parusía, en latín adventus, adviento, venida. ¿Qué es esta venida? ¿Nos concierne o no?

Para comprender el significado de esta palabra y, por tanto, de esta oración del Apóstol por esta comunidad y por las comunidades de todos los tiempos, también por nosotros, debemos contemplar a la persona gracias a la cual se realizó de modo único, singular, la venida del Señor: la Virgen María. María pertenecía a la parte del pueblo de Israel que en el tiempo de Jesús esperaba con todo su corazón la venida del Salvador, y gracias a las palabras y a los gestos que nos narra el Evangelio podemos ver cómo ella vivía realmente según las palabras de los profetas. Esperaba con gran ilusión la venida del Señor, pero no podía imaginar cómo se realizaría esa venida. Quizá esperaba una venida en la gloria. Por eso, fue tan sorprendente para ella el momento en el que el arcángel Gabriel entró en su casa y le dijo que el Señor, el Salvador, quería encarnarse en ella, de ella, quería realizar su venida a través de ella. Podemos imaginar la conmoción de la Virgen. María, con un gran acto de fe y de obediencia, dijo «sí»: «He aquí la esclava del Señor». Así se convirtió en «morada» del Señor, en verdadero «templo» en el mundo y en «puerta» por la que el Señor entró en la tierra.

Hemos dicho que esta venida del Señor es singular. Sin embargo, no sólo existe la última venida, al final de los tiempos. En cierto sentido, el Señor desea venir siempre a través de nosotros, y llama a la puerta de nuestro corazón: ¿estás dispuesto a darme tu carne, tu tiempo, tu vida? Esta es la voz del Señor, que quiere entrar también en nuestro tiempo, quiere entrar en la historia humana a través de nosotros. Busca también una morada viva, nuestra vida personal. Esta es la venida del Señor. Esto es lo que queremos aprender de nuevo en el tiempo del Adviento: que el Señor pueda venir a través de nosotros. La santificación es don de Dios e iniciativa suya, pero el ser humano está llamado a corresponder con todo su ser, sin que nada de él quede excluido.

Que María santísima, Virgen fiel, nos guíe a hacer de este tiempo de Adviento y de todo el nuevo Año litúrgico un camino de auténtica santificación, para alabanza y gloria de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

S. S. Benedicto XVI
Obispo de Roma

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Análisis de contenido

2007-12-02
A tiro de piedra
Análisis de contenido

Uno de los ejercicios que se aprende en la carrera periodística es el análisis de contenido, para determinar la tendencia editorial de un periódico, su ideología, y el propósito que busca con el tratamiento de los temas. El mismo análisis puede hacerse con un determinado escrito, o con las fuentes o autores del material publicado.

El martes pasado (27 de noviembre), en la sección de opinión de La Prensa, aparecen dos escritos que se oponen a las personas que están en contra de la forma en que se quiere instaurar la educación sexual en Panamá, en parte de su contenido, y contra la redacción y el fondo de algunos artículos de un proyecto de ley que atañe a la infancia y la patria potestad sobre los hijos.

Ambos escritos utilizan términos y palabras que buscan ofender o descalificar a quienes piensan diferente a sus autores. Algunos son: “fundamentalistas, cruzados, en una mano la cruz y en la otra la espada, pecan de doble moral e hipocresía, proponen la política del avestruz, se oponen de manera irresponsable, les trae sin cuidado la propagación de enfermedades venéreas”. También otros como: “Mojigatos, enemigos públicos de la infancia, ayatolás de los valores, y autores de tanto artículo cargado de demencia”. ¿Quién necesita expresarse así cuando tiene la razón, o cuando es tolerante frente a la opinión contraria a la suya?

Fuera del insulto y el desprecio, los escritos del martes en La Prensa, endilgan actitudes y hechos a sus adversarios, haciéndolas a su propia medida para atacarlos mejor; o al menos eso creen. Uno, por ejemplo, dice que, los que él llama cruzados, se oponen a que se hable de sexo en las escuelas, y que la abstinencia conduce a prácticas aberrantes como el abuso infantil y el fetichismo. Probado está, en este último punto, al menos, que el abuso infantil y el fetichismo tienen entre sus mayores practicantes a personas de vida sexual activa y alejadas de toda práctica religiosa. El otro autor, por su parte, dice que quienes se oponen al nuevo proyecto de código de la infancia son todos del Opus Dei, o al menos así lo da a entender, y que los que el llama integristas de la familia ven a los niños y niñas como una especie de idiotas a los que no hay que darles derechos porque quizá se los tomen.

Por último, hay dos cosas que llaman la atención: uno dice que “los cruzados” quieren que no se hable de sexo en las escuelas, “como si de esa manera se conjurará la realidad de que la juventud sabe de sexo y un alto porcentaje lo practica”. Más adelante hace alusión a “los miles de embarazos precoces cada año”. En qué quedamos: la juventud sabe de sexo, como afirmó antes, o no. Contradicción total. El otro columnista dice que “no tengo hijos ni deseo tenerlos”, porque “no soy tan maduro ni responsable para educar ni ser educado por estos seres complejos y bajitos”, y por “puro egoísmo, ya que mi vida es la que me gusta, el amor ya lo tengo invertido en una persona y no quiero dividir mis apuestas”; pero que no tener hijos le “confiere una gran autoridad moral” para juzgar a quienes no piensan como él. ¿Quién que se confiesa cerrado a tener hijos, inmaduro, irresponsable, y egoísta tiene “autoridad moral” para hablar de la infancia y de la patria potestad de los que son padres y madres? Eso ni lo entiendo, ni le hallo lógica. Pero, en fin, siempre habrá quien dice lo que piensa, aunque no siempre piensa lo que dice.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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Diciembre

2007-12-02
Editorial
Diciembre

Empieza el mes de diciembre, último del año, en el que importantes fiestas o celebraciones nos enmarcan en la dimensión de nuestra humanidad. Es el calendario en que la Iglesia celebra la natividad de Cristo Jesús y la Inmaculada Concepción de la Virgen María; es el mes en que el país rinde tributo a la figura de la madre, y el mundo hace memoria de la Declaración de los Derechos Humanos.

Dentro de esa dimensión humana, en donde criatura y Creador se encuentran, y en donde lo individual se junta con lo familiar y la universalidad del ser humano, nos vemos compelidos a reflexionar sobre nuestra existencia. Nuestra existencia como seres dotados de cuerpo y espíritu; como seres que tenemos alma y conciencia; y como individuos y miembros de una sociedad comunitaria, nacional y planetaria.

Si diciembre con sus fiestas y memorias nos mueve a estar más abiertos hacia el prójimo, a expresar el amor que sentimos por los demás, y a deponer actitudes de gesto amenazante y violencia, ¿por qué no han de movernos perennemente nuestro espíritu y nuestra conciencia? ¿por qué no hemos de procurar practicar la conversión de día a día? Ese porqué es el que debemos respondernos en nuestra vida individual y nuestra vida colectiva, para construir un mundo mejor.

Dios está presente en medio de nosotros. Dios vino a visitar a su pueblo en el Verbo Encarnado, Cristo Jesús. Dios está allí, esperando que, en nuestro libre albedrío, demos el paso hacia él para que nos ayude a amar al prójimo como a nosotros mismos, a vivir en paz, pero, sobre todo, a hacer su voluntad que es amarlo a El y creer en Aquel que nos ha enviado: su hijo amado, Cristo Enmanuel.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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El Misterio de Belén

2007-12-02
El Ojo del Profeta
El Misterio de Belén

Desde hace dos mil años la cristiandad celebra el nacimiento del Hijo de Dios que, unido a su resurrección, constituye el acontecimiento más grande que jamás haya experimentado la humanidad. Ese misterio de su natividad en una humilde gruta de Belén, entre los más pobres y marginados, ha inspirado durante siglos cantares, poemas, rechazo y aceptación de todo tipo, y el maravilloso don de la fe entre los creyentes.

Tras 21 siglos del nacimiento de Cristo, aún suenan fuerte aquellas preguntas que hiciera a sus discípulos: ¿Quién dice la gente que soy yo? Y ¿Quién dicen ustedes que soy yo? Preguntas éstas, que se responden de diversas maneras, aunque no podamos responder a una: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.

A un paso de la Navidad y al comienzo de este Adviento, seamos cuidadosos en la manifestación simbólica de nuestra fe en Dios Enmanuel. Que los signos y la decoración en nuestros hogares resalte el misterio de Belén, y sea fiel al relato evangélico, para que, así, ayude a otros a compenetrarse en el auténtico sentido del Nacimiento de Cristo.

Luis Alberto Díaz
Director de Panorama Católico
diazlink@primada.org

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